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La "canonización" del 6 de octubre
pasado de Monseñor Escrivá de Balaguer,
fundador del "Opus Dei", así
como la "beatificación", en septiembre,
del Papa Juan XXIII, iniciador del Vaticano II,
vuelven a abrir una vieja y dolorosa llaga: ¿cómo
es posible que la Iglesia Católica haga
semejantes cosas? Y si no es la Iglesia Católica
quien las realiza, ¿quién es?
Pues es claro ciertamente, y más allá
de toda duda, que la Iglesia Católica anterior
al Vaticano II - cuando era esencialmente fiel
a la Tradición Católica- nunca hubiera
beatificado al Papa que abrió el Concilio
que devastó dicha Tradición, ni
canonizado al fundador del "Opus Dei",
organización que preparó el camino
para ese Concilio.
Hay abundancia de citas, orgullosamente publicadas
por el mismo "Opus Dei", para probar
que Monseñor Escrivá compartía
y promovía ideas fundamentales del Vaticano
II. Aquí hay dos: el mismo Monseñor
Escrivá dijo: "La nuestra es la primera
organización que, con la autorización
de la Santa Sede, admite a no católicos,
cristianos y no cristianos. Yo siempre he defendido
la libertad de conciencia" ("Conversaciones
con Monseñor Escrivá", Ed.
Rialp, pág. 296).
Y su sucesor a la cabeza del "Opus Dei"
dijo acerca del libro de Monseñor Escrivá,
"Camino", que "preparó a
millones de personas a ponerse a tono con, y a
aceptar en profundidad, algunas de las más
revolucionarias técnicas que treinta años
más tarde serían solemnemente promulgadas
por la Iglesia en el Vaticano II" ("Estudios
sobre «Camino»", Monseñor
Álvaro del Portillo, Ed. Rialp, pág.
58).
Por tanto, para que el Papa Juan XXIII fuera realmente
Beato y para que Monseñor Escrivá
fuera verdaderamente Santo, el Segundo Concilio
Vaticano debería haber sido un Concilio
verdadero, o un Concilio fiel a la Tradición
Católica. Lo cual es ridículo, como
bien lo saben al menos los lectores regulares
de esta Carta. Sin embargo, las canonizaciones
católicas ¿no deben ser infalibles,
acaso?
Ciertamente, antes del Vaticano II, los teólogos
católicos estaban de acuerdo en que las
canonizaciones (no las beatificaciones) de los
Santos eran virtualmente infalibles, por dos razones.
En primer lugar, el proponer que católicos
modelo sean venerados e imitados como Santos por
los fieles es tan capital a la práctica
de la fe católica de éstos, que
la Santa Madre Iglesia no podría equivocarse
en la materia. Así, en segundo lugar, los
Papas anteriores al Vaticano II tomaron tal cuidado
en examinar los candidatos a canonizar, y a los
candidatos triunfantes los canonizaron con tanta
solemnidad, que su acto de canonización
no podía estar ya más cerca del
pronunciamiento del magisterio papal infalible
y solemne.
Desde el Vaticano II, empero, los modelos elegidos
para imitación, para emulación,
estaban expuestos, como Juan XXIII y Mons. Escrivá,
a ser elegidos, primeramente, por su alineamiento
al Vaticano II, por ejemplo, en la destrucción
de la Tradición Católica.
Segundamente, el antiguo y tan estricto proceso
de examinación de candidatos se ha relajado
tanto con los Papas del Vaticano II y se ha seguido
tal desbordamiento de canonizaciones bajo Juan
Pablo II, que todo el proceso de canonización
ha perdido, juntamente con su solemnidad, toda
semejanza de infalibilidad. Ciertamente, ¿cómo
puede Juan Pablo II querer hacer algo infalible
o, por tanto, realizarlo, cuando a menudo se rige
por, o habla de, por ejemplo, la "tradición
viviente", como si la Verdad pudiera cambiar?
De este modo, éste o aquel Santo "canonizado"
por Juan Pablo II, de hecho, puede estar en el
Cielo -aún Monseñor Escrivá,
Dios sabrá- pero ciertamente no es su "canonización"
por este Papa lo que nos asegura de tal suceso.
De aquí que no nos debamos sentir obligados
a venerar a ninguno de los "Santos"
posteriores al Vaticano II.
Todo esto nos deja con nuestro problema inicial:
La Iglesia Católica tiene la divina promesa
de indefectibilidad, es decir, no puede fallar
("Yo estaré con vosotros hasta la
consumación del siglo", San Mateo,
XXVIII, 20). Entonces, ¿cómo pueden
las canonizaciones, que a través de la
infalibilidad debieran participar de esa indefectibilidad,
fallar, al participar, en cambio, en el Vaticano
II? ¿No estamos obligados a admitir que,
o el Vaticano II no fue tan malo después
de todo (como los sacerdotes de Campos lo están
admitiendo ahora), o que los sedevacantistas tienen
razón después de todo al afirmar
que Juan Pablo II no es realmente Papa? ¡El
sedevacantismo explicaría cualquier raudal
de falibilidad en él!
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X, siguiendo
a Monseñor Marcel Lefebvre (1905-1991),
ni adopta la posición conciliar, ni la
sedevacantista. La Fraternidad, aunque cree que
el Segundo Concilio del Vaticano estuvo entre
los mayores desastres de la historia de la Iglesia
Católica, también considera que
los Papas que promovieron aquel Concilio y sus
ideas (Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I, Juan
Pablo II) fueron o son verdaderos Papas. ¿Cómo
puede ser esto? ¿Cómo pueden verdaderos
Papas desempeñarse de tal modo como para
destruir la verdadera Iglesia?
En primer lugar, Dios nos crea a los seres humanos
y nos dota de una voluntad libre, porque no quiere
robots en Su Cielo. Esto también se aplica
para los eclesiásticos que ha elegido para
confiarles Su Iglesia Católica. Ellos tienen,
por consiguiente, un asombroso grado de libertad
para edificar o destruir la Iglesia. Por ejemplo,
cuando Nuestro Señor pregunta si encontrará
Fe cuando vuelva a la tierra (San Lucas, XVIII,
8), sabemos con certeza que por culpa de los hombres
(no sólo de los eclesiásticos),
la Iglesia Católica será muy pequeña
en Su Segunda Venida.
Sin embargo, Nuestro Señor también
prometió que las puertas del Infierno nunca
prevalecerían contra Su Iglesia (San Mateo,
XVI, 18); así también sabemos con
certeza que Dios nunca permitirá que la
maldad de los hombres llegue al punto de destruir
Su Iglesia completamente. En esta convicción
de que la Iglesia nunca va a fallar completamente
es donde se apoya su indefectibilidad, y como
la primera función de la Iglesia es enseñar
la doctrina de salvación de Jesucristo,
entonces, a la indefectibilidad en el existir
le sigue la infalibilidad en el enseñar.
Para las almas de buena voluntad, la Iglesia católica,
la Verdad católica, siempre estarán
allí.
Por ende, hasta el fin de los tiempos la Iglesia
Católica nunca cesará -por pequeña
que su escala fuera- de hacer oír entre
los hombres la doctrina de salvación, el
Depósito de la Fe. Desde toda la eternidad,
esta doctrina procede de Dios Padre a Dios Hijo,
fue fielmente confiada por el Dios Encarnado a
Sus Apóstoles y desde entonces ha sido
transmitida, como inmutable Tradición,
a través de los sucesores de los Apóstoles.
"El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán", dice Nuestro
Señor (San Lucas, XXI, 33). De hecho, la
inmutabilidad es tan esencial a esta doctrina,
que la conformidad con la Tradición es
el criterio del magisterio ordinario infalible
de la Iglesia. En otras palabras, si uno quiere
saber qué no puede ser falso en la enseñanza
cotidiana de los maestros de la Iglesia, el modo
de proceder es comparar lo que están enseñando
ahora con lo que la Iglesia ha enseñado
a lo largo de todos los siglos. Si corresponde
a la Tradición [si coincide con ella],
la enseñanza es infalible, y si no, no
es infalible. Más aún, el magisterio
extraordinario infalible de la Iglesia es siervo
de este magisterio ordinario [es decir, el magisterio
ordinario puede llegar a ser infalible], siempre
que provea de una garantía protegida divinamente
de que tal o cual doctrina pertenece a la doctrina
verdadera de la Iglesia, es decir, a la Tradición
ordinaria.
Por tanto, la Tradición, o la conformidad
con lo que la Iglesia siempre ha enseñado,
es el criterio o medida fundamental de la enseñanza
infalible de la Iglesia, ordinaria o extraordinaria.
Por consiguiente, todo aquello fuera de la Tradición
es falible, y todo aquello que contradiga a la
Tradición es ciertamente falso, por ejemplo,
la nueva enseñanza del Concilio Vaticano
II sobre la libertad religiosa y el ecumenismo.
Empero, Juan XXIII fue beatificado y Monseñor
Escrivá fue "canonizado", por
su afinidad con estas novedades conciliares. Así,
tales "canonizaciones" son sin duda,
y hasta cierto punto, contrarias a la Tradición
Católica y, en tal sentido -y sin que debamos
analizar más- son automáticamente
NO infalibles. "Pero aunque nosotros o un
ángel del cielo os anunciase otro evangelio
distinto del que os hemos anunciado, sea anatema"
(Gálatas, I, 8).
Igualmente, si uno se pregunta cómo puede
ser que sean los propios eclesiásticos
de Dios los que hacen tanto daño a Su Iglesia,
la respuesta es: 1) Dios les da gran libertad,
aunque no para destruir completamente Su Iglesia,
y 2) porque a partir de cualquier mal que ellos
realicen, Dios suscitará mayores bienes.
Por ejemplo, a partir de canonizaciones dudosas
puede dar a los "Católicos Tradicionales"
una aún mejor comprensión de la
primacía de la Tradición.
Y a la pregunta de cómo las canonizaciones,
consideradas como infalibles, pueden, en cambio,
ser conciliares, la respuesta es que si Dios permite
a un Papa el creer en el Vaticano II, también
seguramente puede permitirle el obrar y, de este
modo, "canonizar" de acuerdo al Vaticano
II, aflojando y ablandando las antiguas y estrictas
reglas de las verdaderas canonizaciones, que virtualmente
garantizaban la conformidad del candidato con
la Tradición. Hay católicos que
tropiezan y se caen porque ciegamente siguen la
autoridad de la Iglesia cuando esta autoridad
se desvía; ése es su propio problema.
Pero los católicos que adhieren a la Tradición,
seguirán la orden de San Pablo y, con prudencia,
"anatematizarán", reprobarán,
cualquier claro desvío de ella.
Por tanto, podemos rechazar absolutamente el Concilio
Vaticano II, juntamente con todos sus trabajos
y con todas sus pompas, sin necesidad de convertirnos
en sedevacantistas, siempre y cuando entendamos
que la indefectibilidad de la Iglesia no significa
que grandes porciones de la Iglesia no vayan a
ser destruidas, sino que la Iglesia nunca será
completamente destruida.
De modo semejante, la infalibilidad de la Iglesia
no implica que los maestros de la Iglesia nunca
enseñen falsedades -como por ejemplo, con
dudosas "canonizaciones"- sino que,
entre otras verdades, la verdad de la santidad
cristiana nunca será totalmente falsificada
o silenciada.
En conclusión, estas "canonizaciones"
más o menos conciliares son, propiamente,
falibles y, automáticamente, NO infalibles.
Obviamente, el Padre Pío era un Santo íntegramente
tradicional, y no debemos dudar en el valor de
su canonización. Sin embargo, sería
aconsejable no aprovechar de su canonización
por la Iglesia Nueva para venerarlo oficialmente
o en público, en cuanto que esto podría
impulsar a conceder a otras "canonizaciones"
de la Iglesia Nueva, un crédito que no
les es debido.
Queridos lectores: Permítanme desearles
a todos una muy Santa Navidad.
Con los mejores deseos y bendiciones, En Cristo,
† RICHARD WILLIAMSON
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