Hace
treinta años —el 1° de noviembre de 1970— Monseñor
Charrière, obispo de Friburgo, firmaba el decreto de creación
de nuestra Fraternidad. ¡Cuántos acontecimientos han
marcado estos años! Empezando por el reconocimiento laudatorio
de la Iglesia a la joven Fraternidad, tanto a nivel de las primeras
diócesis donde se estableció nuestra sociedad cuanto
a nivel de Roma en los primeros años.
En 1972, ya el Vaticano mismo comenzaba los primeros trámites
que hubieran debido conducir bastante rápidamente al otorgamiento
del derecho pontifical, mientras que la Fraternidad establecía
en ultramar a uno de sus primeros sacerdotes.
Después de estos promisorios comienzos llegaron rápidamente
los años de prueba. Mientras el seminario de Ecône se
llenaba rápidamente, las medidas vejatorias se preparaban en
las altas esferas. En 1974, Monseñor Etchegaray declara a algunos
fieles: "Dentro de seis meses no se hablará más
de Ecône".
Nuestra suerte estaba, entonces, decidida de antemano. Pero eso significaba
no contar con la tenacidad de nuestro valeroso fundador, quien —en
nombre de los más altos principios— resistirá
a la topadora que hubiese debido aplastar en su cuna la obra de renovación
sacerdotal. El puntapié inicial, la escandalosa visita canónica
de 1974 —escandalosa en cuanto que los visitadores escandalizaron
a estudiantes y profesores por sus propósitos modernistas—
nos valió la famosa declaración del 21 de noviembre
de 1974, cuya actualidad es aun notable.
Las reuniones en Roma con una comisión cardenalicia confirmaron
a Monseñor Lefebvre en sus recelos sobre las orientaciones
y la actitud de las autoridades romanas de entonces: la salvación
de las almas, la preocupación por nutrir esas almas en las
fuentes de la gracia litúrgica y de una fe íntegra no
parecía ser su meta, sino más bien la imposición
de las nuevas reformas, cualesquiera fuera su resultado devastador.
"No quiero contribuir a destruir la Iglesia" dirá
varias veces Monseñor Lefebvre, como un obsesionante
leitmotiv.
La injusta supresión de la Fraternidad en 1975 empujará
a Monseñor Lefebvre a continuar la obra apenas empezada con
coraje. Lloverán las pullas y las injurias mediatizadas, las
amenazas y conminaciones romanas y papales no harán efecto:
manteniendo toda su calma y su dulzura, a pesar de la prueba, el arzobispo
pronto "suspendido" de la nueva misa continuará mal
que bien.
Las magníficas ordenaciones de 1976, en torno de las cuales
quedó absolutamente claro que la simple celebración,
aun una sola vez, de la nueva misa "lo hubiera arreglado
todo", muestran la determinación de nuestro fundador
de no regatear con los principios. De estos años de guerra
sacamos la determinación que aún hoy anima a toda la
Fraternidad.
Todo esto demuestra también la visión superior sobre
los acontecimientos, la sabiduría y la previsión de
Monseñor Lefebvre. En estas circunstancias, obedecer hubiese
sido algo muy distinto que la práctica de la virtud de la obediencia:
esto hubiese sido perjudicar a la Iglesia, asestarle un golpe más,
privarla de una obra de salvación de la cual un día
pudiera tener necesidad. En medio del naufragio no se desechan los
salvavidas.
Si la Roma de entonces presentó la actitud de la Fraternidad
como una cuestión de disciplina eclesiástica, a su vez
la Fraternidad ve en la actitud de Roma hacia ella la punta de un
inmenso iceberg: nada menos que la revolución en la Iglesia.
(1)
2
La introducción de los principios masónicos
(2), la armonización con el mundo, las miradas
complacientes con todo lo que la Iglesia había considerado
antaño como peligrosos enemigos: el liberalismo; el mismo comunismo,
con la ostpolitik; la filosofía moderna; un nuevo modo de coquetear
con las otras religiones, a las que ya no se quiere llamar falsas;
la renuncia a la exclusividad de la misión salvadora de la
Iglesia (3),
expresada en el ecumenismo. Todo esto mostraba a Monseñor Lefebvre
la gravedad de la hora, y lo decidirá —algunos años
más tarde— a otro acto salvador, que se inscribe en la
línea de todo lo que precede: la consagración de cuatro
obispos.
Cuando hablamos de necesidad respecto a estas consagraciones, nos
referimos al estado de necesidad en el que se encuentra la Iglesia,
un estado de devastación sin precedentes —que, además,
Roma confiesa en voz baja— en el cual se encuentran, ante todo,
los fieles que ya no saben hacia quién dirigirse para recibir
el maná que nutre y que salva.
Roma profetiza y espera la partida en masa de fieles —anunciada
antes de las consagraciones—, así como divisiones internas,
auguradas estas con ocasión del fallecimiento de Monseñor
Lefebvre. Al contrario, la Fraternidad sigue tranquilamente su obra
de santificación y formación de sacerdotes.
Durante todo este tiempo, y aun hoy, existen obispos que alaban en
voz baja la obra cumplida por la Fraternidad, y otros nos mencionan
la agonía de la Iglesia católica en varios países
de Europa. ¿Y Roma? ¿Qué posición adopta
Roma en relación con la Fraternidad, en relación con
el movimiento tradicional? ¿Qué pensamiento se esconde
detrás de su silencio asfixiante?
La actitud de Roma con la Fraternidad San Pedro es un buen indicador.
¿Cómo interpretar la acción emprendida contra
la Fraternidad San Pedro sino como la voluntad global de continuar
en el callejón sin salida de la nueva misa? Roma muestra una
coherencia en su línea de acción sólo comparable
a su ceguera: es necesario a cualquier precio imponer en todas partes
la nueva misa. Tan sólo entonces —y gota a gota—
se permitirá a algunos de los que han capitulado, degustar
algún sabor del rito antiguo, condenado desde ahora a ser pieza
de museo.
¡Qué triste y afligente espectáculo! Mientras
que en todas partes se abren grietas en la transmisión y la
enseñanza de la doctrina católica, mientras la moral
sufre golpes inauditos (moral conyugal, homosexualidad...) en muchos
países —y hablamos aquí de las tomas de posición
episcopales— se terminará por creer que la única
cosa prohibida, la única conducta prohibida, es una vida católica
normal, integralmente fiel a la enseñanza y la disciplina pluriseculares.
Los frutos están ahí, gritando; entonces ¿qué
espera Roma para cambiar de rumbo y reconocer la legitimidad de nuestro
rechazo a torpedear la religión recibida de nuestros padres?
En nombre del Espíritu Santo, Roma continúa negándose
a entrar en materia sobre nuestra impugnación al Concilio,
a sus ambigüedades, a sus errores, a la aplicación de
las reformas post-conciliares. ¡Mientras reconoce, a través
de una voz cardenalicia, que los frutos (de la Fraternidad) son buenos,
que el Espíritu Santo se encuentra operando en la Fraternidad!
¿Por qué, entonces, continúa designándonos
o dejándonos designar, como el enemigo número uno? En
todas partes los verdaderos destructores de la Iglesia están
manos a la obra, los verdaderos objetores de la autoridad pontifical
tienen el campo libre, y se burlan abiertamente de los llamados al
orden cada vez más estériles.
"Esta gente es peligrosa" dijo de nosotros el Abad de San
Pablo extramuros, durante nuestra peregrinación romana. Pero
¿peligrosa para quién?
3
La Iglesia ha conocido durante estos últimos treinta años
un viraje espectacular: la puesta en práctica del Vaticano
II, mediante una sucesión de reformas —que ha afectado
todos los dominios de la vida eclesial— ha cambiado la faz de
la Iglesia.
Así, las diferencias entre los sacerdotes y los fieles
"Novus Ordo", y los de la Fraternidad, son bien marcadas.
Se lo ha podido ver durante nuestra peregrinación a Roma este
verano. El contraste entre nuestra peregrinación y las Jornadas
mundiales de la juventud fue inmenso: dos mundos. El Vaticano tuvo
simplemente que cambiar sus reglas morales en cuanto a la vestimenta
para permitir a los jóvenes entrar en las basílicas
romanas...
Sí; estos treinta años han sido bien movidos. Y debemos
dar particularmente gracias a Dios por habernos permitido conservar
nuestra identidad católica en medio de tantos trastornos. Y
les agradecemos a ustedes, queridos fieles y benefactores, por su
apoyo generoso, sin el cual nuestra epopeya no hubiera conocido seguramente
el desarrollo y los resultados actuales.
Contamos con más de cuatrocientos sacerdotes diseminados sobre
los cinco continentes; una setentena de países reciben el socorro
de la Tradición, y entre ellos una cincuentena con el apostolado
regular del sacerdote.
Un poco en todas partes, los garajes ceden su lugar a edificios más
dignos del nombre de iglesia. El esfuerzo de construcción es
sencillamente inmenso: estos últimos años la Fraternidad
construyó una cincuentena de iglesias en el mundo entero, al
tiempo que un esfuerzo mayor todavía se hace con las escuelas,
cuya cantidad se eleva a unas setenta.
¿Tendremos el número de sacerdotes suficientes para
continuar la tarea? Nuestros seminarios cuentan con 180 aspirantes
al sacerdocio, pero esto está muy por debajo de nuestras necesidades.
Les confiamos esta importante intención de oración.
La edificación espiritual de sus almas, que no se calcula,
cuenta más a los ojos de Dios y nuestros que todo éxito
temporal. El bien de sus familias nos es más querido que todos
estos edificios.
En este aniversario pedimos al Corazón Inmaculado de María
devolverles en gracias su generosidad: gracias de caridad, gracias
de paz, gracias de coraje incansable, que no se debilita. Dígnese
ese mismo Corazón, al cual la Fraternidad está consagrada,
protegerla, hacerla crecer siempre más y animarla siempre mejor
del celo que animaba a los Apóstoles para difundir en todo
lugar ese fuego que Nuestro Señor deseaba ardientemente encender
en todas partes.
Dios los bendiga abundantemente.
Zaitzkofen, 1° de Noviembre de 2000
En la Fiesta de Todos los Santos
†Bernard Fellay
Superior General
________________________
NOTAS
(1) El Cardenal Suenens afirmó que el Vaticano
II era el 1789 en la Iglesia.
(2)
Yves Marsaudon, en su libro "El ecumenismo visto por
un francmasón de tradición", hablando
de la "Declaración sobre la libertad religiosa"
votada en el Concilio, expresa su alegría y su sorpresa porque
resuenan bajo la cúpula de San Pedro las tesis masónicas.
(3)
"Dominus Jesus" intenta rectificar un poco,
pero no lo consigue a causa de su apego al ecumenismo.
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