MONS. BERNARD FELLAY: CARTA A LOS
AMIGOS Y BENEFACTORES Nº 67
Menzingen, Navidad de 2004
Queridos amigos y benefactores:
¡Que en estos días benditos en que celebramos la
venida de Nuestro Señor Jesucristo, el Niño Dios
les colme de gracias! De nuestra parte, le pedimos que les pague
el céntuplo por la generosidad y dedicación hacia
nosotros.
La Navidad está llena de enseñanzas para nuestros
tiempos.
De modo especial, hay que señalar que el Emmanuel Dios
con nosotros-, el Dios verdadero, eterno y omnipotente, creador
de todas las cosas y soberano absoluto aparece en medio de nosotros
para salvarnos. Obrando solícitamente y empleando bien los
medios que nos da, debemos esperarlo TODO de Él. "Sin
Mí nada podéis hacer (...) La voluntad del Padre
es que llevéis frutos en abundancia."
Estas dos frases no son contradictorias sino complementarias.
Indican el esfuerzo personal y la cooperación que debe secundar
a la gracia de Dios. Nos recuerdan que con Nuestro Señor
lo podemos todo, cualquiera sea la situación en que nos
hallemos, especialmente en este siglo XXI de decadencia inaudita.
Los tiempos que corren podrían desalentar a más
de uno. La rebelión contra Dios se manifiesta más
y más abiertamente y blasfemante en todo el mundo. La Iglesia
parece estar inerte, adormecida y sin fuerzas ante este nuevo diluvio.
Hoy más que nunca debemos verlo todo bajo el prisma de
la fe; de la fe que vence al mundo, que da valor para continuar
el combate. Una fe con la que incluso se resiste al demonio: "resistidle
fuertes en la fe." Esta fe que nos hace reconocer en el pequeño
recién nacido en el portal de Belén a nuestro Dios,
el Verbo hecho carne, el Salvador del mundo, quien nos pide confiarle
todo. ¡Venite adoremus!
Queremos aprovechar esta ocasión para darles a conocer
una carta que enviamos al Cardenal Castrillón Hoyos en
el mes de junio pasado. Ella refleja nuestra invariable situación
frente a Roma.
Que Nuestra Señora los proteja en este nuevo año
y nos obtenga a todos esa fidelidad hasta el fin, que es la que
nos salvará. Como dice la liturgia, que ella les bendiga
junto al Niño Jesús: "nos cum prole pia, benedicat
Virgo María."
Con toda nuestra gratitud,
† Bernard Fellay
CARTA DE MONS. BERNARD FELLAY AL
EMMO. SR. CARDENAL DARIO CASTRILLÓN HOYOS
† Menzingen, 6 de junio de 2004
Eminencia Reverendísima:
Hemos recibido la carta del 30 de diciembre con sus salutaciones
y nuevas propuestas de acuerdos. Tardamos un poco en responder
porque nos ha dejado perplejos. Permítame que intente responderle
con la máxima franqueza, que es el único medio para
poder avanzar.
Somos receptivos a sus esfuerzos y a los del Santo Padre para
ayudarnos. Vemos que este gesto de apertura de su parte es ciertamente
generoso; con todo, tememos que nuestra actitud y nuestra respuesta
no hayan sido bien comprendidas.
Cuando planteamos las dos condiciones que deben preceder a cualquier
inicio de conversaciones e insistimos en ellas varias veces, indicábamos
simplemente un plan que debe ser ontológico y necesario:
antes de hacer el camino sobre un puente es indispensable construir
los pilares. De otro modo, la empresa terminará en
un fracaso. No vemos como podríamos llegar a un reconocimiento
sin pasar por toda una serie de etapas.
En estas etapas, nos parece que la primera que debe darse es el
retiro del decreto de excomunión. La excomunión que
pesaba sobre los ortodoxos pudo ser levantada sin que éstos
hayan cambiado en nada su actitud frente a la Santa Sede. ¿No
será posible hacer lo mismo respecto a nosotros, que jamás
nos hemos separado y siempre hemos reconocido la autoridad
del Sumo Pontífice, tal como la definió el Concilio
Vaticano I?
En las consagraciones episcopales de 1988 hemos prestado juramento
de fidelidad a la Santa Sede. Permanentemente hemos profesado nuestro
apego a Roma y al Santo Padre. Hemos tomado todo tipo de medidas
para mostrar claramente que no tenemos la intención
de erigir una jerarquía paralela. No debería ser
tan difícil que se nos lavara de la acusación de
cisma...
En lo que se refiere a la pena que se infligió por la consagración
episcopal sin mandato apostólico, el Código
de Derecho Canónico de 1983 establece que la pena máxima
no debe ser aplicada en caso de que el sujeto haya obrado por necesidad subjetiva.
Si la Santa Sede no quiere reconocer que hay un estado
de necesidad objetivo, debería al menos admitir que nosotros
percibimos las cosas así. Esa medida sería reconocida
como una apertura real de parte de Roma y crearía un nuevo
clima, necesario para poder avanzar.
En ese mismo sentido, la Fraternidad se prestaría a lo
que podríamos llamar analógicamente una visita
ad límina. La Santa Sede podría observarnos
y examinar nuestro desenvolvimiento, sin que por el momento
haya otro tipo de compromiso entre las dos partes.
En lo que atañe a los textos que nos pide que firmemos,
suponen cierta cantidad de condiciones que no podemos aceptar y
que nos colocan en una situación incómoda.
Las propuestas que nos hace suponen que nosotros somos culpables
y que esta culpabilidad nos ha separado de la Iglesia. A
fin de repararla y asegurar nuestra ortodoxia, se nos pide
una especie de profesión de fe limitada (Conc. Vaticano
II y la nueva misa).
La mayoría de nuestros sacerdotes y fieles tuvo que vérselas
directamente con la herejía, a menudo con graves escándalos
litúrgicos proveniente de los propios pastores, ya sean
sacerdotes u obispos. Toda la historia de nuestro movimiento se
caracteriza por una trágica seguidilla de hechos de este
tipo y hasta el la de hoy siguen uniéndosenos religiosos,
seminaristas y sacerdotes que tuvieron que pasar por las mismas
experiencias
Usted no puede pedir enmienda contrición porque solos,
abandonados y traicionados por nuestros pastores,
hemos reaccionado para conservar la fe de nuestro bautismo o para
no deshonrar la Divina. Majestad.
Es imposible analizar las consagraciones de 1988 sin considerar
el trágico contexto en el que tenían lugar. De otro
modo, las cosas se vuelven incomprensibles y la justicia no puede
encontrar el lugar que le corresponde.
Además, se dice con frecuencia que la situación
en que estaríamos sería una concesión y que
se la reconocería debido a nuestro "carisma particular".
¿Acaso hay que recordar que aquello a lo cual nos sentimos
unidos es el patrimonio común de la Iglesia
católica romana? No pedimos ni queremos un status particular,
en el sentido de que implicaría el signo de un particularismo.
Queremos tener un lugar "normal" en la Iglesia.
Mientras la Misa tridentina sea considerada como una concesión
particular, seguiremos estando marginados y en una situación
precaria y sospechosa.
Es también en esa perspectiva que reclamamos un
derecho que jamás ha sido perdido: el de la misa
para todos. Reducir este derecho a un indulto ya es lesionarlo,
y además es provisional, según algunos en Roma.
En el estado actual de cosas, en que todo lo que tiene un tinte
tradicional es inmediatamente sospechoso, necesitamos un protector
o defensor de nuestros intereses en la Curia. Se trata más
bien de representar a la Tradición en Roma que de nombrar
un delegado de la Santa Sede para los asuntos tradicionales,
como hoy por hoy es el caso de la Comisión Ecclesia
Dei. Para que este organismo tenga alguna credibilidad y se
corresponda a sus objetivos, es importante que esté compuesto
de miembros procedentes de la Tradición católica.
Querer conceder un "reconocimiento" sin haber resuelto
antes estas cuestiones en sus principios, es condenar el "acuerdo
práctico." que se nos propone a su fracaso, porque
mañana actuaremos con la misma fidelidad a la Tradición
católica que hoy. Deseando conservar la franqueza con
la cual abordamos todos estos asuntos, y que no es cuestión
de arrogancia o de falta de caridad, mañana seríamos
condenados como lo somos hoy.
En el momento del bautismo se establece un contrato entre el alma
cristiana y la Iglesia: "¿Qué pides
a la Iglesia? - "La fe". Eso es lo que pedimos a
Roma: que nos confirme en la fe, la fe de siempre, la fe inmutable.
Tenemos estricto derecho a reclamarla de las autoridades romanas.
Pensamos que no podemos avanzar hacia un "reconocimiento" mientras
Roma no haya mostrado su voluntad concreta de disipar las
nubes que han invadido el templo de Dios, oscurecido la fe y paralizado
la vida sobrenatural de la Iglesia bajo el pretexto de un Concilio
y sus reformas subsecuentes.
Esperando que esta carta contribuya a superar los actuales obstáculos,
le aseguramos, Eminencia, nuestras diarias oraciones para cumplimiento
de su pesada carga en esta grave hora de la Santa Iglesia.
† Bernard Fellay