Sermón de Mons. Fellay en el Seminario de
Flavigny, con motivo de la toma de sotanas el 2 de febrero

Luego de haber explicado el sentido de la Fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen, celebrada ese día, y de haber extraído las consecuencias prácticas para los 21 seminaristas que tomaron la sotana, Monseñor Fellay expuso el estado de las relaciones entre Roma y la Fraternidad San Pío X, después de la audiencia que le acordó Benedicto XVI, el 29 de agosto de 2005.
(…) Cuando hablamos del Templo (donde tuvo lugar la purificación de la Santísima Virgen María) pensamos en la Iglesia. Quisiéramos hoy exponer brevemente la situación en la cual nos encontramos.
En realidad no hay nada que sea muy especial, nada que sea muy nuevo, sino una agitación que indica que el demonio está inquieto, esta vez un poco más bravamente que de costumbre. Los sacerdotes, que conocen el discernimiento de espíritus, saben bien que todo pensamiento que inocula la duda, la inquietud, la desconfianza, no viene de Dios. Es precisamente el espíritu del demonio el que insufla esta agitación frenética que se expande en ciertos ambientes hoy en día y que intenta crear problemas, infundir desconfianza entre los fieles, entre los sacerdotes, queriendo hacer creer que el Superior General está en vías de hacer transacciones secretas –según se dice- a fin de firmar (un acuerdo) antes de Pascua u obtener una administración apostólica.
No hay nada de verdad en todo esto, ¡es una inanidad! La única cosa verdadera que ocurrió después de la audiencia que tuvimos con Benedicto XVI en el mes de agosto, es que nos hemos reunido con el cardenal Castrillón el 15 de noviembre pasado. Hemos expuesto de nuevo todas nuestras reservas, lo que esperamos de Roma diciéndole: “La vida católica normal no es posible hoy en la Iglesia. Desde el Concilio, se ha hecho imposible… ¿Quieren que haya acuerdos? No nos oponemos, pero antes que nada es preciso hacerlos posible. Y como nosotros queremos seguir siendo católicos, es preciso que esta vida católica vuelva a ser posible. Ello significa, en primer lugar, que hay que castigar los abusos, condenarlos; eso significa toda una serie de actos, de golpes de timón de la Iglesia. Eso también quiere decir también (que hay que realizar) actos positivos, esto es, reintroducir esa vida de la fe católica, junto a todas sus exigencias. Eso quiere decir que hay que volver a conceder la libertad a la misa, que pondrá a la Iglesia en marcha, que volverá a poner a NSJC en el centro de la Iglesia”.
Después le dijimos: “Comprobamos que Roma acepta ahora que hay una crisis en la Iglesia”. Hoy por hoy eso ya no es negado en Roma y podemos decir que hombres serios de Roma están preocupados por la situación de la Iglesia, aun cuando en ciertos discursos digan lo contrario. Estamos absolutamente convencidos (de que es así) porque lo hemos escuchado de sus propias bocas; y están muy inquietos por esta situación, siendo el Papa el primero de ellos. Sin embargo, el problema radica en que no estamos de acuerdo sobre las causas de esta crisis. La jerarquía de Roma quiere atribuir la crisis al mal que sacude al mundo. ¡Es el mundo el culpable de que las cosas vayan mal en la Iglesia!
Entonces expusimos al cardenal Castrillón (el contenido de) la carta que Mons. Lefebvre envió al cardenal Ottaviani un año después del Concilio. Comentando la carta, le mostramos cómo Monseñor describía perfectamente las consecuencias del Concilio, sin hablar de abusos, sin hablar de desviaciones, sino cómo el concilio –tal como había tenido lugar- lleva a la crisis en la que vivimos. Este texto escrito en 1966 conserva mantiene hoy en día su actualidad en todos los puntos. Este análisis de Monseñor es admirable precisamente respecto a la situación de la Iglesia y del Concilio. Hemos insistido claramente diciendo: “El problema viene del concilio. Pero eso no quiere decir que todos los errores que hoy se encuentran en la Iglesia vengan del Concilio. Quiere decir que el Concilio ha recogido estos errores y los ha como inoculado en las venas de la Iglesia”. Y continué diciendo: “Si quieren salir de esta crisis, olvídense por el momento de la Fraternidad y ocúpense de resolverla. Una vez que esté resuelta, la Fraternidad ya no será un problema para ustedes”.
Después de estas largas discusiones el cardenal dijo: “Compruebo que todo lo que dice no los coloca fuera de la Iglesia; por tanto, están en la Iglesia”. Y agregó: “Les pido que escriban una carta al Papa para que levante las excomuniones”. De ahí en más, hemos quedado allí pues es evidente que nosotros no vamos a pedir que nos levanten algo que nosotros no reconocemos. Siempre nos hemos negado a reconocer la validez de estas excomuniones y por tanto no podemos pedir que nos levanten algo que no existe. Y aun antes de (que nos solicitaran) realizar tal acto, nosotros les hemos pedido claramente que se retire el decreto de excomunión, su anulación. Pero decir “anular” supone ya decir que se reconoce cierta cosa… Lo hemos pedido desde el principio y era una de las precondiciones que les habíamos pedido. Por primera vez Roma parece tomar el camino que le propusimos en el año 2000.
Sin embargo, es evidente que antes de hacer cosa semejante debemos intentar comprender por qué de golpe Roma nos pide esto, a dónde quiere llegar Roma, cuál es el fin que persigue en este cambio de táctica. Es bastante claro que Roma, el Papa, quisiera arreglar el “problema de la Fraternidad”, su puedo llamarlo así, y según sus perspectivas, rápidamente. De nuestra parte, nosotros siempre hemos insistido en decir que antes de una solución práctica era preciso eliminar los principios que, por un lado, son causa de la crisis, y por otro, nos matarían si los aceptásemos. Por tanto, no podemos absolutamente aceptar. Esa es la situación en la que estamos hoy en día.
Reclamamos, pedimos a Roma que examine estos principios mortíferos en la Iglesia a fin de eliminarlos, rechazarlos: ese liberalismo, ese modernismo que entraron en la Iglesia y que verdaderamente matan la vida cristiana, que se manifiestan en la colegialidad, en el ecumenismo, en la libertad religiosa, en ese concepto avalado hoy en día por el mismo Benedicto XVI, repetido tantas veces, del estado laico.
En su discurso del 22 de diciembre, el Papa nos dice que volviendo al estado laico, la Iglesia vuelve al Evangelio, ¡no obstante lo cual el Evangelio dice lo contrario! El Evangelio dice “Oportet illum regnare” (es necesario que Él reine) San Pablo expone admirablemente que toda autoridad viene de Dios, ¡toda autoridad! (después de exponer la doctrina católica sobre el estado y la sociedad civil, Mons. prosigue) De allí que haya un problema inmenso, un obstáculo con las autoridades romanas, lo cual puede resumirse en una palabra: el Concilio, y que se percibe muy claramente sobre esta cuestión de la libertad religiosa.
Por tanto, queridos hermanos, tenemos que seguir. Continuamos simplemente, serenamente este camino tan bien marcado por nuestro fundados, Mons. Lefebvre. Eso es todo. Sabemos que la Iglesia tiene las promesas de indefectibilidad, que las puestas del infierno nunca prevalecerán contra ella. Un día ella saldrá de esta crisis. A nosotros nos compete poner toda nuestra energía, en nuestro lugar evidentemente, para trabajar en aras de que termine esta crisis. Por eso tendremos necesariamente contactos con Roma. Es un error pretender que no hay que discutir con ellos. ¿Esperamos que un día sean católicos y se quisiera no discutir con ellos? San Pablo, hablando de los paganos, decía: “¿Cómo se convertirán si no se les predica la fe, si nadie les recuerda los principios?” ¿Acaso queremos inventar, acaso se quiere pedir un milagro continuo de NS? Podría suceder, pero el camino ordinario de Dios es utilizar las causas segundas para llegar a las almas. Una vez más: si querer asignarnos un rol espectacular o extraordinario, estamos en circunstancias históricas en las que Dios nos ha colocado, en las que debemos cumplir con nuestro deber de estado de sacerdote, de obispo, cada uno en su lugar, intentando obtener un máximo de bien de estas autoridades que, por cierto, aun están en tinieblas.
Recemos, oremos a Dios a fin de que esta luz que resplandece en NSJC vuelva a brilla en la Iglesia. Tengamos verdaderamente un corazón de apóstol. Dios ha insistido ante sus apóstoles diciendo que esta luz no debe esconderse debajo del celemín. Debe expandir su luz, debemos estar empeñados en convertir las almas. Si Dios nos ha dado esta gracia de ver claro… pues bien, ¡es un pecado guardarlo sólo para sí mismo! Debemos estar empeñados en este deseo de ganar todas las almas –de acuerdo a las disposiciones de Dios- y hace falta trabajar, tener un corazón generoso, un corazón generoso como el Corazón de NSJC. Él es nuestro modelo. Cada día el sacerdote, en la misa, celebra un sacrificio de valor infinito, que tiene una eficacia –podemos decir- universal. Las gracias de la misa llegan al mundo entero y a toda la Iglesia. Sería ridículo ver a un sacerdote que al mismo tiempo que realiza un acto tan inmenso, reduzca su corazón a una cosa pequeña. Por supuesto que tendrá intenciones particulares, pero debe conservar estas intenciones inmensas que recita al comienzo del Canon: reza por toda la Iglesia. En el ofertorio, reza por todos los fieles del mundo. Conservemos este espíritu; pidamos que se incremente todos los días, practicarlo consecuentemente todos los días, con prudencia, bajo la guía de NS y de la divina Providencia.
Confiemos pues todas estas grandes intenciones, intenciones de nuestros jóvenes seminaristas, las grandes intenciones de la Iglesia a Nuestra Señora en este día. Que nos proteja, que nos presente a Dios todos los días cada vez más purificados, como se pide en la oración, para que agradando día a día más a Dios, obtengamos, cooperando con su gracia, nuestra santificación y la de los demás. ¡Así sea!

Procesión después de la entrega de sotanas.