La Santa Sede
me pidió que, desde ahora, le dé mi tiempo y actividad
a la diócesis de Dakar. Por eso, dejando el apostolado de la
Delegación Apostólica, quedo ahora totalmente a disposición
de esta misión que antes le reservaba a mi auxiliar, S. E.
Mons. Geribert.
Durante los meses que acaban de terminar, me esforcé por establecer
un contacto más inmediato con las personas y aun con las cosas
que me permitirán ejercer eficazmente ese ministerio. He necesitado
algún tiempo, más del que yo pensaba, por lo cual hoy
mismo retomo la costumbre de confiaros en algunas páginas mis
preocupaciones apostólicas, deseando por encima de todo transmitiros
el celo del Espíritu de Verdad y de Caridad que debe hacernos
actuar en la obra divina a la cual estamos llamados a cooperar por
una gracia gratuita de Dios.
Quizás sea la primera vez que me dirijo a vosotros, mis queridos
hermanos en el sacerdocio, a los religiosos, a las religiosas, a los
seglares que por una gracia particular se comprometieron a cooperar
en nuestro apostolado.
Siento un verdadero deseo de dirigirme a todos los apóstoles
de la diócesis. Sin duda lo son, y por diversos títulos:
sacerdotes, por consagración y misión; religiosos y
religiosas, por compromiso público; seglares, por pertenencia
al cuerpo vivo y místico de Cristo.
Pero me parece que, ante esas diversas responsabilidades, por ser
complementarias y encontrarse en el mismo ardiente deseo de ver extenderse
el reino de Nuestro Señor, todos podrán aprovechar útilmente
estas exhortaciones y avisos de su obispo y pastor.
Permitidme recordaros brevemente algunos principios fundamentales
de nuestro apostolado, que siempre deben estar ante nuestros ojos
si no queremos trabajar en vano.
Con ocasión de la exposición de estos principios, sacaré
algunas directivas prácticas.
1. El primer principio del apostolado es que el crecimiento del cuerpo
místico de Cristo, así como su nacimiento temporal en
la Encarnación, es una obra de Dios, una obra esencialmente
divina.
Nuestro nacimiento a la vida cristiana por medio de la infusión
de la vida de Cristo en nosotros es un acto puramente gratuito de
parte de Nuestro Señor.
Nuestra actividad humana, es decir la que es del dominio de nuestra
naturaleza, igualmente don de Dios, no puede en absoluto comunicarnos
la vida cristiana ni a nosotros, ni a los demás.
Es una verdad de fe que la gracia no puede ser merecida por actos
que no sean ellos mismos hechos bajo la influencia de la gracia, porque
no hay proporción entre la vida de la naturaleza, de la simple
criatura, y la vida de hijos de Dios.
«Sin Mí nada podéis hacer», dice Nuestro
Señor. Eso es doblemente verdadero. No podríamos respirar
y vivir sin el sostén de Dios, ni tampoco, en el orden de la
filiación divina y de la vida cristiana, sin la influencia
y el socorro de Cristo.
La Escritura es tajante sobre ese punto, y lo es igualmente la enseñanza
de la Iglesia. Nuestro Señor se compara a la viña de
la cual somos los sarmientos: es manifiesto que es su Espíritu,
el Espíritu Santo, el que es la verdadera fuente de la justificación.
Los Hechos de los Apóstoles muestran esa realidad con evidencia
desde Pentecostés hasta los itinerarios de San Pablo: todo
es del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el apóstol por excelencia y por
esencia.
Esta gran verdad debe dar su carácter particular a nuestro
apostolado. Carácter de humildad y confianza; carácter
de disponibilidad de nosotros mismos y de todas nuestras facultades;
carácter de paz y de serenidad en todas las vicisitudes de
éxito, de fracaso, de pruebas o de consolaciones. «In
omnibus gratias agite» (I Tes. V, 18). La constancia en la acción
de gracias manifestará que el Espíritu de Dios está
en nosotros.
La convicción y la clarividencia de esta verdad capital nos
evitará un defecto que, desgraciadamente, hoy es demasiado
frecuente: el comparar la obra de los enemigos de la Iglesia a la
de la Iglesia, o a la del Espíritu Santo.
Tales obras no se encuentran sobre un mismo plano, y no utilizan los
mismos medios. «El Espíritu Santo sopla donde quiere».
El olvido de este principio del Espíritu Santo, alma y fuente
de nuestro apostolado, nos llevaría a copiar a los adversarios
de la Iglesia, a buscar expedientes y medios puramente temporales,
a poner nuestra confianza en una organización sistemática
y racional, a procurar una higiene social o económica antes
que poner a las almas en contacto con la fuente divina de la cual
provienen todos los beneficios espirituales y materiales, eternos
y temporales. Aquel que está animado por el Espíritu
Santo no podrá desinteresarse de sus hermanos, su caridad lo
empujará a realizar todas las obras de beneficencia espiritual
y material. Aquel que no está animado por el Espíritu
de Dios se olvidará de buscar la pertenencia al cuerpo místico
para sus hermanos, y se contentará con buscarles algunos bienes
materiales, olvidando el orden y la medida queridos por Dios en el
uso de estos bienes, de manera tal que su filantropía se volverá
en mal para aquellos a quienes quiere aliviar.
Por cierto, a menudo tenemos que valernos de los cuerpos para alcanzar
las almas, y en ese sentido el ejercicio de la caridad desinteresada
toca los corazones más que la palabra. Pero evitemos silenciar
en nuestra caridad lo que pueda ser una invitación a la gracia
por falta de confianza en el Espíritu Santo, y por una neutralidad
o un laicismo que asfixie la gracia de Dios. Nuestro Señor,
cuando curaba los cuerpos, también curaba las almas, y provocaba
la alabanza y la gloria de su Padre.
2. El segundo principio, también fundamental, es que la voluntad
de Dios es la de salvar a los hombres y devolverlos a la vida divina,
a la filiación que han perdido por causa del pecado.
«In hoc veni in mundum ut vitam habeant et abundantis habeant»
«Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante»
(Jn. X, 10).
Pondrá esta voluntad en ejecución con su Encarnación,
su Cruz, su Resurrección.
Pero, por un misterio admirable de su misericordia, a estos mismos
que reúne y vivifica, los quiere tan unidos a sí que
los compromete en su servicio para la redención y la vida sobrenatural
de sus hermanos.
«Ego elegi vos ut eatis et fructum afferatis» «Os
he elegido para que vayáis y deis fruto» (Jn. XV, 16)
Sin duda, la elección del sacerdote, del religioso y del cristiano
no tendrá la misma exigencia. Pero todos tienen obligaciones.
Todos son de Cristo, y entonces todos están comprometidos en
la obra del crecimiento de Cristo hasta su plenitud.
No podemos nada sin Cristo, según el primer principio, pero
con Cristo lo podemos todo, puesto que nos lo pide: «Todo lo
puedo en Aquel que me conforta».
Sin embargo, tengamos cuidado: seremos eficaces en nuestro servicio
y en nuestra misión cristiana en la medida en que seamos de
Cristo, en que estemos “cristificados”; dicho de otra
manera, en la medida en que actuemos por Él: «Estos son
hijos de Dios, los que son movidos por el Espíritu de Dios»
(San Pablo).
¿Quién nos dirá si somos auténticamente
de Cristo, quién nos garantizará la transmisión
cierta de esta filiación, quién nos diviniza en Cristo?
La Iglesia. ¿Quién nos pondrá en el espíritu
la verdad de Cristo, quién nos formará la voluntad y
el corazón en sus virtudes, quién pondrá sobre
nuestros labios las palabras de vida, sobre nuestra lengua el pan
de vida, quién dará al joven levita el pode sobre la
Palabra y sobre el Pan de vida? La Iglesia.
¿Cuál ha sido el medio elegido por Nuestro Señor
para transmitir la vida divina? El sacrificio de la Cruz: la oblación
sangrienta de su vida humana, significando la oblación de su
alma al Padre, reproducción viva y sensible del don eterno
del Hijo al Padre.
Esta oblación, por un designio admirable de su poder, fue legada
a la Iglesia de una manera no sangrienta en el sacrificio eucarístico,
que perpetúa su sacrificio sobre la Cruz de una manera real.
Esta oblación es la gran oración de Nuestro Señor.
Es necesariamente eficaz para la regeneración de las almas.
Conclusión: esa gran acción y esta oración que
se llama la liturgia, comprendiendo la acción sacrificial y
la Eucaristía, y todas las oraciones que la preparan o de ella
derivan, y todas las acciones sacramentales que disponen o son su
prolongamiento, son el gran sacramento, la gran fuente de vida, la
fuente de agua viva. Nuestras iglesias, nuestros lugares de culto
que abrigan ese gran misterio, deben ser construidos, amueblados,
decorados y animados con ese sentido de la liturgia que la Iglesia
nos transmite, que no es otro que el sentido de Cristo. «Nos
autem sensum Christi habemus» «Nosotros tenemos el pensamiento
de Cristo». (I Cor. II, 16).
Que nuestros altares sean dignos, que nuestros sagrarios estén
allí donde los quiere la Iglesia. Que todo inspire grandeza
y respeto. Que no haya ninguna cosa mezquina, usada o mal dispuesta
alrededor o sobre el sagrario.
Nunca se hará lo suficiente para realzar nuestras ceremonias
litúrgicas y para hacer participar a nuestros fieles y nuestros
catecúmenos en estos misterios que son el gran medio de apostolado,
el único seguro y verdaderamente eficaz, porque es aquel que
eligió Jesucristo como nos ha elegido a nosotros mismos.
Oración y predicación. Los misterios de redención
y de vida han sido anunciados por Nuestro Señor. Él
ha llamado: «Venite ad me... Veni et vide... Sinite venire ad
me... Nemo potest venire ad me nisi Pater traxerit eum... Venid a
la vida...» «Venid a Mí... Ven y verás...
Dejad que los niños vengan a mí... Nadie puede venir
a mí si el Padre no le trae...» (Mt. XI, 2 - Jn. I, 46
- Lc. XVIII, 16 - Jn VI, 44).
Somos, entonces, particularmente elegidos y designados para ser los
heraldos de Cristo, a fin de llevar las almas de nuestros hermanos
a la fuente de vida.
Todos los medios deben estar puestos en esta obra para permitirle
a la gracia del Señor que atraiga las almas. La Iglesia, aún
allí, nos guía y orienta, dejándonos sin embargo
una cierta libertad para nuestro celo inventivo e ingenioso. Juzgará
si verdaderamente es el Espíritu del Señor el que inspira
nuestras iniciativas. Nuestro celo será eficaz solamente si
permanece siempre bajo la moción del Señor Jesús
y de su Espíritu, que sólo lo Iglesia reconoce con certeza.
Si el primer principio tenía el riesgo de hacernos pusilánimes,
éste, por el contrario, tiene el riesgo de hacernos presuntuosos.
No seamos ni lo uno ni lo otro; la humildad, la conciencia de nuestra
nada es la única disposición verdadera para dejar en
nosotros todo el lugar a Jesucristo y hacer que nuestro celo esté
siempre perfectamente orientado hacia el sentido de la Iglesia y sea
soberanamente eficaz.
3. Tercer principio: el Concilio de Trento nos enseña que «los
hombres reciben la gracia cada uno según su medida, que el
Espíritu Santo distribuye como quiere y según la cooperación
y la disposición de cada uno...». Se trata del renacimiento
a la vida divina de los adultos. En efecto, el Concilio dice todavía:
«Para recibir la gracia de la justificación, el hombre
adulto debe prepararse, ayudado por la gracia actual, no solamente
por la fe, sino por el ejercicio de otras virtudes» (Hervé,
T. III, N 444).
Además, la Iglesia nos enseña que «los sacramentos
operan por ellos mismos una gracia igual a los que tienen las mismas
disposiciones, una gracia desigual a quienes están diferentemente
dispuestos» (Hervé, T. III, N 444).
Es entonces una verdad de la cual debemos convencernos que las disposiciones
con las cuales la vida divina se recibe tienen una profunda repercusión
sobre el fervor de la vida cristiana.
Para la orientación práctica de la pastoral tendremos
que tener siempre en cuenta ese principio que nos invita a reflexionar
sobre los medios que debemos tomar para preparar las almas, para disponerlas
a una gracia más abundante.
Y aquí tenemos una de las mayores razones que explica la poca
eficacia de la gracia en los ámbitos descristianizados y en
los ámbitos no cristianos.
Sin embargo, en los ámbitos que nunca han recibido la Buena
Nueva, se encuentran algunas condiciones favorables: la creencia en
Dios, la apertura sobre los poderes de arriba, lo que no existe más
en las sociedades paganizadas, materialistas. La conclusión
práctica será esforzarnos por crear el ámbito
favorable y primero el ámbito familiar, mediante la formación
de hogares cristianos. El papel de la madre cristiana es capital.
Al ámbito familiar se le agregará el ámbito escolar,
que a veces suplirá las carencias de aquél (de ahí
la importancia de buenos maestros cristianos). Si se puede, a estas
dos influencias favorables, se agregará la influencia del pueblo,
de la parroquia, por medio de las asociaciones, obras, diversiones
de influencias cristianas, se permitirá a las almas un desarrollo
de vida sobrenatural sorprendente y bien alentador. Habría
evidentemente que agregar luego al ámbito profesional, el ámbito
político, etc.
Podemos tener sobre los medios familiar y escolar, una real influencia
por medio de nosotros mismos. A nosotros nos toca vigilar todo con
celo, apoyados sobre esta verdad fundamental de la disposición
de las almas a la gracia.
Esta convicción nos guiará, igualmente, en la preparación
al bautismo de los catecúmenos, en la preparación inmediata
a los sacramentos y en particular a los sacramentos de la penitencia
y la Eucaristía, y a la preparación para la Santa Misa.
Que los responsables y los militantes de la Acción Católica
tengan ese deseo ardiente de crear medios favorables a la gracia y,
por consiguiente, a la acción sacerdotal, a la acción
de los sacramentos.
El Señor tardó siglos en preparar el “fiat”
de María. Toda la historia del pueblo elegido prepara a esta
criatura excepcional que será la verdadera Arca de la Alianza.
¡Con paciencia y confianza ayudemos a las almas a convertirse
a Dios! y con nuestra oración hecha bajo la inspiración
de su Espíritu, las gracias actuales ayudarán a los
corazones y los prepararán para la conversión con suaves
invitaciones interiores.
Nuestra oración tendrá más la virtud de la oración
de Cristo cuanto más lo dejemos actuar en nosotros, y así
más numerosas serán estas gracias de vida divina.
Que ahí esté nuestra constante preocupación,
nuestra preocupación cotidiana, «santificarnos para santificar
a los otros». «Y yo muy gustosamente gastaré, y
a mí mismo me gastaré todo entero por vuestras almas»
(II Cor. XII, 15). Que tales sean nuestras disposiciones en nosotros,
miembros del cuerpo vivo de Nuestro Señor Jesucristo.
Revista
Tradición Católica de enero de 2003
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