Habiendo nacido
el Rey del cielo, se turbó el rey de la tierra porque la grandeza
de este mundo se anonada en el momento que aparece la majestad del
cielo. Mas sé nos ocurre preguntar: ¿qué razones
hubo para que inmediatamente que nació en este mundo nuestro
Redentor fuera anunciado por los ángeles a los pastores de
la Judea, y a los magos del Oriente no fuera anunciado por los ángeles
sino por una estrella, para que viniesen a adorarlo?
Porque a los judíos, como criaturas que usaban de su razón,
debía anunciarles esta nueva un ser racional, esto es, un ángel;
y los gentiles, que no sabían hacer uso de su razón,
debían ser guiados al conocimiento de Dios, no por medio de
palabras, sino por medio de señales. De aquí que dijera
San Pablo: "Las profecías fueron dadas a los fieles,
no a los infieles; las señales a los in fieles, no a los fieles",
porque a aquéllos se les han dado las profecías como
fieles, no a los infieles, y a éstos se les han dado señales
como infieles, no a los fieles.
Es de advertir también que los Apóstoles predicaron
a los gentiles a nuestro Redentor cuando era ya de edad perfecta;
y que mientras fue niño, que no podía hablar naturalmente,
es una estrella la que lo anuncia; la razón es porque el orden
racional exigía que los predicadores nos dieran a conocer con
su palabra al Señor que ya hablaba, y cuando todavía
no hablaba lo predicasen muchos elementos.
Debemos considerar en todas estas señales que fueron dadas
tanto al nacer como al morir el Señor, cuánta debió
ser la dureza de corazón de algunos judíos, que no llegaron
a conocerlo ni por el don de profecía, ni por los milagros.
Todos los elementos han dado testimonio de que ha venido su Autor.
Porque, en cierto modo, los cielos lo reconocieron como Dios, pues
inmediatamente que nació lo manifestaron por medio de una estrella.
El mar lo reconoció sosteniéndolo en sus olas; la tierra
lo conoció porque se estremeció al ocurrir su muerte;
el sol lo conoció ocultando a la hora de su muerte el resplandor
de sus rayos; los peñascos y los muros lo conocieron porque
al tiempo de su muerte se rompieron; el infierno lo reconoció
restituyendo los muertos que conservaba en su poder. Y al que habían
reconocido como Dios todos los elementos insensibles, no lo quisieron
reconocer los corazones de los judíos infieles y más
duros que los mismos peñascos, los cuales aún hoy no
quieren romperse para penitencia y rehúsan confesar al que
los elementos, con sus señales, declaraban como Dios.
Y aun ellos, para colmo de su condenación, sabían mucho
antes que había de nacer el que despreciaron cuando nació;
y no sólo sabían que había de nacer, sino también
el lugar de su nacimiento. Porque preguntados por Herodes, manifestaron
este lugar que habían aprendido por la autoridad de las Escrituras.
Refirieron el testimonio en que se manifiesta que Belén sería
honrada con el nacimiento de este nuevo caudillo, para que su misma
ciencia les sirviera a ellos de condenación y a nosotros de
auxilio para que creyéramos.
Perfectamente los designó Isaac cuando bendijo a su hijo Jacob,
pues estando ciego y profetizando, no vio en aquel momento a su hijo,
a quien tantas cosas predijo para lo sucesivo; esto es, porque el
pueblo judío, lleno del espíritu de profecía
y ciego de corazón, no quiso reconocer presente a aquel de
quien tanto se había predicho.
Inmediatamente que supo Herodes el nacimiento de nuestro Rey, recurre
a la astucia con el fin de no ser privado de su reino terreno. Suplica
a los magos que le anunciasen a su vuelta el lugar en donde estaba
el Niño; simula que quiere ir también a adorarlo, para
sí pudiera tenerlo entre manos, quitarle la vida. Mas ¿de
qué vale la malicia de los hombres contra los designios de
Dios? Escrito está: "No hay sabiduría, ni prudencia,
ni consejo contra el Señor". Así la estrella
que apareciera guió a los Magos, que hallan al Rey recién
nacido, le ofrecen sus dones y son avisados en sueños para
que no volviesen a ver a Herodes, y de esta manera sucedió
que Herodes no pudiera encontrar a Jesús, a quien buscaba.
¿Quiénes están representados en la persona de
Herodes sino los hipócritas, los cuales, pareciendo que sus
obras buscan al Señor, nunca merecen hallarlo?
Los Magos ofrecen oro, incienso y mirra; el oro conviene al rey, el
incienso se ponía en los sacrificios ofrecidos a Dios; con
la mirra eran embalsamados los cuerpos de los difuntos. Por consiguiente,
con sus ofrendas místicas predican los Magos al que adoran:
con el oro, como rey; con el incienso, como Dios, y con la mirra,
como hombre mortal.
Hay algunos herejes que creen en Jesús como Dios, pero niegan
su reino universal; éstos le ofrecen incienso, pero no quieren
ofrecerle también el oro. Hay otros que le consideran como
rey, pero no lo reconocen como Dios: éstos le ofrecen el oro
y rehúsan ofrecerle el incienso. Y hay algunos que lo confiesan
como Dios y como rey, pero niegan que tomase carne mortal: éstos
le ofrecen incienso y oro, y rehúsan ofrecerle la mirra de
la mortalidad.
Ofrezcamos nosotros al Señor recién nacido oro, confesando
que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, creyendo
que Aquel que se dignó aparecer en el templo era Dios antes
de todos los siglos; ofrezcámosle mirra, confesando que Aquel
de quien creemos que fue impasible en su divinidad, fue mortal por
haber tomado nuestra carne.
En el oro, incienso y mirra puede darse otro sentido. Con el oro se
designa la sabiduría, según Salomón, el cual
dice: "Un tesoro codiciable descansa en boca del sabio".
Con el incienso que se quema en honor de Dios se expresa la virtud
de la oración, según el Salmista, el cual dice: "Diríjase
mi oración a tu presencia a la manera del incienso".
Por la mirra se representa la mortificación de nuestra carne;
de aquí que la Santa Iglesia diga de los operarios que trabajan
hasta la muerte por Dios: "Mis manos destilaron mirra".
Por consiguiente, ofrecemos oro a nuestro rey recién nacido
si resplandecemos en su presencia con la claridad de la sabiduría
celestial. Le ofrecernos incienso, si consumimos los pensamientos
carnales, por medio de la oración, en el ara de nuestro corazón,
para que podamos ofrecer al Señor un aroma suave por medio
de deseos celestiales. Le ofrecemos mirra, si mortificamos los vicios
de la carne por medio de la abstinencia. La mirra, como hemos dicho,
es un preservativo contra la putrefacción de la carne muerta.
La putrefacción de la carne muerta significa la sumisión
de este nuestro cuerpo mortal al ardor de la impureza, como dice el
profeta de algunos: "Se pudrieron dos jumentos en su estiércol"
(Joel, 1, 17). El entrar en putrefacción los jumentos en su
estiércol significa terminar los hombres su vida en el hedor
de la lujuria. Por con siguiente, ofrecernos la mirra a Dios cuando
preservamos a este nuestro cuerpo mortal de la podredumbre de la impureza
por medio de la continencia.
Al volver los Magos a su país por otro camino distinto del
que trajeron nos manifiestan una cosa que es de suma importancia.
Poniendo por obra la advertencia que recibieron en sueñas,
nos indican qué es lo que nosotros debemos hacer.
Nuestra patria es el paraíso, al que no podemos llegar, conocido
Jesús, por el camino por donde vinimos. Nos hemos separado
de nuestra patria por la soberbia, por la desobediencia, siguiendo
el señuelo de las cosas terrenas y gustando el manjar prohibido;
es necesario que volvamos a ella, llorando, obedeciendo, despreciando
las cosas terrenas y refrenando los apetitos de nuestra carne. Por
consiguiente, volvemos a nuestra patria por un camino muy distinto,
porque los que nos hemos separado de los goces del paraíso
con los deleites de la carne, volvemos a ellos por medio de nuestros
lamentos.
De aquí que sea necesario, hermanos carísimos, que con
mucho temor y temblor pongamos siempre ante nuestra vista, por una
parte las culpas de nuestras obras, y por otra el estrecho juicio
a que se nos ha de someter. Pensemos en la severidad con que ha de
venir el justo juez, que nos amenaza con un estrechísimo juicio
y ahora está oculto a nuestra vista; que amenaza con severos
castigos a los pecadores, y, no obstante, todavía las espera:
que está dilatando su segunda venida para encontrar menos a
quiénes condenar. Castiguemos con el llanto nuestras culpas,
y prevengamos su presencia por medio de la confesión.
No nos dejemos engañar por fugaces placeres, ni tampoco nos
dejemos seducir por vanas alegrías. No tardaremos en ver al
juez que dijo: "¡Ay de vosotros los que ahora reís,
porque gemiréis y lloraréis". Por eso dijo
Salomón: "La risa será mezclada con el dolor,
y el fin de los goces será ocupado por el llanto".
Y en otro lugar dice: "He considerado la risa como un error,
y he dicho al gozo: ¿por qué engañas en vano?"
Temamos mucho los preceptos de Dios, si con sinceridad celebramos
las fiestas de Dios; porque es un sacrificio muy grato a Dios la aflicción
de los pecados, como dice el Salmista: "El espíritu
atribulado es un sacrificio para Dios". Nuestros pecados
antiguos quedaron borrados al recibir el bautismo; mas después
de recibido hemos cometido muchísimos, pero no nos podemos
volver a lavar con su agua.
Puesto que hemos manchado nuestra vida después de recibido
el bautismo, bauticemos con lágrimas nuestra conciencia, para
que, volviendo a nuestra patria por distinto camino del que llevamos,
los que nos hemos separado de él atraídos por los bienes
terrenales volvamos a él llenos de amargura por los males que
hemos obrado, con el auxilio de Nuestro Señor Jesucristo.
San
Gregorio Magno (Homilía X in Evangelia)