Carta a los amigos y benefactores N°60

Queridos amigos y benefactores:

Les enviamos esta carta con mucho retraso, pero no queríamos hacérsela llegar sin comunicarles noticias lo más precisas posibles sobre el estado de nuestras relaciones con Roma. Nos ha parecido que ha llegado ya el momento de hacer el balance.

Muchos rumores han circulado, y muchos falsos anuncios también. Comprendemos perfectamente que esta cuestión es extremadamente importante y puede decidir nuestro futuro. Les confiamos aquí diversos aspectos de este tema.

Por lo que a nosotros respecta, somos marginados —por no decir rechazados— por las autoridades romanas, a causa de posiciones doctrinales: nuestra impugnación del Vaticano II y de las reformas posconciliares.

Cuando decimos impugnar el Concilio, no entendemos por eso rechazar totalmente la letra de todos los documentos conciliares, que en su mayor parte contienen simples repeticiones de lo que ya ha sido dicho en el pasado: combatimos un nuevo lenguaje, introducido en nombre de la pastoralidad del Concilio.

Ese nuevo lenguaje —mucho menos preciso, confuso— vehiculiza otro pensamiento filosófico, fundamento de una nueva teología: rechaza la estabilidad de la mirada sobre la esencia de las cosas para apoyarse sobre su estado de existencia, forzosamente cambiante, múltiple, pero difícil de circunscribir en su multiplicidad. Expresará y considerará necesario el cambio, el movimiento, como perteneciente a la vida de todo ser, aun de la Iglesia.

Los dogmas intangibles se vuelven susceptibles de corrección, de mejoramiento... se los restringe a la época en que fueron promulgados, para pretender limitar la amplitud de su observancia... el "eodem sensu, eademque sententia" se convierte en obsoleto. La tentación de absolutizar lo particular, la persona, es grande... Finalmente, el hombre es colocado en el centro y Dios queda de lado: es una nueva religión que amanece.

El modernista es lo bastante hábil para no hablar de oposición: presenta el hecho como el enriquecimiento de una situación de pobreza ahora superada por los nuevos conceptos. Casi todos los vocablos: redención, gracia, revelación, sacramento, misterio, reciben una nueva acepción.

En la vida de la Iglesia, eso es particularmente patente en la nueva liturgia, coreográficamente centrada sobre el hombre y ya no dirigida jerárquicamente por la mediación del sacerdote, hacia Dios.

Del sacrificio no se habla más: se prefiere "Eucaristía", término que antaño estaba limitado a designar la hostia consagrada, y la idea dominante será la de una comida. Vemos en estos mismos cambios el origen del derrumbe que sufre hoy la cristiandad, la causa de la crisis que atraviesa la Iglesia católica.

La libertad religiosa es radicalmente incapaz de oponerse al movimiento de secularización que evidencia el mundo moderno, un mundo sin verdadero Dios, que se hace dios, pues habiendo cortado la dependencia de la creatura hacia su Creador para afirmar mejor su autonomía y su libertad, no puede ya establecer más la dependencia básica, absoluta, de la creatura hacia su Dios.

Para salvar a la persona del totalitarismo del Estado moderno, ella quiso afirmar una superioridad de la persona y de su libertad, sin poder conciliar esa libertad bien real y la absoluta dependencia de Dios. entender

Forzosamente entonces el pecado —esa desgracia de la creatura que se rebela contra su Creador— ya no es más entendido, la responsabilidad de la creatura se torna muy imprecisa, y la redención —respuesta de Dios a esta desgracia— resulta completamente tergiversada. Toda la vida humana se torna mucho más fácil, más cómoda: los mandamientos de la ley de Dios van a parar a las mazmorras; la disciplina, el rigor, la austeridad y el renunciamiento, desaparecen. Afirmada de esa manera la grandeza de la persona, la relación de esa persona humana con su Dios, con la religión, va a recibir una visión totalmente nueva.

Esa visión pretende ser tan positiva sobre la persona y sobre sus actos, se empeña tanto en encontrar en todas partes las "semillas del Verbo", que el pensamiento de la salvación universal está ahora profundamente arraigado en muchos católicos, lo que las ceremonias y declaraciones ecuménicas e interreligiosas no hacen más que corroborar, instaurando así un impresionante indiferentismo, al menos de hecho.

Por eso, de nuestra parte, un apego implacable a todo lo que la Iglesia enseñaba en un pasado todavía reciente, a todo lo que presidía la vida cristiana y que se describe hoy como perimido, viejo, polvoriento, limitado. No negamos que un cierto cambio es propio de la vida de toda sociedad —y por lo tanto, también de la Iglesia— pero afirmamos que la savia del manzano producirá manzanas, y que es absurdo esperar cambios vinculados a la vida de ese manzano para que de pronto produzca cocos.

Nuestra vida cristiana produce innegables frutos de salvación: hasta Roma lo reconoce. Y que existe una crisis grave en la Iglesia, una carencia espantosa en la predicación de la doctrina, un desinterés por parte del pueblo cristiano, Roma también lo reconoce.
No hay entonces que descartar que uno de los motivos del acercamiento del Vaticano pueda residir en estas dos consideraciones, y si Roma nos llama como a bomberos para ayudar a apagar el fuego, no nos rehusaremos; pero antes de arriesgarnos en la hoguera nos atreveremos a pedir que se corte el gas, origen del incendio.

Pero en el fondo, la razón del acercamiento romano es otra.

Por parte de Roma, la preocupación del momento es la preocupación por la unidad. Todos los esfuerzos ecuménicos están allí: los actos audaces, sorprendentes, escandalosos se suceden para tratar de acercar a los cristianos desunidos, divididos. La resolución de dejar atrás las diferencias doctrinales mediante actos litúrgicos comunes es muy representativa de la nueva actitud ecuménica, y hace pensar seriamente en una voluntad de relativizar los problemas del pensamiento en beneficio de la vida. En todos los casos, la voluntad de superar los problemas doctrinales por la acción es explícita, y es probablemente aquí donde hay que encontrar el motivo del acercamiento iniciado por el Vaticano desde el otoño pasado.

Se nos propone una solución práctica, que no se detendría en los puntos discutidos: sin negar la realidad de aquéllos, sin rechazar que estas cuestiones sean tratadas más tarde, se nos invita a reintegrarnos al redil sin tardanza, y se nos ofrece como señal de benevolencia una solución —aceptable en sí misma—, una situación de hecho que nos convendría perfectamente desde el punto de vista práctico.

Y sin embargo, estamos obligados a rechazar el ofrecimiento por las siguientes razones: toda nuestra historia muestra en qué medida somos un signo de contradicción; de qué manera nuestra simple existencia suscita reacciones —a veces muy violentas, rencorosas— por parte de católicos, sobre todo de la jerarquía. La actitud de varios obispos, dispuestos por un lado a todos los ecumenismos mientras por otro lado muestran una dureza sin parangón hacia nosotros, choca profundamente.

Sufrimos esta situación en casi todas nuestras familias, desunidas. Pero esta división no puede resolverse por un acuerdo meramente práctico: somos portadores, sin quererlo, de esta contradicción y un acuerdo práctico no cambiará esta situación. Es en otra parte donde hay que resolver el problema. En el fondo, Roma no comprende nuestra actitud hacia la nueva misa y las reformas, y la considera como la expresión de un espíritu limitado, fosilizado.

Y cuando tratamos de abordar la cuestión de fondo, nos encontramos nuevamente ante una pared: no se nos permite hablar en oposición a las reformas, objetando el concilio. Se toleraría, es cierto, una discusión limitada, pero nunca de la amplitud y gravedad de nuestras observaciones.

Dicho de otra manera: si aceptáramos hoy la solución propuesta por Roma, mañana nos encontraríamos con los mismos problemas.

Para nosotros —que somos y queremos permanecer católicos— la aparente separación es de una importancia menor en comparación con el problema mayor que sacude a la Iglesia, y del cual somos —bien que a nuestro pesar— un signo bien evidente.

Para Roma, arreglar la cuestión de la aparente separación es asunto de primera magnitud, y es la que debe ser resuelta primero; después se hablará de las cuestiones doctrinales.
Al hacer eso, Roma cambió evidentemente de posición respecto de nosotros: busca efectivamente una solución; pero para nosotros, esa solución es equivocada. Ciertamente, estamos deseosos de divisar el fin de esta crisis, y de ver que nuestra oposición a Roma llegue a su fin, pero eso supone otro enfoque de la cuestión.

La incomprensión de nuestra posición por parte de Roma es tal, que mañana tendríamos que sufrir exactamente el mismo tratamiento que la Fraternidad San Pedro, amordazada, llevada lenta pero seguramente hacia donde no quería ir: hacia el Vaticano II y la reforma litúrgica.

Si la Fraternidad San Pedro y los otros movimientos Ecclesia Dei sobreviven todavía, mal que bien lo deben a nuestra actitud resuelta.

Verdaderamente estamos reconocidos por el acercamiento de Roma, pero pensamos que es nuestro deber afirmar que las cosas no están suficientemente maduras para que podamos seguir adelante.

Las razones invocadas para rechazar lo que pedíamos como condición previa de confianza, son bien significativas: "Eso suscitaría demasiada oposición, eso sería desautorizar toda la obra posconciliar".

Un trabajo inmenso queda por hacer, por eso no rechazaríamos una verdadera discusión con Roma para tratar las cuestiones de fondo, pero hasta ahora no hemos llegado a eso.
Deseamos profundamente la unidad del Cuerpo Místico; la oración de Nuestro Señor "Que todos sean uno" es justamente nuestro programa, pero si la práctica de la caridad ayuda a muchos y puede hacer progresar ventajosamente la causa de la unidad, solamente cuando se ha establecido el acuerdo de las inteligencias es que se realiza la unidad de las voluntades hacia el fin común y entendido como tal.

"Los ojos levantados hacia el cielo, Nos renovamos a menudo, para todo el clero, la misma súplica de Jesucristo: «Padre Santo, santifícalos». Nos nos alegramos al pensar que un considerable número de fieles de toda condición, preocupándose vivamente por vuestro bien y el de la Iglesia, se unen a nosotros en esta oración; no Nos es menos agradable saber que también muchas almas generosas, no solamente en los claustros sino también en medio de la vida del siglo, en una oblación ininterrumpida se presentan como víctimas santas a Dios con ese fin. Que el Altísimo acepte, como un suave perfume, sus oraciones puras y sublimes, y que no desdeñe nuestras humildes súplicas; que en su misericordia y su providencia venga en nuestra ayuda, le suplicamos; y que difunda sobre todo el clero los tesoros de gracia, de caridad y de toda virtud que encierra el Corazón purísimo de su Hijo bienamado" (San Pío X, Hærent Animo).

Nos encomendamos muy vivamente a sus oraciones y no dudamos de que ya han rezado mucho para que la Iglesia encuentre de nuevo su rostro sin arrugas, eterno, resplandeciente de la santidad de Dios y encendiendo a toda la tierra con el fuego del amor de un Dios que nos ha amado tanto.

Que Nuestra Señora, que tan claramente preside los destinos de la Iglesia en este comienzo de milenio, los proteja y los bendiga con el Niño Jesús cum prole pia, como lo dice la liturgia.

En la fiesta de San Pío V

†Bernard Fellay

Superior General



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