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Apreciados
Amigos y Benefactores:
Santo Tomás de Aquino dice que para Dios
es más fácil crear una nueva galaxia
que cambiar la libre voluntad de un ser humano.
Especialmente desde el Segundo Concilio Vaticano,
los hombres de iglesia emplearon su libre albedrío
prácticamente para destruir la Iglesia
Católica. Seguramente lo que Dios hace
ahora es permitir que las almas de buena voluntad
aprendan por las malas que Su Iglesia no puede
ser destruida. Permítasenos dar algunos
indicios de la forma en que la nueva religión
Conciliar está lenta pero ciertamente dejando
de funcionar, mientras que la religión
verdadera poco a poco recupera vigor.
En
primer término, el Congreso llevado a cabo
en París hace un mes, fundamentalmente
a cargo de sacerdotes y laicos de la Fraternidad,
para estudiar la religión surgida del Segundo
Concilio Vaticano, fue sin lugar a dudas, un éxito.
Asistieron alrededor de 60 sacerdotes y unas dos
docenas de laicos y la gran mayoría aportó
trabajos de revisión más o menos
importantes sobre ciertos aspectos del Vaticano
II.
Es
imposible reunir en un simple resumen la diversidad
de aportes sobre tan vasto tema como es, en efecto,
el hundimiento de la Iglesia de Dios por sus propios
hombres. Lo interesante fue la notable unidad
de pensamiento respecto del Vaticano II en medio
de tanta variedad de colaboradores. El nuevo Superior
del distrito francés de la Fraternidad
temía antes del Congreso que todos sus
sacerdotes franceses empezaran a discutir unos
con otros –¿de dónde pudo
sacar semejante idea?- pero sucedió exactamente
lo contrario. Todo mundo estuvo de acuerdo en
que el Vaticano II estaba introduciendo una nueva
religión humanística, inaceptable
para los católicos.
Bueno,
en cierta forma, no resultó una sorpresa
que sacerdotes de esa Sociedad que fue levantada
por Dios al despertar del Vaticano II para defender
la verdadera Fe, los encontrara a todos de acuerdo
sobre la acendrada nocividad de este Concilio.
Sin embargo, el interés de los sacerdotes
y su unidad respecto de desmantelar el Concilio
fueron tranquilizadores. En especial, los fieles
franceses de la Fraternidad así como creo,
un buen número de ustedes mismos, se alegraron
de saber que sus sacerdotes atacaban al Vaticano
II y llegaban a conclusiones no precisamente blandas
al respecto.
Un
segundo indicador de la debilidad de los eclesiásticos
conciliares es su propio interés actual
por hablar con la Fraternidad de San Pío
X. Hace ya décadas que han pretendido que
éramos “divisores”, “desobedientes”,
“cismáticos” y, desde 1988,
“excomulgados”, de modo que uno pensaría
que nuestro “pavo” hace rato que fue
“cocinado”, como dice la expresión
popular. No obstante, debe ser que los de Roma
todavía ven que el pavo patalea porque
aquí acontece otra instancia de su retorno
al ataque, pero que puede ser “razonablemente
desmentido”; o sea: lo hacen por canales
tales que dado el caso les permitan desmentir
que alguna vez hayan hecho semejante cosa. La
estrategia es ésta:
“Se
avecina una crisis en la Iglesia. Las cosas ya
no pueden seguir como están. Queremos evitar
otro largo congelamiento o guerra durante otros
40 años. Queremos una solución en
muy corto plazo. También la Fraternidad
cometió sus errores, pero está en
mejor posición que nunca (!). Sin embargo,
tiene que cambiar un poco, desde la Tradición
hacia la transición. El realismo requiere
diálogo, el diálogo necesita el
encuentro de las dos partes y la Providencia ayudará
solo si ellos lo hacen.
“El Papa Juan Pablo II quiere una solución
y puede lograr un trato con la FSSPX como no podrá
hacer su sucesor. Tal vez el Cardenal Castrillón
sea el próximo Papa, pero si llega a serlo
ya no podrá hacer la misma oferta, de un
trato que ni el propio Monseñor Lefevbre
rehusaría.
“El Cardenal Castrillón quiere hacer
lo que está bien. Tiene poder y acceso
al Papa Juan Pablo. Puede conseguir para la Fraternidad
todo lo que la Fraternidad quiera, pero no puede
cambiar la Iglesia Nueva de la noche a la mañana.
Que la Fraternidad visite al nuevo obispo tradicionalista
de Campos aprobado por Roma, Monseñor Rifán,
y vea cómo la Tradición puede lograr
lo que quiera de Roma. La oferta a la Fraternidad
es ahora de aprobación incondicional en
el plazo de semanas”.
Roma
ahora puede negar absolutamente – y ver
que resulte plausible- que haya hecho semejante
contacto con nadie de la Fraternidad. Sin embargo,
a mí me parece también plausible
que semejante táctica bien armada es perfectamente
lo que podría haber salido de Roma. En
tal caso, yo, de mi parte, le respondería
al eminente Cardenal que lo que la Fraternidad
pide de Roma es precisamente lo que sus canales
se preocuparon de decir que no concedería-
poner término al cucú de la Iglesia
Nueva que ocupa el nido de la Iglesia Católica.
Pese
a todo, un tercer indicador sugiere que hay quizás,
solo quizás, más de este tipo de
estrategia del Cardenal Hoyos que lo que el ojo
percibe. Se ha informado a través de un
sacerdote dominicano en Roma que hacia fines de
julio último y principios de agosto, la
Virgen se apareció una docena de veces
al Papa Juan Pablo II para advertirle que la crisis
de la Iglesia se va a agravar alarmantemente.
El Papá quedó dolido. Nada dijo
Ella de acontecimientos mundiales. Todas las figuras
prominentes de la Curia y del Vaticano están
al tanto de estas apariciones, pero nadie dice
una palabra. Parecería que las apariciones
son un asunto serio, como para no desentenderse
así como así.
Nuevamente,
pocas cosas son más pasibles de desmentir
que las apariciones de la Bendita Madre de Dios
pero, otra vez, un agravamiento alarmante de la
crisis de la Iglesia es, en la presente situación,
más que probable. Entonces, si el supuesto
deseo del Cardenal Castrillón de reabrir
el diálogo con la Fraternidad está
absolutamente motivado por semejantes advertencias
de la Virgen, ya no estamos tratando simplemente
con la política de Roma sino que oímos
un sofocado llamado de ayuda.
Ante
lo cual la respuesta que permanece es que la Fraternidad
no puede aportar una solución aliándose
al problema. Si alguien piensa –acertadamente-
que la Fraternidad tiene la solución en
sus manos, es precisamente porque ya hace décadas
que, sin dejar de pertenecer a la Iglesia, se
mantuvo apartada de la Iglesia Nueva. A medida
que la Iglesia Nueva da tumbos y se ahoga en el
torrente del mundo moderno, el más grande
servicio que la Fraternidad puede rendir a las
numerosas víctimas que son arrastradas
a la perdición es correr a su lado a lo
largo de la costa de la Tradición pero,
de ninguna manera, saltar del banco hacia las
aguas peligrosas. Con todo el debido respeto,
Su Eminencia, Ud. necesita desplazarse, y no solo
un poco, de la transición a la Tradición.
Un
cuarto indicador de la debilidad del Conciliarismo,
o del peligro del Vaticano II, es el libro recientemente
publicado “Animus Delendi II” de Atila
Sinke Guimarâes. Es el quinto tomo de su
serie de once tomos “Elí, Elí,
Lama Sabachtani” que documenta la traición
de la Fe Católica por los pensadores, escritores
y líderes del Vaticano II. El primero y
el cuarto tomos, “Las sombrías aguas
del Vaticano II” y “Animus Delendi
I” son los únicos tomos de la serie
publicados hasta ahora. Si después del
tomo I el Sr. Guimarâes saltó a los
tomos IV y V es porque quería denunciar
públicamente cuanto antes que lo que verdaderamente
animaba a los espíritus amos del Concilio
era el deseo de destruir (“animus delendi”
en Latín).
Los
tomos I y IV fueron presentados sucintamente en
esta Carta del Seminario en julio del año
pasado. Querría volver al Tomo V en una
carta futura, porque en tanto que la caridad “no
se regocija con la iniquidad”, sí
lo hace “con la verdad” (Cor I XIII,
6) y el Sr. Guimarâes han prestado un gran
servicio a la verdad al sumar cita tras cita para
demostrar qué lejos de la verdad empujaron
al Vaticano II las mentes que buscaban ser modernas.
El
quinto indicador es más positivo, lo que
nos da a los católicos una respuesta a
la apostasía implícita en las ambigüedades
del Vaticano II. Es el libro “Marcel Lefevbre”
escrito en un francés impecable y magnífico
por Monseñor Tissier de Mallerais, uno
de los cuatro obispos consagrados por Monseñor
Lefevbre en 1988.
Monseñor
Tissier fue un colaborador íntimo de Monseñor
desde los comienzos de la Fraternidad a fines
de la década de 1960 y hasta la muerte
de Monseñor en 1991. Bien puede pensarse
que Monseñor Tissier estuvo demasiado cerca
de Monseñor como para haber podido escribir
un relato objetivo de su vida. Sin embargo, este
monumental libro, fruto de 10 años de ardua
labor, parece llamado a quedar como la biografía
más completa de Monseñor por un
largo tiempo. Ciertamente presenta al Monseñor
que yo conocí, con esas cualidades supremas
de mansedumbre, desprendimiento y objetividad
que le permitieron oponerse al rampante subjetivismo
de los eclesiásticos modernizados. Volveré
sobre este magnífico libro apenas se publique
su traducción al inglés.
Queridos lectores, la Verdad de Dios triunfará.
Solo roguemos para que muchas voluntades, tantas
como sea posible, se dejen reconquistar por la
Verdad, antes de perderse para siempre.
Con los mejores deseos y bendiciones en Cristo
Monseñor
Richard Williamson
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