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| Queridos
amigos y benefactores:
Hace ya un año que tuvimos la inmensa alegría de bendecir la magnífica capilla del Seminario de Ecône. El nuevo edificio es la admiración de todos y sin duda alguna la alegría de nuestros seminaristas. Es un éxito en todos los aspectos y lo que es más, se reza a gusto en ella. Mientras el gran crucero con capacidad para ciento veinte seminaristas resuena alegremente con la alabanza divina, acompañando el canto con sus cálidos arcos de toba caliza, la nave acoge hasta trescientos fieles, les reconforta, nutre su fe y arraiga su caridad, en particular durante las solemnes ceremonias que, a través de las nubes de incienso y la majestuosidad de los amplios movimientos de los ministros en el altar, sugieren el sentido de lo sagrado, el respeto y la adoración debidos a la divina Majestad. ¡Cómo nos gustaría verlos participar al menos de vez en cuando de esa dicha que no es de esta tierra! Una cripta espaciosa, donde reposará Mons. Lefebvre, acoge a los fieles madrugadores que asisten a la Santa Misa "de las seis" antes de empezar su trabajo, santificando así toda su jornada y contribuyendo a una mutua edificación de los seminaristas. Nunca agradeceremos bastante a la divina Providencia el habernos dado una iglesia tan hermosa. Empero, para poder terminar la construcción lo antes posible, hemos tenido que contraer importantes deudas, las que se van pagando con demasiada lentitud a nuestro entender. Esta inquietud grava los recursos de la Casa General y priva en particular a los países de misión, que dependen casi por completo del maná bendito de Menzingen. Hasta ahora el proyecto de construcción de la iglesia del seminario de Ecône ha corrido a cargo de la Casa General, y mientras las deudas aun se elevan aproximadamente a la mitad del precio total, hemos tenido que ayudar a la construcción de la capilla del seminario de Argentina. El celo y entusiasmo del arquitecto nos prometen tal joya que nuestros hermanos de Argentina no tendrán nada que envidiar a los de Ecône, cuna de la Fraternidad. Su bendición está prevista para el 8 de diciembre del 2000. Sin embargo, la belleza con que nuestro patrono San Pío X quería acompañar a la oración tiene su precio. Deseamos de corazón —y no dudamos que estarán de acuerdo— reducir lo antes posible la suma importantísima de intereses que debemos momentáneamente entregar a las entidades bancarias. Bien sea sus donativos o bien sus préstamos, los agradeceríamos en sumo grado, y desde ahora les agradecemos su generosidad, que durante estos años no ha fallado nunca, y les aseguramos nuestras especiales oraciones por todas sus intenciones. Confiamos una vez más a su gran generosidad estos proyectos, signos bien concretos de una vitalidad que admira a todo el mundo, en particular a quienes les gusta anunciar nuestra muerte o extinción próximas. Si Dios quiere, el próximo año nuestra Fraternidad contará con más de 400 sacerdotes, más de 180 seminaristas, 120 hermanas, 65 oblatas, 55 hermanos. Y a pesar de ello, vuestros pedidos que nos llegan de todas partes, desde más de 60 países, no pueden ser atendidas más que con cuentagotas. Es evidente que el movimiento tradicional crece en el mundo entero, a pesar de la caída vertiginosa de la fe, a pesar del recrudecimiento inquietante del ateísmo práctico del mundo moderno: todavía hoy las almas vienen a nosotros y su número no disminuye. ¡Ojalá el número de seminaristas y sacerdotes crezca en consecuencia! Así, desde hace varios años Dios permite que nos beneficiemos con un crecimiento relativamente apacible, mientras la demolición de la Iglesia y de los valores cristianos se redoblan en vísperas del año 2000. No podemos dejar de protestar ante la repetición del escándalo de Asís, esta vez en el Vaticano (del 23 al 28 de octubre de este año), y les pedimos que se unan a nuestras reparaciones por tal injuria hecha a la Soberana Majestad de Dios Todopoderoso. El primer mandamiento ha sido nuevamente violado, descaradamente, ¡y esta vez ante la fachada de la Basílica de San Pedro! ¡Cuántos mártires se revolverán en sus tumbas cuando deban asistir, mudos, a escenas que contradicen los actos heroicos por los cuales entraron en la gloria del Señor! Se insulta la memoria de San Pedro y de San Pablo con tantos y tan penosos espectáculos. Y, lo que es más grave, su repetición hace que entren a formar parte de las costumbres y acabemos por habituarnos a ellos. Con la repetición de tales abominaciones —los actos idolátricos merecen tal calificación— intentan hacernos ver una especie de legitimación: el contacto cotidiano con el escándalo ya no sorprende, la caridad se enfría, la fe desaparece en una especie de magma confuso de sentimientos más o menos religiosos hacia no se sabe bien qué divinidad, que subjetivamente se supone es el verdadero Dios o el mismo Jesucristo; el indiferentismo se convierte en ley, y ¡pobres de aquéllos que se atrevan a afirmar el deber estricto, para todos los hombres, de dar el único y verdadero culto al único y verdadero Dios! En un movimiento incomprensible el Vaticano, abandonando el combate contra el enemigo de siempre, abrazando a los hermanos que ya no quiere llamar separados, poniendo buena cara a los paganos, en quienes pretende haber encontrado una repentina belleza, vuelve su arsenal de defensa y censuras contra sus propios hijos, los que quieren permanecer católicos. Después de haber echado por la borda a nuestra Fraternidad San Pío X, Roma dirige ahora sus anatemas a los que querían conservar la celebración exclusiva de la antigua liturgia: la Fraternidad San Pedro está sufriendo la amarga experiencia de una excesiva e ingenua confianza hacia aquéllos que les prometieron el oro y el moro con tal de que dejaran a su Padre, con tal que se lanzasen al proceso de "reconciliación"... Se les reprocha ahora, a pesar de su defección de entonces, no integrarse con sus fieles en "la realidad" de la Iglesia. ¿Habrían estado soñando? Es evidente que aquello que molesta a la Roma actual es la exclusividad de la celebración del rito tridentino: las maniobras de este verano han sido múltiples, y todas en el mismo sentido. Las reacciones de los fieles de "Ecclesia Dei", en particular de los EE.UU., parecen obligar a las autoridades romanas a moderar los cambios que ellas reclamaban, pero a pesar de que si por esta razón las decisiones inminentes sobre el futuro de las sociedades "Ecclesia Dei afflicta" parezcan todavía inciertas, la intención bien declarada de Roma pone de manifiesto la dirección que se propone tomar: tarde o temprano las comunidades "Ecclesia Dei" —que hasta ahora se beneficiaban con la protección de la Comisión del mismo nombre— tendrán que adaptarse: el rito de la Iglesia conciliar es el nuevo rito, y quienquiera que haga promesa de fidelidad a esta Iglesia debe, por consiguiente, celebrar también su rito. No habrá excepciones. Para poder seguir celebrando el antiguo rito será necesario dar a Roma la prueba tangible de la aceptación de la nueva misa, y no sólo con palabras. Esta condición ya fue impuesta en el indulto de 1984 y, desde luego, se mantiene como una norma: ningún permiso para celebrar el antiguo rito a quien rechaza el nuevo. Estamos obligados a pensar que Roma nos habría aplicado el mismo trato si Mons. Lefebvre hubiera seguido el protocolo de 1988. De las conversaciones mantenidas por los responsables de la Fraternidad San Pedro con algunos cardenales se deduce que Roma no se siente obligada por el protocolo sobre el cual los de la "San Pedro" fundan su Fraternidad. Y aquí tocamos un punto muy importante: desde hace treinta años nos batimos por conservar el rito antiguo. Por defenderlo hemos preferido cargar con las censuras y condenas romanas y episcopales antes que celebrar la misa de Pablo VI. Las razones del rechazo de la nueva misa son, en primer lugar, que ese rito es malo, peligroso para la fe y que, además, ha sido inventado con el fin confesado de alinear a los católicos con los protestantes, bajo pretexto de acercamiento, de ecumenismo. Lentamente, insensiblemente, los fieles y los sacerdotes que la celebran pierden el sentir y la fe católicos. Sus frutos los tenemos ante nosotros, patentes para todos aquéllos que quieran abrir bien los ojos. Desde la introducción de la nueva misa —en particular en los países del primer y segundo mundo, en los que hasta entonces la religión florecía— el vacío, tanto en las iglesias y seminarios como en los conventos, debe atribuirse principalmente al cambio radical de aquello que está en el centro de la vida católica, de aquello que es su fuente, su alimento, su alma: la Misa. Por otra parte las pruebas están ahí, y son numerosas: los fieles han dejado, han abandonado la práctica religiosa, porque no encuentran en el nuevo rito nada de lo que venían buscando: Dios, el afianzamiento de su fe, el perdón de los pecados, el consuelo y el sostén sobrenaturales en las pruebas, el ardor del amor de Dios por encima de todo. No se trata de una cuestión de sensibilidad ni de cultura: se trata de una realidad sobrenatural que se ha querido arrancar de la vida de la Iglesia. El mero hecho de que se encuentren en el mundo entero almas de todas las culturas y de todas las edades que buscan y quieren la Misa de siempre es elocuente contra esos falsos argumentos. Si se han sentido extranjeros ante las nuevas ceremonias, esto debe atribuirse al "sensus fidei" y no a la sensibilidad natural. Se han dado cuenta, sin poder explicarlo siempre teológicamente, de que la fe católica se convirtió hasta cierto punto en extraña al nuevo rito. Los ancianos de una tribu de Amazonia, cuando pedían al padre misionero que celebrara la Misa antigua —"porque en ella hay misterio"— lo han sabido expresar con una sencillez extraordinaria. La nueva misa, con una voluntad de desacralización, de desmitificación, con una voluntad de querer hacerlo todo comprensible, ha sido privada de su sustancia: el misterio. Es muy difícil decir, hablando del rito de Pablo VI, que se celebran los "Sagrados Misterios". Debemos, queridos fieles, continuar el buen combate sin cansarnos. Hoy se está abriendo una nueva fase: el Vaticano ¿desea cerrar la cuestión de la antigua Misa antes del fallecimiento del Papa actual, sometiendo a los irreductibles e incondicionales de la Misa de San Pío V? Es posible. Pero la verdadera solución sólo se encontrará en el retorno a los medios seguros para la santificación de las almas, y en el cese de experiencias tan nocivas para las mismas. Los católicos tienen derecho a un alimento católico y no diluido en la salsa ecuménica. La Tradición de la Iglesia es el camino seguro para su futuro, y pretender construir fuera de ella es preparar un desastre, cuyas terribles y estériles primicias ya estamos experimentando. Dígnese Nuestra Señora del Rosario, en este mes de octubre, concedernos mucha fuerza y paciencia para continuar con una fidelidad inquebrantable nuestra vida de católicos al servicio de nuestra Santa Madre la Iglesia. Y que Dios los colme de sus gracias y bendiciones por su gran generosidad. †Bernard Fellay Buenos Aires, 17 de octubre de 1999 Volver al índice STAT VERITAS |