XVII. De qué modo la Iglesia de Cristo se llama Apostólica. —150. Conocemos también la verdad de la Iglesia por su origen, que trae desde los Apóstoles, después de manifestada la gracia. Porque su doctrina es una verdad, no nueva, ni recién nacida, sino enseñada desde los Apóstoles, y propagada por todo el mundo. De donde se sigue indudablemente que las impías voces de los herejes están lejos de la fe que profesa la verdadera Iglesia, la cual desde los Apóstoles hasta hoy se ha predicado siempre. Por eso a fin de que todos conociesen cuál es la verdadera Iglesia, los Padres añadieron por divino impulso al Símbolo la palabra Apostólica. Y a la verdad el Espíritu Santo que preside en la Iglesia, no la gobierna por otro género de ministros, que por los Apóstoles. Este Espíritu primeramente se dió a los Apóstoles, y después por la suma benignidad de Dios siempre ha permanecido en la Iglesia.
XVIII. La Iglesia no puede errar en lo relativo al dogma y a la moral (1). —151. Así como ésta única Iglesia no puede errar al proponer la doctrina dogmática y moral, ya que la gobierna el Espíritu de Dios, así es necesario que todas las demás que se apropian el nombre de Iglesia incurran en errores muy perniciosos en orden a la fe y costumbres, como gobernadas por el espíritu del diablo.
XIX. Con qué figuras especialmente fué prefigurada la Iglesia en el antiguo Testamento. —152. Por cuanto las figuras del antiguo Testamento son en gran manera poderosas para mover los ánimos de los fieles, y para recordar muy dulces y agradables misterios, que fué la causa principal porque los Apóstoles las usaron, no dejarán los Párrocos de explicar esta parte de doctrina que trae grandes utilidades. Entre estas figuras (2) una de las más significativas fué el Arca de Noé, la cual por ordenación de Dios se fabricó para designar la Iglesia, con tanta propiedad que no puede quedarnos duda alguna sobre esto. Porque de tal modo fundó Dios la Iglesia, que todos los que entraren en ella por el Bautismo, pueden estar libres de todo peligro de muerte eterna, pero los que estuviesen fuera de ella, pereciesen sepultados en sus maldades, como sucedió a los que no se acogieron al Arca. Otra figura es aquella gran ciudad de Jerusalén, por cuyo nombre las Escrituras denotan frecuentemente la santa Iglesia. Porque así como en sola aquella era lícito ofrecer sacrificios a Dios, así en sola la Iglesia y jamás fuera de ella, se halla el verdadero culto y el verdadero sacrificio que pueda agradar a Dios.
XX. Por qué pertenece a los artículos de la fe el creer la Iglesia de Cristo. —153. Últimamente se ha de enseñar acerca de la Iglesia, por qué razón pertenece a los artículos de la fe que creamos nosotros la Iglesia. Pues aunque cualquiera conoce y ve por sus ojos que hay en la tierra una Iglesia o Congregación de hombres que están dedicados y consagrados a Cristo Señor, ni parezca haber necesidad de la fe para creer esto, pues ni los judíos ni los turcos lo dudan; mas aquellos misterios que se encierran en este artículo de la Santa Iglesia de Dios, según parte de ellos se han declarado ya, y parte se explicarán en el Sacramento del Orden, solamente puede creerlos el humano entendimiento ilustrado por la fe, y no por vía alguna de razones humanas. Y así, por cuanto este artículo entendido en este sentido no menos excede la capacidad y alcance de nuestro entendimiento que los demás, por eso confesamos con mucha razón, que no conocemos por fuerzas humanas, sino que sólo miramos con los ojos de la fe el origen, los dones, las prerrogativas, excelencias y dignidad de la Iglesia.
XXI. Cuáles y cuántas cosas se nos manda creer que hay en la Iglesia. —154. No fueron los hombres los fundadores de esta Iglesia, sino el mismo Dios inmortal que la edificó sobre una firmísima piedra (3), según el Profeta que dice: "El mismo Altísimo la fundó" (4). Por esto se llama ya heredad de Dios (5), ya pueblo de Dios (6). Ni la potestad que recibió es humana, sino dada por gracia divina. Por lo cual así como no se puede alcanzar por fuerzas naturales, así sólo por la fe, y no por luz natural sabemos que la Iglesia tiene las llaves del reino del cielo (7), que se le dió potestad de perdonar los pecados, de excomulgar (8) y de consagrar el verdadero Cuerpo de Cristo (9); como también que los ciudadanos que habitan en ella, no tienen aquí ciudad permanente sino que buscan otra venidera (10).
XXII. Creemos en Dios, pero no en la Iglesia, sino la Iglesia. —155. De tal modo creemos en las tres Personas de la Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo que colocamos en ellas nuestra fe. Pero ahora variando la forma de decir, profesamos que creemos la Santa, mas no En la Santa Iglesia, para que aún por este diverso modo de hablar se distinga Dios Creador de todas sus criaturas, y confesemos como recibidos de su bondad divina todos aquellos esclarecidos dones que se ha dignado conceder a su Iglesia.
XXIII. De la última parte de este artículo: La Comunión de los Santos. —156. La Comunión de los Santos. Escribiendo San Juan Evangelista a los fieles sobre los misterios divinos, alegó esta razón del por qué los instruía en ellos: "Para que también vosotros hagáis compañía con nosotros, y nuestra compañía sea con el Padre, y con su Hijo Jesucristo (11). Esta compañía consiste en la Comunión de los Santos, de que en este artículo se trata. Y ojalá imitasen los prelados en su explicación el desvelo de San Pablo (12) y demás Apóstoles: porque además de ser ella una exposición del artículo precedente y una doctrina de copiosos frutos, declara también cuál deba ser el uso de los misterios que se contienen en el Símbolo, pues todos ellos se deben investigar y entender, a fin de que seamos admitidos en esta tan grande y dichosa compañía de los Santos, y una vez admitidos perseveremos en ella constantísimamente, dando gracias a Dios Padre que nos hizo dignos de participar la suerte de los Santos por la luz de la fe.
XXIV. En qué consiste la Comunión de los Santos. —157. Primeramente se ha de enseñar a los fieles que este artículo es como una explicación del precedente en el cual confesamos una Santa Iglesia Católica. Porque como es uno solo el Espíritu Santo que la rige, esta unidad hace que todo cuanto ella ha recibido sea común a todos. Y así a todos los fieles pertenece igualmente el fruto de todos los Sacramentos con los cuales se enlazan y unen con Cristo, como con unos sagrados lazos, y mayormente con el Bautismo que es como puerta por donde entramos en la Iglesia. Y que por esta comunión de los santos se deba entender la comunión de los Sacramentos, lo dan a entender los Padres en el Credo por aquellas palabras: "Confieso un solo Bautismo". Al bautismo se sigue primeramente la Eucaristía, y después todos los demás sacramentos, pues aunque todos ellos causan esta unión juntándonos con Dios, y nos hacen participantes de su ser por la gracia que recibimos en ellos, con todo, es más propio de la Eucaristía, la cual más particularmente hace esta comunión.
XXV. En la Iglesia hay participación de merecimientos. —158. También se debe considerar otra comunión que hay en la Iglesia. Esta consiste en que todo cuanto uno merece por las obras de virtud y santidad, pertenece a todos, pues la caridad que no busca sus intereses, hace que a todos interese. Esto se prueba por el testimonio de San Ambrosio, quien exponiendo aquel lugar del Salmo: " Yo soy participante de todos los que te temen", dice así: "A la manera que decimos que el miembro es participante de todo el cuerpo, así también lo es el que está junto como miembro con todos los que temen a Dios. Por lo cual, cuando Cristo nos ordenó el modo de orar, quiso que dijéramos: el pan nuestro, no mío, y todo lo demás a este modo, mirando no solamente por nosotros, sino por la salvación y utilidad de todos". También las santas Escrituras declaran muchas veces esta comunicación de bienes que hay en la Iglesia con la muy propia semejanza de los miembros del cuerpo humano. Porque en el cuerpo hay muchos miembros, y con todo, constituyen un solo cuerpo, en el cual no todos ejercen un mismo oficio, sino cada uno el suyo propio. Ni todos son igualmente dignos y útiles, ni se ocupan en oficios igualmente honrosos, ni está dedicado cada uno a la propia utilidad, sino todos a la utilidad y beneficio del cuerpo. Además de esto, todos ellos están tan enlazados y unidos entre sí, que si uno solo padece algún dolor, todos por el parentesco y conformidad natural lo experimenten. Y si al contrario está uno muy fuerte y vigoroso todos se alegran. Lo propio sucede en la Iglesia: pues aunque en ella hay diversos miembros, es a saber varias naciones, de Judíos, gentiles, libres y esclavos, pobres y ricos, más cuando son bautizados, todos se hacen un cuerpo con Cristo, cuya Cabeza es El (13). Además de esto, cada uno está destinado en esta Iglesia a su propio oficio; porque unos están puestos por Apóstoles (14), otros por Doctores, y todos para el bien público, por lo tanto a unos toca presidir y enseñar, y a otros obedecer y sujetarse.
XXVI. Los malos no participan de los bienes espirituales de la Iglesia. —159. Mas de tantas y tan grandes mercedes y bienes que Dios concede a toda la Iglesia solamente gozan los que haciendo una vida verdaderamente cristiana, son justos y amigos de Dios. Pero los miembros muertos, esto es, los hombres esclavos de sus culpas y apartados de la gracia de Dios, aunque no estén privados del beneficio de ser aun miembros de este cuerpo, más como son miembros muertos, no participan del fruto espiritual que llega a los virtuosos y justos. Bien es verdad, que por estar aún dentro de la Iglesia, son ayudados por los que viven espiritualmente para recobrar la gracia y vida que perdieron, y perciben algunos frutos de que sin duda alguna están privados los que se hallan fuera de la Iglesia.
XXVII. Las gracias gratis dadas, y todos los demás dones son comunes a toda la Iglesia. —160. Ni solamente son comunes en la Iglesia aquellos dones y gracias que hacen a los hombres justos y amigos de Dios, sino también las gracias gratis dadas, entre las cuales se cuentan la ciencia (15), la profecía, el don de lenguas y milagros y otros de esta calidad, los cuales se comunican a veces aún a hombres malos, no para su particular provecho, sino para el bien público y edificación de la Iglesia; porque la gracia de sanar, por ejemplo, no se da para favorecer aquel que está dotado de ella, sino para salud del enfermo. Finalmente nada posee el hombre verdaderamente cristiano, que no deba juzgar serle común con todos los demás, por lo cual cada uno debe estar pronto y dispuesto para socorrer las miserias de los necesitados. Pues el que está dotado de estos bienes, si viendo en necesidad a su hermano no le socorriere (16), convencido está enteramente de que no habita en él la caridad de Dios. Siendo, pues, esto así, es bastante manifiesto que gozan de cierta felicidad quienes están en esta comunión, y que de veras pueden decir con David: "¡Oh cuán amados son tus tabernáculos, Señor. Dios de las virtudes. Codicia y desfallece mi alma, deseando las moradas del Señor! Y ¡bienaventurados, Señor, los que moran en tu casa!" (17).
Notas y comentarios:
(1) "En el esquema sobre la constitución dogmática de Eccl. Christi del Concilio Vaticano se lee lo siguiente:
"Aprobándolo el sagrado y universal concilio, enseñamos y declaramos que el don de infalibilidad, el cual como perpetua prerrogativa de la Iglesia de Cristo ha sido revelado, ni debe confundirse con el carisma de inspiración, ni tiende a que la Iglesia se enriquezca con nuevas revelaciones; le ha sido concedido para conservar y afirmar la palabra de Dios, ya sea escrita o recibida por tradición, íntegra y libre de la corrupción de novedad y mutación en la universal Iglesia de Cristo.
(2) Además de las figuras que aquí recuerda el Catecismo, los santos Padres nos hablan de otras muchas. San Agustín dice:
"Duerme Adán, para que sea formada Eva; muere Cristo, para formar la Iglesia. Mientras duerme Adán, se forma Eva de su costado; muerto Cristo, su costado es herido con la lanza para que manasen los sacramentos con los que se forme la Iglesia... ¿quién no ve en aquellos hechos realizados la figura de lo que se había de hacer?" Trae. 9 in Joann., 416-7.
San Martín de Lion nos habla de otros tipos de la Iglesia:
"La Santa Iglesia desde el principio del mundo fué mostrada de antemano con figuras y enigmas, a saber: en la costilla de Adán, en la justicia de Abel, en la esterilidad de Sara, en la construcción del tabernáculo, en la edificación del templo, en la confesión de la reina del Austro, y prefigurada en muchas otras cosas." Semi. 4 in nat. Domini, n. 22.
(3) "Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam." Matth., XVI, 18.
(4) "Ipse fundabit eam Altissimus." Psalm., LXXXVI, 5.
(5) "Postula a me, et dabo tibi gentes haereditatem tuam." Psalm., II, 2.
(6) Salvum fac populum tuum Domine. " Psalm., XXVII, 9.
(7) "Et tibi dabo claves regni coelorum." Matth., XVI, 19.
(8) "Tradere huiusmodi satanae in interitum carnis." I, Corin., V, 5.
(9) "Hoc facite in meam commemorationem." Luc., XXII, 19.
(10) "Non enim habemus hic manentem civitatem, sed futuram inquirimus." Hebr., XIII, 14.
(11) "Ut et vos societatem habeatis nobiscum, et societas nostra sit cum Patre, et cum Filio eius Jesu Christo." I, Joan, I, 3.
(12) "Sicut enim in uno corpore multa membra habemus, omnia autem membra non eumdem actum habent: ita multi unum corpus sumus in Christo, singuli autem alter alterius membra." Itom., XII, 4, 5. "Sicut enim corpus unum est, et membra habet multa, omnia autem membra corporis cum sint multa, unum tamen corpus sunt: ita et Christus." 1, Corint., XII, 12. "Veritatem autem facientes in charitate, crescamus in illo per omnia, qui est caput Christus: ex quo totum corpus compactum, et connexum per omnem iuncturam subministrationis, secundum operationem in mensuram unius cuiusque membri, augmentum corporis facit in aedificationem sui in charitate." Ephes., IV, 15, 16.
San Juan Crisóstomo dice sobre la comunión de los santos: "Nosotros somos los pies, mas los mártires son la cabeza. Pero no puede la cabeza decir a los pies: no necesito de vosotros. Hay miembros más gloriosos, cuya excelencia no les hace extraños a la unión que tienen con las demás partes. Ya que entonces se hacen más gloriosos cuando no se oponen a la unión que tienen con nosotros. Y así el ojo, que es la parte más resplandeciente del cuerpo, entonces conserva su gloria cuando no se separa del cuerpo. ¿Y qué digo de los mártires? Si el mismo Señor no se avergonzó de hacerse nuestra cabeza, con mucha más razón ellos no se avergüenzan de ser miembros nuestros, pues tienen muy arraigada la caridad. Ahora bien; la caridad suele unir lo separado, ni se preocupa mucho de la dignidad." Mom. in s. Romanum M, n. 1. Ex S. Joann. Chrisos.
(13) "Et ipsum dedit caput supra omnem ecclesiam." Ephes., I, 22. "Et ipse est caput corporis ecclesiae." Coloss., 1, 18.
(14) "Et ipse dedit quosdam quidem apostolos, alios autem pastores et doctores." Ephes., IV, 11.
(15) "Así el uno recibe del Espíritu Santo el don de hablar con profunda sabiduría: otro recibe del mismo Espíritu el don de hablar con mucha ciencia. A este le da el mismo Espíritu una fe o confianza extraordinaria, al otro la gracia de curar enfermedades por el mismo Espíritu. A quien el don de hacer milagros, a quien el don de profecía, a quien discreción de espíritu, a quien don de hablar varios idiomas, a quien el de interpretar las palabras." I, Corint., XII, 8, 9, 10.
(16) "Quien tiene bienes de este mundo, y viendo a su hermano en necesidad, cierra las entrañas para no compadecerse de él: ¿cómo es posible que resida en él la caridad de Dios?" I, Joan., III, 17. "Caso que un hermano o una hermana estén desnudos y necesitados del alimento diario, ¿de qué les servirá que alguno de vosotros les diga: Id en paz, defendeos del frío y comed a satisfacción, si no les dais lo necesario para reparo del cuerpo? " Jacob., H, 15, 16.
(17) "¡Cuán dignas de amor son vuestras moradas, Señor de los ejércitos!, mi alma suspira y desfallece por los atrios del Señor." Psalm., LXXX, 2. "Bienaventurados, Señor, los que moran en vuestra casa." Psalm., LXXXIII, 5.