Carta a los amigos y benefactores N°61

En ocasión de la fiesta de Todos los Santos, fecha aniversario de la fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, hemos tenido la alegría de ver restituida al culto católico una magnífica iglesia en pleno centro de Bruselas.

Esta iglesia —de 2400 m2, construida hacia 1850— fue durante mucho tiempo el santuario nacional belga dedicado a San José. A cargo de los redentoristas, fue el edificio religioso en el cual la misa tradicional se celebrara oficialmente durante más tiempo, mucho después de 1969. Hemos podido adquirirla a un grupo sirio que celebró allí sus oficios religiosos durante aproximadamente quince años.

Nos parece que esta adquisición es muy simbólica, y expresa bastante bien nuestra situación y nuestra obra: restaurar en la Iglesia, tanto como sea posible, la Tradición católica.

Eso parece presuntuoso, y sin duda si buscáramos por nosotros mismos un tal fin, sería difícil no tildarnos de presunción. Pero los hechos están ahí: nuestro apego fiel y asiduo a la Tradición católica, en particular al rito tridentino, produce frutos espirituales muy abundantes en un momento en que se manifiesta más abiertamente la crisis de la Iglesia, tanto por la gran carencia de sacerdotes —especialmente en el viejo y el nuevo mundo— como por un inmenso vacío a nivel de la transmisión de la fe a las futuras generaciones, y ese apego fiel y asiduo a la Tradición católica se convierte en algo así como una afirmación y una indicación de los medios apropiados a emplear para dominar en gran escala la crisis de la Iglesia y producir una restauración profunda.

Ya un número bastante grande de sacerdotes (sobre todo entre los jóvenes) y aun algunos obispos, echan una mirada aprobadora —muy a menudo todavía silenciosa— sobre nuestra obra.

Para ellos somos un estímulo, una luz de esperanza, pues muchos sienten un inmenso desánimo, por no decir desesperanza, al ver esta inconcebible obstinación por parte de tan numerosos Ordinarios por impedir las iniciativas de salvataje, por ejemplo: la enseñanza del catecismo, la introducción de un mayor respeto en la recepción de la Santa Eucaristía o en la celebración de la Santa Misa.

El espectáculo al que asistimos desde hace treinta años en el mundo entero muestra que la menor tentativa de retorno a algo más tradicional está condenada a provocar la oposición feroz de aquéllos que detentan, efectiva pero anónimamente, el poder: impedir todo lo que parecería ser una mirada hacia atrás. Demasiado a menudo la vigilancia de las autoridades se limita únicamente a eso.

Desgraciadamente nuestra generalización es una realidad. Muy raras son las autoridades que resisten a la presión ambiente de las reformas y post-reformas.
Y aun en Roma, cuando algunos comprueban el desastre, se apresuran a afirmar que no se volverá atrás: así por la Misa como por el catecismo. Como si, lamentándose de la pobreza nutritiva de un alimento nuevo, el productor afirmara que nunca se volverá a la elaboración del pan tradicional. ¿Y esto por qué...?

¿Por qué el ecumenismo, tal como es practicado hoy, sería irreversible? ¿Por qué rechazar obstinadamente la liberalización a gran escala del rito llamado de San Pío V, al tiempo que se reconoce su grandeza, su belleza, su fecundidad universal? Porque sería menoscabar la nueva misa: pobre razón suicida de aquéllos que no quieren salir de su desgracia porque la han causado.

Nosotros estamos decididos a mostrar la misma obstinación por el bien de la Iglesia, la Iglesia católica romana que amamos, pues de ella hemos recibido la fe, la vida de la gracia, los sacramentos, la vida sobrenatural, testimonio de la eterna. En una palabra, Ella es nuestra Madre, la queremos tal como Nuestro Señor la quiere: Inmaculada, sin manchas ni arrugas (Ef. V, 5), pero sabemos también el precio de esta belleza.

Sabemos que una restauración de la Iglesia no llegará sin sufrimiento, sin la Cruz, luego del camino recorrido por el mismo Nuestro Señor: "Para esto fuisteis llamados. Porque también Cristo padeció por vosotros dejándoos ejemplo para que sigáis sus pasos. «Él, que no hizo pecado, y en cuya boca no se halló engaño»; cuando lo ultrajaban no respondía con injurias y cuando padecía no amenazaba, sino que se encomendaba al justo Juez. Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, a fin de que nosotros, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. «Por sus llagas fuisteis sanados»" (1 Pedro, II, 21-24).

No es un éxito fácil o muy notorio el que buscamos. Para esta empresa buscamos almas que acepten dar todo, hasta la vida; almas listas para el sacrificio, el sufrimiento. Nuestro Señor no nos ha indicado otro camino, otro remedio. Y toda la historia de la Iglesia está llena de estos héroes, de estas victorias "al revés". No queremos conocer otro camino, pues es el del Señor: "Regnavit a ligno Deus". Dios reinó por la Cruz. Predicamos a Jesús y Jesús crucificado; es la palabra clave del Apóstol de los gentiles: "... porque me propuse no saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y Éste crucificado" (1 Cor. II, 2).

La expresión simbólica de restauración no se limita a Bruselas: nos alegramos este año de numerosas bendiciones y consagraciones de iglesias. Para no citar más que las más representativas: en Denver (USA), una magnífica iglesia de estilo neo-románico que ha sido construida con la colaboración de aproximadamente trescientos fieles de esa ciudad y consagrada el 18 de agosto; la iglesia del Seminario de La Reja, en Argentina —una joya de estilo colonial— será consagrada el 8 de diciembre próximo; en el mismo país, Mendoza recibe también un nuevo priorato y una espléndida iglesia; en Suiza, Friburgo se enorgullece de una hermosa capilla, así como Veneta en los EE.UU., mientras en Mexico se acaba la transformación de nuestra iglesia en Mexico City.

En Francia, tres hermosos edificios podrán pronto ser devueltos al culto: en Toulon, en Saintes y en Saint Malo. Es así que, un poco por todo el mundo, florecen muy hermosas construcciones en las que nuestros sacerdotes y los fieles pueden elevar más fácilmente su adoración por la oración litúrgica. Es muy consolador ver por todas partes, sobre todos los continentes, el mismo ardor, el mismo celo para honrar a Dios lo mejor posible. Las numerosas construcciones manifiestan con certeza vuestra gran generosidad.

Pero nos alegramos aun más de la edificación de vuestras almas. En todo tiempo nuestra Santa Madre ha visto en el edificio de la iglesia una expresión simbólica de Ella misma. Las almas son las piedras talladas y ajustadas las unas a las otras, enclavadas sobre la Piedra, que es Nuestro Señor.

San Pedro, sobre quien el Redentor construyó su Iglesia, describe este misterio en su primera epístola: "Arrimándoos a Él, como a piedra viva, reprobada ciertamente por los hombres, mas para Dios piedra escogida y preciosa, también vosotros, cual piedras vivas, edificaos (sobre Él) como casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo" (1 Pedro, II, 4-5).

Aun si los tiempos son duros, Dios nos otorga tantas consolaciones, las conversiones, la educación de los niños, la eclosión de su corazón hacia su Padre celestial, las familias cristianas aplicadas a vivir según los mandamientos de Dios sin discutir, al precio de grandes sacrificios, los frutos abundantes en las diversas familias religiosas amigas, todo eso nos consuela pues eso consuela el corazón de Dios.

Sigamos entonces, queridos amigos, sigamos haciendo tanto bien como sea posible, ante todo en las almas, la nuestra, la de nuestros prójimos, la de otros también. Un día vendrá en que nuestro testimonio será recibido. ¡Dígnese Nuestra Señora adelantar ese día!
Bendiciéndolos

† Bernard Fellay

Fiesta de Todos los Santos 2001


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