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| Queridos
amigos:
¡Cómo no recordar, en la vigilia del vigésimoquinto aniversario de la existencia de la Fraternidad, ese día de gracia en que Monseñor Lefebvre volvía del Arzobispado de Friburgo teniendo en sus manos el documento de constitución de nuestra Fraternidad San Pío X! Desde hacía varios años ya, Monseñor Lefebvre había tenido, con una fineza de percepción extraordinaria, la comprensión de lo que estaba pasando en la Iglesia: una crisis que, en tiempos de Pío XII, se incubaba, entraba en ebullición y estallaría a plena luz, lo que ocurrió con el concilio Vaticano II. En esta crisis, lo que afligía a Monseñor era, sobre todo, la decadencia del espíritu sacerdotal y al mismo tiempo la comprensión de que nuestra Madre la Santa Iglesia no se recuperaría de esta prueba sino por y en la santificación del sacerdocio. «¿Cómo realizar lo que me parecía entonces la única solución para renovar la Iglesia y la Cristiandad? Era todavía un sueño, pero en el que me aparecía ya la necesidad, no solamente de transmitir el sacerdocio auténtico, no solamente la "sana doctrina" aprobada por la Iglesia, sino el espíritu profundo e inmutable del sacerdocio católico y del espíritu cristiano ligado esencialmente a la gran oración de Nuestro Señor, expresada eternamente por su sacrificio de la Cruz». (Mons. Lefebvre - Itinerario espiritual - prefacio) Monseñor había comprendido claramente — en ese cataclismo que sacudía la casa de Dios desde sus cimientos y que, abriendo de par en par las ventanas, había hecho entrar como un vendaval el espíritu del mundo, el espíritu liberal, el espíritu de compromiso — que solamente la defensa de la fe, de la moral, aun — y quizás sobre todo — de una sana filosofía, no sería suficiente. Un maremoto estaba arrasando todo, desde el principio de no-contradicción hasta la fe en el misterio de la Santísima Trinidad: viento de locura, viento blasfemo, viento de rebeldes que estalla hoy a plena luz en empresas quiméricas, como este espejismo del año 2000, o en sus acciones anárquicas de las iglesias de base en Austria, en Alemania. El único medio para hacer resurgir a la Iglesia es el sacerdocio, y el medio para hacer resurgir el sacerdocio es la santa Misa, el Sacrificio. Así, a la pequeña congregación que funda, Monseñor le asignará como fin: «el sacerdocio y todo lo que se le relaciona y nada más que lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: "Hagan esto en memoria mía". Orientar y realizar la vida del sacerdote hacia lo que esencialmente es su razón de ser, el santo sacrificio de la Misa con todo lo que significa, todo lo que de él deriva, todo lo que es su complemento» (Estatutos de la Fraternidad - Cap. III). Dios viene en socorro de su Iglesia en los tiempos difíciles, en la tormenta, suscitando la santidad. Todos los siglos han visto a sus héroes que han comunicado a la Iglesia un nuevo impulso de santidad, de generosidad, de espíritu misionero para salvar las almas, para reformar las costumbres. Ahora bien, toda la santidad de la Iglesia deriva, por la voluntad del divino Esposo, de la Santa Misa. «Un conocimiento teológico profundo del sacrificio de la Misa les convencerá siempre más que en esta realidad sublime se realiza toda la revelación,el misterio de la fe, la consumación de los misterios de la Encarnación y de la Redención, toda la eficacia del apostolado» (Estatutos - cap. II). La Santa Misa es el corazón de la Iglesia, el «Mysterium fidei», el misterio de la fe, la manifestación diaria de la más grande de las caridades, la caridad del Dios encarnado que se sacrifica por la salvación de sus criaturas. Finalidad de la Encarnación, centro de la vida de Cristo, sacrificio de la Cruz —renovado en el altar— es también el centro de la vida de la Iglesia. De ese sacrificio —que del naciente al poniente y en todo lugar es ofrecido en oblación pura en nombre de Dios— derivan todas las gracias de salvación, de redención, toda la gloria de los santos del cielo, toda la alabanza que la Iglesia eleva hacia la Santísima Trinidad, toda la vida cristiana de virtudes, de paciencia en las penas, de caridad. Del altar fluye aun más abundantemente que de la roca de Moisés ese torrente de victoria contra el demonio y sus secuaces, ese torrente de luz para las inteligencias que las conduce hasta la sumisión de la fe, ese torrente de amor divino que desea encender todas las buenas voluntades. De la muerte de Nuestro Señor renovada, representada sacramentalmente sobre el altar, brota hasta la eternidad la vida para toda la Iglesia, y aun para la sociedad. «Regnavit a ligno Deus». Dios ha reinado por la Cruz. ¡Ah, si los hombres supieran — encenagados en los pantanos que ellos mismos se han fabricado pretendiendo establecer un mundo sin Dios—, si entendieran por fin que tanto la prosperidad de las naciones como la paz del mundo no vienen sino de ese sacrificio terrible del Hijo de Dios hecho hombre, entregado al mundo, crucificado, muerto y sepultado por nosotros y nuestra salvación! Bien valía la pena pelear para defender el Arca de la Nueva Alianza, la Santa Misa; de ella, verdaderamente, todo sacerdote, toda la Iglesia debe esperar toda la eficacia del apostolado, toda la felicidad del cielo, todos los bienes temporales, en tanto que sean necesarios o útiles para la salvación. Jamás podremos dar suficientemente gracias a Dios por habernos hecho vivir esta época, por haber sido los testigos de dos obispos que han tenido la valentía de defender, costare lo que costase, la razón de ser de su sacerdocio pleno. Ojalá que lo que pasa sobre el altar se renueve también en nuestros corazones, acompañando al Rey de los reyes en su misteriosa conquista de las almas y de las sociedades. Redoblemos las oraciones y los sacrificios, unidos a nuestro jefe glorioso: Nuestro Señor Jesucristo. Queridos fieles: a ustedes las gracias porque han hecho posible, por su generosidad, el desarrollo admirable de la obra de la Fraternidad. Que Nuestro Señor Jesucristo, en ocasión de este aniversario, nos obtenga la gracia de una fidelidad sin fisuras a la fe de siempre, un amor indefectible hacia Dios. Que Nuestra Señora nos bendiga con su maternal protección y haga crecer esta obra totalmente dedicada al servicio de la Iglesia, hasta que por fin se vea realizado plenamente el ardiente deseo de David: «Levántate, Señor, para entrar en tu descanso, Tú y el arca de tu santidad; que tus sacerdotes estén revestidos de justicia y que tus Santos salten de alegría» (Salmo 131, 9-9) 11 de octubre de 1995, fiesta de la Maternidad de la Santísima Virgen María † Bernard Fellay Superior General Volver al índice STAT VERITAS |