San Bernardo
DEL LUGAR, TIEMPO Y OTRAS CIRCUNSTANCIAS DEL NACIMIENTO DEL SEÑOR

 

Dos géneros de cosas, hermanos míos, considero en el Nacimiento del Señor, no sólo diferentes, sino muy desemejantes. El Niño que nace es Dios y la Madre de quien nace es Virgen y el alumbramiento mismo es sin dolor. Resplandece una nueva luz del Cielo entre las tinieblas, un Ángel anunció la nueva de tan grande gozo, la multitud de la milicia celestial da a Dios alabanzas, se da a Dios la gloria y la paz a los hombres de buena voluntad, se apresuran los pastores, hallan lo mismo que se les había anunciado, lo participan a otros: todos los que lo escuchan se llenan de admiración.
Estas y otras semejantes cosas, amadísimos, son propias de la virtud divina, no de la fragilidad humana. Vasos son de oro y de plata, en que por razón de tan grande solemnidad se sirve hoy en la mesa del Señor, también a los pobrecillos y necesitados. No debemos nosotros llevárnoslos, no se nos da la bandeja de oro o la copa, sino sólo, la comida y bebida que está en ellos. Considera con cuidado, dice el sabio, las cosas que te ponen delante en la mesa (Prov. 23, 1-2). Yo ciertamente conozco que son míos el tiempo y el lugar de este nacimiento, la delicadeza del cuerpo del Niño, sus sollozos y sus lágrimas: también la pobreza de los mismos pastores, a quienes antes de todo se anuncia el Nacimiento del Señor, y sus vigilias.
Mías son estas cosas, me pertenecen, delante de mí se me proponen para que las imite. Nació Cristo en el invierno, nació en la noche. ¿Pensamos que sucedería casualmente que en tanta inclemencia del aire y en las tinieblas naciese aquel Señor, de quien es el invierno y el estío, el día y la noche? No escogen los demás niños el tiempo en que han de nacer; como quienes, comenzando apenas a vivir entonces, no tienen uso alguno de la razón, ninguna libertad de elegir, ninguna facultad de deliberar.
Cristo, hermanos míos, antes que se hiciera hombre estaba ya en el principio de Dios, como Hijo suyo, coeterno y consubstancial, y era Dios con la misma sabiduría y potestad que ahora tiene, como quien era la virtud y sabiduría de Dios. Habiendo de nacer, pues el Hijo de Dios, en cuyo arbitrio estaba cualquier tiempo que quisiera elegir, escogió el que es más molesto, especialmente para un párvulo e hijo de una pobre Madre, que apenas tendría pañales en que envolverle y un pesebre en que reclinarle. Y habiendo allí tanta necesidad, no oigo que se haga mención alguna de pieles. El primer Adán se viste con túnicas de pieles, el segundo es envuelto en unos pobres pañales. No es el mundo de este parecer: pues bien, o Cristo se engaña, o el mundo yerra. Pero como es imposible engañarse la divina sabiduría, con razón se reputa que la prudencia de la carne (que también es muerte) es enemiga de Dios, y que la prudencia del siglo es necedad. ¿Qué diremos? Cristo, que no se engaña, elige lo que es más modesto a la carne; luego esto es lo mejor, lo más útil,, debe elegirse ante todo: y sea quien fuere el que enseñe o persuada otra cosa, nos debemos guardar de él, como de un engañador.
También quiso nacer por la noche. ¿Qué dirán los que tan libremente pretenden hacer ostentación de sí mismos? Cristo escoge lo que juzga más saludable; vosotros elegís lo que Él reprueba. ¿Quién de los dos es más prudente? ¿Cuál de los dos juicios es más justo? ¿Qué parecer será más sano?
En fin, Cristo calla, no se alaba, no se engrandece, no se predica: mas he aquí que el Ángel da noticias de Él, y le canta alabanzas el ejército celestial. Tú, pues, que sigues a Cristo, esconde el tesoro que has hallado. Ama ser ignorado, alábete la boca ajena, calle la tuya. Aún más: en un establo nace Cristo, y está reclinado en un pesebre. ¿Y no es el mismo, por ventura, el que dice: "Toda la tierra es mía y todo cuanto en ella se encierra" (Salmo 40). Pues ¿por qué escogió un establo? ¡Sin duda, para reprobar la gloria del mundo, para condenar la vanidad del siglo. Todavía no habla su lengua, y ya todas sus cosas claman, predican y evangelizan, Los mismos infantiles miembros tampoco callan; en todos se arguye el juicio del mundo, se destruye, se confuta. ¿Quién de los hombres, si para ello se le diera opción, no elegiría antes un cuerpo robusto y una edad con el uso perfecto de la razón y discreción, que la de un infante? ¡Oh, sabiduría que sois traída de lo oculto! ¡Oh, verdaderamente encarnada y encubierta sabiduría! Y sin embargo, hermanos mios, el mismo es aquel párvulo prometido en otro tiempo por Isaías, que sabe reprobar lo malo y elegir lo bueno. Lo malo, pues, es el deleite del cuerpo, lo bueno es la mortificación: supuesto que ésta elige y reprueba aquélla el sabio Niño, el Verbo infante. Porque el Verbo se hizo carne y carne débil, carne de un niño, carne delicada, carne imposibilitada para toda obra, e incapaz de todo trabajo.
Y verdaderamente, hermanos, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Cuando era en el principio en Dios, habitaba en una luz inaccesible y no había quien fuese capaz de Él. Porque ¿quién penetró los designios del Señor, o quién ha sido su consejero? El hombre carnal no percibe las cosas del Espíritu de Dios; pero ahora ya puede percibir, aún el hombre camal, que el Verbo se hizo carne. Si no sabía oír cosa alguna fuera de la carne, he ahí que se hizo carne el Verbo: óigale a lo menos en la carne. En la carne se te muestra, oh, hombre, aquella sabiduría: esa misma que en otro tiempo estaba oculta, mira ya cómo es traída de lo oculto y se presenta por sí misma a los sentidos de tu cuerpo. Carnalmente, por decirlo así, se te predica: huye del deleite, porque junto a la puerta del deleite está la muerte: haz penitencia, porque por ella se acerca el Reino de los Cielos. Esto te predica aquel establo, esto clama aquel pesebre, esto hablan manifiestamente sus infantiles miembros, esto te repiten sus lágrimas y sollozos. Pues llora Cristo, pero no como los demás, o seguramente no por lo que suelen los demás. En los otros prevalece la sensación, en Cristo prevalece el afecto. Padecen aquéllos, no hacen; como que no tienen todavía el uso de su misma voluntad. Lloran aquéllos, porque padecen; Cristo, porque se compadece. Lloran aquéllos el pesado yugo, que oprime a todos los hijos de Adán. Cristo llora los pecados de los hijos de Adán. Y, verdaderamente, por aquéllos por quienes ahora derrama lágrimas, después derramará también su sangre. ¡Oh, dureza de mi corazón! ¡Ojalá, Señor, que así como el Verbo se hizo carne, así también se haga carne mi corazón; pues esto mismo lo prometísteis por el Profeta, diciendo: "Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne" (Ezeq. 21, 19).
Hermanos míos, las lágrimas de Cristo me causan a un mismo tiempo vergüenza y dolor. Estaba yo jugando en la plaza, y en el secreto del gabinete real se daba sentencia de muerte contra mí. ¡Oyólo, su Hijo único: salió, quitadá la diadema, vestido de un saco, cubierta la cabeza de ceniza, desnudos los pies, llorando y lamentándose, de que había sido condenado a muerte un siervecillo suyo. Mírole que sale de repente, me asombro de la novedad, pregunto la causa y me la dicen. ¿Qué haré yo? ¿Proseguiré jugando todavía y me burlaré de sus lágrimas? Verdaderamente sino estoy loco y privado del entendimiento, no dejaré de seguirlo y acompañarlo en su llanto. Ved ahí de dónde viene mi vergüenza. ¿El dolor y temor, de dónde? De que por la consideración del remedio mido lo grande de mi peligro. Lo ignoraba yo, pareciéndome que estaba sano: y he aquí que es enviado el Hijo de la Virgen, el Hijo del Altísimo, y le condenan a muerte, para que mis llagas se curen con el precioso bálsamo de su sangre. Reconoce, hombre, cuán graves son tus heridas, pues por ellas es necesario que Jesucristo sea herido. Si ellas no fueran de muerte y de muerte eterna, nunca por su remedio moriría el Hijo de Dios. Vergüenza es, amadísimos, disimular negligentemente la propia desdicha, cuando veo que muestra tanta compasión de ella tan grande Majestad. Se compadece el Hijo de Dios y llora: ¿y el hombre, que es por quien padece, se reirá? Así el precio de la medicina es el aumento de mi dolor y temor.
Mas, si observo con diligencia los preceptos del médico, será también ocasión de mi consuelo; pues así como reconozco por enfermedad grave, a la que se aplica tan preciosa medicina, así igualmente conjeturo por esto mismo, que no será incurable. No gastaría en balde estas preciosísimas especies este médico sabio, o más bien, la misma sabiduría. Y es constante, que en vano se gastarían, no sólo si fuera fácil la curación sin ellas, sino mucho más aún si con ellas fuera imposible. Anímate, pues, a la penitencia y encienda en ti más vehementes deseos la concebida esperanza de la salud. A esto se llega, para mayor consuelo, la misma visita y coloquio de los Ángeles a los pastores que estaban velando. ¡Ay de vosotros ricos, que tenéis vuestro consuelo en este mundo, para que no merezcáis tener el celestial! ¡Cuántos nobles según la carne, cuántos poderosos, cuántos sabios en aquella hora descansaban en blandas camas y ninguno de ellos fué tenido por digno de ver la nueva luz, de saber la noticia de tanto gozo, de oír cantar a los Ángeles: ¡Gloria sea a Dios en las alturas! Reconozcan los hombres, pues, que los que no se hallan en el trabajo de los hombres, no merecen ser visitados de los Ángeles. Reconozcan cuánto agrada a los celestiales Ciudadanos el trabajo, cuyo fin es el bien espiritual; puesto que aun a los que trabajan por el alimento del cuerpo y obligados por su necesidad, se dignan favorecer con sus palabras, y palabras tan dichosas. Sin duda miran en ellos aquel orden de las cosas humanas, en que dispuso Dios, que con el sudor de su rostro coma su pan Adán.
Ruégoos, Amadísimos, que consideréis con la mayor atención, cuánto ha hecho Dios por vuestra instrucción y salud, no suceda que sea infructuosa en vosotros palabra tan viva y eficaz, palabra tan fiel y digna de todo aprecio, palabra no tanto de la boca como de la obra. ¿Pensáis, Hermanos, que sería poco sensible para mí, si llegara a entender, que estas mismas palabras mías, que os hablo a vosotros ahora, perecían vanamente y sin utilidad alguna en vuestros corazones? ¿Y quién soy yo y qué valen todas mis palabras? Pues, si fuese inútil en este poquito de trabajo de la voz, se resentiría un hombre, que es cosa pequeña y aún nada: ¿cuánto más justamente se indignará el Señor de la Majestad, si tanta diligencia suya llega a frustrarse por vuestra negligencia y dureza? Aparte tan grande mal de sus siervecillos, aquel Señor que por su salud se dignó tomar la forma de siervo, el Unigénito del Padre, que es, sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.

San Bernardo (Sermón III - Navidad)

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