|
||
| Queridos
amigos y benefactores:
Hace seis años Monseñor Lefebvre entregaba su alma a Dios. Quisiéramos empezar esta Carta rindiendo homenaje a nuestro venerado fundador, que se extinguió en el sufrimiento de la enfermedad y el oprobio de este mundo. Tanto la justicia civil como la eclesiástica han claudicado en la condenación de este «hombre» que les molestaba tanto por su amor a Nuestro Señor Jesucristo por encima de todo. Seis años después de su fallecimiento, el combate continúa. Combate espiritual para recordar a las masas —anestesiadas por la abundancia de bienes materiales, sumergidas más y más en un relativismo y escepticismo doctrinal de «buen tono»— las exigencias de su Creador, el fin glorioso al cual las llama, las consecuencias terribles de una no correspondencia a la invitación divina: el cielo o el infierno. El liberalismo ejerce una tiranía inaudita sobre los espíritus y descalifica a quien se atreva a afirmar otra cosa. Con ligereza se nos trata de sectarios, de extremistas radicales, de fundamentalistas, ¡y nuestro proceso está concluido! Y sin embargo ¿podría la verdad abdicar de sus derechos y prerrogativas? Otras voces en otros tiempos han hablado, y su juicio es siempre actual. «Muchos seguramente los acusarán de imprudencia y dirán que vuestra empresa es inoportuna; pero aunque la verdad pueda disgustar a muchos e irritar a los que se obstinan en su error, no debe ser juzgada imprudente e inoportuna; más bien hay que creer que es tanto más prudente y más oportuna cuanto el mal que combate es más grave y más difundido. De lo contrario, habría que pretender que nada fue más imprudente y más inoportuno que la promulgación del Evangelio, que ocurrió cuando la religión, las leyes y las costumbres de todas las naciones le hacían una oposición directa. Una lucha de este tipo no podrá más que atraer la reprobación, el desprecio, las querellas rencorosas; pero aquél que trajo la verdad a la tierra no ha predicho otra cosa a sus discípulos sino que serán odiosos a todos a causa de su nombre» (Pío IX: Breve a los redactores de un diario católico de Rodez - Diciembre de 1876). Pío IX fustigaba al catolicismo liberal, que preconizaba una tolerancia complaciente, «una suerte de término medio con el cual podrán inducir a mutuos abrazos a la verdad y al error que se combaten sin cesar, estimando como una obra de prudencia el no atarse ni a la una ni al otro por miedo de que la verdad turbe al error en sus dominios o que el error sobrepase los límites que se ha creído con locura poder asignarle» (Pío IX, Breve a los miembros de las Conferencias de San Vicente de Paul, de Angers - Febrero de 1875). El Concilio Vaticano II abrió de par en par sus puertas a ese espíritu extremadamente peligroso para la Iglesia y tan cuidadosamente condenado por los papas durante más de un siglo. La Iglesia desde esa época muere por este espíritu acomodaticio a los límites imprecisos, que engendra un poco por doquier la confusión, la indisciplina, la rebelión, el caos. Que no se nos acuse de construir una especulación abstracta entre un pasado glorioso de la Iglesia y un presente tenebroso, entre una manifestación expresiva y clara de la fe antaño y una propuesta turbia e indecisa hoy. Otras autoridades han comprobado el estado de hecho en términos que no dejan indiferentes. Pablo VI: «(...) Lo que me llama la atención cuando considero el mundo católico es que en el interior del catolicismo un pensamiento de tipo no-católico parece a veces prevalecer. Es posible que ese pensamiento no-católico en el interior del catolicismo llegue mañana a ser el más fuerte, pero nunca representará el pensamiento católico. Es necesario que subsista un pequeño rebaño, aunque sea muy pequeño» (Jean Guitton: Pablo VI secreto, pág. 168) ¡No inventamos nada cuando intentamos —siguiendo a Monseñor Lefebvre— distinguir entre una Roma católica y una Roma modernista! De ahí también el grave problema de las relaciones que normalmente tendríamos que tener con Roma. ¿A qué manos vamos a confiar nuestro futuro? ¿A las instancias romanas que declaran que todos: obispos, sacerdotes, fieles, están excomulgados por causa de cisma; o a las que desechan tales sanciones, por lo menos a los sacerdotes y fieles, porque no hay cisma sino peligro de cisma; o a las que aun nos consideran lisa y llanamente católicos? ¿Cómo podríamos hacer una tal elección? Las autoridades romanas están divididas respecto de nosotros: es un hecho, y tenemos en nuestro poder los documentos que lo prueban. No podemos más que continuar nuestra política de discretos contactos, y sobre todo de protesta pública contra la auto- demolición de la Iglesia, fruto del liberalismo que envenena a tantos y tantos prelados. ¿Cómo no ver el notorio paralelismo entre la actitud del católico liberal y la del ecumenismo actual? Es el mismo espíritu, aplicado esta vez a las relaciones de la Iglesia con las otras religiones cristianas. El mismo espíritu que conduce al mismo relativismo práctico, al indiferentismo. En esa óptica ecuménica se prepara el jubileo del año 2000. ¿Qué quedará de la identidad de la Iglesia? Se pretende que no es idéntica a la Iglesia de Dios (Vaticano II: Subsistit in...), se pretende ahora que no tiene el derecho a la exclusividad de la salvación, uno de los dogmas más fundamentales de nuestra religión (cfr. «El cristianismo y las religiones», trabajo de la Comisión Teológica Internacional publicado en Civiltá Cattolica de febrero de 1997). El ecumenismo que pretende realizar la unión de las religiones cristianas, de hecho y tal como está practicado destruye la unidad de la Iglesia católica. En nombre del ecumenismo se socavan las tres unidades constitutivas de la Iglesia: la unidad de la fe, relativizando la necesidad absoluta de ella para salvarse; la unidad de liturgia (la nueva misa ha sido inventada en la óptica ecumenista, según las afirmaciones de su autor, Monseñor Bugnini); y finalmente la unidad de gobierno, atacando el primado inalienable de Pedro —piedra sobre la cual está fundada la única Iglesia de Cristo—, primado que en su ejercicio es la causa eficiente de la unidad de los corazones y de las voluntades, y cuya abdicación trae como consecuencia la dispersión de las ovejas. ¡Recemos para que Dios conserve a su Iglesia «la integridad de la religión»! ¡Recemos con asiduidad y sacrifiquémonos para que esta prueba llegue pronto a su término! Inmersos en medio de estos tiempos de crisis, recibimos de Dios sin embargo abundantes consolaciones: las vocaciones parecen aumentar ligeramente; aquí y allá se construyen verdaderas iglesias y merecen las más solemnes de las bendiciones, la consagración o dedicación. Así, hemos podido consagrar en Manila nuestra iglesia dedicada a Nuestra Señora de las Victorias, a comienzos de marzo y con el concurso de numerosos fieles; y Monseñor Williamson consagrará nuestra iglesia barroca de Stuttgart el domingo del Buen Pastor (dedicada a Nuestra Señora de la Asunción). En cuanto a la iglesia de Ecône, las fotos adjuntas muestran el adelanto de los trabajos: se coloca actualmente el techo y esperamos que la construcción esté terminada en poco más de un año. Nos atrevemos a reiterar nuestro llamado urgente a su generosidad, ya tan solicitada para ese importante proyecto que no podrá ver su culminación más que con su ayuda. Pedimos a Dios que se digne otorgarnos la consolación no solamente de erigir estos templos de piedra a su gloria sino, sobre todo, de hacer de sus corazones un templo santo que El embellezca, fortalezca y honre con su presencia constante, en este día en que el Verbo se ha hecho carne por obra y gracia del Espíritu Santo y se ha dignado habitar entre nosotros en el seno de María siempre Virgen, la más hermosa de las criaturas, el más hermoso y más santo de los templos donde está glorificado en los siglos de los siglos. Menzingen, 25 de marzo de 1997 En la fiesta de la Anunciación † Bernard Fellay Superior General Volver al índice STAT VERITAS |