Carta a los amigos y benefactores N°58

Queridos amigos y benefactores:

Hace algunos días Dios llamaba a Él a Su Excelencia Monseñor Salvador Lazo. Monseñor Lazo, obispo emérito de San Fernando de la Unión, en Filipinas, se había incorporado al combate por la Tradición en 1995. Valientemente tomó la pluma para tratar de hacer conocer al clero de su país, a todos los sacerdotes y obispos, lo que él mismo había tenido la gracia de descubrir: que una inmensa crisis desquicia a la Santa Iglesia y que era hora de reaccionar. Y diseminó su testimonio por todo el mundo mediante conferencias, en particular en el mundo anglófono.

A pesar de las presiones del episcopado, y aun de Roma, siguió fielmente defendiendo la buena causa, reencontrada luego de veinticinco años de vasallaje en un feudo posconciliar. Él mismo explicaba que los obispos, en su mayoría, son sepultados bajo el papeleo administrativo y casi no tienen tiempo de pensar. Y la mayoría sigue las órdenes venidas de arriba, de Roma, de la conferencia episcopal, que se encarga de difundir las noticias filtradas y elegidas. Así por ejemplo: Monseñor Lazo supo solamente después de haber vuelto a la Tradición, que en 1984 la Misa tradicional había sido nuevamente permitida, si bien bajo algunas condiciones.

Su valentía ha sido para todos nosotros un gran consuelo y confortación durante todos estos últimos años, y sobre todo para nuestros sacerdotes en Asia. Su apoyo incondicional a la obra de Monseñor Lefebvre, estableciendo una sólida y profunda amistad con nuestros sacerdotes, le valió también la animosidad de los obispos de su país, limitada sin embargo por respeto a su ancianidad. Pero no faltaron, sin embargo, las presiones.

Nuestros sacerdotes de Manila lo cuidaron día y noche durante el último mes de su penosa enfermedad; y devolvió su alma a Dios en los brazos de nuestros sacerdotes, en nuestro Priorato.

"Ofrezco estos sufrimientos por la conversión de los obispos", "Quiero ir a la casa" —decía a los padres, un tanto sorprendidos— "sí, quiero ir al cielo... Dios mío, si quieres, puedes venir a buscarme".

"El Nuncio puede venir a visitarme...Le diré que muero por Jesucristo y no por los hombres".

Cumpliendo su última voluntad tuvimos el honor de inhumarlo en nuestra iglesia de Manila: Nuestra Señora de las Victorias, ... ¡toda una divisa! Allí descansa esperando la resurrección de los muertos y el juicio final, que mostrará la grandeza de alma de este obispo de gran rectitud, estimado por sus hermanos en el episcopado por su "sabiduría, su prudencia, sus innegables realizaciones", pero sin embargo acompañado por ninguno de ellos durante la ceremonia de su entierro: misa pontifical con cinco responsos. Sin duda, el temor de ser contaminados por la tradición católica ¡mientras hasta se atreven a invitar a los paganos y a los idólatras a la catedral de Manila!

Uno de nuestros sacerdotes le preguntó lisa y llanamente si creía saber de dónde le venía la gracia de su conversión a la Tradición. Contestó con la misma sencillez que su hora santa diaria era quizás por algo, como así también su devoción al Santo Rosario.
Esperemos que sus oraciones y su sacrificio sean pronto escuchados, y que no esté demasiado lejano el día que veamos un ejército de obispos reanudar con la Tradición plurisecular de la Iglesia. ¡Qué beneficioso resultaría eso!

Estando en Manila hemos aprovechado para examinar la vida del Priorato. Desde setiembre de 1998, dos padres han sido enviados desde Manila a ocuparse del pre-seminario establecido sobre otra isla más al sur. Desde allí, amén de preparar los candidatos al seminario y los futuros hermanos, se ocupan de los fieles de la región de Cebu. De esa forma, la comunidad de Manila disminuyó un poco, reducida a cinco sacerdotes que se reparten el ministerio entre Japón y Hong Kong, sin olvidar Corea. Al mismo tiempo preparan a las jóvenes que creen tener vocación religiosa: estas se encuentran alojadas en dos casas, no muy lejos del Priorato.

A la vez, siguen desarrollando la vida parroquial, así como las misiones sanitarias en Manila misma. La última fue un gran éxito: en un solo día más de 900 pacientes de los barrios pobres fueron tratados. Más o menos cada cuatro meses, los médicos, dentistas, fieles de nuestro Priorato ofrecen un día a esta buena causa. La municipalidad bloquea toda una calle con ese destino, se arma allí una gran carpa y hasta la noche los pobres del barrio se presentan sin interrupción a la oficina de recepción, desde donde los enfermos son derivados hacia los diferentes médicos. ¡No se puede más que admirar la caridad cristiana en acción!

Sería necesario que en todo lugar el mundo de hoy pudiera ver esta caridad en acción, que no busca más que aliviar, dar sin esperar nada en devolución. La caridad es inventiva, múltiple y diversificada. Así, por la misma razón, la capital de Bielorrusia quiso distinguir esa generosidad honrando a uno de nuestros sacerdotes por su acción humanitaria en la ciudad de Minsk.

Aunque esto no sea nuestra principal preocupación, no cabe duda que faltaría algo a la Tradición católica si le faltaran las obras de misericordia temporal. ¡Pero no es así! Y las muestras tan numerosas de caridad fraterna que se pueden comprobar entre los fieles, y que rebasan el círculo de la Tradición son para nosotros una fuente de profunda acción de gracias: la Caridad vencerá al mundo de maldad y de mentira, de cobardía y de artificio.

Lo sabemos: Dios es infinitamente más grande que el mal, que la crisis tan profunda que atraviesa nuestra época y donde se hace difícil no ver una anticipación del terrible tiempo del Anticristo. Sí, Dios vencerá, la Iglesia triunfará una vez más. Qué honor poder participar de la gran batalla de hoy. Es necesario que Él reine, las familias deben volver a ser cristianas, los corazones tienen que volver a ser católicos, y el mundo entero reconocer a su Creador y Salvador y colocarse por fin bajo su suave yugo.

Trabajemos todos con empeño, cada cual en su lugar, en esa magnífica labor. La caridad no puede ser encadenada.

A pesar de las invenciones inauditas de una Roma de quien uno se pregunta cada vez con mayor inquietud a dónde va. ¿Quo vadis? A pesar del espectáculo extraño y sorprendente de ciertas ceremonias del Jubileo, que se vuelven una suerte de delirio con sabor masónico (p.ej.: el humillante pedido de perdón del 12 de marzo, que corresponde tan exactamente a los reproches hechos desde hace mucho tiempo por los enemigos de la Iglesia, que es imposible no ver un vínculo entre ambos; expresiones tales como "la globalización de la solidaridad", pronunciada ante el señor Kofi Annan el 7 de abril pasado, hace pensar en una postura de acuerdo con las Naciones Unidas, que promueven la globalización del mundo, de la economía; y la invitación del señor Gorbatchev hecha a los socialistas de seguir a Juan Pablo II no son ciertamente palabras al viento). A pesar de todo, conservamos nuestra esperanza.

Y nuestra peregrinación del mes de agosto será una reafirmación de nuestro apego a la Roma eterna, a la tradición inmemorial de la Iglesia, a la fe católica. Sed entonces numerosos en manifestar así la vitalidad de vuestra Fe y vuestra voluntad inquebrantable de permanecer católicos, cueste lo que cueste.

Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará. Mientras que la hora sea trágica, sepamos encontrar en Nuestro Señor, en el Corazón Inmaculado de Nuestra Señora, la fuerza , el impulso, el entusiasmo de los verdaderos cristianos. El mundo pasará; Dios, Él y su Palabra, no pasarán.

Pero, ciertamente, para nosotros el deber de hacer sacrificios y rezar es urgente: rezar por nuestra salvación y nuestra fidelidad, rezar por los sacerdotes y los obispos. Por eso deseamos terminar esta carta con una oración por los sacerdotes, escrita por un sacerdote de este siglo, y que los invitamos a rezar de vez en cuando.

Que Dios recompense vuestra generosidad, siempre tan constante, con una abundancia de gracias y bendiciones.

En la fiesta de la Resurrección,

23 de abril de 2000

†Bernard Fellay

ORACIÓN POR LOS SACERDOTES
El espíritu de Sacrificio, viértelo ¡oh, Dios mío! en su plenitud sobre vuestros sacerdotes. Es tanto su gloria como su deber ser víctimas, consumirse por las almas, vivir sin alegrías humanas, sufrir a menudo la desconfianza, la injusticia y la persecución.
Que piensen en lo que dicen cada día en el altar: "Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre". Que piensen en eso y se lo apliquen: "No soy más yo mismo, soy Jesús, y Jesús crucificado. Soy, como el pan y el vino, una sustancia consagrada que ha cesado de ser ella misma".
¡Oh, Dios mío! ardo en el deseo de la santificación de vuestros sacerdotes. Quisiera que todas esas manos consagradas que os tocan fueran manos amigas, cuyo contacto os resulte suave, y que esas bocas que pronuncian en el altar palabras tan sublimes no se rebajen nunca a las fórmulas triviales.
¡Oh, Dios mío! haced que ellos se lleven de la Misa de hoy la sed de la Misa de mañana y que, llenos ellos mismos de los dones recibidos, obtengan la gracia de comunicarlos abundantemente a los demás.
Amén.




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