Que el amor tiende a la unión
El gran rey Salomón describe por manera encantadora y admirable los amores de Dios y del lima santa, en aquel libro divino que, por su deliciosa suavidad, se llama el Cantar de los Cantares . Y para elevarnos más dulcemente a la consideración de este amor espiritual, que se realiza entre Dios y nosotros por la correspondencia le los movimientos de nuestro corazón con las inspiraciones divinas, quiso el sabio. rey emplear una continua alegoría, representándonos los amores de un casto pastor y de una púdica pastora. Haciendo, pues, hablar primero a la Esposa, como a manera de una sorpresa de amor, pone de repente en sus labios esta exclamación vehemente: Reciba yo un ósculo santo de su boca (Cant., 1, 1). Ve aquí, oh Teótimo, cómo el alma, representada en la figura de esa pastora, no pretende, con el primer deseo que ella expresa, más que la casta unión con su Esposo, como declarando que éste es el único fin al cual aspira y por el cual vive; porque ¿qué otra cosa quiere significar este primer suspiro: Reciba yo un ósculo santo de su boca?
El beso ha sido empleado en todos los tiempos, como por instinto natural, para representar el amor perfecto, esto es, la unión de los corazones, y no sin motivo. Mostramos y reflejamos nuestras pasiones y los movimientos que nuestras almas tienen de común con los animales, en los ojos, en las cejas, en la frente y en todo el semblante. Por el rostro se conoce al hombre, dice la Escritura (Eccli., 19, 26); y Aristóteles, dando razón de por qué ordinariamente no se pinta más que la cara al representar a los hombres insignes, dice que «la razón es porque el rostro manifiesta lo que somos» (1).
Más, sin embargo, no comunicamos nuestros discursos ni los pensamientos, que proceden de la parte espiritual de nuestras almas, que llamamos razón y por la cual nos diferenciamos de los animales, sino por nuestras almas, y, por consiguiente, por medio de la boca; de manera que derramar nuestra alma o nuestro corazón, no es otra cosa que hablar. Dice el Salmista (Ps. 61, 9): Derramad vuestros corazones delante de Dios, esto es, expresad y manifestad los afectos de vuestro corazón con palabras; y la piadosa madre de Samuel, pronunciando sus suplicas, aunque tan levemente que se percibía apenas el movimiento de sus labios. He derramado, decía, mi alma delante de Dios (1 Sam., 1, 13, 15). Por este motivo, se aplica una boca a la otra cuando se besa, para testimoniar que se querría derramar un alma dentro de la otra, para unirlas en una unión perfecta; y por eso, en todos los tiempos y entre los hombres más santos, el beso ha sido la señal del amor y del afecto. Así fué empleado comúnmente entre los primeros cristianos, como atestigua San Pablo cuando dice a los romanos (Cap. 16, 16) y corintios (Epist. 1, 16, 20; Ep., 2, 13, 12) : Saludaos unos a otros con el ósculo santo; y, según muchos afirman, Judas, en el acto del prendimiento de Jesús, empleó el beso para darle a conocer (Matt., 26, 48, 49), porque el divino Salvador besaba ordinariamente a sus discípulos cuando se encontraba con ellos, y no solamente a sus discípulos, sino también a los pequeñuelos que Él tomaba amorosamente entre sus brazos (Marc., 10, 16), como hizo con aquel del cual se sirvió para invitar tan solemnemente a sus discípulos a la caridad del prójimo (Matt., 18, 1-10; Marc., 9, 35), y el cual muchos creen que fué San Marcial, como dice el Obispo Jansenio (2).
Así, pues, siendo el beso la señal viva de la unión de los corazones, la Esposa, que no busca en todas sus ansias más que unirse con su Amado, exclama: Reciba yo un ósculo santo de su boca. Como si dijera: Tantos suspiros e inflamados deseos como mi corazón ha lanzado incesantemente, ¿no conseguirán jamás lo que mi alma ansía? Yo corro, ¿y no alcanzaré nunca el premio por el cual suspiro, que es tener unido mi corazón y mi espíritu con el corazón y el espíritu de mi Dios, mi esposo y mi vida? ¿Cuándo podré yo derramar mi alma en su corazón y Él su corazón en mi alma, y vivir así feliz e inseparablemente unidos?
Cuando el Espíritu Santo quiere expresar el amor perfecto, emplea casi siempre las palabras de unión y unidad: En la multitud de creyentes, dice San Lucas (Act., 4, 32), no había más que un corazón y un alma. Nuestro Señor Jesucristo oró a su Padre por todos los fieles, a fin de que fuesen todos una misma cosa (loan., 17, 21); San Pablo nos advierte (Eph., 4, 3) que seamos cuidadosos de conservar unidad de espíritu por la unión de la paz. Estas uniones de corazón, de alma y de espíritu significan la perfección del amor, que junta muchas almas en una: así se dice (1 Sam., 18, 1) que el alma de Jonatás estaba adherida al alma de David, esto es, según añade la Escritura, amó a David como a su propia alma. El gran apóstol de Francia, San Dionn i sio, tanto al expresar su sentir propio como al referir el de su Hieroteo, escribe más de cien ve-ces en un solo capitulo (Cap. 4), que el amor tiende, por su naturaleza, a unir, juntar, aunar, enlazar, recoger y reducir las cosas a la unidad. San Gregorio Nacianceno (3) y San Agustín (4) dicen que sus amigos tenían como una sola alma con ellos; y Aristóteles, aprobando ya en su tiempo este modo de hablar, dice (5): «Cuando que-remos expresar cuánto amamos a nuestros amigos, decimos que el alma de ellos y la nuestra es una sola alma.» El odio nos separa; en cambio, el amor nos une; por consiguiente, el fin del amor no es otro que la unión del amante a la cosa amada.
San Francisco de Sales, “Tratado del amor de Dios” .
Notas:
(1) Opus suppotitium. Problemata, sect., 36, q. I.
(2) Comment. in Concord., c. 70.
(3) Orat. 43ª, § 20.
(4) Confess., 1. 4, c. 6.
(5) Magna Moralis, 1. 2, c. 11.