Una vez más
la Providencia nos da la alegría de poder reunirnos en este
oasis de Sébikhotane para pensar juntos en los problemas de
nuestro apostolado a títulos diversos y responsabilidades diferentes.
Pero sabemos, que no hay en definitiva, más que un solo apostolado,
una única Misión, aquella que Nuestro Señor ya
recibió de su Padre: Sicut misit me Pater et ego mitto vos
(Como mi Padre me envió, así os envio). Esta es la Iglesia
que nos trasmite fielmente esta misión apostólica, participamos
en esta misión de la Iglesia, evidentemente, el obispo de una
manera particular, ya que el transmite el mandato a los sacerdotes.
Pero el origen es el mismo, la vida idéntica, el ideal a realizar
único.
Tener la fe viva, profunda en este mandato, que os ha sido dado especialmente
a vosotros que tenéis una responsabilidad más importante
que vuestros colegas ya que, de una manera o de otra, tenéis
que dirigir y es sobre lo que yo quisiera insistir durante unos instantes.
Tened autoridad con una concepción y forma realmente sobrenatural,
hecha a la vez de una sincera humildad, de una convicción profunda
de vuestra deficiencias y al mismo tiempo de una firme confianza en
el socorro divino para la práctica de vuestras responsabilidades.
Evitemos minimizar nuestra autoridad ya sea por timidez, por falta
de la virtud de fortaleza, por cansancio, o por una falsa concepción
de la autoridad. Así mismo evitemos el autoritarismo que solo
confía en sí mismo.
Efectivamente encontramos superiores que, con el pretexto de confiar
en sus colaboradores, los abandonan completamente en sus responsabilidades,
sin ejercer ningún control y evitando pedir información.
Sí, por desgracia, surgen problemas se declaran inocentes pues
dicen que no sabían nada.
Otros superiores imbuidos de una concepción igualitaria, estiman
que son simplemente los primeros de un grupo de colegas. Soportan
difícilmente que se les pida hacer uso de su responsabilidad.
Queriendo hacer prueba de humildad no se dan cuenta que subestiman
el mandato que se les ha dado no para ellos mismos, si no para el
bien común. Poco a poco les cuesta obtener una correcta sumisión
de sus colaboradores que se habrán habituado a un descrédito
de la autoridad.
Para terminar también vemos superiores, muy imbuidos de su
mando y bastante convencidos de su predestinación a ser superiores,
gracias a sus cualidades y aptitudes. Estos generalmente no tienen
confianza en sus subordinados y quieren que todo pase por el tamiz
de su juicio. Convierten la vida de sus inferiores en algo muy pesado,
cuando no intolerable, evidentemente con motivos muy nobles o convencidos
de que son los únicos competentes.
Tengamos pues mucho cuidado en no caer en ninguno de estos casos puesto
que a la larga paralizarán el crecimiento apostólico
de una comunidad creando situaciones difíciles.
Una visión clara y justa de la autoridad nos confirmará
en la humildad, sin menoscabar nuestra responsabilidad y el carácter
propiamente divino de la autoridad. Si consideramos que la autoridad
que tenemos no es una cualidad que nos deben sino por el contrario
una atribución de la que no somos dignos, siempre estaremos
dispuestos a ser desposeídos de ella. Si sabemos respetar la
autoridad como algo divino nos cuidaremos muy mucho de despreciarla.
Es a través de ella que la voluntad de Dios se manifiesta.
Y la voluntad de Dios es el pan de las almas verdaderamente cristianas:
meus cibus est ut faciam voluntatem Patris mei (mi alimento es hacer
la voluntad de mi Padre).
A fin de evitar que nuestra propia voluntad ocupe el lugar de la de
Dios esperaremos a los momentos más oportunos para comunicar
a nuestros colaboradores las decisiones, los deseos o las advertencias
que sea necesario realizar.
A estos consejos quisiera añadir dos avisos.
Insisto de nuevo para que los superiores tengan la preocupación
de dar un reglamento a sus comunidades y que no omita la oración.
Dad el ejemplo de la oración y no creáis que vuestro
ejemplo es inútil. Aunque fuerais los únicos en hacerlo
no lo dejéis. Sufro realmente al saber que algunos sacerdotes
de la diócesis ya no se recogen en la meditación y en
la oración.
Otro aviso, menos espiritual, concierne a vuestra actitud en los eventos
políticos actuales. No os mezcléis en las luchas políticas
partidistas. No debemos pronunciarnos a favor o en contra de ninguna
agrupación pues las etiquetas corresponden poco a lo que son.
Esto no impide sin embargo de recordar constantemente la doctrina
de la Iglesia en materia política y social en vista al respeto
de los derechos de la persona humana, de la familia y de asociaciones
privadas.
Y si nos esforzamos en mostrarnos mejores sacerdotes, continuaremos
en verdad trabajando para la gloria de Dios y la salvación
de las almas.
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STAT VERITAS