Queridos
amigos y benefactores:
Como era previsible y previsto, Roma no deja en paz a la Sociedad
San Pío X. Como dijera un Cardenal de la Iglesia Nueva, “No
podremos tener paz mientras la SSPX haga lo suyo”. Sea por la
zanahoria o por el palo, la Iglesia Nueva tiene que hacer descarrilar
a la SSPX de algún modo, no importa lo numéricamente
insignificante que pueda ser la Sociedad San Pío X; de lo contrario,
tarde o temprano, lo que la SSPX representa hará descarrilar
la Nueva Iglesia, como ya está ocurriendo.
En las últimas semanas, salieron volando desde Roma dos rumores:
uno, en el sentido de que 3 de los 4 obispos de la SSPX serán
"re-incomulgados" en una Misa Tridentina pública
a ser celebrada por Monseñor Castrillón en una de las
basílicas mayores de Roma, el sábado 24 de mayo; el
otro, en el sentido de que el Indulto de la Misa Tridentina será
extendido a todos los Sacerdotes católicos antes de concluir
este año calendario 2003. Si la intención de Roma es
que estos rumores se hagan realidad o si Roma puede hacerlos realidad,
quizás solo Dios lo sabe. Sea lo que sea, ambos rumores son
de tal naturaleza que presionan a la SSPX y ya que muchos más
rumores del mismo tenor podrían ser disparados para sacar de
su quicio a la sociedad, hemos de mantener bien firme nuestro juicio
católico. A ries-go de decir una vez más cosas que ya
he dicho, incluso muchas veces, permítaseme tratar de explicar
por qué aun si Roma está pareciendo extremadamente generosa,
la Sociedad San Pío X debe ser extremadamente precavida.
La raíz del problema radica en la “modernización”
de la Iglesia Católica lanzada o al menos, manifestada en la
década de 1960 por medio del Segundo Concilio Vaticano (1962-1965),
cuyos 16 documentos revolucionaron la enseñanza católica
y por la Misa del Nuevo Orden (1969), que revolucionó la práctica
eclesiástica en su esencia, o sea, la liturgia de la Misa.
Puesto que aquello en lo que la Iglesia no puede cambiar son los principios
católicos, los modernizadores pretendieron y todavía
pretenden que la actualización no modificó nada esencial.
Sin embargo, los “católicos” modernizados guardan
tan poca semejanza con los católicos pasados de moda, que el
cambio fue obviamente esencial y si se recapitula, el Vaticano II
y la Nueva Misa evidentemente estaban sentando las bases de lo que
pretendía ser una nueva religión.
Ahora, la vieja religión centrada en Dios y la nueva, centrada
en el hombre, se contradicen mutuamente y así como en último
término toda guerra es religiosa, la antítesis entre
religiones solo puede significar guerra. Los conciliaristas tienen
para con la nueva fe el deber de arrancar de cuajo la vieja Fe y destruirla,
en tanto que los católicos tienen el deber de rechazar y condenar
la nueva religión falsa junto con toda su pompa y sus obras.
Por esto es que poco después del Vaticano II, los conciliaristas
pretendieron que era el Concilio más importante de la historia
de la Iglesia, mientras un pequeño número de católicos
denunciaba que era el que introducía los principios anticatólicos
del mundo moderno en la Iglesia Católica. Del mismo modo, en
1969, el Papa conciliarista Pablo VI pretendió que la vieja
Misa había acabado, mientras un puñado de Obispos y
sacerdotes católicos la mantenían viva, notablemente-
pero no exclusivamente- Monseñor Lefebvre y la SSPX que él
fundara.
Aquí radica el meollo del problema que nunca hay que perder
de vista. Estamos ante una guerra entre dos religiones que solo puede
concluir con la muerte de una o de la otra. Los católicos deben
pelear esta Guerra con las armas de la Verdad. Los conciliaristas
pueden luchar con todos los medios que tengan a su alcance. Por justo
castigo de Dios a la tibieza de muchos católicos, a los conciliaristas
les fue permitido ocupar prácticamente todas las posiciones
de poder e influencia dentro de la estructura de la Iglesia y las
han aprovechado al máximo para establecer su nueva religión.
No obstante, los católicos tuvieron y tienen la Verdad de su
lado, que “es poderosa y prevalecerá." Los conciliaristas
no lograron impedir que Monseñor Lefebvre denunciara el Vaticano
II y salvara la vieja Misa. Hasta ahora, han demostrado ser incapaces
de impedir que la SSPX de Monseñor siga haciendo lo mismo.
Pero la supervivencia de su nueva religión depende de destruir
a esa vieja religión que demuestra claramente la falsedad del
Vaticano II y de la Nueva Misa. En consecuencia, tienen que destruir
a la Sociedad San Pío X, quebrarla, dejarla minusválida
o corromperla, pues por ahora constituye la resistencia más
ampliamente orga-nizada contra el conciliarismo.
Una estrategia obvia de los de Roma es tan vieja como los montes:
“divide y reinarás”. De aquí el primer rumor,
pretendiendo que tres de los cuatro Obispos de la Sociedad piensan
de una manera, en tanto que el cuarto piensa de otra. Pero, primero
uno y después otro de los tres obispos afirmó que todo
era un disparate y el tercero sin duda también lo hubiera declarado
así públicamente, pero probable-mente no podía
ser molestado. (En cuanto al cuarto, ¡ése fue el que
acaparó la publicidad!) Y, si tal como lo presentó el
rumor, Roma cree que el 70% de los sacer-dotes de la Sociedad San
Pío X estarían felices de ser "re-incomulgados"
junto con los supuestos tres obispos, entonces Roma conoce a nuestros
sacerdotes tan poco como a nuestros obispos.
El Segundo rumor representa otra estrategia, también vieja
como la cigarra: “cólmalos de ternura”, esto es,
la promesa de conceder en 2003 la precondición exigida por
la Sociedad en el 2001 para entablar negociaciones con Roma, o sea,
permitir a todos los sacerdotes emplear libremente el viejo rito de
la Misa. Ahora, que Roma pueda avanzar con semejante promesa ante
las narices de la oposición de una importante proporción
de los obispos conciliares del mundo, resulta más que incierto.
Pero si lo lograra, la Sociedad simplemente se regocijaría,
porque el uso irrestricto del verdadero rito de la Misa implicaría
un flujo de gracia cada vez mayor para toda la Iglesia a medida que
los sacerdotes se percataran del tesoro que han vuelto a poner sus
manos. Sin embargo, incluso si Roma también "re-incomulgará"
a los cuatro obispos de la Sociedad, la otra precondición del
año 2001 -pues la Sociedad se involucró en el 2001 solamente
para iniciar negociaciones para reconciliarse con esta Roma- es casi
seguro que los conciliaristas entonces van a insistir en que la Sociedad,
de una u otra forma, reconozca el Vaticano II, cosa que no puede hacer
la Sociedad San Pío X. Los mismísimos documentos de
ese Concilio y no solamente sus consecuencias desastrosas saturan
la nueva religión.
Pero la estrategia de “colmar de ternura” tiene ventajas
reales para Roma. ¿Y si suponemos que Roma pasara por encima
de sus propios obispos y declarara unilateralmente, "la Sociedad
San Pío X ¡sencillamente se reconcilió con Roma
y ha sido readmitida en la Iglesia con sus cuatro obispos sin condiciones
ni exigencias"!? ¿Qué haría entonces la
Sociedad? Si rehusara resultaría verdaderamente grosera. Pero
si aceptara, acabaría nuestra protectora marginación
actual y se produciría un cúmulo de contactos contaminantes
con “católicos” que, no comprendiendo en absoluto
el problema del conciliarismo no comprenden en absoluto el catolicismo
verdadero. Esto podría implicar el fin de la Sociedad San Pío
X en la defensa de la Fe.
Tal propuesta de Roma podría ser improbable o imposible pero,
para dejar minusválida a la Sociedad, podría ser la
cosa más hábil a hacer. De todos modos, destaca el problema
central y crucial. Incluso si los de Roma hablaran exactamente el
mismo lenguaje que la Sociedad San Pío X, aún, por su
religión modernista, las cosas no querrían significar
lo mismo. Por lo tanto, la “reconciliación” sería
verbal, pero no real y la Sociedad habría perdido la protección
de su presente margina-ción.
Entonces, ¿Por qué siquiera pensar en sentarnos a negociar
nada con los de Roma? En primer lugar, "ocupan la silla de Moisés"
(Mat XXIII, 2), así que ejercen una inmensa influencia sobre
la salvación eterna o la condenación eterna de millones
de almas. Segundo, junto con esta misma inmensa responsabilidad, tienen
que salvar sus propias almas y alguno que otro puede ser precisamente
capaz todavía de aprovechar el contacto con católicos
anti-conciliares. Es por esto que Monseñor Lefebvre todo el
tiempo mantuvo contactos con los de Roma, hasta mayo de 1988.
Sin embargo, estos contactos finalizaron con las consagraciones episcopales
aquel junio cuando, como dijera Monseñor, Roma demostrara con
sus actos tal descuido por las almas que el problema habia salido
decisivamente del terreno diplomático para desplazarse hacia
el dogmático. Así que toda vez que un Cardenal Castrillón
Hoyos insista ahora en la diplomacia está, desde nuestro punto
de vista, estro-peando cualquier contacto incluso antes de que comience.
Puesto que si la Socie-dad fuera a negociar alguna cosa que no fuera
el dogma, los resultados demostrarían ser fatales para la Fe,
como justamente se ha visto una vez más con los sacerdotes
de Campos, en Brasil.
Pero ¿es posible que un dogma no elástico pueda ser
siquiera concebido por men-tes elásticas, para quienes las
palabras carecen de todo significado que no sea elástico? Personalmente
creo que hoy, el conjunto de las mentes está tan perdido en
la fantasía que solo un Castigo las volverá a la realidad
y, para hacerlo, habrá que quitar un gran número de
almas de este mundo. Mientras tanto, oren, queridos lectores, para
que la Sociedad San Pío X haga lo que Dios quiere de ella.
La especial insidia del conciliarismo por su aparente semejanza con
el catolicismo será el tema principal de estudio en el Capítulo
Doctrinal para hombres a llevarse a cabo en Winona este verano, desde
el sábado 22 de julio hasta el 26 (pido disculpas por el error
sobre estas fechas en el último folleto de retiros). El tema
será arduo: tres de las principales encíclicas de Juan
Pablo II: sobre Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo;
pero los libros del Profesor Dörmann serán nuestra clara
guía. Estos libros se consiguen en la editorial Angelus Press.
Que en este mes de mayo imploremos especialmente la ayuda y la protección
de la Madre de Dios y recemos el Rosario para ayudarla a obtener la
salvación de millones de almas empantanadas en un mundo de
confusión.
Con los mejores deseos, en Nuestro Señor Jesucristo,
† Richard Williamson
Traducción:
Verónica Abad
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