La inquietud
no es una simple tentación, sino una fuente de la cual y por
la cual vienen muchas tentaciones: diremos, pues, algo acerca de ella.
La tristeza no es otra cosa que el dolor del espíritu a causa
del mal que se encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea
exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior, como ignorancia,
sequedad, repugnancia, tentación. Luego, cuando el alma siente
que padece algún mal, se disgusta de tenerlo, y he aquí
la tristeza, y, enseguida desea verse libre de él y poseer
los medios para echarlo de sí. Hasta este momento tiene razón,
porque todos, naturalmente, deseamos el bien y huimos de lo que creemos
que es un mal.
Si el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse del mal,
los buscará con paciencia, dulzura, humildad y tranquilidad,
y esperará su liberación más de la bondad y providencia
de Dios que de su industria y diligencia; si busca su liberación
por amor propio, se inquietará y acalorará en pos de
los medios, como si este bien dependiese más de ella que de
Dios. No digo que así lo piense, sino que se afanará
como si así lo pensase.
Si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en inquietud
y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla del mal presente,
lo empeorarán, y el alma quedará sumida en una angustia
y una tristeza, y en una falta de aliento y de fuerzas tal, que le
parecerá que su mal no tiene ya remedio. He aquí, pues,
cómo la tristeza, que al principio es justa, engendra la inquietud,
y ésta le produce un aumento de tristeza, que es mala sobre
toda medida.
La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera
del pecado; porque, así como las sediciones y revueltas intestinas
de una nación la arruinan enteramente, e impiden que pueda
resistir al extranjero, de la misma manera nuestro corazón,
cuando está interiormente perturbado e inquieto, pierde la
fuerza para conservar las virtudes que había adquirido, y también
la manera de resistir las tentaciones del enemigo, el cual hace entonces
toda clase de esfuerzos para pescar a río revuelto, como suele
decirse.
La inquietud proviene del deseo desordenado de librarse del mal que
se siente o de adquirir el bien que se espera, y, sin embargo, nada
hay que empeore más el mal y que aleje tanto el bien como la
inquietud y el ansia. Los pájaros quedan prisioneros en las
redes y en las trampas porque, al verse cogidos en ellas, comienzan
a agitarse y revolverse convulsivamente para poder salir, lo cual
es causa de que, a cada momento, se enreden más. Luego, cuando
te apremie el deseo de verte libre de algún mal o de poseer
algún bien, ante todo es menester procurar el reposo y la tranquilidad
del espíritu y el sosiego del entendimiento y de la voluntad,
y después, suave y dulcemente, perseguir el logro de los deseos,
empleando, con orden, los medios convenientes; y cuando digo suavemente,
no quiero decir con negligencia, sino sin precipitación, turbación
e inquietud; de lo contrario, en lugar de conseguir el objeto de tus
deseos, lo echarás todo a perder y te enredarás cada
vez más.
"Mi alma-decía David-siempre está puesta, ¡oh
Señor!, en mis manos, y no puedo olvidar tu santa ley."
Examina, pues, una vez al día a lo menos, o por la noche y
por la mañana, si tienes tu alma en tus manos, o si alguna
pasión o inquietud te la ha robado: considera si tienes tu
corazón bajo tu dominio, o bien si ha huido de tus manos, para
enredarse en alguna pasión des ordenada de amor, de aborrecimiento,
de envidia, de deseo, de temor, de enojo, de alegría. Y, si
se ha extraviado, procura, ante todo, buscarlo y conducirlo a la presencia
de Dios, poniendo todos tus afectos y deseos bajo la obediencia y
la dirección de su divina voluntad. Porque, así como
los que temen perder alguna cosa que les agrada mucho, la tienen bien
cogida de la mano, así también, a imitación de
aquel gran rey, hemos de decir siempre: "¡Oh Dios mío!,
mi alma está en peligro; por esto la tengo siempre en mis manos,
y, de esta manera, no he olvidado tu santa ley."
No permitas que tus deseos te inquieten, por pequeños y por
poco importantes que sean; porque, después de los pequeños,
los grandes y los más importantes encontrarán tu corazón
más dispuesto a la turbación y al desorden. Cuando sientas
que llega la inquietud, encomiéndate a Dios y resuelve no hacer
nada de lo que tu deseo reclama hasta que aquélla haya totalmente
pasado, a no ser que se trate de alguna cosa que no se pueda diferir;
en este caso, es menester refrenar la corriente del deseo, con un
suave y tranquilo esfuerzo, templándola y moderándola
en la medida de lo posible, y hecho esto, poner manos a la obra, no
según los deseos, sino según razón.
Si puedes manifestar la inquietud al director de tu alma, o, a lo
menos, a algún confidente y devoto amigo, no dudes de que enseguida
te sentirás sosegada; porque la comunicación de los
dolores del corazón hace en el alma el mismo efecto que la
sangría en el cuerpo que siempre está calenturiento:
es el remedio de los remedios. Por este motivo, dio san Luis este
aviso a su hijo: "Si sientes en tu corazón algún
malestar, dilo enseguida a tu confesor o a alguna buena persona, y
así podrás sobrellevar suavemente tu mal, por el consuelo
que sentirás."