Carta
Nº 64 Mons. Fellay, Superior General de la FSSPX
Julio de 2003
Queridos
amigos y bienhechores,
TRADITION
Y MODERNISMO
Comentando
un incidente sobrevenido durante el Concilio Vaticano II y teniendo
relación con la colegialidad, Monseigneur Henrici declaraba
que "ilustraba por lo menos claramente el enfrentamiento de dos
tradiciones diferentes de la doctrina teológica, que no podían,
al fondo, comprenderse mutuamente (1). Esta pequeña frase no
es anodina; en su brevedad describe la gran tragedia que golpea la
Iglesia desde hace cuarenta años. Dos pensamientos opuestos,
dos pensamientos que no pueden comprenderse se entregan a un combate
desapiadado cuya puesta no es nada más que la dirección
de la Iglesia.
Quince
años después del concilio, el papa Pablo VI le exprimía
(expresaba) más o menos el mismo pensamiento a su amigo Juan
Guitton. Hay un gran disturbio (confusión) de momento en la
Iglesia y lo que está puesto en tela de juicio, es la fe. Lo
que me asusta, cuando considero el mundo (gente) católico es
que, dentro del catolicismo, parece prevaler a veces una corriente
de pensamiento de tipo no católico Y que puede llegar que esta
corriente no católica dentro del catolicismo se lo (la) lleva
mañana, pero jamás representará el pensamiento
de la Iglesia. Hace falta que subsista un pequeño rebaño,
por muy pequeño haya (2). Antes, el papa se preguntaba si éramos
en últimamente.
En
su declaración del 21 de noviembre de 1974, exprimiendo (expresando)
su adhesión inquebrantable en Roma eterna y su desestimación
(retoño) también determinada de Roma modernista, Monseigneur
Lefebvre no decía otra cosa.
Podemos
sólo ser golpeados por la concordancia del análisis
de las tres personas anteriormente citadas, sobre todo por el hecho
de que vienen de horizonte profundamente diferente. Los tres comprueban
la existencia de una rivalidad extraordinaria entre dos maneras de
ver, dos tipos de Weltanschauung (visiones del mundo) incompatibles
en el mismo seno de la Iglesia católica. Uno de estos pensamientos
no es nada más que la enseñanza tradicional católica,
lo que la Iglesia tiene siempre y por todas partes enseñado:
la fe católica con todas sus implicaciones prácticas.
El otro es un pensamiento moderno, denunciado (revelado) por santo
Urraca X como un modernismo agnóstico y evolucionista, y que,
de amenaza al principio del siglo XX, se transformó en herida
verdadera que gangrenaba toda la vida de la Iglesia en la segunda
mitad del mismo siglo XX. Este pensamiento de tipo no católico
efectivamente triunfó en el momento del concilio. Después,
paraliza la vida de la fe, la vida sobrenatural, por cantidad de reformas
impuestas la Iglesia en nombre del espíritu del Concilio Vaticano
II.
Hay
una lógica, una coherencia en todo sistema de pensamiento;
y todo sistema de pensamiento tiende (alarga) a una realización
concreta, a una acción. Es así en la naturaleza de las
cosas como este conjunto de esfuerzos que se llama reformas post-conciliares,
reflejando el espíritu de Vaticano II, se hubiera provocado
el desastre del que sufre la Iglesia desde el Concilio. Este pensamiento
de sí es extraño para la Iglesia. Por alguna grieta,
el humo de Satanás penetró en el templo de Dios. Ataviada
con una pompa eclesiástica, piensa hacerse pasar hoy por la
norma católica. A causa de nuestra oposición a este
sistema nuevo, hemos sido condenados. La Tradición católica
con la que nos casamos ha sido rechazada(echada de nuevo) por la vida
de la Iglesia, por lo menos marginada, depreciada como en lo sucesivo
desusada.
Para
darse cuenta de eso, consideremos por ejemplo la profundidad de los
cambios impuestos la vida religiosa, esta flor tan preciosa de la
vía de los consejos que les exprime(expresa) a la mayoria de
los fieles y a los hombres del mundo(gente) entero el alejamiento
del mundo como el camino de la perfección cristiana. "Si
alguien quiere ser mi discípulo, si renuncia, si tome su cruz
y si me siga. Qué venda todos sus bienes …" Lo que
ha estado perdido en gran parte en la voluntad de reforma de la vida
religiosa y de su adaptación al mundo de hoy, es ni siquiera
un alejamiento físico del mundo, el objeto de los consejos
evangélicos, sino que ante todo y más profundamente
esta desestimación(retoño) del mundo pide la Iglesia
por las promesas del bautismo, con todas sus exigencias necesarias
para la salvación. Esta pérdida se comprueba en detalles
innumerables de la vida de las Congregaciones religiosas, por ejemplo
como la supresión del puerto del vestido.
Hay
que decir la misma cosa de la vida sacerdotal. Este pensamiento extraño
para la Iglesia que se introdujo en Ella profundamente destabilizó
un elemento todavía más profundo y más necesario
para la vida del Cuerpo místico: el sacerdocio. La pérdida
de la noción de sacrificio para reparar los pecados, la pérdida
del sentido(dirección) del sacrificio y hasta la desestimación(retoño)
de la cruz en casa de un número impresionante de sacerdotes
íntimamente son atadas(vinculadas) a este nuevo pensamiento
que engendró una nueva misa, Novus Ordo Missæ. Y así
de todas las reformas. Todo se coge. Con una lógica temible
y interna. Sí, hay que decirlo y repetirlo, los trastornos
impuestos en la vida de la Iglesia desde el Concilio son los frutos
de la irrupción en su pecho de un pensamiento extraño
y destructor de la especificidad católica.
El
más trágico en esta situación viene de lo que
este pensamiento no católico es como asumida por la autoridad
de la Iglesia e impuesta en nombre de la obediencia, lo que devolvió
su difusión desgraciadamente tan eficaz e impidió una
reacción normal de oposición en todo el Cuerpo Místico
contra el veneno mortífero.
LA
ENCÍCLICA SOBRE LA EUCARISTÍA Y LA MISA DEL 24 DE MAYO
Cuando
consideramos los acontecimientos diversos de estos últimos
meses, me parece el que importa recordar esta trama trágica
de nuestra historia. En efecto nuestro criterio de juicio para apreciar
los acontecimientos de la Iglesia y del mundo necesariamente debe
incluir este dato fundamental: podremos considerar como válidos,
determinantes y verdaderamente buenos, sólo los acontecimientos
que realmente influirán en esta trama. Con claridad, creeremos
que Roma verdaderamente hace un gesto hacia la Tradición si
y cuando éste, de una manera o de otra, encorvará y
corregirá la línea general antitradicional que continúa
apestando la Iglesia.
¿La
noticia encíclica sobre la Eucaristía santa tuvo esta
influencia? A pesar de las apariencias y las retiradas(recordatorios)
muy felices del Concilio de Treinta, a pesar de la denuncia de un
cierto número de abusos, todas cosa buenas en sí y qué
saludamos con alegría, el pensamiento de fondo y el conjunto
de las circunstancias que acompañan este Encíclico nos
hacen responder: desgraciadamente no. La misa a la cual hace haz referencia
a la Encíclica de cabo a rabo es bien la nueva misa, la misa
reformada en nombre de Vaticano II. Esto dice todo. Esto implica una
voluntad de modificaciones cosméticas y superficiales y no
un cambio radical absolutamente necesario para "volver a la Tradición
". En ninguna parte encontramos una entrega(descuento) en cuestión
hasta parcial de las reformas litúrgicas, aunque admitimos
errores, abusos etc. Esta encíclica no piensa volver para atrás,
piensa ordenar solamente de manera menos mala la doctrina sobre la
Eucaristía santa. Si se es dispuesto a cambiar la mermelada,
Nos negamos a priori a cambiar la rebanada(raya) de pan enmohecido
en la cual lo repartimos. Si aunque el conjunto queda indigesto y
peligroso para la salud.
¿La
misa celebrada por el Cardenal Castrillon Hoyos el 24 de mayo en la
Basílica de Santa María Majeure de la que nos regocijamos
sería esta señal de la vuelta? ¿ Tendría
que interpretar como una expresión débil de una voluntad
firme de cambiar el curso desastroso de los acontecimientos? Por falta
de convicción, por miedo de la oposición progresista,
el gesto bello quedará un gesto único y no es el anuncio
feliz de la liberación de la misa tan esperado por los fieles
de la Tradición: el sacerdote-asistente de esta misa, el que
tenía el honor de acompañar al Cardenal al altar, aunque
proveído del Celebret Ecclesia Dei se vió negar la misma
mañana del 24 de mayo la celebración de esta misa tridentine
a Santo Pierre. He aquí que es elocuente.
Hay
así una mezcla incompatible de antigua y de moderna, por lo
menos así es como lo vemos, a la luz de la Tradición.
Pero el espíritu moderno, para el que el principio de no contradicción
es sublimado no lo oye(entiende) como nosotros: absorbe ambos elementos
antagonistas. Acepta el contradictorio; en una condición sin
embargo: qué el antiguo renuncie a rechazarlo(echarlo de nuevo),
qué renuncia a la exclusividad.
El
carácter contradictorio se reencuentra de manera brillante
- en el Encíclico - en la cuestión de la admisión
de los no católicos a la comunión. La distinción
entra grupo (que debería negar la Eucaristía santa porque
fuera de la comunión eclesiástica) e individuo (al que
se puede darle si cree en la Eucaristía santa) no es aceptable.
Porque y la fe y la comunión eclesiástica son independientes
de la cuestión de grupo.
La
teología enseña que la negación de una sola verdad
de la fe basta para quitar toda la fe (cf. Pie XII, dogma de la Asunción).
Y pues no podemos decir sobre el no católico que rechaza(echa
de nuevo) ciertos dogmas que objetivamente tendría la "
fe en la Eucaristía santa " y que esta condición
sería suficiente para recibir la comunión.
RELATIONES
CON ROMA
Encontramos
el mismo problema en cuanto a nuestras relaciones con Roma. Si Roma
está dispuesta a recibirnos y hasta nos invita a eso, es en
la nueva perspectiva ancha y pluralista que acepta que puntos de vista
contradictorios puedan coexistir (ya que ignora la contradicción).
No se trata aquí de opiniones divergentes aceptables y quiénes
hacen la riqueza de la Iglesia en su diversidad. Se trata de un pensamiento
no católico que quiere cueste lo que cueste hacerse aceptar
por y para ellos todos.
La
fe católica en cambio es exclusiva, como toda verdad; no puede
conceder de derecho a su contrario, si circunstancias exteriores con
vistas al bien común piden a veces la tolerancia.
El
espíritu católico también que emana de esta fe
es exclusivo, y es incompatible con espíritu del mundo, aunque
en la vida de numerosos fieles se puede encontrar esta incoherencia
y esta mezcla de católico y de mundano.
Somos
concientes que nuestra exposición es un poco esquemática.
Cuando hablamos de Roma moderna o de Roma actual, hay que añadir
que ésta no es modernista de modo monolítico, y que
en misma Roma un cierto número de prelados quiere reaccionar
contra esta catástrofe; pero hasta aquí, todo indica
que la línea directora todavía queda la de las reformas
post-conciliares, en nombre del Concilio intocable. Queda que implícitamente
o explícitamente es siempre el Concilio y la nueva misa - como
norma actual y general de la vida católica - que Roma piensa
imponernos. Es bien este pensamiento extraño del que hablamos
más alto que todavía se quiere y siempre hacernos tragarnos.
Roma en hecho la condición sine qua no de nuestra regularización.
Nos queda pues sólo continuar nuestra huelga del hambre de
las novedades), hasta que por fin Roma le quiera darnos - y a todo
el Cuerpo místico - el pan alimenticio de la Tradición
católica que mendigamos en esta noche ya muy larga. Pero jamás
nos cansaremos de golpear. Es el Señor quien nos enseñó
a hacer así. Y tiene las palabras(voces) de la Vida Eterna.
Creemos en Su Omnipotencia, creemos en Sus promesas.
Dígnate
a Nuestra Dama, Madre de la Iglesia, por muy grande y por muy maternal
protegernos, comportarnos sobre los caminos de la paciencia y de la
fidelidad y, "cum prole pia" (3) bendecirle abundantemente.
En
la fiesta de la Sangre Preciosa, el 1 de julio de 2003
†
Bernard FELLAY
(1)
Peter Henrici, "La maduración del Concilio", Communio,
noviembre de 1990, p. 85 y sq.
(2) Juan Guitton, "Paul VI secreto".
(3) "Con su divino Hijo".