Hace casi 7
años que colaboramos con la obra de evangelización del
Senegal; me ha parecido oportuno confiarles por escrito directivas,
consejos, estímulos que parecen tan urgentes cuando por todos
lados se organizan, tanto contra la Iglesia como lejos de ella, quienes
se esfuerzan, si no por amenguar el rebaño que nos ha sido
confiado, por lo menos por impedirle su crecimiento.
Entonces la hora ha llegado también para nosotros, de unirnos
más en nuestra acción, hacer desaparecer un cierto egoísmo
apostólico que vive envenenado sobre sí mismo, siendo
negligente por principio, o peor, una cierta pereza en considerar
la tarea que nos ha sido confiada con un corazón amplio y un
sentido esclarecido acerca de las realidades en las cuales vivimos.
Los invito a hacer un doble esfuerzo:
Esfuerzo de comprensión, de inteligencia profunda de su sacerdocio
y de su unión. Es necesario recordar sin cesar estas palabras
de Nuestro Señor: «Ego elegi et posui vos ut eatis, et
fructum afferatis: et fructus vester maneat». Está muy
en el pensamiento de Nuestro Señor el que vayamos adelante,
que evitemos el acantonarnos en costumbres rutinarias, tener como
única consigna copiar servilmente a nuestros predecesores.
Ellos han ido por delante en su tiempo; para continuar su obra y parecernos
a ellos nosotros tenemos que ir también por delante.
Es necesario, entonces, que nuestro apostolado no sea hecho a priori.
El celo de un San Pablo, de un San Agustín, de un San Francisco
de Asís, de un San Juan Bosco, han venido de la misma fuente,
pero se ejerció diferentemente. Estamos en el Senegal del siglo
XX, en un ambiente y una época determinados, con los medios
de nuestra época, con los errores y los enemigos de la Iglesia
de nuestra época: debemos estar constantemente escuchando,
despiertos y en guardia para el crecimiento del rebaño a nosotros
confiado.
Tengamos este «sentido de Cristo», hecho de un amor paternal
y maternal que por instinto entiende lo que es necesario para hacer
avanzar el reino de Nuestro Señor en las almas, que adivina
y previene el peligro de la ceguera espiritual, de la corrupción
de los corazones.
El amor verdadero y psicológico, ¿no es visible en el
corazón de una madre? Debemos tener para con nuestras ovejas,
y todos los que nos son confiados, el amor materno de la Iglesia.
Adivinaremos entonces las necesidades de sus almas y trataremos de
satisfacerlas con el ingenio del verdadero celo.
Si el celo de Dios nos devora, comprenderemos a las almas y este celo
nos inspirará inquebrantables sentimientos de humildad y confianza.
Tendremos entonces la íntima convicción de que todo
hombre está llamado por Dios, que en todo ser humano hay una
posibilidad religiosa que se ignora muchas veces, que se puede desarrollar
de manera inesperada—¡es el secreto de Dios!—que
no debemos nunca a priori ni a posteriori elevar un juicio definitivo
sobre el estado de un alma. Mientras haya un soplo de vida, hay esperanza.
Tendremos igualmente la convicción de que los medios para hacer
brotar la fuente de vida en un alma son innumerables y que los que
hemos tratado en vano, tendrán éxito en las manos de
otro: «Otro es el que siembra, otro aquel que cosecha».
El verdadero pastor es humilde. Sabe que todo es de Dios, que sólo
Dios decide. El verdadero pastor trabaja sin relajarse, lanza la red
sin desanimarse jamás. Dios hará el resto.
Se evitará, por una parte, la estrechez de espíritu,
un tradicionalismo anticuado y esclerótico que cierra los ojos
al materialismo, al ateísmo que invade la juventud, se encierra
en su iglesia y se satisface con algunas buenas feligresas y algunos
niños que las rodeen; y por otra parte, un espíritu
de innovación que tiene un olor a herejía, herejía
del activismo que descuida la oración, la predicación,
la Misa dominical de la parroquia, la enseñanza religiosa.
A fin de tener el verdadero espíritu apostólico de la
Iglesia, se necesitaría leer de nuevo, con amor, los admirables
textos del catecismo del Concilio de Trento, de la encíclica
«Acerbo nimis» de San Pío X, de la bula de Urbano
VIII para el misal, de la bula «Divino Afflante» de San
Pío X, de la encíclica «Menti Nostræ»
de Nuestro Santo Padre el Papa Pío XII, del primer capítulo
del ritual.
No quiero extenderme demasiado largamente sobre estos medios que conocen
particularmente y que son esenciales para el crecimiento de la Iglesia,
según la palabra de los Apóstoles: «En cuanto
a nosotros, nos aplicaremos enteramente a la oración y dispensación
de la palabra» (Act. VI, 4).
Dispensar los misterios de Cristo en la oración y anunciar
el Evangelio de Cristo por la palabra, he aquí lo que nos pide
la Esposa de Cristo, la Iglesia.
Hablar para edificar, hablar para atraer a los misterios divinos,
tal es nuestra sublime misión. como lo expresa San Pablo: «La
virtud de la gracia que me ha sido dada por Dios de ser ministro de
Jesucristo ante los Gentiles, sacerdote del Evangelio de Dios para
que la ofrenda de los Gentiles, santificada por el Espíritu
Santo sea agradable a Dios» (Romanos, XV,16).
Pero si la Iglesia precisó algunas obligaciones a los pastores,
a los que enseñan en las escuelas, si expresó netamente
en el Derecho Canónico sus directivas respecto del ministerio,
abre largamente a las iniciativas del celo esclarecido de los obispos
y de los sacerdotes las posibilidades de hacer alcanzar el mensaje
del Evangelio por los medios más diversos.
Ya en el tiempo del Concilio de Trento, los Padres del Concilio, espantados
por los progresos de la herejía, por los medios empleados por
los falsos profetas, se esforzaron por publicar el catecismo para
contestar a los ataques de los herejes.
En el capítulo IV del primer libro, se lee esto: «y cierto,
la impiedad de estos hombres, armados de todos los artificios de Satanás
ha hecho tantos progresos que parece casi imposible parar su curso.
Y si no estuviéramos apoyados sobre esta brillante promesa
de Jesucristo que establecería su Iglesia sobre un fundamento
sólido y que las puertas del infierno no prevalecerían
sobre ella, temeríamos con mucha razón que sucumbiese
bajo los asaltos de tantos enemigos que la atacan hoy con toda clase
de astucias y de esfuerzos... En efecto, los que tenían como
el designio de corromper a los fieles, se han apercibido de que sería
imposible predicar públicamente y hacer entender a todo el
mundo su lenguaje envenenado. Pero, han tomado otros medios... Han
difundido una infinidad de pequeños libros que, bajo apariencia
de piedad, han seducido a una multitud de almas sencillas y sin desconfianza...
He aquí por qué los Padres del Concilio, etc...».
Por eso, sus obispos, preocupados por contestar a las necesidades
actuales del apostolado han buscado en el curso de sus reuniones los
medios para difundir el Evangelio y profundizar la fe y la caridad
de los fieles, aquí en el África Occidental francesa.
Han organizado servicios especiales para la Enseñanza, las
Obras, la Prensa...
1. La enseñanza mira particularmente a la escuela y a la formación
cristiana de los niños; es también un medio de atraer
al conocimiento de Nuestro Señor a las almas que no habían
llegado a ella.
Se comprueba que, en demasiadas escuelas, a los hijos les falta el
sentido cristiano, el deseo de comulgar. Los niños no comulgan
suficientemente, y es un daño irreparable causado a su vida
cristiana. Algunas de nuestras escuelas todavía no han dado
vocaciones—o muy pocas—ya se trate de chicas como de varones;
no es normal.
Hay que agregar a lo que concierne la enseñanza, la acción
que debemos llevar a todo precio sobre los niños de las escuelas
públicas. Busquemos todos los medios para atraer a los niños
al catecismo y a la Misión. Ubiquen catequistas cerca de las
escuelas públicas, mantengan buenas relaciones con los maestros,
visítenlos a fin de atraer su benevolencia. Cuántos
niños podrían ser alcanzados y hacerse cristianos, si
llegásemos a atraerlos.
Dejo de lado deliberadamente las escuelas superiores para las cuales
trataremos de realizar algo nosotros mismos. Pero les toca vigilar
a todos estos estudiantes de los colegios secundarios o técnicos,
de las escuelas o cursos normales. Piensen en el bien que pueden hacer
y en la responsabilidad que tienen respecto al porvenir espiritual
del país.
Si no hablé explícitamente de la enseñanza del
catecismo a los niños en general, es que esa ocupación
sacerdotal por excelencia está incluida en los medios tradicionales
de los que hemos hablado más arriba.
Deseo y los animo vivamente a la continuación de las sesiones
pedagógicas desde el punto de vista de la enseñanza
en general y del catecismo para los sacerdotes o religiosas que enseñen,
así como para los catequistas y monitores.
2. Las obras: están particularmente destinadas a proseguir
con el trabajo empezado en la escuela y la infancia, es decir: completar
la formación cristiana, atraer al conocimiento del Evangelio
a las almas alejadas, ayudar a la práctica de la vida cristiana
en el deber de estado y, en definitiva, atraer a las almas a la unión
con Jesucristo en el sacrificio de la Misa y en la comunión.
Sin ninguna duda el método con el cual Nuestro Señor
nos ha dado ejemplo para la formación de sus discípulos
es un modelo para nosotros. El contacto individual en pequeños
grupos, contacto frecuente hecho de confianza, contacto sacerdotal,
tendrá una muy fuerte influencia. La formación de una
élite, la formación de catequistas, de militantes o
responsables, es, en definitiva, la formación de nuestros próximos
auxiliares.
Es extremadamente importante. Debe estar basado sobre una muy fuerte
instrucción religiosa y una vida sacramental muy asidua.
Sin embargo, no debe hacernos omitir medios de acción más
extendidos, dirigidos a todos los ambientes y todas las edades.
Pero esforcémonos por no olvidarnos nunca del principio fundamental:
que todo esté orientado hacia una vida interior alumbrada por
los sacramentos en el cuadro parroquial. Hay que evitar a toda costa
el dispersar las parroquias. Por el contrario, la Misa cantada del
domingo tendría que ser la cita de todos alrededor del altar:
del clero, de los fieles, para la ofrenda dominical. Así nuestras
miras serán más vivas y apuntarán verdaderamente
al acto vital por excelencia de la parroquia.
3. La Prensa: ese medio podría ser estimado como despreciable
en aquellos tiempos en donde nuestros fieles no sabían leer.
Esto es cada vez menos frecuente, y el progreso rápido de la
instrucción nos obliga a inquietarnos mucho por el empleo de
ese medio para el apostolado.
Pedimos a todos aquellos que deseen informar a sus ovejas o resolver
objeciones hechas contra la Iglesia, que las anoten y nos las hagan
llegar; se las expondrá y refutará bajo la forma de
un diálogo o de otra manera. Estas hojas serán, entonces,
impresas y difundidas en todos los lugares donde puedan hacer algún
bien, esclarecer sin herir, enderezar sin lastimar la susceptibilidad
y el amor propio.
Para completar esta enumeración de los medios de apostolado
adaptados a nuestra época y nuestro vicariato, hay que agregar
las obras sociales: los agrupamientos sindicales, profesionales, etc.
Hay, es cierto, aprensiones legítimas en sostener sin reservas
a los sindicatos, debido a ese espíritu que los anima demasiado
a menudo, ese espíritu de lucha, de reivindicaciones continuas.
Pero concluir por eso que no tenemos nada que hacer con ellos, sería
un gran error. Debemos ciertamente animarlos a su existencia y precisamente
darles un fin instructivo, inspirando soluciones cristianas. Graves
problemas se plantean ante los ojos de nuestra juventud: ¿la
abandonaremos? Nuestro papel es guiarla, inspirarla, suscitar en ella
iniciativas felices que le muestren que el sindicato no es únicamente
un instrumento de combate.
Pronto los sindicatos rurales van a multiplicarse. Tengamos cuidado
en no boicotearlos, sino, por el contrario, interesémonos en
ellos, ayudémoslos de todas formas. Por ese sindicalismo podemos
tener una influencia considerable en el país y hacer reinar
una atmósfera cristiana en los ámbitos donde reinaban
el materialismo y el marxismo. No podemos estar ausentes de organismos
que influyen sobre la vida social, sobre el ambiente de vida. Estos
tienen una relación estrecha con la vida cristiana. Esforcémonos
en inculcar a nuestros catequistas, a nuestros cristianos, el verdadero
fin del sindicalismo, sino veremos a todos los sindicatos dirigidos
por no cristianos.
Hay que decir lo mismo de las cooperativas que los institutos laicos
se esfuerzan en crear para sus escuelas, sostenidos por el servicio
de la enseñanza. Sepamos mantener despierta la atención
y no dejarnos sobrepasar en el dominio social...
Hay también consejos de notables, los consejos municipales
que se instauran más y más. ¿Estaremos ausentes?
¿Nuestros cristianos estarían excluídos? No debe
ser. Hagan campaña para tener lugares reservados a los cristianos.
Adviértanles que no dejen que los traten injustamente. Asimismo
para los paganos, a menudo engañados por los musulmanes y una
administración favorable al Islam. Sean vigilantes, sino los
lobos harán que decaiga el rebaño. Si no piensan que
deben ocuparse de estas cosas, que parece estar fuera del ministerio
sacerdotal, es que se han forjado una idea del pastor demasiado estrecha
y falsa. Nada de lo que toque a la práctica de la vida cristiana
en cualquier lugar o circunstancia, nada que acerque o aleje a las
almas de Nuestro Señor, debe serles indiferente.
Pero, dirán, ¡no estamos al tanto de todas esas nuevas
organizaciones! Por el amor de su apostolado, sepan iniciarse invitando
al Padre encargado, o aún a un especialista en estas cuestiones,
designado por aquél, en sus reuniones de distrito, a fin de
conocer las líneas esenciales de lo que otros organizan a menudo
con intenciones que están lejos de ser cristianas. No se dejen
sorprender.
Estén íntimamente persuadidos que la extensión
del Evangelio, que el resplandecimiento de Nuestro Señor, se
cumplen también por estos medios que transforman la vida social.
Hay numerosos ejemplos de que allí donde hay un sacerdote celoso
y esclarecido que ha sabido llevar a cabo esta transformación,
guiarla, la Iglesia a través de la Misión goza de un
gran prestigio. En algunos lugares que podría contarles, los
jefes polígamos y tiránicos han sido reemplazados por
cristianos ejemplares, quienes, aunque minoritarios, tienen todo a
mano para el mayor bien de la población. Pues, si nosotros
debemos obrar, debemos sobre todo hacerlo por intermediarios, por
los laicos mismos.
Lo que acabo de decir para las zonas rurales es verdadero también
para las ciudades. Los párrocos deben tener interés
en trabajar más en equipo, por reunir a sus fieles responsables
de obras, de los sindicatos. Que un vicario sea encargado como capellán,
para seguir tal o cual movimiento, o esté encargado de las
obras, está bien, pero no es suficiente. El párroco
no debe estimar que ha satisfecho sus obligaciones con esta nominación.
Es él quien debe agrupar todas las fuerzas vivas de la parroquia
para animarlas al apostolado. Muchos fieles no desean más que
eso: verse unidos a sus pastores para obrar de una manera apostólica.
Los vicarios tienen necesidad de sentirse sostenidos efectivamente
por el responsable de la parroquia.
Terminando ese capítulo, no puedo hacer nada mejor que recordar
las palabras de nuestro Santo Padre el Papa Pío XII en su encíclica
«Menti Nostræ» de 1950: «De igual manera se
favorecerán todas las formas y métodos de apostolado
que, hoy, por el hecho de las necesidades particulares del pueblo
cristiano toman tanta importancia y tanta gravedad. Será necesario
entonces vigilar con el más grande celo que la enseñanza
del catecismo sea dada a todos, que la Acción Católica
y la acción misionera sean largamente propagadas y animadas,
y asimismo, lograr que gracias a la colaboración de laicos
bien instruidos y bien formados, se desarrollen cada día las
obras que se relacionan con la buena organización de los asuntos
sociales como lo pide nuestro tiempo».
Después de haberles dado algunos avisos sobre los medios para
realizar nuestro hermoso apostolado, especialmente en el ámbito
urbano, quisiera agregar algunas consideraciones sobre el ministerio
ejercido a través de nuestras comarcas rurales.
Reconozco que nuestros misioneros del campo son poco numerosos en
relación con el inmenso trabajo por cumplir, que muchos de
ellos se encuentran solos (no digo «aislados» pues pueden
ver a sus compañoeros fácilmente) ante una población
y un territorio demasiado grandes.
Conocemos también la pobreza real de estas misiones, y ahí
todavía, tenemos que agradecer a Dios por haber suscitado benefactores
admirables por su generosidad, pero más todavía por
su espíritu de fe y de caridad. Las cartas que recibimos nos
llenan de confusión al comprobar que un gran número
de pobre gente, de enfermos, para ayudar a la evangelización
del sufrido país (Senegambia meridional) dan hasta privarse
de sus vacaciones y aún de lo necesario. Se conocen allí
todas nuestras misiones, los nombres de los Padres, se reza por ellos;
enfermos ofrecen sus sufrimientos por las conversiones. ¡Qué
coraje! ¡Qué sostén!
En estas misiones es indispensable tener un método de apostolado
bien estudiado y bien desarrollado. Cuanto más trabajo hay,
más necesario es guardar un gran dominio de sí mismo,
de proceder por orden de urgencia, de ahorrar tiempo y salud, a fin
de proveer a todas las cosas con continuidad y paz. Enojarse, ir de
un trabajo a otro sin previsión, correr apresuradamente sin
organización nos derrota y termina por vencer al misionero
y cansar la buena voluntad de los catequistas y de los fieles.
Es necesario, donde sea posible, tener una obra de formación
al comienzo de la escuela para niños y niñas; sesiones
para los catequistas y los novios, generalmente catecúmenos,
y visitar regularmente a los cristianos y a los catecúmenos.
Si una misión vecina puede encargarse de la formación
de sus cristianos y catequistas, no hay que dudar en confiárselos
temporalmente, a fin de poder por sí mismo seguir más
a sus catecúmenos y su grupo de cristianos. Como de hecho será
poco común para todos aquellos que están por formar,
habría que buscar tener consigo un verdadero auxiliar, ya sea
un hermano, o un catequista piadoso y dedicado, alojarlo convenientemente,
retribuirlo de tal manera que las giras puedan realizarse sin demasiadas
preocupaciones para la obra central.
¿Cómo realizar la obra de formación, cómo
concebir ese programa, ver las visitas? En el centro uno se esforzará
por tener una escuela; si no puede ser reconocida, sea por falta de
título, sea por falta de instalación, se hará
una escuela catequística que servirá para la formación
de futuros catequistas, además de los enviados a la escuela
catequística central. Para tener una escuela reconocida hay
que estar seguros de tener lo necesario para que pueda funcionar sin
nuestra presencia continua, y, en consecuencia, alojar convenientemente
a los monitores y retribuirlos también. Si no, uno se arriesga
a que falte todo: la escuela, ya no sería una escuela y tendría
mala fama entre los padres, y sobre el ministerio, tendríamos
dificultades para realizarlo con la presencia necesaria en la escuela.
Esperando poder realizar una verdadera escuela, habría que
pensar en atraer a los niños al catecismo, aún los de
la escuela pública, si hay una. En algunos vicariatos es de
esta manera que la influencia de la misión ha sido destacada
por la acción ejercida sobre la escuela pública.
Es evidente que cuando las circunstancias lo permiten, hay que abrir
una escuela, y en algunos sectores, puede ser más importante
fundar una escuela, aun a riesgo de hacer pocas visitas de inspección.
De todas maneras en la obra de formación central no hay que
perder nunca de vista que el elemento esencial de formación
debe ser el de establecer entre las almas y Nuestro Señor un
contacto vivo, personal y que, para alcanzar ese fin, la frecuentación
de los sacramentos es el medio establecido por Nuestro Señor
mismo.
¿Qué hacer en nuestras visitas de inspección?
Lo primero, es necesario preverlas, establecer el programa de antemano,
prevenir a nuestros cristianos por nuestros catequistas a fin de que
no se alejen de los pueblos, que aprovechen para tener listos la capilla
y el alojamiento del Padre y de los que lo acompañen, que hagan
algunas provisiones. El catequista y los catecúmenos estarán
un poco en estado de alerta, y se puede estar seguro que durante los
días que preceden a la visita, el catecismo habrá sido
más seguido, las oraciones más regulares, la escuela
catequística más frecuentada.
Cuando el programa está listo, hay que cumplirlo absolutamente
día por día, evitando a toda costa las promesas en el
aire, los horarios imposibles, las visitas relámpago, las modificaciones
en mitad del camino. Es faltar a la palabra empeñada y, a su
vez, es faltar a la consideración de la gente de los pueblos
que son muy sensibles. Se han alegrado por recibirnos durante los
días que han precedido; si se nos ocurre frustrar su espera
dos o tres veces, será inútil a partir de ese momento
exigirles la puntualidad y aún una real estima.
Si es bueno hacerse acompañar, hay que evitar llegar a los
pueblitos con acompañantes inútiles. Son gravosos sobre
el pueblo, aprovechan para hacerse servir y terminan por molestar
a la acción pastoral.
¿Qué hacer en el pueblo? Aquí también
es absolutamente necesario tener un programa, y si varía según
los lugares y las costumbres de cada uno, hay un cierto número
de ocupaciones pastorales y personales necesarias que hay que ordenar
teniendo en cuenta las necesidades impuestas por la vida del pueblo,
en particular la hora en que las mujeres preparan la comida y comen
los hombres.
Después de haber saludado a la población y tomado contacto
con ella, tengamos cuidado en saludar primero a los hombres, y entre
ellos a los notables; se acuerda con el catequista el programa del
tiempo a pasar en el pueblo, y antes de la dispersión de la
gente venida al encuentro de ustedes, publicarlo y repetirlo para
que nadie lo ignore. Con los años, la gente conocerá
rápidamente sus costumbres.
Nosotros debemos pensar y ordenar: los ejercicios personales, el breviario,
la hora de las comidas, etc. y la actividad pastoral: informe de los
cristianos, de los catecúmenos, haciéndolos llamar por
categoría, y tanto como sea posible, que un cierto número
de ellos estén presentes como testigos de las pláticas
sobre observaciones y los reglamentos. ¡Cuántos consejos,
estímulos y reproches propios para edificar! Es el momento
en el cual el misionero más se parece al Divino Maestro en
el curso de su vida pública. Aquí tendrá que
mostrarse como un verdadero pastor de las almas, y manifestar el don
de consejo. Entonces lo apreciarán todos quienes lo rodean
y lo escuchan, pues bastante gente que no asiste a la iglesia irá
para escuchar al Padre sentado en medio de la gente del pueblo. Esta
instrucción, en efecto, no se debe hacer en la iglesia.
Examen de los catecúmenos: se puede hacer en la capilla o afuera;
es de nuevo una excelente ocasión de hacer obra pastoral.
Confesiones: exhortar a todos los penitentes juntos si se ha reunido
un grupo bastante numeroso, a fin de disponerlos bien. Tener cuidado
de confesar siempre en un lugar donde se nos vea, y jamás en
la oscuridad; elegir la hora según la conveniencia de los fieles,
en lugar de exigirle a quienes desean confesarse que vengan en otro
momento.
Hacer en común la oración de la noche.
Visitar a los enfermos.
Inspección de la escuela catequística, si la hay.
En la mañana: Misa con instrucción y después
de la Misa, catecismo para todos, si es posible.
Tales son, esquematizadas, las grandes líneas de estas visitas
de inspección, absolutamente indispensables y fructíferas
en la medida en que sean hechas con cuidado, con regularidad, con
celo. Tal es la misión que nos está confiada, la viña
que tenemos que hacer fructificar.
Quiera Dios que estas líneas puedan dirigir nuestro celo, aumentarlo
todavía más. Que las oraciones, sacrificios, ofrecimientos
de nuestros enfermos, de nuestras religiosas, de todos aquellos que
obran con nosotros, y por fin, de nosotros mismos, emocionen a los
Corazones de Jesús y de María y los incline a difundir
gracias de elección sobre nuestro querido vicariato.
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