La carta de
nuestro Padre Santo, el Papa Juan XXIII, dirigida al mundo con ocasión
de la fiesta de Navidad tuvo éste año como tema la verdad.
ASPIRACIÓN
A LA VERDAD
Quisiéramos
hacer eco en nuestra diócesis a este mensaje tan oportuno de
nuestro Padre Santo el Papa y atraer vuestra atención, estimados
diocesanos, sobre la necesidad de huir de los errores y de las fuentes
de error para aferrarse con toda el alma a la verdad, tal como se
nos trasmite por la Iglesia.
Muchos motivos deben suscitar en nuestra alma la sed de la verdad:
nuestras almas están hechas para la verdad; nuestras inteligencias
reflejos del Espíritu divino nos han sido dadas con vistas
a conocer la verdad, a darnos la luz que nos indicará el fin
hacia el cual debe orientarse toda nuestra vida.
El Apóstol que expresó estas realidades con una profundidad
de pensamiento y una elocuencia emocionante, es el Apóstol
San Juan. Su Evangelio, sus cartas, imprimen en nuestras almas un
deseo ardiente de acercarse a esta luz «que ilumina a todo hombre
que viene a este mundo» (Jn. 1, 9), como Nicodemo, como la samaritana
y muchos otros después de ellos.
Es él también quien nos narra el episodio del ciego
de nacimiento y el comentario de Nuestro Señor sobre los ciegos.
Nuestro Señor, que alababa a aquellos que venían a Él
como ciegos, censuraba a los escribas y a los fariseos que, siendo
ciegos, pretendían ver la luz, tener la verdad. Son imagen
de aquellos que vienen hacia la Iglesia -maestra de la verdad- con
la pretensión de imponerle sus ideas, sus propias concepciones,
en lugar de venir a ella con una inteligencia siempre sedienta de
verdad y dispuesta a recibirla y hacerla fructificar.
Bienaventurados aquellos que abrevan en las verdaderas fuentes de
la luz y que evitan las que son dudosas y desaconsejadas por la Iglesia.
¿Por qué este deseo tan profundo de las almas hacia
la verdad? Es que la verdad, como lo reafirma nuestro Padre Santo
el Papa, es la realidad: la inteligencia que está en lo verdadero
comulga con la realidad del ser divino o del ser creado.
EL
ERROR
Aquel que se
forja su propia verdad, vive en la ilusión, en un mundo imaginario;
crea en su espíritu una película de pensamientos que
no tiene más que las apariencias de la realidad. Vivir en lo
irreal y, sobre todo, esforzarse en poner en práctica concepciones
creadas en su totalidad por un espíritu imaginativo es, ¡desgraciadamente!,
la fuente de todos los males de la humanidad. La corrupción
de los pensamientos es mucho peor que la de las costumbres... el escándalo
de las costumbres es más limitado que el escándalo de
los errores. Ellos se difunden más rápidamente y corrompen
pueblos enteros.
DEBER
DE DENUNCIAR LOS ERRORES
Por eso el
deber más urgente de sus pastores -que deben enseñarles
la verdad- es diagnosticarles las enfermedades del espíritu,
que son los errores. La Iglesia no deja de enseñar la verdad
y de señalar, por eso mismo, el error. Pero, ¡desgraciadamente!,
hay que reconocer que muchos espíritus, aun entre los fieles,
o no se preocupan de instruirse de las verdades o cierran los oídos
a las advertencias. Y, ¿cómo no deplorar -como lo hacía
ya San Pablo- que algunos de aquellos que han recibido la misión
de predicar la verdad no tienen ya el ánimo de proclamarla,
o la presentan de manera tan equívoca que no se sabe ya dónde
se encuentra el límite entre la verdad y el error?
Quisiéramos señalarles, queridos fieles, en las breves
consideraciones que siguen, el peligro de algunas tendencias, a fin
de que las eviten cuidadosamente; y, si las reconocieran como suyas,
tengan la virtud y el coraje de renunciar a ellas buscando la verdadera
luz donde se da con toda su pureza.
LENGUAJE
EQUÍVOCO
Antes de denunciar
algunas orientaciones de pensamiento, queremos advertirles sobre la
manera de expresar estas orientaciones por aquellos que-las profesan.
Se puede decir que existe hoy una cierta literatura religiosa -o que
pretende ocuparse de religión- que tiene el talento de emplear
palabras equívocas o forjar neologismos, de tal manera que
no se sabe ya a ciencia cierta lo que quieren decir. Los que escriben
o hablan de esta manera esperan mantener la aprobación de la
Iglesia, al mismo tiempo que dar satisfacción a aquellos que
están fuera de la Iglesia o que la persiguen.
Así, en los términos libertad, humanismo, civilización,
socialismo, paternalismo, colectivismo -y podrían agregarse
muchos otros- se llega a afirmar lo contrario de lo que significan
esas palabras. Se evita definirlas, dar precisiones necesarias, e
incluso se las define de manera nueva y personal, de tal modo que
uno se encuentra lejos de la definición usual, mediante lo
cual se satisface a aquellos que dan a estas palabras su verdadero
sentido y se disculpa el darles otro sentido.
Esta concepción del lenguaje es la señal de la corrupción
de los pensamientos y, quizás en algunos, de una real cobardía.
Es además la señal de los espíritus débiles,
que temen la luz y la claridad.
¡Cuán numerosos son aquéllos que emplean un lenguaje
al cual nos han acostumbrado los comunistas y que, sin embargo, se
resisten a abrazar su doctrina!
PELIGRO
DE LA ACTITUD AMBIGUA
Esta manera
de expresarse y de pensar proviene quizás de un buen sentimiento:
aquél de llegar a todo precio a un entendimiento con aquéllos
que están alejados de la Iglesia.
En lugar de buscar las causas profundas de este alejamiento y de otorgar
a los medios queridos por Nuestro Señor su plena eficacia,
estos espíritus, bien intencionados pero ignorantes de la verdadera
doctrina de la Iglesia, se esfuerzan en reducir las distancias –tanto
doctrinales como morales y sociales entre la Iglesia y los que la
desconocen o la combaten.
A fin de aproximarse aún más a estos alejados, se considera
un deber afirmar y amplificar con ellos todo lo que en la Iglesia
les parece reprensible. En eso no dudarán en hacer coro a los
enemigos de la Iglesia.
Haciendo así, se ilusionan totalmente sobre el resultado de
su acción: no hacen más que consolidar en su error a
los que son ignorantes u opuestos a la Iglesia, y no dan a las almas
la verdadera luz, Nuestro Señor Jesucristo y su obra de predilección,
la Iglesia.
Ahora bien: aquellos que no ven, aspiran íntimamente a la luz
y quedan ellos mismos sorprendidos de ver abundar en su sentido a
aquellos que normalmente tendrían que oponerse a sus concepciones.
SU
EFICACIA ILUSORIA: ... RESPECTO DE LOS PAGANOS
Así,
los paganos no esperan de nosotros que les justifiquemos todas sus
costumbres. Si hay algunas pocas asimilables, saben perfectamente
que la mayoría comportan actos inmorales o injustos. Esperan
de Nuestro Señor Jesucristo su gracia todopoderosa, su obra
de redención y de misericordia a través de nosotros.
por ende, despreciables. ¿Cómo no dar la razón
a los musulmanes, que estiman al católico convencido, practicante,
que cree firmemente en su religión y se esfuerza en manifestar
la verdad y sus beneficios?
Hacia ellos va su confianza y su preferencia sobre los otros.
...
RESPECTO DE LOS AMBIENTES
DESCRISTIANIZADOS
... RESPECTO DE LOS PROTESTANTES
Los protestantes
no esperan de los católicos que adopten todas sus maneras de
pensar y de juzgar. Conocen sus innumerables divisiones, tanto doctrinales
como pastorales. Ellos tampoco piden que abandonemos nuestra fe y
nuestra unidad. Más que razones doctrinales o de supuestos
defectos de la Iglesia, son hoy razones sociales, morales, una tradición
secular, las que les impiden regresar a la Iglesia.
...
RESPECTO DE LOS MUSULMANES
Lo mismo vale
para los musulmanes, que se sienten felices de comprobar una cierta
similitud de creencias entre ellos y los católicos, pero que
no entienden y desconfían -con razón de los católicos
que fingen no ver más que similitudes entre el Islam y la Iglesia.
Estos son considerados por los musulmanes como gente falsa y peligrosa
o como católicos poco convencidos de su religión y,
Es necesario comparar estas actitudes con las adoptadas por estos
mismos católicos hacia los cristianos vueltos que han perdido
la fe o hacia los ambientes que han abandonado la práctica
religiosa. No es asimilándose a ellos en su lenguaje, sus hábitos
y su trabajo como los atraeremos a nosotros, sobre todo cuando se
trata del sacerdote. El sacerdote es hombre de Dios y debe presentarse
como tal, y a ese título tiene el derecho de abordar a sus
ovejas y que la gracia de Nuestro Señor lo acompañe.
Las almas han sido creadas con una necesidad de Dios y de Nuestro
Señor y, aun cuando rechacen a sus mensajeros, manifiestan
sus creencias íntimas.
...
RESPECTO DE LOS COMUNISTAS
No completaríamos
este análisis si no agregáramos la tendencia de los
católicos a una apertura hacia el comunismo. Es aquí
nuevamente un grave error el esforzarse a toda costa para encontrar
en el comunismo lo que sería -supuestamente- asimilable: le
elogian el éxito económico, científico, técnico,
etc... No se quiere admitir con la Iglesia que ese comunismo es una
concepción de la humanidad profundamente antinatural e inhumana.
Es una construcción ideológica fundada sobre unos principios
políticos, sociales y económicos totalmente opuestos
a los de la Iglesia. Decir-como afirman algunos-que así como
la Iglesia condenó a la revolución francesa y ha terminado
hoy por aceptarla, del mismo modo el comunismo, hoy repudiado por
la Iglesia, será más tarde asimilado por ella, es una
impostura. Pues es falso que la Iglesia haya aceptado los errores
de la revolución, los cuales ha denunciado y denuncia siempre.
Los que están sometidos a estas tendencias y las expresan,
traicionan igualmente a todos los cristianos mártires y a las
iglesias mártires por haber afirmado su fe y haber rechazado
los errores.
Y si los comunistas aprovechan esta apertura de algunos católicos
para activar su lucha mundial contra la Iglesia, los desprecian profundamente
y no los salvarán el día en que ellos sean los dueños:
tienen más estima por aquellos que defienden con valor su fe.
Pero nos parece útil seguir analizando los ejemplos de estas
tendencias, a fin de ponerlas bien de relieve y ayudarlos, queridos
fieles, a reconocerlas y, eventualmente, a prevenirse de ellas.
La Iglesia ha precisado varias veces su pensamiento en materia de
sociología o de política, entendida en el sentido de
los principios fundamentales de la sociedad.
PELIGRO
DEL EQUÍVOCO EN EL SOCIALISMO
Nos parece
bueno examinar bajo esta luz lo que hoy se llama socialismo. Se puede,
por supuesto, dar al término de socialismo una definición
nueva, más compatible con los principios de la Iglesia; pero
en esta manera de expresarse existe el peligro de adoptar en los hechos
la doctrina socialista a pesar nuestro, pues la concepción
socialista de la sociedad forma un conjunto lógico del cual
es bien dificil disociar los elementos.
Decir que estamos por un socialismo creyente o por un socialismo personalista
es fácil de expresar y significa que uno se esfuerza en repudiar
un aspecto del socialismo. Sin embargo, si se quiere aplicar lógicamente
su creencia a la vida pública y privada, hay que reconocer
a Dios unos derechos sobre las personas, las familias, las sociedades;
reconocer que estas realidades tienen en Él su origen y que,
en consecuencia, la autoridad de los jefes de familia, de los responsables
de la sociedad, viene de Él, que no reside esencialmente en
el pueblo, lo que implica expresar afirmaciones contrarias a la teoría
socialista.
Además, el socialismo no es solamente arreligioso, sino que
en su negación de Dios hace remitir supuestamente al pueblo
soberano-aunque de hecho al Estado-los atributos mismos de Dios. Las
decisiones del Estado se convierten en fundamento del derecho: ningún
principio de derecho es superior al del Estado. Por eso legislará
sobre el derecho de las personas, el derecho de propiedad en particular,
sobre los derechos de las familias, la educación de los hijos,
el régimen matrimonial, el divorcio, sobre las asociaciones
civiles, culturales, religiosas, y todo esto únicamente según
su voluntad.
Se ve cuán difícil es no despreciar los derechos de
Dios legislando sobre sus criaturas de una manera arbitraria.
Es cierto: hay que ser social en el sentido de la búsqueda
del bien común para el progreso y el bienestar de todos los
ciudadanos, pero la coacción que sufren los ciudadanos por
las leyes que tienden a remitir al Estado toda iniciativa en la actividad
económica, social y cultural es absolutamente contraria a su
expansión y su progreso.
El buen ordenamiento y la unidad del Estado no exigen la supresión
de las iniciativas privadas, aunque el Estado mediante su organización
y armonización-dirigirá su participación y su
actividad con vistas a un rápido y espontáneo progreso
de la sociedad entera, y eso con gastos considerablemente reducidos.
El socialismo, que coloca todo en manos del Estado, asfixia a la sociedad
con reglamentos y la aplasta con los impuestos. Su gestión,
en efecto, necesita de una burocracia monstruosa.
Así como Dios ha puesto riquezas insospechadas en la naturaleza,
también ha puesto riquezas de inteligencia, de arte, de espíritu
de empresa, de inventiva, de caridad y de generosidad en los espíritus
y los corazones de los hombres, de las personas; riquezas insondables
que, para desarrollarse y alcanzar toda su eficacia, deben permanecer
en el marco natural querido por Dios. Si el Estado tiene algún
derecho sobre el empleo de estas riquezas con vistas al bien común,
al querer apropiárselas y estatizarlas las extingue, ¡tal
como ocurriría si quisiese desplazar un manantial de su lugar
de origen, o trasplantar un árbol frutal de su buena tierra
para ponerlo en su casa y aprovechar sus frutos! Dios, en su sabiduría,
ha asignado a cada uno su papel, sus competencias y sus responsabilidades.
Al querer reemplazar a Dios, el hombre destruye todo.
Es verdad que es alentador comprobar que un buen número de
gobiernos africanos, aunque afirmando inspirarse en el socialismo,
hayan renegado públicamente de su ateísmo. Es de desear
que este reconocimiento de Dios no se limite al derecho de honrar
a Dios públicamente sino que se extienda también al
reconocimiento de los fundamentos y de los principios del derecho
natural depositado por Dios mismo en la naturaleza de las personas,
de las familias, de las sociedades: principios que los responsables
de la ciudad pueden precisar por un derecho positivo, pero no pueden
ignorar sin destruir la obra de Dios y, por ese solo hecho, introducir
injusticias cuyas víctimas son generalmente quienes no tienen
los medios para hacer valer sus derechos.
Tales son las consideraciones que nos Entonces abordamos al otro con
actitud de dueño» «La verdadera actitud es muy
diferente: yo soy tan pobre como el otro, por mí mismo no tengo
absolutamente nada. La verdad no es mi verdad: me ha sido dada y debería
comprender cuán mal la recibo. Por eso debo simplemente darle
testimonio con el sentimiento de que soy muy indigno. Lejos de decir
a los otros: Hagan como yo, debo decir: imiten a Jesucristo, Él
es la verdadera vida; no soy más que un testigo imperfecto
que se puso en su seguimiento. Lo que testimonio me ha sido dado,
me sobrepasa infinitamente y es un bien común a todos los hombres.
Así podré servir a la verdad en la humildad, sin humillar
a la verdad. Esto es cierto también a nivel colectivo: si Occidente
ha sido el primero en recibir al cristianismo, no es su dueño
sino solamente su depositario».
«Otra deformación en la manera de presentar la verdad
sería buscar ante todo resultados aparentes y rápidos.
Caritas patiens est, dijo San Pablo. Ser paciente con alguien no significa
tomar su partido. La paciencia es una virtud eminentemente activa:
sin forzar el designio de Dios uno entra en sus largos plazos. Es
entonces una actitud respetuosa de las personas, punto medio entre
un proselitismo intempestivo y una pseudotolerancia que colocaría
todo al mismo nivel».
«Así vemos entonces que la unión de la caridad
y la verdad es algo íntimo. Pero hay que ir más lejos
todavía: dar la verdad no solamente es una forma de la caridad,
sino que ella misma es caridad pues el amor es su objeto. La verdad,
en efecto, -que sólo Cristo nos revela y que nos descubre el
fondo de la realidad- es que Dios es caridad, puesto que en Él
el amor existe eternamente en el misterio trinitario; es que Dios
nos ama y que existir es ser amado por Él; es que debemos amarnos
unos a otros como Cristo nos ha amado; y debemos dar testimonio de
esta verdad».
Este lenguaje es claro y límpido y nos ubica en el verdadero
pensamiento de la Iglesia, lejos de los compromisos, de las confusiones
y de los equívocos.
Seamos y permanezcamos siempre fieles discípulos de Nuestro
Señor Jesucristo, firmemente cristianos, católicos,
apegados a su Iglesia que es nuestra Madre, siempre profundamente
respetuosos de las personas pero ardientemente deseosos de verlos
compartir nuestra felicidad, listos para soportar todo y sufrir todo
por la salvación de las almas, salvación que está
en Nuestro Señor.
Ojalá estas páginas les hagan entender mejor, queridísimos
diocesanos, que el verdadero y más seguro medio de ser caritativos
y hacer algún bien alrededor suyo, es que se muestren totalmente
cristianos, que Jesucristo se manifieste en ustedes y por ustedes,
en sus palabras, en sus acciones, en toda su vida.
Que la Virgen María los ayude en todas las circunstancias a
llevar a Jesús en ustedes y a comunicarlo a las almas. Es nuestro
deseo más ardiente.
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STAT VERITAS