Dos géneros
de cosas, hermanos míos, considero en el Nacimiento del Señor,
no sólo diferentes, sino muy desemejantes. El Niño que
nace es Dios y la Madre de quien nace es Virgen y el alumbramiento
mismo es sin dolor. Resplandece una nueva luz del Cielo entre las
tinieblas, un Ángel anunció la nueva de tan grande gozo,
la multitud de la milicia celestial da a Dios alabanzas, se da a Dios
la gloria y la paz a los hombres de buena voluntad, se apresuran los
pastores, hallan lo mismo que se les había anunciado, lo participan
a otros: todos los que lo escuchan se llenan de admiración.
Estas y otras semejantes cosas, amadísimos, son propias de
la virtud divina, no de la fragilidad humana. Vasos son de oro y de
plata, en que por razón de tan grande solemnidad se sirve hoy
en la mesa del Señor, también a los pobrecillos y necesitados.
No debemos nosotros llevárnoslos, no se nos da la bandeja de
oro o la copa, sino sólo, la comida y bebida que está
en ellos. Considera con cuidado, dice el sabio, las cosas que te ponen
delante en la mesa (Prov. 23, 1-2). Yo ciertamente conozco que son
míos el tiempo y el lugar de este nacimiento, la delicadeza
del cuerpo del Niño, sus sollozos y sus lágrimas: también
la pobreza de los mismos pastores, a quienes antes de todo se anuncia
el Nacimiento del Señor, y sus vigilias.
Mías son estas cosas, me pertenecen, delante de mí se
me proponen para que las imite. Nació Cristo en el invierno,
nació en la noche. ¿Pensamos que sucedería casualmente
que en tanta inclemencia del aire y en las tinieblas naciese aquel
Señor, de quien es el invierno y el estío, el día
y la noche? No escogen los demás niños el tiempo en
que han de nacer; como quienes, comenzando apenas a vivir entonces,
no tienen uso alguno de la razón, ninguna libertad de elegir,
ninguna facultad de deliberar.
Cristo, hermanos míos, antes que se hiciera hombre estaba ya
en el principio de Dios, como Hijo suyo, coeterno y consubstancial,
y era Dios con la misma sabiduría y potestad que ahora tiene,
como quien era la virtud y sabiduría de Dios. Habiendo de nacer,
pues el Hijo de Dios, en cuyo arbitrio estaba cualquier tiempo que
quisiera elegir, escogió el que es más molesto, especialmente
para un párvulo e hijo de una pobre Madre, que apenas tendría
pañales en que envolverle y un pesebre en que reclinarle. Y
habiendo allí tanta necesidad, no oigo que se haga mención
alguna de pieles. El primer Adán se viste con túnicas
de pieles, el segundo es envuelto en unos pobres pañales. No
es el mundo de este parecer: pues bien, o Cristo se engaña,
o el mundo yerra. Pero como es imposible engañarse la divina
sabiduría, con razón se reputa que la prudencia de la
carne (que también es muerte) es enemiga de Dios, y que la
prudencia del siglo es necedad. ¿Qué diremos? Cristo,
que no se engaña, elige lo que es más modesto a la carne;
luego esto es lo mejor, lo más útil,, debe elegirse
ante todo: y sea quien fuere el que enseñe o persuada otra
cosa, nos debemos guardar de él, como de un engañador.
También quiso nacer por la noche. ¿Qué dirán
los que tan libremente pretenden hacer ostentación de sí
mismos? Cristo escoge lo que juzga más saludable; vosotros
elegís lo que Él reprueba. ¿Quién de los
dos es más prudente? ¿Cuál de los dos juicios
es más justo? ¿Qué parecer será más
sano?
En fin, Cristo calla, no se alaba, no se engrandece, no se predica:
mas he aquí que el Ángel da noticias de Él, y
le canta alabanzas el ejército celestial. Tú, pues,
que sigues a Cristo, esconde el tesoro que has hallado. Ama ser ignorado,
alábete la boca ajena, calle la tuya. Aún más:
en un establo nace Cristo, y está reclinado en un pesebre.
¿Y no es el mismo, por ventura, el que dice: "Toda la
tierra es mía y todo cuanto en ella se encierra" (Salmo
40). Pues ¿por qué escogió un establo? ¡Sin
duda, para reprobar la gloria del mundo, para condenar la vanidad
del siglo. Todavía no habla su lengua, y ya todas sus cosas
claman, predican y evangelizan, Los mismos infantiles miembros tampoco
callan; en todos se arguye el juicio del mundo, se destruye, se confuta.
¿Quién de los hombres, si para ello se le diera opción,
no elegiría antes un cuerpo robusto y una edad con el uso perfecto
de la razón y discreción, que la de un infante? ¡Oh,
sabiduría que sois traída de lo oculto! ¡Oh, verdaderamente
encarnada y encubierta sabiduría! Y sin embargo, hermanos mios,
el mismo es aquel párvulo prometido en otro tiempo por Isaías,
que sabe reprobar lo malo y elegir lo bueno. Lo malo, pues, es el
deleite del cuerpo, lo bueno es la mortificación: supuesto
que ésta elige y reprueba aquélla el sabio Niño,
el Verbo infante. Porque el Verbo se hizo carne y carne débil,
carne de un niño, carne delicada, carne imposibilitada para
toda obra, e incapaz de todo trabajo.
Y verdaderamente, hermanos, el Verbo se hizo carne y habitó
entre nosotros. Cuando era en el principio en Dios, habitaba en una
luz inaccesible y no había quien fuese capaz de Él.
Porque ¿quién penetró los designios del Señor,
o quién ha sido su consejero? El hombre carnal no percibe las
cosas del Espíritu de Dios; pero ahora ya puede percibir, aún
el hombre camal, que el Verbo se hizo carne. Si no sabía oír
cosa alguna fuera de la carne, he ahí que se hizo carne el
Verbo: óigale a lo menos en la carne. En la carne se te muestra,
oh, hombre, aquella sabiduría: esa misma que en otro tiempo
estaba oculta, mira ya cómo es traída de lo oculto y
se presenta por sí misma a los sentidos de tu cuerpo. Carnalmente,
por decirlo así, se te predica: huye del deleite, porque junto
a la puerta del deleite está la muerte: haz penitencia, porque
por ella se acerca el Reino de los Cielos. Esto te predica aquel establo,
esto clama aquel pesebre, esto hablan manifiestamente sus infantiles
miembros, esto te repiten sus lágrimas y sollozos. Pues llora
Cristo, pero no como los demás, o seguramente no por lo que
suelen los demás. En los otros prevalece la sensación,
en Cristo prevalece el afecto. Padecen aquéllos, no hacen;
como que no tienen todavía el uso de su misma voluntad. Lloran
aquéllos, porque padecen; Cristo, porque se compadece. Lloran
aquéllos el pesado yugo, que oprime a todos los hijos de Adán.
Cristo llora los pecados de los hijos de Adán. Y, verdaderamente,
por aquéllos por quienes ahora derrama lágrimas, después
derramará también su sangre. ¡Oh, dureza de mi
corazón! ¡Ojalá, Señor, que así
como el Verbo se hizo carne, así también se haga carne
mi corazón; pues esto mismo lo prometísteis por el Profeta,
diciendo: "Quitaré de vosotros el corazón de piedra
y os daré un corazón de carne" (Ezeq. 21, 19).
Hermanos míos, las lágrimas de Cristo me causan a un
mismo tiempo vergüenza y dolor. Estaba yo jugando en la plaza,
y en el secreto del gabinete real se daba sentencia de muerte contra
mí. ¡Oyólo, su Hijo único: salió,
quitadá la diadema, vestido de un saco, cubierta la cabeza
de ceniza, desnudos los pies, llorando y lamentándose, de que
había sido condenado a muerte un siervecillo suyo. Mírole
que sale de repente, me asombro de la novedad, pregunto la causa y
me la dicen. ¿Qué haré yo? ¿Proseguiré
jugando todavía y me burlaré de sus lágrimas?
Verdaderamente sino estoy loco y privado del entendimiento, no dejaré
de seguirlo y acompañarlo en su llanto. Ved ahí de dónde
viene mi vergüenza. ¿El dolor y temor, de dónde?
De que por la consideración del remedio mido lo grande de mi
peligro. Lo ignoraba yo, pareciéndome que estaba sano: y he
aquí que es enviado el Hijo de la Virgen, el Hijo del Altísimo,
y le condenan a muerte, para que mis llagas se curen con el precioso
bálsamo de su sangre. Reconoce, hombre, cuán graves
son tus heridas, pues por ellas es necesario que Jesucristo sea herido.
Si ellas no fueran de muerte y de muerte eterna, nunca por su remedio
moriría el Hijo de Dios. Vergüenza es, amadísimos,
disimular negligentemente la propia desdicha, cuando veo que muestra
tanta compasión de ella tan grande Majestad. Se compadece el
Hijo de Dios y llora: ¿y el hombre, que es por quien padece,
se reirá? Así el precio de la medicina es el aumento
de mi dolor y temor.
Mas, si observo con diligencia los preceptos del médico, será
también ocasión de mi consuelo; pues así como
reconozco por enfermedad grave, a la que se aplica tan preciosa medicina,
así igualmente conjeturo por esto mismo, que no será
incurable. No gastaría en balde estas preciosísimas
especies este médico sabio, o más bien, la misma sabiduría.
Y es constante, que en vano se gastarían, no sólo si
fuera fácil la curación sin ellas, sino mucho más
aún si con ellas fuera imposible. Anímate, pues, a la
penitencia y encienda en ti más vehementes deseos la concebida
esperanza de la salud. A esto se llega, para mayor consuelo, la misma
visita y coloquio de los Ángeles a los pastores que estaban
velando. ¡Ay de vosotros ricos, que tenéis vuestro consuelo
en este mundo, para que no merezcáis tener el celestial! ¡Cuántos
nobles según la carne, cuántos poderosos, cuántos
sabios en aquella hora descansaban en blandas camas y ninguno de ellos
fué tenido por digno de ver la nueva luz, de saber la noticia
de tanto gozo, de oír cantar a los Ángeles: ¡Gloria
sea a Dios en las alturas! Reconozcan los hombres, pues, que los que
no se hallan en el trabajo de los hombres, no merecen ser visitados
de los Ángeles. Reconozcan cuánto agrada a los celestiales
Ciudadanos el trabajo, cuyo fin es el bien espiritual; puesto que
aun a los que trabajan por el alimento del cuerpo y obligados por
su necesidad, se dignan favorecer con sus palabras, y palabras tan
dichosas. Sin duda miran en ellos aquel orden de las cosas humanas,
en que dispuso Dios, que con el sudor de su rostro coma su pan Adán.
Ruégoos, Amadísimos, que consideréis con la mayor
atención, cuánto ha hecho Dios por vuestra instrucción
y salud, no suceda que sea infructuosa en vosotros palabra tan viva
y eficaz, palabra tan fiel y digna de todo aprecio, palabra no tanto
de la boca como de la obra. ¿Pensáis, Hermanos, que
sería poco sensible para mí, si llegara a entender,
que estas mismas palabras mías, que os hablo a vosotros ahora,
perecían vanamente y sin utilidad alguna en vuestros corazones?
¿Y quién soy yo y qué valen todas mis palabras?
Pues, si fuese inútil en este poquito de trabajo de la voz,
se resentiría un hombre, que es cosa pequeña y aún
nada: ¿cuánto más justamente se indignará
el Señor de la Majestad, si tanta diligencia suya llega a frustrarse
por vuestra negligencia y dureza? Aparte tan grande mal de sus siervecillos,
aquel Señor que por su salud se dignó tomar la forma
de siervo, el Unigénito del Padre, que es, sobre todas las
cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.
San
Bernardo (Sermón III - Navidad)