Del tercer fruto que podemos sacar de la segunda palabra
OTRO tercer fruto podemos sacar de la segunda palabra que dijo el Salvador en la Cruz, si atentamente consideramos que en el mismo lugar y tiempo estuvieron tres crucificados: el uno inocente, que fué Cristo; el otro penitente, que fué Dimas; y el otro pecador obstinado, que fué el mal ladrón: el primero fué siempre Santo; el segundo, en un tiempo pecador, en otro justo; el tercero, siempre malo. De que podemos sacar para nuestro aprovechamiento, que ninguno puede vivir sin cruz; y que ahora sea bueno, ahora malo, ahora penitente y arrepentido de sus vicios, no le ha de faltar cruz, ni quiere el Señor que viva sin ella; ni aunque más diligencias haga para vivir descansado, no le ha de faltar materia de paciencia. Y por tanto, aquéllos serán verdaderamente sabios, que recibieren su cruz como dada de la mano de Dios, y la llevaren como Cristo, con paciencia y alegría, ganando con ella el cielo; y aquellos imprudentes y mal aconsejados, que la llevaren con impaciencia, perdiendo el mérito de su trabajo; y mucho más los que con falta de prudencia, y sobra de amor propio, procuraren excusarla, y caminar sin ella por esta peregrinación.
Empezando, pues, de los justos, es cosa averiguada, que ninguno ha de caminar sin Cruz; díjolo Cristo no una, sino muchas veces, en varias partes de su sagrado Evangelio. Lo primero, en el capítulo 10 de S. Mateo predicó esta verdad diciendo: El que quisiere venir en pos de mí, tome su cruz, y sígame. Adonde expresamente dice dos cosas. La primera, que si ha de seguir a Cristo no ha de ir sin cruz, porque todos los que van en su seguimiento la usan. La segunda, que ha de ser la suya; su cruz, dice, porque ninguno necesita de pedirla prestada al vecino; cada cual tiene su cruz, y nace con él, como la rosa entre las espinas; y por tanto, ninguno puede escaparse de llevarla en este mundo. Y por San Lucas (1) repite la misma sentencia, aunque con diferentes palabras, diciendo: El que no lleva su cruz, y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Adonde también dice, que cada cual tiene su cruz, y la debe llevar, si ha de seguir sus pisadas, y llegar a su Reino, y ser discípulo suyo. Así lo afirmó también el Apóstol San Pablo en aquellas palabras que escribió a su alnado Timoteo(2): Todos los que quisieren vivir santamente en Cristo Jesús, padecerán persecuciones. Porque están vinculadas a sus discípulos, y ninguno puede escapar de ellas en el ínterin que durare la batalla de este mundo.
Y aunque lo dicho bastaba para prueba de esta verdad, en cuya confirmación pudiera traer grande número de Padres, así Griegos como Latinos, pero para mayor abundancia no referiré más que dos autoridades, la primera de San Agustín, y la segunda de San Juan Crisóstomo, para que oigas algo de lo mucho que dijeron acerca de esta verdad. Dice, pues, San Agustín(3): Esta breve vida toda es tribulación; y si no es tribulación, no es peregrinación; y si es peregrinación, o amas poco la patria, o sin duda padeces tribulación. Y dice maravillosamente: porque cuando no sea más que el cuidado de adquirirla, el deseo de alcanzarla, el temor de perderla, es una cruz inexcusable, y un dardo acerado, que atraviesa el corazón. Y así añade el mismo Santo(4): El que piense pasar sin tribulaciones, y sin cruz, esta peregrinación, no ha empezado a ser cristiano, ni ha conocido qué cosa es ser discípulo de Cristo, qué es vestir su librea, y llevar su cruz por su amor, como él la llevó por el nuestro.
Esto dice San Agustín; y San Juan Crisóstomo(5): A la vida del cristiano está vinculada la tribulación, y tan enlazada con ella, que no se pueden separar. Y en otra parte(6): Ninguno puede decir que es justo, si no padece tribulaciones. Ycuando los Santos no lo dijeran, la misma razón lo dicta; porque las cosas contrarias, cuando se hallan juntas, siempre batallan entre sí, hasta que se apartan, y ponen tierra en medio; y así vemos, que el agua junto al fuego guerrea el uno contra el otro, y que el agua rechina y hierve, y el fuego chispea, y arroja humo y centellas, hasta que, o el uno de los dos perece, o ambos se apartan, lo malo y lo bueno; el vicio y la virtud son conocida-mente contrarios, y se hacen cruda guerra. Oye al Eclesiástico(7): Contra lo malo es lo bueno, y contra la vida la muerte, y así también el pecador contradice al varón justo. Los justos, pues, son semejantes al fuego, porque lucen, arden y aspiran a lo alto, siempre obran y son eficaces, y perseverantes en las obras que emprenden: y al contrario, los malos son como el agua, fríos, pesados, inclinados a la tierra, por la cual arrastran sus deseos, y siempre hacen lodo por dondequiera que pasan y dejan mal olor de sus vicios. De donde se sigue por consecuencia infalible, que mientras vivieren juntos en esta mísera vida, se han de contradecir, y padecer persecuciones los unos de los otros; los buenos reprenden con su vida santa la escandalosa de los malos, y éstos, heridos y envidiosos de sus santas costumbres, no cesan de perseguirlos; y como han de estar juntos hasta el fin del mundo, como el trigo(8) y la cizaña, y como la paja y el grano(9), es lance forzoso, que los buenos padezcan siempre en este mundo, trabajos y tribulaciones de los malos.
Lo segundo, no solamente los buenos padecen persecuciones y cruz, sino también los malos: porque, aunque los buenos no los persigan, persíguenlos otros malos, persíguenlos sus propios vicios, y atorméntalos su mala conciencia. ¿Quién puede saber esto mejor que el sapientísimo Salomón, que tuvo tan viva noticia de todas las cosas? Y siendo así, que no hubo en el orbe hombre más afortunado, con todo eso no pudo huir la cruz, ni dejarla de confesar, como lo hizo diciendo(10): Vi en todas las casas vanidad, y aflicción de espíritu. Y más abajo se halló tan acosado del peso de su cruz, que dijo: He tenido tedio de mi vida, viendo que todo es malo cuanto hay debajo del sol, y que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Lo mismo afirma, aunque con diversas palabras, Jesús Sidrac, que compuso el libro del Eclesiástico, donde dijo(11): Ocupación grave ha sido criada a todos los hambres, y yugo pesado ha caído sobre los hijos de Adán; porque ninguno se escapa de la cruz, y del trabajo, a que nace sujeto por el pecado de su padre.
Pero oigamos ahora a los Santos, y en primer lugar al Doctor de la Iglesia San Agustín, el cual, sobre el Salmo 45, dice así: Entre todas las tribulaciones, ninguna hay mayor, que la conciencia de los propios delitos. YSan Juan Crisóstomo en la homilía de Lázaro, discurre en esta materia largamente, diciendo(12): 0 el malo es pobre, y consigo trae su cruz, o es rico, y el deseo y el cuidado le atormentan, que le afligen más que al pobre su necesidad: si está enfermo, está en cruz: si sano, se enciende en ira, y padece continuas borrascas en el corazón, de las pasiones que le combaten; todo lo cual es cruz, y continuado tormento.
El bienaventurado S. Cipriano toma el agua de más arriba, y prueba que todos los hombres padecen cruz desde el día que nacen hasta que mueren, porque nace con ellos, y lo publican con el llanto común con que todos empiezan cuando salen a la luz del mundo(13): Cualquiera de nosotros, dice, cuando nace, y es recibido en el hospedaje de este mundo, empieza su carrera de las lágrimas, y careciendo de la noticia de todo lo criado no carece de la de las lágrimas, porque ignorándolo todo, solamente sabe llorar desde su primera infancia. Con natural prudencia se lamenta de las angustias y trabajos de esta vida mortal, y pronostica con su llanto las calamidades del mundo, y las tempestades de aflicciones en que entra, cuando entra en el mar proceloso de este siglo. Hasta aquí San Cipriano, en que vivamente pinta las calamidades inexcusables a que todos nacen sujetos; y como todos son iguales en el nacer y el morir, todos lo son también en el padecer y tener cruz, y así ninguno de los mortales se libró de ella en esta vida, ni se podrá librar de los que nacieron en ella.
Siendo, pues, esto así, que los buenos y los malos, todos padecen cruz en este mundo, quiero probar en lo que resta de este capítulo, que la cruz de los buenos es pequeña, ligera y fructuosa, y la de los malos, al contrario, grande, pesada y estéril, para que apetezcamos aquélla y huyamos de ésta. Lo primero, pues, que la cruz de los buenos sea pequeña, y su trabajo breve, no admite duda, ni necesita de prueba, pues sabemos que ni pasa ni puede pasar de esta vida, pues en llegando su término(14) dice el espíritu que descansen de sus trabajos(15), y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos. Allí es el término de padecer, el fin de trabajar; y el principio de descansar y de gozar; rematan felicísimamente la vida laboriosa, y empiezan la gloriosa.
Pues si la cruz no dura más a los justos que el tiempo de esta vida, ella es tan breve, que no puede ser larga su mortificación; y aunque cuando dura parezca algo prolija, pero en la verdad los días del hombre son breves, y como dice Job(16): El hombre que nace de mujer vive breve tiempo. ¿Qué es vuestra vida?, dice Santiago(17): un vapor que dura poco, y que luego se acaba. Y San Pablo(18) dice, que es un momento todo el tiempo de nuestra tribulación, aunque empiece desde el uso de la razón hasta la senectud; donde añade, que no sólo es momentáneo, sino leve el tiempo de nuestro padecer, en que declara la segunda parte, de cómo no sólo es corta, sino liviana la cruz de los buenos. Porque si la de más de treinta años, que llevó el mismo Apóstol, en tantas cárceles, persecuciones, azotes, peregrinaciones, hambre, sed, desnudez y trabajos, fué breve, ¿cuánto más lo será la que dura menos tiempo y carece de todas estas penalidades? Verdaderamente, si ponemos los ojos en la muchedumbre de consolaciones, que Dios comunica a los suyos en medio de sus trabajos, no solamente es leve su cruz, sino suave, dulce y gustosa, como lo testifica el mismo Apóstol diciendo(19): Lleno estoy de consuelo, y bañado de gozo en todas mis tribulaciones. Porque es verdad lo que dijo el Salvador(20), que su yugo es suave, y su carga liviana. Vosotros lloraréis, añade San Juan(21), y gemiréis, y el mundo se alegrará cuando padezcáis tristeza; pero vuestra tristeza se convertirá en gozo, que ninguno os quitará. Y así, la cruz de los justos es leve y es suave.
Pues que sea fructuosa bien lo declaró el mismo Apóstol en el lugar citado, pues testifica, que un momento de tribulación en esta vida obra en la otra un peso eterno de gloria, lo cual aprendió de Cristo, que dijo en su Evangelio(22): Bienaventurados los que padecen persecución por la virtud, porque de ellos es el reino de los cielos. Y a cada instante de padecer corresponde inmenso fruto de gozar. Conforme a lo cual dijo el mismo Apóstol(23), que si se ponían en balanza las tribulaciones de esta vida con los frutos de la otra, no son condignas de la gloria que se revelará en nosotros, porque sin duda vence la menor parte de ésta a la mayor de aquélla. De cuyo parecer es también San Pedro en su Epístola Canónica(24), adonde dice: Alegraos cuando participareis de los trabajos de Cristo, para que os gocéis también alborozados en la revelación de su gloria. Porque al paso que padeciéremos en esta vida por amor de Dios, gozaremos los frutos de su Bienaventuranza en la otra.
Lo segundo que propusimos, que la cruz de los malos, por los filos contrarios sea, lo primero, larga, y su trabajo de largos días, no necesita de mucha prueba, porque se continúa con la eternidad, que no puede ser más larga ni más prolija duración. Y por que no salgamos del Calvario, pon los ojos en la cruz del mal ladrón, y hallarás que no dió fin con su vida, sino que se continuó con su muerte, con la que empezó a padecer en el infierno. El bueno dió un paso de su cruz al Paraíso, y el malo de su cruz al infierno, adonde dice Isaías(25) que el gusano de los malos no morirá, ni su fuego se apagará eternamente. Yla del rico avariento(26) persevera con tan grande rigor, que una sola gota de agua no le conceden para refrigerar la lengua, que padece rabiosa de sed. Ya dió fin la cruz y mendiguez de Lázaro, y está en el eterno descanso, con quien comparada toda su tribulación, no parece un punto o un instante, y la del rico avariento se continuó con su muerte, y persevera ahora con el mismo rigor que tuvo al principio, sin esperar remisión, ni hallar fin.
Pero cuán grave y pesada sea aun en el mismo tiempo que gozan de sus deleites, no quiero decirlo yo, ni traer otros testigos, sino los mismos que los gozaron, y con ellos padecieron el peso de la cruz que traen consigo. Oye lo que dicen en el libro de la Sabiduría(27): Con fatiga pasamos el camino de la maldad y perdición, caminamos sendas dificultosas. ¿Qué caminos dificultosos son éstos, sino los de la ambición, avaricia y lujuria? ¿Qué más difíciles que los vicios que los acompañan, de iras, envidias, guerras y discordias? ¿Y las obras que nacen de ellas, cuales son las contumelias, las heridas y muertes? Tan dificultosas y pesadas son ordinariamente estas cosas, que muchos buscan la muerte, y se la dan a sí mismos, desesperando de la vida por no padecer su tormento: tal es el peso y fatiga de su cruz, que tienen por más ligera la acerbidad del morir.
¿Más qué diré de los frutos que rinden, y las ganancias que granjean con cruz tan pesada? Aquí es donde se verifica, que no puede el mal árbol llevar buenos frutos, ni cogerse uvas de las espinas; porque del árbol de los vicios no se pueden esperar buenos frutos, ni ganancia alguna(28). Tomad, dice Cristo, mi yugo sobre vosotros, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave, y mi carga liviana. Luego por legítima consecuencia, siendo como es el yugo de Satanás en todo opuesto al de Cristo, forzosamente ha de ser molesto y pesado, y de suma fatiga para su alma. A todo lo cual echa el sello, que la Cruz de Cristo es inmediato escalón para el cielo y la de los pecadores para el infierno, que está aparejado para Satanás y sus Ángeles eternamente.
La conclusión, pues, de todo lo dicho, sea que escojamos la cruz de Cristo, y dejemos la de los pecadores. Si te hallas al lado del Salvador en la cruz de la tribulación, no pretendas bajar de ella, sino persevera con aliento, pidiendo al Señor paciencia; que si fueres su compañero en los trabajos, también lo serás en la corona. Sufre como varón esforzado, pelea como buen soldado las batallas del Señor, que no es justo dejarle en medio de ellas, hallándote a su lado, como al presente estás. Y si alguno se hallare en la cruz de Satanás, procure con todas sus fuerzas apearse de ella, y trocarla por la de Cristo. Si tiene una centella de fe, y del aprecio que debe de la gracia y gloria del Señor, trueque las cinco yuntas de bueyes, que son los trabajos y afanes que padecen los mortales en los cinco sentidos, por un solo yugo suave de la ley de Cristo.
Feliz mil veces y bienaventurado es aquél que sabe trocar la conversación por la oración; las delicias de la carne por la penitencia y mortificación; la ambición del valimiento de los príncipes, por el de Dios, y su divina gracia; las horas que gastaba infructuosamente, en la lición y meditación, y en ganar la voluntad de Dios y de los cortesanos del cielo; y lo que gastaba en vanidades superfluas, en limosnas provechosas a los pobres, y de suma utilidad para su alma. Este tal sabe conmutar la cruz del mal ladrón, por la de Cristo, y ganar con los trabajos de este siglo la gloria del venidero.
Qué bien filosofaba un amigo de San Agustín(29), razonando con su compañero sobre este mismo punto, a quien decía: Dime, te ruego, amigo carísimo, ¿adónde pensamos llegar con estas ambiciones nuestras? ¿Qué pretendemos alcanzar con tantos y tan continuos afanes, crucificados siempre de cuidados? ¿Qué buscamos? ¿Por qué batallamos? ¿Por ventura podrá llegar a más nuestra dicha, que a llegar a ser validos del Emperador en su Palacio? Y alcanzando esto, ¿qué habremos conseguido, sino una cosa fútil, frágil, y llena de peligros y afanes? ¿Y peligro y afán tal, que sea escalón para el mayor peligro y afán que podemos padecer? Y esto tal cual es ¿cuándo lo podemos conseguir? Y si queremos, hoy podemos ser amigos y familiares de Dios. Cavó tanto esta razón en los corazones de ambos, que luego se resolvieron de dar libelo de repudio a las vanidades del mundo, y trocar su cruz por la de Cristo. Renunciaron todo lo terreno, alistáronse en la milicia de Cristo, a quien sirvieron escogidamente en humildad y penitencia, cuyo ejemplo fué tan eficaz, que oyéndolo dos doncellas con quien estaban desposados, siguieron sus pisadas, y pisando las pompas de este siglo, se consagraron a Dios con voto de perpetua virginidad, en que perseveraron hasta el fin de sus días.
Oye y sigue tú consejo tan prudente como tomaron los que has oído, y contempla despacio cuán pesada cruz es la que llevan los del mundo con sus ambiciones y pretensiones, y con las codicias de acaudalar riquezas perecederas, y no gastes tu tiempo en afanes, y trabajos tan infructuosos como éstos: toma el camino contrario, y deja lo vano a los vanos, y escoge la cruz fructuosa de Cristo, abraza su mortificación, crucifica tus pasiones con tus vicios y deseos, codicia sus tesoros inmortales, trabaja por alcanzarlos, ten amistad con los Santos, y copia sus virtudes en tu alma, imita su vida y alcanzarás la eterna, y serás en el cielo consorte de su corona.
San Roberto Belarmino. Tomado de: “Libro de las siete palabras que Cristo habló en la Cruz”. Cap VII.
(5) Chrisost. Hom. 65 ad pop.
(6) Hom. 29 in epist. ad Hebr.
(13) Cyp. ser. de patientia.
(29) Aug. 1. VIII Confes., c. 6.