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| Queridos
amigos y benefactores:
En el curso del mes de mayo un obispo diocesano, Monseñor Brunner —obispo de Sion (Suiza)— consideró su deber publicar dos textos que había recibido de Roma, señalando la situación de la Fraternidad San Pío X luego de las consagraciones de 1988. Se habla en estos textos de cisma, excomunión para todos: obispos, sacerdotes, fieles (1). Conviene notar que durante ese tiempo la comisión "Ecclesia Dei", en diferentes respuestas a particulares o aun obispos, se contenta con hablar de "grave peligro de cisma", lo cual es otra cosa (2). El obispo de Sion presentaba los dos textos como documentos romanos, —"Pedí a las autoridades eclesiásticas competentes una toma de posición auténtica..."— procedente uno de la Congregación para la doctrina de la fe y el otro del Consejo para la interpretación de los textos legislativos. Como existían errores manifiestos hemos escrito a Monseñor Brunner para pedirle algunas precisiones. Contestó que, efectivamente, se había cometido un error de fecha (3) pero que el primer documento emanaba ciertamente de la Congregación para la doctrina de la fe y nos daba a entender que los textos habían sido publicados tal como los había recibido. Muy pronto los obispos franceses —quienes habían pedido al Papa en el otoño último una condenación de la Fraternidad y a quienes se había aconsejado "escribir ellos mismos un documento"— por una parte, y la Fraternidad San Pedro, por otra, se hicieron el vibrante eco de estas condenaciones "romanas". La Fraternidad San Pedro reprodujo los textos tal cual; "La Documentation catholique" introduce una diferencia: en el texto introductorio de Monseñor Brunner, así como en su título, el primer documento ya no está presentado como originado en la Congregación para la doctrina de la fe sino en la Congregación de los obispos, tal como lo sugeríamos en nuestra carta. Esto da pie a algunas observaciones: 1. Los dos textos no contienen ninguna firma: son anónimos. 2. Monseñor Brunner dice haberlos recibido el 31 de octubre de 1996, pero los publica recién el 16 de mayo de 1997. De hecho, los dos textos no contienen ninguna fecha ni tampoco ningún número protocolar. 3. Hay que concluir que se trata de simples notas, quizá bosquejos o un borrador, lo que la calidad del texto, con sus lagunas e imprecisiones, parece indicar. 4. El borrador es tan enmarañado que son incapaces de determinar su origen y su autor sin balbucear. ¡Para espantar a los fieles están limitados a esgrimir notas anónimas! 5. Pero se apoyan sobre eso para gritar bien alto y fuerte que la Fraternidad es cismática y excomulgada, términos que, en boca de sus autores, han perdido casi toda su fuerza. 6. ¿Qué sentido atribuir a la "excomunión", que en sí significa un rechazo fuera de la Iglesia? Cuando las autoridades romanas pretenden degradar el dogma "Fuera de la Iglesia no hay salvación" a "su sentido original, el de exhortar a la fidelidad a los miembros de la Iglesia" (5), uno se inclina a pensar que la excomunión puede tener no más que un valor similar... ¡un tigre de papel! Que la justicia y el derecho sean tan manifiestamente escarnecidos en sus principios más elementales no parece conmover lo más mínimo a las autoridades eclesiásticas o a la Fraternidad San Pedro. ¿Qué autoridad civil se hubiera atrevido jamás a un tal vicio de forma? Ninguna. Es así como se pierde credibilidad... Fuerza es comprobar que una vez más el camino de la condenación de la Fraternidad se mancha de una injusticia crasa por parte de las autoridades eclesiásticas. Nihil novi sub sole. Se nos hace a veces el reproche de no recurrir a Roma contra tales enormidades. Tiempo perdido, pues se nos replicará: Prima sedes a nemine judicatur. Causa finita. No es extraño entonces escuchar de boca del Cardenal Ratzinger, en su libro "La sal de la tierra": "el poder del que disponemos hoy es realmente muy pequeño" (6). En cuanto al contenido de los documentos: Tienden a afirmar, con una cierta oscuridad, la existencia de un cisma concretado por la consagración de los obispos el 30 de junio de 1988 y, por consiguiente, la excomunión para todos los que adhieren formalmente al supuesto cisma: obispos, sacerdotes, fieles. Se afirma la ausencia de necesidad, sin probar nada. Dicho de otra manera, volvemos al sempiterno "obedezcan" sin querer entrar en materia sobre la cuestión de fondo: ¿Por qué, a pesar de las graves amenazas, Monseñor Lefebvre estimó deber hacer caso omiso? ¿Por qué rechazamos la orden que nos intima a alinearnos tras las reformas conciliares y posconciliares? ¿A qué título pretendemos tener el derecho a una tal oposición? ¿Por qué esta oposición no es cismática? La respuesta se encuentra en el fundamento mismo de la autoridad y de la obediencia correlativa: —En toda sociedad, la autoridad deriva como necesariamente de la naturaleza de la sociedad (7) en la cual se ejerce como una condición sine qua non. —Esa naturaleza depende del fin, de la meta que la sociedad se propone alcanzar. El fin fija la naturaleza, la estructura, los medios de cada sociedad. —La autoridad es entonces limitada por el fin de la sociedad, que fija el marco, la extensión y la competencia de la autoridad. La autoridad tiene por función dirigir las inteligencias y las voluntades hacia el fin de la sociedad (así, ella es principio de unidad de la sociedad). Jamás esta autoridad humana puede cambiar aquello de lo cual ella depende: el fin, y casi siempre la estructura y los medios de la sociedad (hablamos aquí de las sociedades perfectas: la sociedad civil, la Iglesia). "El derecho de la Iglesia de mandar a los fieles está encerrado en los límites constituidos por lo necesario o lo útil para la salvación eterna de las almas" (8). Si se le ocurriese hacer eso, excedería su competencia, sería un abuso de autoridad y, en ese caso, no sería más una cuestión de obediencia para sus miembros sino de resistencia según la gravedad del abuso. Cuando se trata de la autoridad papal —la más alta que existe sobre la tierra, soberana y universal— los límites son fijados no solamente por su fin (continuar la misión salvífica de Nuestro Señor), por los mandamientos de Dios y de Nuestro Señor, su fundador (p.ej.: Id, enseñad a todas las naciones...), sino también por la constitución divina de la Iglesia. Si esta autoridad, considerada como el espejo exacto de Nuestro Señor mismo ("Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha"), intentara violar estos límites, haría abuso de autoridad y habría que responder como San Pedro al Sanedrín: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres". Ahora bien, el reproche que dirigimos al Concilio y a las reformas posconciliares es precisamente pretender cambiar: 1] la naturaleza de la Iglesia, esposa única de Cristo Salvador, única depositaria de los medios de salvación, sobrenaturales, por la comunicación de los bienes de su divino esposo. 2] su estructura (por la colegialidad anónima y paralizante). 3] sus medios, por una reducción de la gracia (misa y sacramentos) a las activi- dades humanas. Estos cambios no son una percepción subjetiva de nuestra parte: son reconocidos y declarados por las autoridades eclesiásticas actuales. Es la razón por la cual no podemos obedecer. Rechazamos la orden de demolición por abuso de poder. No somos los que han cambiado. Toda la Iglesia durante todos los tiempos desde San Pablo puso en guardia contra ese tipo de cambios. Es en nombre de la enseñanza plurisecular de la Iglesia infalible que rehusamos consentir en la autodemolición de la Iglesia. Hasta que Roma no acepte tratar ese problema gravísimo, permaneceremos en una suerte de círculo vicioso, un diálogo de sordos. Podrán agitar todos los espantapájaros de excomunión que quieran, continuaremos reclamando a voz en cuello de nuestra Madre la leche de una doctrina no adulterada, la fe sin cortes tenebrosos, el derecho de alabar y adorar a Dios dignamente y sin teatro ni folclore —como lo han hecho nuestros padres—, el recibir el alimento sustancial de la gracia por sacramentos no dudosos, el ser conducidos y dirigidos hacia praderas eternas y no hacia el desierto de la innovación evolutiva, según la palabra de Pablo VI: "La palabra novedad nos ha sido dada como una orden, como un programa" (10). La Iglesia se muere, desgarrada por las divisiones que se ocultan bajo la etiqueta mentirosa: "Aquí estamos en comunión con el Papa"; está envenenada por las doctrinas deletéreas de la herejía, "difundidas a manos llenas" según palabras de Juan Pablo II en 1981 (11). La propia Roma se extravía en el dédalo de la "Teología de los valores terrenales" en lugar de recordar las luminosas exigencias y los intereses de nuestro Creador y Salvador. Es tiempo de que los aprendices de brujo cesen sus desgraciadas experiencias y que se vuelva a la sabiduría secular de la cual la Iglesia nunca desfalleció, que se nos devuelva la fe, la gracia, la santidad, el sacerdocio, la Misa, el papado, todos los tesoros donde reposa nuestro corazón de católicos romanos. Son nuestros, tenemos un derecho estricto sobre ellos, que ninguna autoridad humana podrá quitarnos. Tampoco la Roma posconciliar. Ojalá el Corazón Inmaculado de María, que vigila sobre la Iglesia, nos obtenga esta fidelidad hasta la muerte, garantía de salvación. "Solo aquél que haya sido encontrado fiel hasta el fin, será salvado" "La alegría del Señor es nuestra fortaleza". Que Él se digne bendecirnos Menzingen, 29 de setiembre de 1997 En la festividad de San Miguel Arcángel † Bernard Fellay Superior General N O T A S (1) "Evangelio y misión" nº 21 (29 / 05 / 1997) (2) Cartas 153/96 del 12 de noviembre de 1996, 667/89 del 1º de diciembre de 1996, 90/97 del 21 de junio de 1997, etc. (3) Respecto de la fecha del decreto de excomunión, el texto decía: "nuestro decreto del 1º de junio de 1988". (4) "Exaudiat", mayo de 1997 (Hoja católica de la región de Somme). (5) Texto de la Comisión Internacional de Teología sobre la cuestión "Extra Ecclesiam nulla salus", nº 31 - "La Documentation Catholique" nº 2157, 6 de abril de 1997, pág. 323. (6) Cardenal Ratzinger, "Le sel de la terre" - Flammarion 1987, pág. 86. (7) Un filósofo, Gredt, califica la Autoridad de propiedad necesaria (término filosófico que indica una cualidad derivada necesariamente de la esencia de una cosa, como por ejemplo: reír es propio del hombre). Joseph Gredt, "Elementa Philosophiæ", Tomo II, Herder, Barcelona, 1961, pág. 459. (8) Cardenal Ottaviani, Institutiones juris publici ecclesiastici. Edition polyglote vaticane, Roma, 1958, pág. 177. (9) Monseñor Polge, obispo de Avignon: "La Iglesia del Vaticano II es nueva y el Espíritu Santo no cesa de sacarla del estado estático". Osservatore Romano del 3 de setiembre de 1976 (Cfr. Iota unum, pág. 102). —Monseñor Schmitt, obispo de Metz: "La situación de civilización que vivimos entraña cambios no solamente en nuestro comportamiento exterior, sino también en la concepción misma que nos hacemos tanto de la creación como de la salvación traída por Jesucristo" (Cfr. Iota unum, nº 37, pág. 66; Itineraires, nº 160, pág. 206). —Todo el libro de Romano Amerio, "Iota unum. Estudio de las variaciones de la Iglesia católica en el siglo XX" merecería ser citado. —"Cuando hay conflicto entre las personas y la fe, es la fe la que debe ceder". "¿De qué Dios son signos los sacramentos?" (Centro Jean Bart, París, 1979, páginas 14 / 15). —"En efecto, sobre todo desde las conferencias panortodoxas y el segundo concilio Vaticano, el redescubrimiento y la revalorización, tanto por los ortodoxos como por los católicos, de la Iglesia como comunión, han cambiado radicalmente las perspectivas y, en consecuencia, las actitudes" (Declaración de Balamand del 23 de junio de 1993, art. 13. La Documentation catholique, nº 2077 [1993] pág. 712). —Juan Pablo II: "El concilio Vaticano II nos ha dado una nueva visión de la Iglesia, una vista más abierta a la universalidad del pueblo de Dios" (Al clero de Roma, L'Osservatore Romano del 8 de marzo de 1991) . (10) L'Osservatore Romano del 3 de julio de 1974. (11) Juan Pablo II, el 6 de febrero de 1981 (L'Osservatore Romano del 8 de febrero de 1981) Volver al índice STAT VERITAS |