XXVIII. Pruébese lo mismo con otros textos de la Escritura. —427. Otro lugar también se ha de declarar por los Pastores, en el cual claramente se nos muestra que en la Eucaristía está el verdadero Cuerpo y Sangre del Señor. Porque después de haber referido el Apóstol que el Señor consagró el pan y el vino, y que dió a sus Apóstoles estos sagrados misterios, añadió: "Examínese, pues, cada uno a sí mismo antes que llegue a comer de ese pan y beber de ese cáliz, porque el que le come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación, no discerniendo el cuerpo del Señor". Si co mo los herejes pretenden, no hubiera que adorar en el Sacramento otra cosa que una memoria y señal de la pasión de Cristo, ¿qué necesidad había de exhortar a los fieles con palabras tan encarecidas a que se examinasen? Pues con aquella palabra tan formidable de juicio declaró el Apóstol que cometía una execrable maldad el que recibiendo impuramente el cuerpo del Señor, que está encubierto en la Eucaristía, no le diferenciaba de los demás manjares. Y en la misma epístola explicó antes lo mismo más difusamente por estas palabras: "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunicación de la sangre de Cristo? ¿Y el pan que partimos no es participación del cuerpo del Señor?" Las cuales palabras demuestran ciertamente la verdadera substancia del Cuerpo y Sangre de Cristo Señor nuestro. Explicarán, pues, los Pastores estos lugares de la Escritura, y sobre todo demostrarán que nada dudoso, nada incierto hay en estas cosas, mayormente habiéndolas interpretado la autoridad sacrosanta de la Iglesia de Dios.
XXIX. Cómo conoceremos la doctrina de la Iglesia con respecto al sentido de las Escrituras y a la verdad del Cuerpo del Señor en la Eucaristía. —428. Por dos vías y medios podemos averiguar lo q ue la Iglesia siente sobre este punto. El primero consiste en consultar a los Padres que florecieron desde los principios de la Iglesia, y que sucesivamente en todas las edades han sido los testigos más autorizados de la doctrina de la Iglesia. Estos todos unánimemente concordes han enseñado con toda claridad la verdad de este dogma.
429. Y porque fuera obra de trabajo inmenso referir cada uno de sus testimonios, bastará notar, o más bien indicar unos pocos, por los cuales será fácil juzgar de los demás. Sea, pues, San Ambrosio el primero que declare su fe. Este en el libro que escribió: "De aquellos que son iniciados en los misterios, testifica: "Que en este Sacramento se recibe el verdadero cuerpo de Cristo, así como fué verdaderamente formado de la Virgen, y que esto se ha de creer con fe ciertísima". Y en otra parte enseña: "Que antes de la consagración está allí el pan; mas después de la consagración, la carne de Cristo". Sea el segundo testigo san Crisóstomo, no inferior en la fe ni en la autoridad. Este en muchos lugares protesta y enseña esta misma verdad, pero especialmente en la homilía 60 contra los que comulgan indignamente. Y también en la homilía 44 y 45 sobre San Juan, porque dice: "Obedezcamos a Dios, y no le repliquemos, aun que parezca que dice lo contrario de lo que pensamos y vemos. Porque la palabra de Dios es infalible, y nuestros sentidos fácilmente se engañan". En todo y por todo concuerda con esto lo que siempre enseñó San Agustín, defensor acérrimo de la fe católica. Y principalmente exponiendo el título del Salmo 33, donde dice: "Llevarse a si mismo en sus manos es imposible a hombre, y sólo puede convenir a Cristo. Llevábase en sus manos, cuando entregando su mismo Cuerpo, dijo: Este es mi Cuerpo". Y dejando a San Justino y a San Ireneo, San Cirilo afirma tan a las claras en el libro 4 sobre San Juan, que la verdadera carne del Señor está en este Sacramento, que con ninguna interpretación, por falaz y sofística que sea, pueden obscurecerse sus palabras. Y si todavía desean los Pastores otros testimonios de Padres, fácil es añadir a los apuntados, los de los santos Dionisio, Hilarlo, Jerónimo, Damasceno y otros innumerables, cuyas sentencias gravísimas vemos a cada paso recogidas por la industria y trabajo de doctos y piadosos varones.
XXX. Cuántas veces la opinión contraria ha sido condenada por la Iglesia en los Concilios. —430. Resta el segundo medio para conocer el juicio de la Iglesia en lo perteneciente a la fe. Este consiste en la condenación de la doctrina y opinión contraria. Es manifiesto que estuvo siempre tan divulgada y extendida por toda la Iglesia la verdad del Cuerpo de Cristo en el santo Sacramento de la Eucaristía, y tan unánimemente profesada por todos los fieles, que habiéndose atrevido Berengario a negarla hace quinientas años, afirmando que sólo había allí una señal; al punto en el Concilio de Verceli convocado por autoridad de León IX, fué condenado por sentencia de todos, y él en el mismo Concilio abjuró su herejía. Y habiendo después vuelto a reincidir en la misma demencia de impiedad, fué condenado por otros tres Concilios, el Turonense y dos Romanos, convoca dos el uno por Nicolás II y el otro por Gregorio VII (1), Pontífices Máximos. Esta misma sentencia fué confirmada después por Inocencio III en el Concilio General Lateranense, y después la misma verdad de fe fué más claramente declara-da y definida por los Concilios Florentino y Tridentino. Si expusieren los Pastores con cuidado estas cosas (dejando a los que ciegos en sus errores nada más aborrecen que la luz de la verdad), podrán confirmar a los flacos, y llenar de cierta suma alegría y delicia las almas de los virtuosos.
XXXI. Cómo esta verdad está contenida en el Símbolo. —431. No tienen, pues, por qué dudar los fieles, mayormente debiendo tener por cierto que la fe de este dogma, se halla contenida en los demás artículos del Símbolo. Pues creyendo y confesando que Dios es Omnipotente, es necesario confesar también que no le faltó poder para hacer una obra tan grande, como la que admiramos y adoramos en el Sacramento de la Eucaristía. Además, cuando creen la santa Iglesia Católica, necesariamente se sigue que crean al mismo tiempo que la verdad de este Sacramento es tal como la hemos explicado.
XXXII. Muéstrase cuánta es la dignidad de la Iglesia militante por la majestad de este misterio. —432. Mas nada hay ciertamente que se pueda añadir para consuelo y aprovechamiento de las al-mas devotas cuando contemplan la dignidad de este altísimo Sacramento. Porque primeramente conocen cuánta es la perfección de la ley evangélica, pues le fué concedido tener en realidad y verdad lo que solamente en figuras y sombras fué indicado en tiempo de la ley Mosaica. Por esto dijo divinamente San Dionisio, que nuestra Iglesia viene a estar en medio de la Sinagoga y de la celestial Jerusalén, y por esto participa de una y de otra. Y a la verdad nunca podrán los fieles admirar la perfección de la Santa Iglesia y la alteza de su gloria, cuando parece mediar sólo un grado entre ella y la patria celestial. Porque convenimos con los bienaventurados en que unos y otros tenemos a Cristo Hombre y Dios presente, pero nos distinguimos en el grado: ellos le gozan presente por clara visión, mas nosotros, aunque con fe constante y firme, le veneramos presente, no obstante le tenemos muy apartado de nuestra vista y encubierto con el velo maravilloso de los sagrados misterios. Experimentan asimismo los fieles en este Sacramento la caridad perfectísima de Cristo Salvador nuestro. Porque era muy correspondiente a su bondad nunca apartara de nos-otros la naturaleza que de nosotros había tomado, sino que estuviera y conversase perpetuamente entre los hombres en el modo posible, y de esta suerte en todo tiempo se realizara con toda verdad y propiedad lo que está escrito: "Mis delicias son estar con los hijos de los hombres". (2)
XXXIII. En este Sacramento están las dos naturalezas divina y humana. —483. También aquí deben explicar los Pastores que se contiene en este Sacramento, no sólo el verdadero Cuerpo de Cristo y todo lo que pertenece a la perfecta integridad del cuerpo, como huesos y nervios, sino igualmente que todo Cristo está en este Sacramento. Pero se debe enseñar que Cristo es nombre de Dios y hombre, esto es, de una persona misma, en la cual están unidas las dos naturalezas divina y humana. Y así comprende ambas naturalezas, y lo que es consiguiente a una y otra naturaleza, como la divinidad y toda la naturaleza humana, compuesta de alma y de todas las partes del cuerpo y de la sangre también. Y todas estas cosas es necesario creer que están en el Sacramento. Porque como está unida en el cielo toda la humanidad a la divinidad en una persona e hipóstasis, es cosa horrenda imaginar que el Cuerpo de Cristo, que está en el Sacramento, esté apartado de la divinidad.
XXXIV. La sangre, alma y divinidad no están en la Eucaristía del mismo modo que el Cuerpo de Cristo. —434. Acerca de esto es preciso que adviertan los Pastores que no todas estas cosas están en el Sacramento de un mismo modo o por una misma virtud. Porque unas hay que están allí en fuerza y en virtud de las palabras de la consagración. Porque como esas palabras hacen todo lo que significan, eso mismo que las palabras expresan es lo que afirman los Escritores sagrados, que está allí en virtud de las palabras. De suerte que, como ellos advirtieron, si lo que significa la forma fuera alguna cosa separada de las demás, ella sola estuviera en el Sacramento y ninguna otra.
435. Otras cosas hay que se hallan en este Sacramento, porque están juntas con las que expresan la forma. Y así, porque la forma con que se consagra el pan, significa el Cuerpo del Señor, pues dice: Este es mi Cuerpo; este mismo Cuerpo de Cristo es el que está en la Eucaristía en virtud de las palabras; mas por cuanto la Sangre, Alma y Divinidad están unidas al Cuerpo, todas ellas están también en el Sacramento, no en virtud de la consagración, sino por la unión que tienen con el Cuerpo. Y este modo de estar en el Sacramento se llama por concomitancia, del cual modo es claro que todo Cristo se halla en este Sacramento. Porque en efecto si dos cosas están entre sí realmente unidas, es necesario que donde esté la una esté también la otra. De donde se sigue que tanto en la especie de pan como de vino, se contiene todo Cristo; de suerte que así como bajo la especie de pan está verdaderamente no sólo el Cuerpo, sino también la Sangre y todo Cristo, así también al contrario, bajo la especie del vino está no solamente la Sangre, sino también el Cuerpo y todo Cristo.
XXXV. Por qué se hacen dos consagraciones separadas. —436. Y aunque los fieles deben estar firmísimamente persuadidos de esta verdad, con todo tengan entendido que con mucha razón se instituyó el que se hagan separadamente dos consagraciones, una del pan y otra del vino. En primer lugar, para que más vivamente se represente la pasión del Señor, en la cual la Sangre se separó del Cuerpo, por cuyo motivo en la consagración hace mos mención de haberse derramado la Sangre. Además de esto, como habíamos de usar de este Sacramento para alimento del alma, fué muy con-forme instituirlo en calidad de comida y bebida, de que es manifiesto se compone el perfecto alimento del cuerpo.
XXXVI. Que todo Cristo está en cualquier partícula de ambas especies. —437. También se ha de enseñar que todo Cristo se contiene perfectamente, no sólo en cada una de las especies, sino también en cualquiera partícula de cada una de ellas (3), según lo dejó escrito San Agustín por estas palabras: "Cada uno recibe a Cristo Señor, y en cada porción que se distribuye está todo, ni se disminuye porque lo reciban unos, sino a todos se da entero". Lo mismo se puede igualmente colegir con facilidad de los Evangelistas. Porque no es creíble hubiese el Señor consagrado cada porción de pan que distribuyó con propia y distinta forma, sino que con una misma consagró todo el pan que había de ser suficiente para celebrar los sagrados misterios y distribuirlos a los Apóstoles. Y de este mismo modo se condujo también en la consagración del vino, como podemos entender por aquellas palabras que dijo el mismo Señor: "Recibid y dividid entre vosotros" (4). Todo lo dicho hasta aquí se ha explicado a fin de que los Pastores declaren al pueblo que el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo, se contienen en el Sacramento de la Eucaristía.
XXXVII. Después de la consagración, no queda substancia alguna de pan ni de vino. —438. Luego pasarán a enseñar que después de la consagración no queda en este Sacramento substancia alguna de pan ni vino, que es la segunda maravilla que arriba se propuso. Y aunque esto es a la verdad digno de la mayor admiración, pero necesariamente se infiere de lo que se ha demostrado anteriormente. Porque si después de la consagración está el verdadero Cuerpo de Cristo bajo las especies de pan y vino, siendo así que antes no estaba allí, era del todo necesario que esto se hiciese, o porque vino a ese lugar, o porque fué de nuevo creado allí, o por haberse convertido alguna otra cosa en él. Es manifiesto que el Cuerpo de Cristo no puede estar en el Sacramento, por haber venido de un lugar a otro, pues en tal caso sería preciso que se ausentase del solio de los cielos, ya que nada se mueve, sino se aparta del lugar donde estaba. Que el Cuerpo de Cristo sea creado entonces, es decir, una cosa increíble y que ni aun puede imaginarse. Resta, pues, que el Cuerpo del Señor esté en el Sacramento por haberse convertido el pan en él. Por tanto, es necesario que ninguna substancia de pan quede en el Sacramento.
XXXVIII. La transubstanciación aprobada por los Concilios, está fundada en las Escrituras. —439. Convencidos, pues, nuestros Padres y mayores por esta razón, confirmaron con decretos expresos la verdad de este artículo (5) en los Concilios Lateranense el grande y Florentino. Pero con más claridad la definió el Tridentino por estas palabras: "Si alguno dijere que en el Sacrosanto Sacramento de la Eucaristía queda la substancia de pan y vino junto con el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, sea anatema". Y no fué difícil colegir esto de, los testimonios de las Escrituras. Primeramente porque en la institución de este Sacramento dijo el mismo Señor: "Este es mi Cuerpo", pues es tal la fuerza de la voz Este que demuestra toda la substancia de la cosa presente. Y si hubiera allí substancia de pan, parece que de ningún modo se podría decir con verdad: "Este es mi cuerpo". Además de esto Cristo Señor nuestro dice por San Juan: "El pan que yo daré, es mi carne por la vida del mundo" (6), llamando pan a su carne. Y poco después añade: "Si no comiereis la carne del Hijo del Hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (7). Y de nuevo: "Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente bebida" (8). Llamando, pues, con palabras tan expresas y claras a su carne pan y verdaderamente comida, y a su Sangre bebida verdadera, parece haber declarado suficientemente que ninguna substancia de pan y vino quedaba en el Sacramento.
Notas y Comentarios:
(1) En el Concilio convocado por el Papa S. Gregorio VII en 1079, prestó Berengarió el siguiente juramento:
"Yo Berengario, creo con el corazón y confieso con la boca, que el pan y vino que se ponen en el altar por misterio de la sagrada oración y las palabras de nuestro Redentor, substancialmente se convierten en verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo Señor nuestro, y después de la consagración está el verdadero Cuerpo de Cristo, que nació de la Virgen, y por la salud del mundo estuvo clavado en la cruz, y que está sentado a la diestra del Padre, y la verdadera sangre de Cristo la cual salió de su costado, no tan solo por la señal y virtud del Sacramento, sino en la propiedad de la naturaleza y en la verdad de la substancia, así como se contiene en esta escritura que yo he leído y vosotros habéis entendido. Así lo creo, ni enseñaré en adelante contra esta fe. Así me ayude Dios, y estos sus santos Evangelios."
Ultimamente el Santo Concilio de Trento condenó solemnemente cuantos negasen la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía:
"Si alguno negare, que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y substancialmente el cuerpo y la sangre juntamente con el alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y por consecuencia todo Cristo; sino por el contrario dijere, que solamente está en él como en señal o en figura, o virtualmente; sea excomulgado. " Can. I, ses. XIII, Conc. Trid.
(2) "Deliciae meae esse cum filiis hominum." Prov. VIII, 31.
(3) "Si alguno negare, que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene todo Cristo en cada una de las especies, y divididas éstas, en cada una de las partículas de cualquiera de las dos especies; sea excomulgado." Can. III, ses. XIII, Con. Trident.
(4) "Accipite, et dividite inter vos." Luc. XXII, 17.
(5) Una es en verdad la Iglesia universal de los fieles, fuera de la que nadie del todo se salva, en la cual uno mismo es sacerdote y sacrificio Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre en el sacramento del altar verdaderamente se contienen, bajo las especies de pan y vino, transubstanciado el pan en cuerpo, y el vino en sangre por la potestad divina." Ex Conc. Lateran. IV, cap. I. De fide catholica. Uno de los errores de Juan Wicleff condenado por el Concilio de Constanza y por las Bulas "Inter cunetas" y "In eminentis" del día 22 de febrero de 1418, dice así:
"La substancia del pan material y asimismo la substancia del vino material permanecen en el sacramento del altar".
En el Decreto para los Armenios del Concilio Floren-tino se confiesa la misma verdad: "Por virtud de las mismas palabras, la substancia del pan se convierte en cuerpo de Cristo, y la substancia del vino en la sangre".
(6) "Panis quem ego dabo, caro mea est pro mundi vita". Joan, VI, 52.
(7) "Nisi manducaveritis carnem hominis et biberitis eius Sanguinem, non habebitis vitam in vobis". Joan, VI, 54.
(8) "Caro mea vere est cibus, et Sanguis meus vere est potus". Joan, VI, 54.