La noche anterior,
comienza a prepararte para la Sagrada Comunión, con muchas
aspiraciones y deseos amorosos. Si durante la noche te despiertas,
llena enseguida tu corazón o tu boca de palabras de adoración,
con las cuales tu alma perfumada se perfuma para recibir al Esposo,
quien mientras tú duermes, se prepara para traerte mil gracias
y favores, si tú estás en disposición de recibirlos.
Por la mañana, levántate con gran alegría, por
la felicidad que esperas, y una vez confesada, ve con gran confianza,
pero también con gran humildad, a recibir este pan celestial,
que te alimenta para la inmortalidad. Y, después que hayas
dicho estas palabras: "Señor, yo no soy digna de que entres
en mi casa...", pasa a comulgar, abriendo con suavidad la boca
y levantando lo necesario la cabeza, para que el sacerdote pueda ver
lo que hace. Recibe, llena de fe, de esperanza y de caridad, a Aquel,
en el cual, por el cual y para el cual, crees, esperas y amas.
Imagínate que, así como la abeja, después de
haber recogido de las flores el rocío del cielo y el néctar
más exquisito de la tierra, y, después de haberlo convertido
en miel, lo lleva a su panal, de la misma manera, el sacerdote, después
de haber tomado del altar el Salvador del mundo, verdadero Hijo de
Dios, que, como rocío, desciende del cielo, y verdadero Hijo
de la Virgen, que, como una flor, ha brotado de la tierra de nuestra
humanidad, lo pone, como manjar de suavidad, en tu boca y en tu corazón.
Una vez lo hayas recibido, mueve tu corazón a rendir homenaje
a este Rey Salvador; habla con Él de tu vida interior, contémplalo
dentro de ti, donde ha entrado para tu felicidad; en fin„ hazle
tan buena acogida como puedas y pórtate de manera que, en todos
los actos, se conozca que Dios está en ti.
Pero, cuando no puedas tener el gozo de comulgar realmente en la santa
Misa, comulga, a lo menos, de corazón y en espíritu,
uniéndote, con fervoroso deseo, a esta carne vivificadora del
Salvador.
Tu gran anhelo, en la comunión, ha de ser avanzar, robustecerte
y consolarte en el amor de Dios, ya que debes recibir por amor al
que sólo por amor se da a ti. No, el Salvador no puede ser
considerado en una acción ni más amorosa ni más
tierna que ésta, en la cual podemos afirmar que se anonada
y convierte en manjar, para penetrar en nuestras almas y unirse íntimamente
al corazón y al cuerpo de sus fieles.
Si el mundo te pregunta por qué comulgas con tanta frecuencia,
dile que lo haces para aprender a amar a Dios, para purificarte de
tus imperfecciones, para consolarte en sus aflicciones, para apoyarte
en tus debilidades. Dile que son dos las clases de personas que han
de comulgar con frecuencia: las perfectas, porque, estando bien dispuestas,
faltarían si no se acercasen al manantial y a la fuente de
perfección, y las imperfectas, precisamente para que puedan
aspirar a ella; las fuertes, para no enflaquecer, y las débiles,
para robustecerse; las enfermas, para sanar, y las que gozan de salud,
para no caer enfermas; y tú, como imperfecta, débil
y enferma, tienes necesidad de unirte, con frecuencia, con tu perfección,
con tu fuerza y con tu médico. Dile que los que no están
muy atareados han de comulgar con frecuencia, porque tienen tiempo
para ello, y que los que tienen mucho trabajo también, porque
lo necesitan, pues los que trabajan mucho y andan cargados de penas,
han de tomar alimentos sólidos y frecuentes. Dile que recibes
el Santísimo Sacramento para aprender a recibirlo bien, porque
no se hace bien lo que no se hace con frecuencia.
Filotea, comulga a menudo, tanto cuanto puedas, y, créeme,
las liebres de nuestras montañas, en invierno, se vuelven blancas
porque no ven ni comen más que nieve; y tú, a fuerza
de adorar y comer la belleza, la bondad y la pureza misma, en este
divino Sacramento, llegarás a ser toda hermosa, toda buena
y toda pura.