La autoridad
CARTA CIRCULAR A LOS SACERDOTES Nº 57,
SEBIKHOTANE, 26 DE ABRIL DE 1957

Monseñor Marcel Lefebvre

Una vez más la Providencia nos da la alegría de poder reunirnos en este oasis de Sébikhotane para pensar juntos en los problemas de nuestro apostolado a títulos diversos y responsabilidades diferentes. Pero sabemos, que no hay en definitiva, más que un solo apostolado, una única Misión, aquella que Nuestro Señor ya recibió de su Padre: Sicut misit me Pater et ego mitto vos (Como mi Padre me envió, así os envio). Esta es la Iglesia que nos trasmite fielmente esta misión apostólica, participamos en esta misión de la Iglesia, evidentemente, el obispo de una manera particular, ya que el transmite el mandato a los sacerdotes. Pero el origen es el mismo, la vida idéntica, el ideal a realizar único.
Tener la fe viva, profunda en este mandato, que os ha sido dado especialmente a vosotros que tenéis una responsabilidad más importante que vuestros colegas ya que, de una manera o de otra, tenéis que dirigir y es sobre lo que yo quisiera insistir durante unos instantes.
Tened autoridad con una concepción y forma realmente sobrenatural, hecha a la vez de una sincera humildad, de una convicción profunda de vuestra deficiencias y al mismo tiempo de una firme confianza en el socorro divino para la práctica de vuestras responsabilidades.
Evitemos minimizar nuestra autoridad ya sea por timidez, por falta de la virtud de fortaleza, por cansancio, o por una falsa concepción de la autoridad. Así mismo evitemos el autoritarismo que solo confía en sí mismo.
Efectivamente encontramos superiores que, con el pretexto de confiar en sus colaboradores, los abandonan completamente en sus responsabilidades, sin ejercer ningún control y evitando pedir información. Sí, por desgracia, surgen problemas se declaran inocentes pues dicen que no sabían nada.
Otros superiores imbuidos de una concepción igualitaria, estiman que son simplemente los primeros de un grupo de colegas. Soportan difícilmente que se les pida hacer uso de su responsabilidad. Queriendo hacer prueba de humildad no se dan cuenta que subestiman el mandato que se les ha dado no para ellos mismos, si no para el bien común. Poco a poco les cuesta obtener una correcta sumisión de sus colaboradores que se habrán habituado a un descrédito de la autoridad.
Para terminar también vemos superiores, muy imbuidos de su mando y bastante convencidos de su predestinación a ser superiores, gracias a sus cualidades y aptitudes. Estos generalmente no tienen confianza en sus subordinados y quieren que todo pase por el tamiz de su juicio. Convierten la vida de sus inferiores en algo muy pesado, cuando no intolerable, evidentemente con motivos muy nobles o convencidos de que son los únicos competentes.
Tengamos pues mucho cuidado en no caer en ninguno de estos casos puesto que a la larga paralizarán el crecimiento apostólico de una comunidad creando situaciones difíciles.
Una visión clara y justa de la autoridad nos confirmará en la humildad, sin menoscabar nuestra responsabilidad y el carácter propiamente divino de la autoridad. Si consideramos que la autoridad que tenemos no es una cualidad que nos deben sino por el contrario una atribución de la que no somos dignos, siempre estaremos dispuestos a ser desposeídos de ella. Si sabemos respetar la autoridad como algo divino nos cuidaremos muy mucho de despreciarla. Es a través de ella que la voluntad de Dios se manifiesta. Y la voluntad de Dios es el pan de las almas verdaderamente cristianas: meus cibus est ut faciam voluntatem Patris mei (mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre).
A fin de evitar que nuestra propia voluntad ocupe el lugar de la de Dios esperaremos a los momentos más oportunos para comunicar a nuestros colaboradores las decisiones, los deseos o las advertencias que sea necesario realizar.
A estos consejos quisiera añadir dos avisos.
Insisto de nuevo para que los superiores tengan la preocupación de dar un reglamento a sus comunidades y que no omita la oración. Dad el ejemplo de la oración y no creáis que vuestro ejemplo es inútil. Aunque fuerais los únicos en hacerlo no lo dejéis. Sufro realmente al saber que algunos sacerdotes de la diócesis ya no se recogen en la meditación y en la oración.
Otro aviso, menos espiritual, concierne a vuestra actitud en los eventos políticos actuales. No os mezcléis en las luchas políticas partidistas. No debemos pronunciarnos a favor o en contra de ninguna agrupación pues las etiquetas corresponden poco a lo que son. Esto no impide sin embargo de recordar constantemente la doctrina de la Iglesia en materia política y social en vista al respeto de los derechos de la persona humana, de la familia y de asociaciones privadas.
Y si nos esforzamos en mostrarnos mejores sacerdotes, continuaremos en verdad trabajando para la gloria de Dios y la salvación de las almas.


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