La misericordia divina ha multiplicado en todo tiempo
y momento sus exquisitos cuidados sobre las numerosas miserias del
hombre. De esta consideración debe brotar de nuestros corazones
un ininterrumpido hacimiento de gracias por la liberalidad de Dios
en curar y prevenir tanta deficiencia de nuestra naturaleza caída
con tantos y tales dones que de sus manos nos han venido y nos vienen
continuamente.
Seis grandes defectos aquejaban a la naturaleza humana, que fueron
subsanados adecuadamente por otros tantos beneficios divinos. Estaba
el hombre despojado de todo don sobrenatural, y Dios le enriqueció
con su propia inhabitación. Estaba hambriento, y se le dio
El mismo como alimento restaurador. Se hallaba rodeado de densas tinieblas,
y se le comunicó El mismo como luz en su propio corazón.
Yacía en sombras de muerte por el juicio divino que sobre él
pesaba, y se ofreció Dios mismo como víctima para su
reconciliación. Estaba vencido, con espantosa impotencia para
todo lo sobrenatural, y se le dio El mismo como principio de operación
en orden a la vida eterna. Obstinado y cautivo su corazón con
vínculos férreos, fue El quien se ofreció para
relajar estas ataduras.
Estas seis profundas dolencias de la naturaleza humana y las seis
misericordias divinas que son su remedio se encuentran anunciadas
en la sagrada Escritura por otras tantas figuras de la Eucaristía.
Estas son: la grosura, el pan, la miel, el cordero pascual, el tesoro
celestial y el maná.
Las propiedades de estos elementos que figuran los efectos de la Eucaristía
en el alma son: la grosura, liquidada al fuego, se difunde y empapa
los cuerpos que toca; así la Eucaristía entra en los
senos del alma y la hinche con sus celestiales dones. El pan alimenta
y restaura las fuerzas: del mismo modo la Eucaristía calma
el hambre espiritual del hombre. La miel (según se pensaba
entonces) es medicina para curar los ojos; de igual manera la
Eucaristía es luz que disipa las tinieblas que nos rodean.
El cordero pascual era víctima que debía ser inmolada:
como él, la Eucaristía es sacrificio de reconciliación
del hombre con Dios. El tesoro enriquece al que nada poseía;
de modo semejante la Eucaristía llena de bienes al alma despojada
de todo don celestial. El maná se derretía bajo la influencia
del calor solar; en modo parecido se ablanda la dureza férrea
y obstinada de los corazones al contacto con el calor divino de la
Eucaristía
La primera figura de la Eucaristía es la grosura (Gen 49,20).
En sus propiedades naturales podemos vislumbrar los efectos sobrenaturales
de la Eucaristía en el alma. La grosura es condimento en los
alimentos que los hace gustosos para quien los come; así, la
Eucaristía es sabroso manjar que deleita grandemente al alma
que devotamente la recibe. La grosura suaviza y dilata la piel que
unge; la Eucaristía dilata igualmente al alma, que saliendo
de sí misma, la proyecta, con amor sobrenatural, al prójimo.
La grosura, derramada sobre el fuego, excita las llamas, elevándolo
a lo alto. La Eucaristía es sacrificio de oblación que
conserva y fomenta la piedad y devoción. Recibida dignamente
en el alma, la arrebata y eleva a Dios.
La segunda figura con que se representa la Eucaristía es el
pan. El mismo Cristo dijo de sí: “Yo soy el pan vivo
que he descendido del cielo..El pan que yo daré es mi misma
carne para la vida del mundo” (Juan 6,51-52.) En el Antiguo
Testamento se halla igualmente figurada la Eucaristía en el
pan que dio el ángel al profeta Elías (III Reyes 19,6).
Efectos, pues, propios de este Sacramento son: robustecer el alma
para la obra dificultosa y continuada de la propia santificación
durante todo el tiempo de su destierro; capacitar y elevar el alma
a las alturas de la contemplación con la comunicación
de luces divinas en el entendimiento y ardorosos afectos de amor en
el corazón; disponerla para recibir la comunicación
de los arcanos de los divinos secretos; elevada el alma a las alturas
divinas que, por misterioso modo, contempla, las bellezas y esplendores
infinitos de las divinas perfecciones que se le descubren la estimulan,
con bríos renovados, a desprenderse de todo lo creado y tender
con vivos anhelos a la bienaventuranza que columbra.
La tercera figura de la Eucaristía es la miel, de la cual se
habla en la Escritura: “Come la miel, hijo mío, porque
es buena y el panal es dulcísimo para tu garganta” (Prov
23,13.) La miel es deleitosa para el gusto, y, según el decir
de los médicos, es medicina para la vista. He aquí los
dos grandes efectos de la Eucaristía: deleite y suavidad sabrosa
que alimenta nuestros afectos, y claridad celestial que envuelve nuestro
entendimiento en fulgores divinos. La solícita abeja que laboró
la miel sabrosísima de la Eucaristía, fue la bienaventurada
Virgen María.
La cuarta figura de la Eucaristía es el cordero pascual, del
cual se habla en el Éxodo (12,35.) De las disposiciones requeridas
para comer el cordero pascual, se deducen las que deben acompañar
al alma que se alimenta de este sagrado manjar. Pero conviene declarar
cómo debe aparejarse el alma antes de allegarse al Sacramento,
el atavío que la debe adornarla en el momento de la recepción
del mismo y la copia de frutos que redunda en ella después
de la comunión.
En el primer lugar, antes de allegarse el sacerdote al Sacrificio
del altar, debe estar poseído de un sentimiento de universalidad,
por cuanto que no obra entonces como persona privada, sino en nombre
de la Iglesia universal. Por lo tanto, en nombre de todos los vivientes
debe ofrecer el Sacrificio por los que expían en el purgatorio;
en nombre de los que viven y murieron en el Señor, lo ofrece
para gloria y alabanza de los santos ángeles y de los bienaventurados
del cielo; y en nombre de toda la universalidad de los justos, lo
ofrece en honor de la Santísima Trinidad. Debe hacerse apto
e idóneo para recibir tan alto Sacramento, lo que conseguirá
si antes da entrada a Dios en su corazón, al cual viene por
la parte racional como luz y claridad, por la parte afectiva como
dulzura y bondad, y por la irascible como vigor y fuerza con que vence
los obstáculos que le impiden unirse con El. Además
de esto debe el alma procurar la caridad, en cuyos ardorosos afectos
ha de andar envuelta como en encendida túnica de amor para
tratar dignamente este sacramento. Finalmente, debe acompañarle
la integridad y pureza de la fe, que traspasa las fronteras de la
razón. Según esto, ha de creer que está allí
el verdadero cuerpo de Cristo, nacido de la Santísima Virgen,
en virtud y por obra de la transubstanciación; la presencia
del alma de Cristo se explica allí por la natural concomitancia
con su cuerpo; juntamente con esto, está también la
Divinidad, inseparable de la humanidad en fuerza de la unión
hipostática; ambas naturalezas, divina y humana, residen en
el Sacramento con los profundos misterios que las acompañan.
En segundo lugar, en el momento de la recepción del Sacramento,
debe presentarse el hombre ataviado con estas santas disposiciones:
primera, una pureza angelical, con la represión y pleno dominio
de todo movimiento levantisco de las pasiones; segunda, esta pureza
debe extenderse a todos los afectos del alma, que deben estar limpios
de todo lo que sabe a terreno y caduco; tercera, ha de acompañar
al alma el recuerdo vivo de la pasión de Cristo, ya que este
Sacramento es memorial de ella. Cuarta, debe aspirar con sus deseos
a la plenitud de la felicidad eterna, cuyos primeros sabores y vislumbres
se le comunican en este Sacramento.
Finalmente, y en tercer lugar, se manifiestan los frutos o inefables
beneficios que vienen al alma después de recibir la Eucaristía,
que son los que a continuación se indican. Con la comunión
Cristo da entrada en nuestra alma a sus secretos y misteriosos consuelos,
estableciendo en ella su mansión, la cual debemos preparar
con el humilde conocimiento de nosotros mismos, con dulces transportes
de amor, con el sosiego y la paz exenta de toda turbación y
con la contemplación de las cosas celestiales. Disminuye la
inclinación al mal, que, si bien no la extingue absolutamente,
la tiene como reprimida. Da, finalmente, al alma la seguridad de la
bienaventuranza eterna.
La quinta figura es el tesoro celestial que promete el Espíritu
Santo en Isaías:“te daré tesoros ocultos y
las riquezas escondidas; yo soy el Señor” (45,3.)
Y en verdad, en Cristo se hallan los tesoros de todo cuanto es o existe,
porque todas las cosas son de El, y todas son para El, y todas existen
en El (Rom 11,36). En El están los tesoros de toda sabiduría,
porque no sólo conoce todas las cosas con conocimiento perfectísimo
y cabal, sino porque El es el principio o la luz por la que conoce
todo entendimiento creado cuanto conoce. El es el depositario de los
tesoros de todas las gracias según todas sus clases y géneros.
En El se cifran los tesoros de toda la gloria, porque todo cuanto
hace bienaventurados a los ángeles y a los hombres de El procede.
La sexta figura que representa la Eucaristía es el maná,
del cual se habla en el Exodo (cap. 16.) El cuerpo de Cristo en el
Sacramento es manjar nobilísimo por su origen, suavísimo
por su sabor, dignísimo por su contenido y maravillosísimo
por su eficacia.
Es nobilísimo este manjar por su origen. Y en verdad fue cocido
por la Santísima Trinidad en el seno virginal de María
con el fuego del Espíritu Santo, y por obra de la misma beatísima
Trinidad fue hecho este mismísimo Cuerpo del pan material en
virtud de la transubstanciación. Es también nobilísimo
porque seres nobilísimos, como son los ángeles, lo comen,
sin el salvado de las especies sacramentales, en cuanto es Verbo increado,
el mismo que comemos nosotros oculto bajo la corteza de los velos
eucarísticos, en cuanto es Verbo encarnado.
Es de sabor suavísimo, que satisface cumplidamente los deseos
todos de las milicias angélicas en el cielo y estimula nuestros
anhelos al logro del premio eterno en la plenitud de estas suavidades
divinas.
Encierra un contenido dignísimo, porque en este Sacramento
reside toda la Santísima Trinidad por presencia y asistencia,
pero sin circunscribirla. Allí está el Hijo por la encarnación,
y el Padre, y el Espíritu Santo por la comunicación
invisible de una misma substancia.
Posee una eficacia maravillosísima, por su celestial y misteriosa
operación en las almas. Cristo viene a las almas, en este Sacramento,
con la plenitud de su dones, de suyo poderosos para toda obra de santificación.
Sin embargo, esta acción divina está condicionada al
aparejo y atavío de una voluntad buena, santidad de vida y
virtudes adquiridas que deben acompañar al alma al acercarse
a recibir el cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía. De ahí
que en los grandes santos son altas y maravillosas las operaciones
que obra en ellos la Eucaristía; en las almas medianas obra
con acción mitigada; en los pequeños en la virtud, con
operación muy limitada; en los malos, con operación
dañina. Siendo una y poderosísima la gracia de la Eucaristía
para obrar cumplidamente las divinas maravillas en las almas, sin
embargo, cada cual participa de ella según la capacidad receptiva
con que se allega al Sacramento.
Los que anhelen participar de estas operaciones misteriosas de la
Eucaristía en la medida colmada que Jesús desea, deben
concertar su vida con arreglo a estas disposiciones: primera, han
de despojarse de todo hábito vicioso, que les incapacitaría
para percibir las dulzuras divinas; segunda, juntamente con esto'
deben producir frutos dignos de penitencia; tercera, deben igualmente
desprenderse de todo lo terreno: riquezas, placeres, honores; cuarta,
a imitación de Cristo, deben abrazarse a su cruz con voluntad
libre, serena y alegre, de tal modo que la amargura de los sufrimientos,
que tanto aterra a los mundanos, la trueque en suavidad y dulzura
por la eficacia divina que en ellos descubre.
San
Buenaventura, “Del Santísimo Cuerpo de Cristo”