Queridos
amigos y benefactores:
Les enviamos esta carta con mucho retraso, pero no queríamos
hacérsela llegar sin comunicarles noticias lo más precisas
posibles sobre el estado de nuestras relaciones con Roma. Nos ha parecido
que ha llegado ya el momento de hacer el balance.
Muchos rumores han circulado, y muchos falsos anuncios también.
Comprendemos perfectamente que esta cuestión es extremadamente
importante y puede decidir nuestro futuro. Les confiamos aquí
diversos aspectos de este tema.
Por lo que a nosotros respecta, somos marginados —por no decir
rechazados— por las autoridades romanas, a causa de posiciones
doctrinales: nuestra impugnación del Vaticano II y de las reformas
posconciliares.
Cuando decimos impugnar el Concilio, no entendemos por eso rechazar
totalmente la letra de todos los documentos conciliares, que en su
mayor parte contienen simples repeticiones de lo que ya ha sido dicho
en el pasado: combatimos un nuevo lenguaje, introducido en nombre
de la pastoralidad del Concilio.
Ese nuevo lenguaje —mucho menos preciso, confuso— vehiculiza
otro pensamiento filosófico, fundamento de una nueva teología:
rechaza la estabilidad de la mirada sobre la esencia de las cosas
para apoyarse sobre su estado de existencia, forzosamente cambiante,
múltiple, pero difícil de circunscribir en su multiplicidad.
Expresará y considerará necesario el cambio, el movimiento,
como perteneciente a la vida de todo ser, aun de la Iglesia.
Los dogmas intangibles se vuelven susceptibles de corrección,
de mejoramiento... se los restringe a la época en que fueron
promulgados, para pretender limitar la amplitud de su observancia...
el "eodem sensu, eademque sententia" se convierte en obsoleto.
La tentación de absolutizar lo particular, la persona, es grande...
Finalmente, el hombre es colocado en el centro y Dios queda de lado:
es una nueva religión que amanece.
El modernista es lo bastante hábil para no hablar de oposición:
presenta el hecho como el enriquecimiento de una situación
de pobreza ahora superada por los nuevos conceptos. Casi todos los
vocablos: redención, gracia, revelación, sacramento,
misterio, reciben una nueva acepción.
En la vida de la Iglesia, eso es particularmente patente en la nueva
liturgia, coreográficamente centrada sobre el hombre y ya no
dirigida jerárquicamente por la mediación del sacerdote,
hacia Dios.
Del sacrificio no se habla más: se prefiere "Eucaristía",
término que antaño estaba limitado a designar la hostia
consagrada, y la idea dominante será la de una comida. Vemos
en estos mismos cambios el origen del derrumbe que sufre hoy la cristiandad,
la causa de la crisis que atraviesa la Iglesia católica.
La libertad religiosa es radicalmente incapaz de oponerse al movimiento
de secularización que evidencia el mundo moderno, un mundo
sin verdadero Dios, que se hace dios, pues habiendo cortado la dependencia
de la creatura hacia su Creador para afirmar mejor su autonomía
y su libertad, no puede ya establecer más la dependencia básica,
absoluta, de la creatura hacia su Dios.
Para salvar a la persona del totalitarismo del Estado moderno, ella
quiso afirmar una superioridad de la persona y de su libertad, sin
poder conciliar esa libertad bien real y la absoluta dependencia de
Dios. entender
Forzosamente entonces el pecado —esa desgracia de la creatura
que se rebela contra su Creador— ya no es más entendido,
la responsabilidad de la creatura se torna muy imprecisa, y la redención
—respuesta de Dios a esta desgracia— resulta completamente
tergiversada. Toda la vida humana se torna mucho más fácil,
más cómoda: los mandamientos de la ley de Dios van a
parar a las mazmorras; la disciplina, el rigor, la austeridad y el
renunciamiento, desaparecen. Afirmada de esa manera la grandeza de
la persona, la relación de esa persona humana con su Dios,
con la religión, va a recibir una visión totalmente
nueva.
Esa visión pretende ser tan positiva sobre la persona y sobre
sus actos, se empeña tanto en encontrar en todas partes las
"semillas del Verbo", que el pensamiento de la
salvación universal está ahora profundamente arraigado
en muchos católicos, lo que las ceremonias y declaraciones
ecuménicas e interreligiosas no hacen más que corroborar,
instaurando así un impresionante indiferentismo, al menos de
hecho.
Por eso, de nuestra parte, un apego implacable a todo lo que la Iglesia
enseñaba en un pasado todavía reciente, a todo lo que
presidía la vida cristiana y que se describe hoy como perimido,
viejo, polvoriento, limitado. No negamos que un cierto cambio es propio
de la vida de toda sociedad —y por lo tanto, también
de la Iglesia— pero afirmamos que la savia del manzano producirá
manzanas, y que es absurdo esperar cambios vinculados a la vida de
ese manzano para que de pronto produzca cocos.
Nuestra vida cristiana produce innegables frutos de salvación:
hasta Roma lo reconoce. Y que existe una crisis grave en la Iglesia,
una carencia espantosa en la predicación de la doctrina, un
desinterés por parte del pueblo cristiano, Roma también
lo reconoce.
No hay entonces que descartar que uno de los motivos del acercamiento
del Vaticano pueda residir en estas dos consideraciones, y si Roma
nos llama como a bomberos para ayudar a apagar el fuego, no nos rehusaremos;
pero antes de arriesgarnos en la hoguera nos atreveremos a pedir que
se corte el gas, origen del incendio.
Pero en el fondo, la razón del acercamiento romano es otra.
Por parte de Roma, la preocupación del momento es la preocupación
por la unidad. Todos los esfuerzos ecuménicos están
allí: los actos audaces, sorprendentes, escandalosos se suceden
para tratar de acercar a los cristianos desunidos, divididos. La resolución
de dejar atrás las diferencias doctrinales mediante actos litúrgicos
comunes es muy representativa de la nueva actitud ecuménica,
y hace pensar seriamente en una voluntad de relativizar los problemas
del pensamiento en beneficio de la vida. En todos los casos, la voluntad
de superar los problemas doctrinales por la acción es explícita,
y es probablemente aquí donde hay que encontrar el motivo del
acercamiento iniciado por el Vaticano desde el otoño pasado.
Se nos propone una solución práctica, que no se detendría
en los puntos discutidos: sin negar la realidad de aquéllos,
sin rechazar que estas cuestiones sean tratadas más tarde,
se nos invita a reintegrarnos al redil sin tardanza, y se
nos ofrece como señal de benevolencia una solución —aceptable
en sí misma—, una situación de hecho que nos convendría
perfectamente desde el punto de vista práctico.
Y sin embargo, estamos obligados a rechazar el ofrecimiento por las
siguientes razones: toda nuestra historia muestra en qué medida
somos un signo de contradicción; de qué manera nuestra
simple existencia suscita reacciones —a veces muy violentas,
rencorosas— por parte de católicos, sobre todo de la
jerarquía. La actitud de varios obispos, dispuestos por un
lado a todos los ecumenismos mientras por otro lado muestran una dureza
sin parangón hacia nosotros, choca profundamente.
Sufrimos esta situación en casi todas nuestras familias, desunidas.
Pero esta división no puede resolverse por un acuerdo meramente
práctico: somos portadores, sin quererlo, de esta contradicción
y un acuerdo práctico no cambiará esta situación.
Es en otra parte donde hay que resolver el problema. En el fondo,
Roma no comprende nuestra actitud hacia la nueva misa y las reformas,
y la considera como la expresión de un espíritu limitado,
fosilizado.
Y cuando tratamos de abordar la cuestión de fondo, nos encontramos
nuevamente ante una pared: no se nos permite hablar en oposición
a las reformas, objetando el concilio. Se toleraría, es cierto,
una discusión limitada, pero nunca de la amplitud y gravedad
de nuestras observaciones.
Dicho de otra manera: si aceptáramos hoy la solución
propuesta por Roma, mañana nos encontraríamos con los
mismos problemas.
Para nosotros —que somos y queremos permanecer católicos—
la aparente separación es de una importancia menor en comparación
con el problema mayor que sacude a la Iglesia, y del cual somos —bien
que a nuestro pesar— un signo bien evidente.
Para Roma, arreglar la cuestión de la aparente separación
es asunto de primera magnitud, y es la que debe ser resuelta primero;
después se hablará de las cuestiones doctrinales.
Al hacer eso, Roma cambió evidentemente de posición
respecto de nosotros: busca efectivamente una solución; pero
para nosotros, esa solución es equivocada. Ciertamente, estamos
deseosos de divisar el fin de esta crisis, y de ver que nuestra oposición
a Roma llegue a su fin, pero eso supone otro enfoque de la cuestión.
La incomprensión de nuestra posición por parte de Roma
es tal, que mañana tendríamos que sufrir exactamente
el mismo tratamiento que la Fraternidad San Pedro, amordazada, llevada
lenta pero seguramente hacia donde no quería ir: hacia el Vaticano
II y la reforma litúrgica.
Si la Fraternidad San Pedro y los otros movimientos Ecclesia Dei sobreviven
todavía, mal que bien lo deben a nuestra actitud resuelta.
Verdaderamente estamos reconocidos por el acercamiento de Roma, pero
pensamos que es nuestro deber afirmar que las cosas no están
suficientemente maduras para que podamos seguir adelante.
Las razones invocadas para rechazar lo que pedíamos como condición
previa de confianza, son bien significativas: "Eso suscitaría
demasiada oposición, eso sería desautorizar toda la
obra posconciliar".
Un trabajo inmenso queda por hacer, por eso no rechazaríamos
una verdadera discusión con Roma para tratar las cuestiones
de fondo, pero hasta ahora no hemos llegado a eso.
Deseamos profundamente la unidad del Cuerpo Místico; la oración
de Nuestro Señor "Que todos sean uno" es
justamente nuestro programa, pero si la práctica de la caridad
ayuda a muchos y puede hacer progresar ventajosamente la causa de
la unidad, solamente cuando se ha establecido el acuerdo de las inteligencias
es que se realiza la unidad de las voluntades hacia el fin común
y entendido como tal.
"Los ojos levantados hacia el cielo, Nos renovamos a menudo,
para todo el clero, la misma súplica de Jesucristo: «Padre
Santo, santifícalos». Nos nos alegramos al pensar que
un considerable número de fieles de toda condición,
preocupándose vivamente por vuestro bien y el de la Iglesia,
se unen a nosotros en esta oración; no Nos es menos agradable
saber que también muchas almas generosas, no solamente en los
claustros sino también en medio de la vida del siglo, en una
oblación ininterrumpida se presentan como víctimas santas
a Dios con ese fin. Que el Altísimo acepte, como un suave perfume,
sus oraciones puras y sublimes, y que no desdeñe nuestras humildes
súplicas; que en su misericordia y su providencia venga en
nuestra ayuda, le suplicamos; y que difunda sobre todo el clero los
tesoros de gracia, de caridad y de toda virtud que encierra el Corazón
purísimo de su Hijo bienamado" (San
Pío X, Hærent Animo).
Nos encomendamos muy vivamente a sus oraciones y no dudamos de que
ya han rezado mucho para que la Iglesia encuentre de nuevo su rostro
sin arrugas, eterno, resplandeciente de la santidad de Dios y encendiendo
a toda la tierra con el fuego del amor de un Dios que nos ha amado
tanto.
Que Nuestra Señora, que tan claramente preside los destinos
de la Iglesia en este comienzo de milenio, los proteja y los bendiga
con el Niño Jesús cum prole pia, como lo dice la liturgia.
En la fiesta de San Pío V
†Bernard Fellay
Superior General
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