En ocasión
de la fiesta de Todos los Santos, fecha aniversario de la fundación
de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, hemos tenido la alegría
de ver restituida al culto católico una magnífica iglesia
en pleno centro de Bruselas.
Esta iglesia —de 2400 m2, construida hacia 1850— fue durante
mucho tiempo el santuario nacional belga dedicado a San José.
A cargo de los redentoristas, fue el edificio religioso en el cual
la misa tradicional se celebrara oficialmente durante más tiempo,
mucho después de 1969. Hemos podido adquirirla a un grupo sirio
que celebró allí sus oficios religiosos durante aproximadamente
quince años.
Nos parece que esta adquisición es muy simbólica, y
expresa bastante bien nuestra situación y nuestra obra: restaurar
en la Iglesia, tanto como sea posible, la Tradición católica.
Eso parece presuntuoso, y sin duda si buscáramos por nosotros
mismos un tal fin, sería difícil no tildarnos de presunción.
Pero los hechos están ahí: nuestro apego fiel y asiduo
a la Tradición católica, en particular al rito tridentino,
produce frutos espirituales muy abundantes en un momento en que se
manifiesta más abiertamente la crisis de la Iglesia, tanto
por la gran carencia de sacerdotes —especialmente en el viejo
y el nuevo mundo— como por un inmenso vacío a nivel de
la transmisión de la fe a las futuras generaciones, y ese apego
fiel y asiduo a la Tradición católica se convierte en
algo así como una afirmación y una indicación
de los medios apropiados a emplear para dominar en gran escala la
crisis de la Iglesia y producir una restauración profunda.
Ya un número bastante grande de sacerdotes (sobre todo entre
los jóvenes) y aun algunos obispos, echan una mirada aprobadora
—muy a menudo todavía silenciosa— sobre nuestra
obra.
Para ellos somos un estímulo, una luz de esperanza, pues muchos
sienten un inmenso desánimo, por no decir desesperanza, al
ver esta inconcebible obstinación por parte de tan numerosos
Ordinarios por impedir las iniciativas de salvataje, por ejemplo:
la enseñanza del catecismo, la introducción de un mayor
respeto en la recepción de la Santa Eucaristía o en
la celebración de la Santa Misa.
El espectáculo al que asistimos desde hace treinta años
en el mundo entero muestra que la menor tentativa de retorno a algo
más tradicional está condenada a provocar la oposición
feroz de aquéllos que detentan, efectiva pero anónimamente,
el poder: impedir todo lo que parecería ser una mirada hacia
atrás. Demasiado a menudo la vigilancia de las autoridades
se limita únicamente a eso.
Desgraciadamente nuestra generalización es una realidad. Muy
raras son las autoridades que resisten a la presión ambiente
de las reformas y post-reformas.
Y aun en Roma, cuando algunos comprueban el desastre, se apresuran
a afirmar que no se volverá atrás: así por la
Misa como por el catecismo. Como si, lamentándose de la pobreza
nutritiva de un alimento nuevo, el productor afirmara que nunca se
volverá a la elaboración del pan tradicional. ¿Y
esto por qué...?
¿Por qué el ecumenismo, tal como es practicado hoy,
sería irreversible? ¿Por qué rechazar obstinadamente
la liberalización a gran escala del rito llamado de San Pío
V, al tiempo que se reconoce su grandeza, su belleza, su fecundidad
universal? Porque sería menoscabar la nueva misa: pobre razón
suicida de aquéllos que no quieren salir de su desgracia porque
la han causado.
Nosotros estamos decididos a mostrar la misma obstinación por
el bien de la Iglesia, la Iglesia católica romana que amamos,
pues de ella hemos recibido la fe, la vida de la gracia, los sacramentos,
la vida sobrenatural, testimonio de la eterna. En una palabra, Ella
es nuestra Madre, la queremos tal como Nuestro Señor la quiere:
Inmaculada, sin manchas ni arrugas (Ef. V, 5), pero sabemos también
el precio de esta belleza.
Sabemos que una restauración de la Iglesia no llegará
sin sufrimiento, sin la Cruz, luego del camino recorrido por el mismo
Nuestro Señor: "Para esto fuisteis llamados. Porque
también Cristo padeció por vosotros dejándoos
ejemplo para que sigáis sus pasos. «Él,
que no hizo pecado, y en cuya boca no se halló engaño»;
cuando lo ultrajaban no respondía con injurias y cuando padecía
no amenazaba, sino que se encomendaba al justo Juez. Él mismo
llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, a fin
de que nosotros, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
«Por sus llagas fuisteis sanados»" (1
Pedro, II, 21-24).
No es un éxito fácil o muy notorio el que buscamos.
Para esta empresa buscamos almas que acepten dar todo, hasta la vida;
almas listas para el sacrificio, el sufrimiento. Nuestro Señor
no nos ha indicado otro camino, otro remedio. Y toda la historia de
la Iglesia está llena de estos héroes, de estas victorias
"al revés". No queremos conocer otro camino, pues
es el del Señor: "Regnavit a ligno Deus".
Dios reinó por la Cruz. Predicamos a Jesús y Jesús
crucificado; es la palabra clave del Apóstol de los gentiles:
"... porque me propuse no saber entre vosotros otra cosa
sino a Jesucristo, y Éste crucificado" (1
Cor. II, 2).
La expresión simbólica de restauración no se
limita a Bruselas: nos alegramos este año de numerosas bendiciones
y consagraciones de iglesias. Para no citar más que las más
representativas: en Denver (USA), una magnífica iglesia de
estilo neo-románico que ha sido construida con la colaboración
de aproximadamente trescientos fieles de esa ciudad y consagrada el
18 de agosto; la iglesia del Seminario de La Reja, en Argentina —una
joya de estilo colonial— será consagrada el 8 de diciembre
próximo; en el mismo país, Mendoza recibe también
un nuevo priorato y una espléndida iglesia; en Suiza, Friburgo
se enorgullece de una hermosa capilla, así como Veneta en los
EE.UU., mientras en Mexico se acaba la transformación de nuestra
iglesia en Mexico City.
En Francia, tres hermosos edificios podrán pronto ser devueltos
al culto: en Toulon, en Saintes y en Saint Malo. Es así que,
un poco por todo el mundo, florecen muy hermosas construcciones en
las que nuestros sacerdotes y los fieles pueden elevar más
fácilmente su adoración por la oración litúrgica.
Es muy consolador ver por todas partes, sobre todos los continentes,
el mismo ardor, el mismo celo para honrar a Dios lo mejor posible.
Las numerosas construcciones manifiestan con certeza vuestra gran
generosidad.
Pero nos alegramos aun más de la edificación de vuestras
almas. En todo tiempo nuestra Santa Madre ha visto en el edificio
de la iglesia una expresión simbólica de Ella misma.
Las almas son las piedras talladas y ajustadas las unas a las otras,
enclavadas sobre la Piedra, que es Nuestro
Señor.
San Pedro, sobre quien el Redentor construyó su Iglesia, describe
este misterio en su primera epístola: "Arrimándoos
a Él, como a piedra viva, reprobada ciertamente por los hombres,
mas para Dios piedra escogida y preciosa, también vosotros,
cual piedras vivas, edificaos (sobre Él) como casa espiritual
para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales,
agradables a Dios por Jesucristo"
(1 Pedro, II, 4-5).
Aun si los tiempos son duros, Dios nos otorga tantas consolaciones,
las conversiones, la educación de los niños, la eclosión
de su corazón hacia su Padre celestial, las familias cristianas
aplicadas a vivir según los mandamientos de Dios sin discutir,
al precio de grandes sacrificios, los frutos abundantes en las diversas
familias religiosas amigas, todo eso nos consuela pues eso consuela
el corazón de Dios.
Sigamos entonces, queridos amigos, sigamos haciendo tanto bien como
sea posible, ante todo en las almas, la nuestra, la de nuestros prójimos,
la de otros también. Un día vendrá en que nuestro
testimonio será recibido. ¡Dígnese Nuestra Señora
adelantar ese día!
Bendiciéndolos
† Bernard Fellay
Fiesta de Todos los Santos 2001
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