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| Queridos
amigos y benefactores:
Algunas semanas atrás un joven sacerdote, que había conocido solamente la nueva misa, celebraba por primera vez la misa tridentina en uno de nuestros prioratos. Después de la acción de gracias un compañero sacerdote le preguntó cuales fueron sus primeras impresiones: "Esta misa está llena de lo sagrado, de misterio; está llena de gracias, la otra está vacía". Otro joven sacerdote, al asistir por primera vez a la misa tridentina, exclamó: "¡Nos han engañado durante treinta años!". Treinta años de Novus Ordo Missæ, treinta años de vacío. Un vacío que provoca el vacío: el vacío de las iglesias, y a menudo el vacío de la fe. No cabe ninguna duda que deba atribuirse como causa mayor de la crisis espantosa que atraviesa la Iglesia a una pérdida del espíritu de fe y del espíritu de sacrificio, una y otra provocadas principalmente por el Novus Ordo Missæ. Se ha querido una nueva misa que corresponda al espíritu del Concilio, una accomodatio al espíritu del mundo y una palanca del ecumenismo. La introducción más eficaz del espíritu del Concilio en la vida de la Iglesia ha sido, sin duda ninguna, la nueva misa. Se puede decir que dicha aplicación ha sido exitosa, para mayor desgracia de nuestra Madre la Santa Iglesia: nos parece abusivo atribuir el desastre solamente a los excesos. "Siempre hemos afirmado ante estas instancias (las instancias romanas) que consideraríamos al Novus Ordo Missæ como peligroso para la fe de los fieles y de los sacerdotes, y que en consecuencia era inconcebible agrupar jóvenes levitas y formarlos alrededor de ese nuevo altar. Los hechos nos dan la razón. El sentido de la fe en los fieles, allí donde no está corrompido, nos da enteramente la razón, aun entre aquellos que no practican más; y diría incluso que aquellos que tienen todavía un poco de sentido común nos animan y nos felicitan. ¿Qué es una sociedad, una familia, sin pasado, sin tradición? ¡Y qué decir entonces de la Iglesia, que es una Tradición!" Monseñor Lefebvre escribía estas líneas en 1980. Veinte años después el estado de la Iglesia corrobora mil veces este análisis. Sería demasiado simplista reducir la crisis únicamente a la cuestión de la misa, sin embargo continúa siendo uno de sus ejes principales: es el vehículo de un nuevo espíritu en ruptura con el espíritu de la Iglesia, el espíritu de la adoración al único verdadero Dios a quien debe ser rendido todo honor y toda gloria, el espíritu de sacrificio, de participación al sacrificio del Soberano Sacerdote y Redentor, Nuestro Señor Jesucristo, el espíritu sobrenatural de fe amante que nos hace adoptar la mirada de Dios mismo sobre las verdaderas realidades del mundo y de Dios, del pecado y de la salvación. En el mismo texto citado más arriba Monseñor Lefebvre decía también: "No hay que extrañarse que en esa tormenta devastadora que sufre la Iglesia, nuestra débil Fraternidad sufra violentos asaltos. Unos la encuentran demasiado opuesta al Concilio, a Roma, demasiado apegada a la Tradición dogmática, litúrgica, demasiado opuesta a las reformas, no suficientemente ecuménica, etc. ... Los otros, en cambio, demasiado ligada a la Roma convertida en sede del Anticristo, una sucursal del infierno, demasiado débil hacia las reformas. A estos ataques contestamos más con los hechos que con las palabras. Porque tenemos horror a las polémicas estériles, nuestra actitud siempre ha sido clara y siempre la misma desde la fundación. Continuamos lo que la Iglesia siempre ha hecho, siempre ha enseñado, especialmente respecto de la formación sacerdotal ( ... ) La historia de la Iglesia nos enseña a conducirnos en estas circunstancias difíciles, y nos enseña también que hay que considerar ante todo que "el hombre se agita y Dios lo lleva". ¿Qué somos en las manos de Dios? Pero de nada puede Él todo. Es la fe inquebrantable en Jesucristo lo que nos sostiene y nos inspira, y no otra cosa. Él tiene los acontecimientos en sus manos y su Verdad no perecerá, aun si el enemigo ha logrado introducirse en los corredores del Vaticano. La Fraternidad es querida por Dios, toda su historia nos brinda la prueba de eso: todo el bien que realizó, todo el mal que impidió, muestran su origen y su necesidad. Que no se me pida cambiar de línea de conducta, ni por parte de las autoridades romanas ni por los partidarios del cisma. Esta conducta no es mía, saca su fuerza de la Verdad y de la Sabiduría de la Iglesia y de su Tradición dogmática e histórica, de la conducta de los santos y, sobre todo, de los dos últimos santos Papas: San Pío X y San Pío V ( ... ) Permanezcamos unidos en estas convicciones, no nos dejemos desviar por unos sofismas de desobediencia o sofismas de lógica abstracta, sino más bien guardemos la fe sólida y sencilla del alma justa y fiel, a ejemplo de María y José y de todos aquellos que los han imitado." Tal es todavía hoy, diecinueve años después, nuestra línea de conducta, y Dios mediante pensamos no desistir de ella. Que la abundancia de gracias ligadas a los misterios y las ceremonias de la Semana Santa los conforte en la fe y nutra sus almas en el amor de Nuestro Señor, que "no dudó en entregarse en manos de aquellos que querían perjudicarlo y en sufrir el tormento de la cruz." Siempre muy conmovidos por vuestra generosidad, imploramos de la Bondad divina una amplia bendición. † Bernard Fellay 2 de abril de 1999, Viernes Santo. Volver al índice STAT VERITAS |