Pero tú deseas que te conduzca más adelante
por el camino de la humildad, pues todo lo que he dicho es más
bien prudencia que humildad; ahora, pues, iremos más allá.
Muchos no quieren ni se atreven a pensar y a considerar las gracias
que Dios les ha hecho en particular, por temor a volverse engreídos,
y en esto se engañan porque, corno dice el gran Doctor Angélico,
el verdadero medio para alcanzar el amor de Dios, es la consideración
de los bienes que hemos recibido de Él; cuanto más los
conozcamos, más lo amaremos; y como que los regalos recibidos
personalmente conmueven más que los comunes, deben ser considerados
con más atención.
En verdad, nada puede hacernos tan humildes delante de la misericordia
de Dios como la consideración de sus beneficios, ni nada puede
humillarnos tanto delante de su justicia como ver la multitud de nuestros
pecados. Consideremos lo que Él ha hecho por nosotros y lo
que nosotros hemos hecho contra Él, y, así como pensamos
minuciosamente en nuestros pecados, pensemos también minuciosamente
en sus gracias. No hemos de temer que lo bueno que Dios ha puesto
en nosotros nos ensoberbezca, mientras tengamos bien presente que
nada de cuanto hay en nosotros es nuestro. ¡Ah, Señor!
¿Dejan los burros de ser animales pesados y mal olientes, por
el hecho de llevar a cuestas los muebles preciosos y perfumados del
príncipe? ¿Qué tenemos de bueno, que no hayamos
recibido? Y, si lo hemos recibido, ¿por qué nos hemos
de ensoberbecer? Al contrario, la consideración viva de las
gracias recibidas nos hace crecer en la humildad, pues el conocimiento
engendra el reconocimiento. Pero si, al recordar las gracias que Dios
nos ha hecho, nos halaga cierta vanidad, el remedio infalible será
recordar nuestras ingratitudes, nuestras imperfecciones y de nuestras
miserias.
Si meditamos lo que hemos hecho cuando Dios no ha estado con nosotros,
veremos con claridad que lo que hemos practicado cuando ha estado
con nosotros no es mérito nuestro ni de nuestra propia cosecha.
Nos alegraremos, claro está, de poseerlo, pero no glorificaremos
por ello más que a Dios, porque El es el único autor.
La Santísima Virgen confiesa que Dios ha hecho en ella cosas
grandes, pero lo reconoce únicamente para humillarse y glorificar
a Dios: "Mi alma -dice- glorifica al Señor, porque ha
hecho en mí cosas grandes."
Decimos muchas veces que no somos nada, que somos la miseria y el
desecho del mundo, pero nos dolería mucho que alguien hiciese
suyas nuestras palabras y anduviese diciendo de nosotros lo que somos.
Al contrario, hacemos como quien huye y se esconde, para que vayan
en pos de nosotros y nos busquen: fingimos que queremos ser los últimos
y que queremos ocupar el postrer lugar en la mesa, pero con el fin
de pasar honrosamente al primero. La verdadera humildad no dice muchas
palabras humildes, porque no sólo desea ocultar las otras virtudes,
sino también y principalmente desea ocultarse ella misma, y,
si le fuese lícito mentir, fingir o escandalizar al prójimo,
haría actos de arrogancia y de soberbia, para esconderse y
vivir totalmente escondida.
He aquí, pues, mi consejo, Filotea: o no digamos palabras de
humildad, o digámoslas con un verdadero sentimiento interior,
de acuerdo con lo que pronunciamos exteriormente; no bajemos nunca
nuestros ojos, si no es humillando nuestro corazón; no aparentemos
que deseamos ser los últimos, si no lo queremos ser de verdad.
Conceptúo tan general esta regla, que no hago ninguna excepción,
únicamente añado que, a veces, exige la cortesía
que demos la preferencia a aquellos que evidentemente no la tendrían,
pero esto no es ni doblez ni falsa humildad, porque entonces el solo
ofrecimiento del lugar preferente es un comienzo de honor, y, puesto
que no es posible darlo todo entero, no es ningún mal darles
su comienzo. Lo mismo digo de algunas palabras de honor o de respeto,
que, en rigor, no parecen verdaderas, pero lo son, con tal que el
corazón de aquel que las pronuncia tenga intención de
honrar y respetar a aquel a quien las dice; porque, aunque ciertas
palabras signifiquen con algún exceso lo que decimos, no faltamos,
al decirlas, cuando la costumbre lo requiere. Además de esto,
quisiera yo que nuestras palabras se ajustasen, en la medida de lo
posible, a nuestros afectos, para practicar siempre, en todo, la humildad
y el candor del corazón. El hombre humilde preferirá
que otro diga de él que es miserable, que no es nada, que no
vale nada, a decirlo él de sí mismo; o, a lo menos,
cuando sepa que lo dicen, procurará no desvanecerlo, y consentirá
en ello de buen grado; porque, puesto que él así lo
cree firmemente, está contento de que los demás sean
del mismo parecer.
Muchos dicen que dejan la meditación y la oración mental
para los más perfectos, porque no son dignos de ella; otros
dicen que no se atreven a comulgar con frecuencia, porque no se sienten
lo bastante puros; otros añaden que a causa de su miseria y
fragilidad, temen deshonrar la devoción si la practican; otros
se niegan a emplear sus talentos al servicio de Dios, porque, según
afirman, conocen su flaqueza y tienen miedo de ensoberbecerse si son
instrumentos de algún bien, y temen quedarse a oscuras, mientras
iluminan a los demás. Todas estas cosas son artificiales y
esta especie de humildad no solamente es falsa, sino, además,
maligna, con la cual pretenden, tácita y sutilmente, desacreditar
las cosas de Dios, o, a lo menos, cubrir, con la capa de humildad
el amor propio que hay en su carácter y en su indolencia. "Pide
al Señor una señal de lo alto de los cielos o de lo
profundo del mar", dijo el Profeta al desdichado Acaz, y él
respondió: "No la pediré ni tentaré al Señor."
¡Oh, el malvado! Finge una gran reverencia a Dios, y, con el
pretexto de humildad, se excusa de aspirar a la gracia, a la cual
le invita la divina bondad. Pero, ¿quién no ve que,
cuando Dios quiere hacernos mercedes, es orgullo el rehusarlas?, ¿que
hemos de aceptar los dones de Dios y que la humildad consiste en obedecer
y en seguir tan de cerca, como es posible, sus deseos? Pues bien,
el deseo de Dios es que seamos perfectos, uniéndonos a Él
e imitándolo cuanto podamos. El orgulloso que se fía
de sí mismo no quiere emprender nada; pero el humilde es tanto
más animoso, cuanto más impotente se reconoce, y, cuanto
más miserable se considera, tanto más valiente es, porque
tiene puesta toda su confianza en Dios, que se complace en hacer resplandecer
su omnipotencia en nuestra debilidad y en levantar su misericordia
sobre el pedestal de nuestra miseria. Conviene, pues, que nos atrevamos
humilde y santamente a hacer todo lo que nuestro guías espirituales
creen favorable a nuestro aprovechamiento.
Pensar que sabemos lo que ignoramos, es una necedad evidente; querer
darnos de sabios en lo que no conocemos, es una vanidad intolerable.
Yo no quisiera hacer el sabio aun en lo que sé, pero tampoco
hacerme el ignorante. Cuando la caridad lo exige, se ha de enseñar
sinceramente y con dulzura al prójimo, no sólo lo que
necesita para su instrucción, sino también lo que le
es útil para su consuelo. La humildad que esconde y encubre
las virtudes, para conservarlas, las hace, no obstante, aparecer,
cuando la caridad lo exige, para aumentarlas, engrandecerlas y perfeccionarlas.
En esto, se parece a un árbol de la isla de Tilos que, por
la noche, oprime y mantiene cerradas sus bellas flores rojas, y no
las abre hasta que sale el sol, de manera que los habitantes de aquella
región dicen que estas flores duermen de noche. Asimismo, la
humildad cubre y oculta todas nuestras virtudes y perfecciones humanas,
y nunca las deja entrever, si no es obligada por la caridad, la cual,
como no es una virtud humana sino celestial, no moral sino divina,
es el verdadero sol de todas las virtudes, sobre las cuales siempre
ha de dominar, por lo que la humildad que daña a la caridad
es indudablemente falsa.
Yo no quiero ni parecer necio ni parecer sabio, porque si la humildad
me impide parecer sabio, la simplicidad y la sinceridad me impiden
parecer necio; y, si la vanidad es contraria a la humildad, el fingimiento,
la afectación y la ficción son contrarias a la simplicidad
y a la sinceridad. Si algunos siervos de Dios se han fingido locos,
para hacerse más abyectos a los ojos del mundo, es necesario
admirarlos, pero no imitarlos, pues ellos han tenido motivos para
llegar a estos excesos, los cuales son tan particulares y extraordinarios,
que nadie ha de sacar de ello consecuencias para sí. En cuanto
a David, si bien danzó y saltó delante del Arca de la
Alianza, no lo hizo porque quisiera parecer loco, sino que, sencillamente,
hizo aquellos movimientos exteriores, en consonancia con la extraordinaria
y desmesurada alegría que sentía en su corazón.
Y cuando Micol, su esposa, se lo echó en cara, como si fuese
una locura, él no se afligió al verse humillado, sino
que, perseverando en la ingenua y verdadera demostración de
su gozo, dio testimonio de que estaba contento de recibir un poco
de oprobio por su Dios. Por lo tanto, te digo que si por los actos
de una verdadera y sencilla devoción, te tienen por tonta o
loca, la humildad hará que te alegres de esto.