Excelencia,
queridos Hermanos en el Sacerdocio, queridos seminaristas, queridas
Hermanas y queridos fieles.
No ocurre con
frecuencia que las ordenaciones de Ecóne coincidan con la festividad
del Sagrado Corazón. Pero el caso se presenta hoy. Este año
vemos también lo que va sucediendo con regularidad el día
de las ordenaciones en Ecóne, hablamos del 25º aniversario
de la ordenación de varios de nuestros sacerdotes. En esta
ocasión siete de ellos fueron ordenados en 1978, los cuales,
durante un cuarto de siglo, han ejercido su sacerdocio y hoy están
con nosotros. Los siete celebraron ayer el aniversario de su sacerdocio.
Vayan nuestras felicitaciones como también a todos los Padres
que vienen cada año para asistir a esta Misa de Ordenación.
Deben amar su sacerdocio o su Seminario ¡o los dos! Muy probablemente
los dos...
¡Y es una gracia! Es toda una falange, no muy numerosa, pero
una falange de sacerdotes de los cuales un buen número ha sido
ordenado en este mismo lugar; falange que se extiende por el mundo
entero para dar testimonio de la verdad. Pensemos en el sacerdocio
bajo la forma de tres dones del Sagrado Corazón. Todo lo que
nos rodea es un don del Sagrado Corazón: las montañas,
el tiempo, la lluvia... nuestra supervivencia, nuestra vida... Todo,
todo es un don de Dios, un don del Sagrado Corazón. Hoy pienso
en estos tres dones del Sagrado Corazón.
PRIMER
DON: EL SUFRIMIENTO
Primeramente para nosotros, cuya condición es el sufrimiento.
El sufrimiento es un don de Dios; fácil decirlo, no tan fácil
vivirlo. Pero ciertamente es verdad. Después de la caída
de Adán y Eva, todos somos pecadores; todos estamos más
o menos orientados hacia nuestra propia voluntad y desviados de la
voluntad de Dios; luego, nos desviamos más o menos de la realidad
y nos orientamos hacia nuestra fantasía, ¡sobre todo
hoy! El mundo moderno se sumerge en la fantasía y se aleja
cada día más de la realidad, con sus máquinas,
sus celulares, sus pantallitas, sus tecnologías, piensa poder
fabricar la realidad a su capricho. Y ¿quién puede decirle
que eso... es imposible? ¿que eso no está bien?: el
sufrimiento, bajo múltiples formas, como por ejemplo los hospitales
psiquiátricos (hoy repletos), las cárceles ya insuficientes...
En verdad, todo dolor nos hace pensar en la realidad. Todo sufrimiento
nos recuerda que no somos los señores, hay algo que debemos
sufrir, y no nos gusta. No somos los señores porque si lo fuéramos
eliminaríamos por completo el sufrimiento. Pero éste
no se deja eliminar y de una manera o de otra vuelve porque somos
pecadores; es más, si no hubiera este sufrimiento, nos dejaríamos
llevar todavía más por la fantasía que nos conduce
directamente al infierno. Dios nos recuerda que Él es el Señor.
Queridos ordenandos:
de una manera o de otra van a sufrir. Sepan ver la mano de Dios; y
no solamente la mano de Dios sino el don de Dios. El poeta griego
Esquilo decía: "Se aprende sufriendo". La realidad
nos enseña lo que no queremos aprender. Pero bajo los golpes
del sufrimiento uno aprende por la fuerza de las cosas y estamos obligados
a reconocerlo. El hombre moderno, incluso cuando sufre rechaza el
sufrimiento y sus lecciones. Insiste siguiendo su fantasía,
y se hunde cada vez más. Sepamos someternos a esta ley del
dolor, pero sepamos también reconocer el don de Dios, el don
del Sagrado Corazón.
Claro está que Él mismo nos ha dado el ejemplo por su
Cruz. El sufrimiento de los inocentes tiene un sentido y ese sentido
es la expiación de los pecados de los demás. Para muchos
de nosotros es la expiación de nuestros propios pecados. Queridos
amigos, el dolor puede recaer hoy sobre nosotros. Sepamos aprovecharlo,
y no maldecir al Señor cuando veamos sufrir a los pequeños
y a los inocentes. El Sagrado Corazón sabe lo que hace, si
se puede decir así: Dios es Dios, "Mis caminos no son
sus caminos, sus pensamientos no son Mis pensamientos", dice
Dios por boca del profeta Isaías. Pero detrás de lo
que hoy pueda ocurrirnos, siempre, siempre se halla el Amor y la Sabiduría
insondables del Sagrado Corazón. Amémoslo, a pesar de
todas las apariencias. Para el hombre pecador, el sufrimiento, el
Sacerdocio y la Eucaristía van juntos.
SEGUNDO
DON: EL SACERDOCIO
Estamos en los últimos tiempos, los Apóstoles lo dicen
en muchos pasajes del Nuevo Testamento, lo sabemos, Nuestro Señor
se encarnó en los últimos tiempos del mundo, hace ya
dos mil años. Muchos de nosotros, hundidos en la fantasía
de la mala educación moderna, no podemos mirar retrospectivamente
más allá de veinte años, quizá a la Primera
Guerra Mundial o a la Revolución Francesa, como mucho a dos
mil años, pero de hecho la encarnación marca la llegada
de los últimos tiempos. No es sorprendente que hoy, después
de mil años, las cosas vayan mal. Es natural, porque si hace
dos mil años que los últimos tiempos llegaron, después
de dos mil años de estos últimos tiempos, es verdaderamente
el fin. Es normal que las cosas se deterioren como lo vemos; no nos
indignemos, es la pobre naturaleza humana caída que hace mal
uso de su libertad y detrás de lo que Dios permite, que es
absolutamente necesario para que las cosas sucedan así, se
encuentra el amor del Sagrado Corazón.
Esta degradación, esta caída del hombre moderno al fin
de los últimos tiempos, era previsible, pero al principio de
estos últimos tiempos, Nuestro Señor se encarnó
como remedio supremo para lo que era ya lógicamente el mal
supremo. El mal supremo estaba ya allí para que Nuestro Señor
se encarnara y con su encarnación, este supremo Pontífice
de la Nueva Ley nos diera el nuevo sacerdocio, el sacerdocio católico;
la palabra "católico" no está en los escritos
de San Pablo pero la idea está; este nuevo sacerdocio es la
perfección y el apogeo del antiguo sacerdocio levítico.
Y ahora, los pobres hombres de Iglesia, estos pobres objetivamente
apóstatas, que quieren volver al sacerdocio de la Antigua Ley,
que quieren que volvamos de una manera o de otra a la celebración
de la Pascua según la Antigua Ley, perdieron por completo el
sentido de la fe, si es que no la perdieron. El nuevo sacerdocio sustituye
completamente al antiguo sacerdocio (el antiguo sacerdocio no existía
sino en vistas a este nuevo sacerdocio "Novi et aeterni Testamenoi").
Este sacerdocio es nuevo y eterno, y no habrá un tercero, no
habrá otro sacerdocio después de éste. Los sacerdotes
católicos son el remedio supremo al mal supremo que llegó
ya hace dos mil años y los sacerdotes católicos están
aquí desde ese momento sin cambiar, sin ser cambiados e inmutables,
y hoy el Sagrado Corazón nos bendice y nos da once nuevos sacerdotes
y diáconos que serán, si Dios quiere, el año
próximo, sacerdotes.
Desde el principio del mundo, desde el principio de la humanidad,
hay un sacerdocio, hay un sacrificio que da el verdadero culto a Dios;
y ahora, después de dos mil años, este verdadero culto
es el culto católico que no se puede cambiar y que no se puede
someter a esta fantasía del hombre moderno, desequilibrado,
vuelto loco.
A los hombres pecadores: el sufrimiento, don del Sagrado Corazón;
a los hombres condenados por el peso de sus pecados que aumentaban
cada vez más, el alivio enorme, el remedio supremo, este don
del Sagrado Corazón, el don de Sí mismo en el sacerdocio
católico y en la Eucaristía, imposible sin el sacerdocio,
centro mismo de la vida de este sacerdocio. El don del Sagrado Corazón,
de Sí mismo, verdadera, real y substancialmente presente para
darse como Él ardía en deseos de darse, y consumi do
por medio y a través de sus sacerdotes. "Un fuego me devora
y me siento insatisfecho hasta que no consuma todo". Es la Eucaristía
en la cual Nuestro Señor se entrega Él mismo a nosotros,
pobres pecadores.
TERCER
DON: LA FRATERNIDAD SAN PIO X
Tercer don al hombre moderno: la Fraternidad San Pío X. Otro
don más del Sagrado Corazón. Me podrán decir:
"¡Es una exageración poner en paralelo dos dones
universales como el sufrimiento y el sacerdocio católico y
un don particular como la Fraternidad San Pío X!" Sí,
bajo cierto aspecto es exagerado, de acuerdo. Pero desde hace algo
más de treinta años ¿no es la Fraternidad, por
poco numerosa que sea (no es una cuestión de cantidad) no es
ella ahora el ancla del sacerdocio católico? En tiempos extremadamente
difíciles, lógicamente difíciles, había
que llegar a esto. Si Dios no quisiera interrumpir la caída
del libre arbitrio, habría que llegar a este punto; durante
siglos, por supuesto, el don de la encarnación ha elevado a
la humanidad. Después llegaron los tiempos modernos al final
de la Edad Media: la Edad Media era un triunfo pero los hombres siguieron
siendo libres, Dios hubiera podido hacer continuar la Edad Media.
¡Sin embargo no era éste el designio de su Sabiduría!
Estaba señalado en las Sagradas Escrituras que se llegaría
al Anticristo; y de la Edad Media al Anticristo hay una decadencia
bastante prolongada. Entonces Dios vino a ayudar a su Iglesia con
la Contrarreforma, la cual contó con una gran colección
de santos. Esto se extendió, frenó el fin, lo ha retrasado
y, si Dios no interviniera continuamente, el fin debería llegar.
Luego vino San Pío X; la Iglesia se conservó, al menos
exteriormente, hasta el Concilio Vaticano 11, pero el Vaticano II
era en cierta manera lógico; fue concedido el libre arbitrio
y el permiso de Dios para que los hombres lleguen finalmente al Anticristo.
El Señor no quiere el pecado pero lo permite y ha querido permitir
la decadencia del mundo por razones infinitamente sabias e insondables.
Por eso nos encontramos en esta situación; gran cantidad de
hombres de Iglesia pierden poco a poco el sentido de su fe, si no
la han perdido ya, llegando así a la crisis postconciliar.
El Señor viene sin lugar a dudas a socorrer a su Iglesia; por
ejemplo, por medio de muchas almas privilegiadas que no conocemos
y que sufren un calvario personal, almas privilegiadas, almas clavadas
en un lecho de dolor, que sufren los dolores de la Pasión.
Sabemos que de estas almas hay muchas hoy en día, de las cuales
nada sabemos, pero es mejor para estas almas y para el Señor,
que queden escondidas. Pero si se busca una lógica al plan
de Dios, el pecado es tal que debe haber una expiación de la
cual no sabemos nada porque no vemos en el dominio público,
la expiación por este diluvio de pecados. Luego la expiación
es personal, pero ¿qué existe como expiación
pública? Tenemos la resistencia suscitada por un obispo, acompañado
finalmente por un segundo, un arzobispo, un gran arzobispo que guarda
la fe y el sentido de la fe y que ha establecido un equilibrio muy
precario y delicado, humanamente hablando, un equilibrio entre la
herejía por un lado, y el cisma por otro. Y este equilibrio,
por la gracia de Dios, se puede decir que la Fraternidad lo conserva
desde entonces y lo mantiene, y, con la ayuda de Dios, lo seguirá
manteniendo. Sin embargo, como el malabarista debe mantener su equilibrio
en todo momento mientras anda sobre la cuerda, así el equilibrio
debe producirse todos los años, cada tres años, cada
cinco. Y hoy, bajo una ofensiva "cariñosa" por parte
de Roma, mucha gente se pregunta sobre el equilibrio de la Fraternidad.
¿No debería acercarse más a Roma? ¿No
debería cortar con Roma por completo? Ni lo uno ni lo otro.
***
Roma en general
-estoy generalizando- está contagiada del espíritu moderno,
del subjetivismo; sería incapaz, o incluso directamente incapaz
de entendernos. Por la gracia de Dios, creo que es el caso de la mayoría
de nosotros, si no de todos, sacerdotes y laicos, que hemos comprendido
con la ayuda de Dios que hay una verdad objetiva y esa verdad objetiva
es la que Roma ha perdido, cree que la verdad es subjetiva y por eso,
aunque diga aún: "Nuestro Señor está real,
substancial y verdaderamente presente bajo las dos especies de la
Eucaristía", aunque diga exactamente lo que decimos, estas
palabras significan otra cosa ¿y qué significan? Significa,
por ejemplo, una necesidad del corazón, una convicción
del espíritu, una necesidad natural. Imaginen a un matemático
que dijera que dos y dos son cuatro porque es una necesidad de su
ser, es una necesidad de su alma, le dirían: "Está
usted loco; dos y dos son cuatro absolutamente independiente de su
querida o bella alma bien intencionada". ¡Es objetivo:
dos y dos son cuatro!
- Sí, pero tengo que asimilar que dos y dos son cuatro, tengo
que compenetrarme de la idea de que dos y dos son cuatro, luego es
una compenetración la que hace que dos y dos sean cuatro.
- Entonces, si mañana Usted está compenetrado de que
dos y dos son cinco, Usted estaría convencido de que dos y
dos son cinco.
Sí, puesto que es mi ser mismo, se trata de una persuasión;
tengo que poseer esta verdad.
- Sí, Usted tiene que poseerla, pero la posesión no
hace a la verdad.
- ¿Y quién la hace, entonces?...
Con esta gente no se puede hablar, es el contagio mental del hombre
moderno que es tan común que uno no se da cuenta cuando se
es así. Atiendan bien: si se sustituye la verdad objetiva por
esta posesión interna subjetiva, se puede seguir teniendo buena
voluntad. La gente de Roma quiere tener buena voluntad; cuanta más
buena voluntad tienen más capaces son de cambiar ¿Acaso
quieren cambiar? No hace falta decir que nos quieren engañar
-porque es muy posible- el mal, el contagio, está tan profundamente
enraizado en el espíritu moderno, en el espíritu de
la gente moderna, que incluso ellos no se dan cuenta en el estado
en que Roma aparece con respecto a nosotros, es decir, aparentemente
no se dan cuenta cuán lejos están de la verdad católica.
Un cardenal llegará a decir: "Tengo la misma religión
que ustedes, los de la Fraternidad San Pío X". El no tiene
ni idea de cuán lejos está como un matemático
"que posee de manera íntima", para decirlo de alguna
manera, y puede recitar todas las tablas de multiplicar de manera
exacta y diciendo lo que es verdadero, pues en todo momento está
persuadido que es por convicción íntima que es verdad,
que lo que recita es la belleza de esas convicciones íntimas,
cuando no es eso la Matemática; ¿andaría por
un puente que hubiera sido construido por un ingeniero cuyos cálculos
siguen sus convicciones íntimas y personales? Yo no. ¿Se
avanzaría hacia los de Roma sobre un puente construido con
convicciones íntimas? Un católico no. Pero entonces
si Roma está compenetrada por la locura moderna -hay que calificarlo
de locura, es así- si los de Roma están locos, objetivamente
hablando -objetivamente hablando es el caso- no están clínicamente
locos sino ideológicamente. Si clasificamos la fe católica
entre las ideologías, entonces ellos están ideológicamente
locos; desde el punto de vista de la fe están locos ¿se
los puede tratar? Si se trata de un contagio ¿no corremos el
riesgo de dejarnos contaminar con el trato? ¿no deberíamos
cortar por completo? Queridos amigos, este es, me atrevo a decirlo,
el equilibrio de la Fraternidad. Por una parte nosotros, que por la
gracia de Dios, conservamos la verdad, la plenitud de la verdad católica
-y es un don, no nos engañemos- nosotros que hemos recibido
este don, tenemos el deber de permitir que los de Roma tengan contacto
con la verdad. Tenemos el deber de conservar esta verdad, tenemos
el deber de huir de todo contacto que la ponga en peligro. Una vela
no necesita iluminar mucho, es su papel; pero tiene necesariamente
que estar encendida, es su deber, su fin, para eso ha sido hecha;
y la vela se alimenta con whisky puro, puesto que por poco que el
whisky sea diluido o adulterado, la vela se apaga. El whisky puede
arder bien pero el whisky con agua no arde.
Debemos pues, poner al alcance de Roma estas verdades
y ¿cómo se podrá hacerlo si rechazamos todo contacto?
Por otra parte se puede hacer un cálculo, un cálculo
peligroso, un cálculo humano, si quieren, menos sobrenatural,
pero sin embargo cierto. La verdad los dividirá y obrará
en ellos discernimiento de espíritus. Aparentemente la mentira
del Concilio Vaticano II es monolítica, pero no lo es, y esta
pequeña piedra terminará derribando al gigante como
en la Sagrada Escritura; la piedrecita no lo derribará si no
lo golpea; si la piedrecita se queda escondida, si no golpea al gigante,
éste quedará de pie.
Es natural que en esta crisis, que llega lógicamente
al final de la Contrarreforma, la Fraternidad sea prudente en sus
contactos con Roma y al mismo tiempo no los rechace todos. Lo demás
queda en manos de Dios. La Iglesia Católica pertenece a Dios
y es Él quien se ocupa de ella. Ustedes y yo cumplimos con
nuestro deber de estado en el lugar que Dios nos ha asignado y eso
basta. Hoy el deber de estado puede arrastrar muchos sufrimientos
y, mis queridos amigos, el sufrimiento es auténtico, el sufrimiento
autentifica, nos asegura la autenticidad. Hay muchas cosas falsas
en el mundo que nos rodea pero el sufrimiento es verdadero porque
no lo queremos, pero él está ahí, se impone.
Muy queridos fieles, a ustedes queridas madres de
familia que sufren por lo que hacen sus hijos, como es que sus hijos
aparentemente se pierden o pierden la fe, que sufren de ver los peligros
para sus hijos, los peligros contra la fe y la salvación eterna
de sus hijos. Padres de familia, a ustedes que también quieren
proteger a los suyos y que se encuentran como cada uno de nosotros,
rodeados de dificultades, de peligros; San Pío X ya lo decía,
veía lo que llegaría, lo que iba a llegar. Decía
ya que cada uno cumpliera con su deber y que todo iría bien.
¡Ah! queridos amigos, si cada uno cumpliera con su deber, llegaríamos
lejos. ¡Ah! muy queridos hermanos en el sacerdocio, felicitaciones
por estar aquí. Hay siete sacerdotes que celebran este año
su 25° aniversario. Fueron ordenados dieciséis en 1978,
de los cuales, siete están todavía aquí. ¡Felicidades!
Cumplamos con nuestro deber.
Queridos ordenandos, cumplan con su deber. No pretendan
salvar la Iglesia. La salvarán sin ocuparse de Ella, ocupándose
de su deber de estado.: El deber que está a nuestro alcance,
es el pequeño heroísmo que hoy es grande. El gran heroísmo
consiste en las pequeñas cosas y esas pequeñas cosas
constituirán la piedra, constituyen ya la piedra que amenaza
al gigante. El gigante está consciente y quiere vencernos.
Con la ayuda de Dios no nos vencerá si cada uno cumplimos con
nuestro deber. Y entonces, queridos fieles, no se quejen si los sacerdotes
predican las exigencias del Evangelio. No piensen "somos tradicionalistas,
entonces, estupendo!" No es así delante de Dios, Dios
vomitó a los tibios en el Concilio Vaticano II. Y si es necesario,
lo hará de nuevo. Si nos volvemos tibios, también nos
vomitará. ¡Cuidado!
Así
pues, sepamos reconocer el sufrimiento donde está y sepamos
aceptarlo como un don del Sagrado Corazón. Don unido al don
del Sacerdocio y de ese don el de la Fraternidad San Pío X.
Queridos ordenandos, están en la víspera de una vida
bella: la vida sacerdotal. No es fácil pero... ¡es tan
hermosa! Y mucho va a depender de ustedes. Por nosotros mismos, somos
completamente incapaces, pero el Sagrado Corazón nos ha elegido,
no nosotros, es Él quien nos dio el sacerdocio. San Francisco
Regis decía: "La eternidad no sería suficientemente
larga para agradecer a Dios el habernos hecho sacerdotes". Es
verdad.
Queridos ordenandos, pronto serán, si puedo decirlo así,
mercaderes de la eternidad porque el don de la eternidad está
en sus manos. Gracias a los sacramentos, llaves del cielo, la abrirán
a los fieles. ¡Qué grandeza! Seamos humildes y no olvidemos
nunca recurrir a la Santísima Virgen María sin la cual
Dios no quiso que tuviéramos a su Hijo, a través de
la cual Él viene a nosotros y a través de la cual nos
viene siempre este sacerdocio. Ella conoció el sufrimiento,
por supuesto: Nuestra Señora de los dolores al pie de la Cruz.
Durante toda la vida de su Hijo supo cómo acabaría todo.
Recurramos a la Santísima Virgen en los momentos de grandes
dificultades.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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STAT VERITAS