La vida
de Leonardo Castellani.
DIOS
NO ES UN CANTOR DE TANGO
Opinar
y a fondo, fue siempre un saludable hábito del padre Castellani.
A los 80 años, mientras, como el dice, se prepara para morir,
afronta todas las preguntas. No titubea en asumir los temas trascendentes
y los más inmediatos, los referidos a la Argentina de hoy.

DE
PROFESIÓN PENSADOR. A pocos se les puede decir eso. Al padre
Castellani sí. En la foto, con SIETE DÍAS.
“No es verdad que al pueblo haya que defenderlo aun contra
su voluntad, como a los chicos. A los pueblos hay que enseñarles,
en todo caso, a no ser chicos…”
No hay nada que hacerle: somos pedantes o ilusos.
Cuando escribimos un reportaje en entregas, al final damos por hecho
que el lector ya leyó lo anterior. Pero casi nunca es así.
Por eso sacrificamos nuestra pedantería o nuestra ilusa ilusión
y hacemos de cuenta lo más probable, que el lector pasó
por alto lo anterior. Desandamos rápidamente lo andado.
El padre Leonardo Castellani tiene 80 años, casi 60 libros
y una erudición, humor y espíritu crítico que
muy pocos argentinos de este siglo han tenido. Peleó con
todos, menos con Dios.
Padeció cesantías. Vivió desterrado, enfermo
y al borde de la locura, por sus conflictos dentro de la Iglesia.
Juan XXIII
le devolvió sus facultades sacerdotales y la celebración
de la misa. Escribió cuentos policiales, teología,
poesía, teatro, ensayos, periodismo. Aunque en veredas muy
opuestas, lo comparamos por su volumen al mismísimo Borges,
y por esa forma frontal de asumir todos los asuntos a su muy aborrecido
Jean Paul Sartre. En la actualidad este pensador vive arrinconado.
Es un enorme desconocido. Otro lujo que nos damos los argentinos,
en medio del desierto y la chatura.
A la primera charla de esta serie el padre Castellani la cerró
con una dulce frase, que nos viene muy al caso: "La aguja
pasa y queda el hilo. Lo político pasa y queda lo moral.
Pero si la aguja no tiene hilo, la aguja pasa y no queda nada."
De la segunda charla memorizamos otras dos frases. La primera: "Dado
que el periodista tiene que decir algo, ¿por qué no
dice la verdad de vez en cuando?" La segunda: "Si
esto sigue así lo mejor que podemos hacer es entrar en la
Sociedad Protectora de Animales no como protectores sino como protegidos."
Después de esa "sugerencia" el padre Castellani
hizo lo que varias veces durante nuestra entrevista: volcó
la cabeza y se dispuso a dormir un rato.
El rato otra vez pasó. Y la charla prosigue con la palabra
que viene de la voz o a veces de la palabra ya escrita del padre
Castellani, que comete un delito que muy pocos pueden cometer: “se
afana a sí mismo”.
-Usted, padre, ha hecho teología y periodismo, ¿cómo
es posible?
-Yo creo, como Kirkegord, que el periodismo de hoy es una gran
porquería, pero una porquería necesaria, buena. Yo
depuse mi pedantería y prediqué el Evangelio mediante
él. Pero sé que a medida que aumentan las noticias
disminuyen las verdades y así se promueve una especie cada
vez más difundida, la del lector analfabeto. No puedo negarlo,
soy periodista y lo reconozco como una actividad tan frívola
como febril y un poco sucia, aunque nada impide que un hombre honrado,
ayudando a Dios, pueda ejercerla, eso sí, vestido de limpiachimeneas,
o cloaquero de tercera clase.
-Como periodista o predicador del Evangelio, ¿usted qué
cosas ha repiqueteado, qué conclusiones tiene a esta altura
del siglo o del baile?
-Demasiada pregunta para mi cansancio, pero le respondo con
lo que alguna vez escribí... somos una nación degradada,
subvertida en sus valores, sin fundamento, sin asiento, sin seriedad...
por causa de una educación que ni siquiera ha sido mala educación,
nos hemos convertido en una sementera de tilingos, en el paraíso
de los ladrones y, en ciertos momentos grotescos, en la polichinela
del mundo. Muchas veces me pregunto si, para ser eso que progresivamente
somos no hubiese sido mejor ser una colonia como Canadá.
Digo esto por algo bien concreto y que sería maula callar
los pueblos distorsionados y corrompidos no pueden ser independientes,
ni les conviene tampoco.
-¿Usted no cree, padre, ni siquiera en eso que se llama “patriotismo”?
-Creo demasiado en el patriotismo, ¡pero cuidado con la
endemoniada palabra! Es buen momento para recordar que no todo patriotismo
es una virtud. Muchas veces puede ser un vicio o una alharaca. Hay
preguntas para hacer: “sí no amas al prójimo,
al que ves, ¿cómo amarás a la patria, a la
que no ves?” Por otra parte tenemos que reconocer que a veces
a la patria no se la puede amar, sólo se la puede compadecer.
Creo que es legítimo preguntarse: cuando Jesucristo lloraba
sobre Jerusalén, ¿lloraba porque la amaba? Yo digo
que no: no podía amar a esa gran porquería en que
se había convertido un estado que estaba bajo la dirección
del hipócrita Caifás, el payaso Herodes y el poder
efectivo de una potencia extranjera.
Se produce una pausa. El padre Castellani toma un té con
una vainilla. Duerme unos diez minutos. Despierta.
-Padre Castellani, usted tiene "fama" de muchas cosas.
Por ejemplo, fama de admirar a los dictadores. ¿Qué
dice de eso?
-Tengo fama de cosas peores, pero no me aflige, Dios me está
esperando. Le digo qué sí, pero con una leve advertencia
para maulas de café... los nacionalistas y no nacionalistas
muchas veces han querido imponer dictatorialmente la moral a toda
esta nación, pero han fracasado. Porque no eran dictadores
de verdad...
-¿Cómo debe ser un “dictador de verdad”?
-Es necesario que sea santo. “Porque el grado de violencia
que un hombre tiene derecho de infligir a otros hombres corresponde,
por lo menos, al grado de amor que les tiene. La violencia infligida
por el odio es siempre contagiosa y volvedora: rebota sobre el violento.”
-Otras de sus famas, padre Castellani, es que usted, cosa rara
en un intelectual, aprueba la pena de muerte.
-Sobre esto escribí, y me repito: bien mirada la pena
de muerte es más “cristiana” que la prisión
perpetua, que no hace sino pudrir al criminal y no lo convierte
ni mejora. Jesucristo no reprobó la pena de muerte. Al fin
y al cabo para un cristiano es preferible la salvación del
alma del injusto que la conservación de su vida para que
la pierda. Ahora bien, aquí ahora en la Argentina la pena
de muerte me parece discutible y peligrosa. Puede servir para cualquier
cosa. Para aplicarla hace falta poseer el sentido de lo sagrado,
cosa disminuida y pereciente entre nosotros.
Pausa. Pero no para dormir, sino para caminar. Vamos hasta parque
Lezama. Y allí caminamos unos metros con el padre Castellani.
Caminamos muy lentamente. A pasitos. Después de los 40 metros,
me dice casi implorando: “Las pantorrillas, me duelen
las pantorrillas. ¿Nos podremos sentar?” Eso hacemos.
La gente pasa. Nadie sabe quién es este anciano sacerdote,
de gran capa. Evidentemente, el padre Castellani no tiene “rating”.
Nadie lo conoce. Será porque, como dijimos, carga el estigma
de no haber almorzado nunca por televisión. Y eso es más
o menos como no haber nacido.
Pero este hombre, que, ahora tose y tose y acude al aire para doblegar
a su creciente fatiga, este hombre nació, y vive, y vivirá
porque ha escrito, y en castellano. Ha escrito por ejemplo: “Al
pueblo hay que defenderlo aun contra su voluntad - dijo uno-,
como a los chicos. No es verdad, a los pueblos hay que enseñarles,
en todo caso, a no ser chicos.”
Este hombre, que ahora ya ha sosegado su tos, cuenta que una vez
su confesor le dijo: “Castellani, usted no piense más
en el petróleo. Usted es religioso y debe pensar en Dios.
Dios no come petróleo.” Y él le contestó:
"Dios no come petróleo, pero el diablo sí."
En el banco del parque el diálogo continúa, mientras
afuera la vida y el país prosiguen, y los pajaritos cantan:
Lo que puede ver de nuestro presente, ¿qué le parece,
padre Castellani?
-Yo no creo que todo tiempo pasado fue mejor, a mí me
sigue pareciendo igual... igual de malo.
-¿De dónde proviene esto que califica así?
-De la escuela. No es lo peor de nuestra escuela que sea irreligiosa;
lo peor es que sea ineficaz, no es escuela. Los argentinos no salimos
del bachillerato maduros. La mayoría sale mentalmente averiado,
predestinados para ser tilingos incurables. Así es que desembocamos
en esta queja nacional, la de no tener clase dirigente. No la hay
en ningún sector, no sólo en el sector político.
Es una lamentable y llorable realidad. O irrealidad: es un vacío.
Y como la naturaleza no. soporta el vacío, este vacío
es llenado por una seudo clase dirigente. En cuanto a lo político,
hay pocas vocaciones y las que hay se malogran. No hay cómo
entrenarse de estadista. Los estadistas no nacen de los repollos.
-Y más allá o más acá de la clase
dirigente, ¿qué ve? -No veo al héroe que sea
capaz de dar el golpe de timón, no veo los grupos unidos
capaces de secundar al héroe; no veo ni siquiera la masa
consciente por lo menos del mal... veo una comunidad satisfecha
de su degeneración cuyo ideal sería una esclavitud
confortable.
-Usted a Dios lo nombra como alguien corporal, ¿en este minuto
puede decir algo sobre El?
-Que Dios está faltando, nos está faltando. Además,
lo confundimos, Dios es un hidalgo, no es un cantor de tango.
Descamina muy lentamente lo caminado. Al llegar a su ámbito
el padre CasteIlani sufre una descompostura, se recupera. Seguimos:
-¿Usted está lejos o cerca de la santidad?
-He conocido pocos santos, ninguno. En cuanto a mi, lejos estoy
de serlo. Por lo demás, a mi no me van a canonizar, aunque
lo quiera Jesucristo; en serio, porque la maquinaria canonizadora
puede resistir a Jesucristo. A mi me han aporreado mucho, será
por aquello de "porque te quiero, te aporreo. Mejor que no
me quisieran tanto. Ahora aguardo, aguardo y procuro vivir con serenidad
nuestra desesperanza, aunque siempre hay algo que se puede hacer.
En fin, estoy viviendo una de las peores culpas que hay, que es
la de ser viejo. Contra los años nadie es valiente.
-Usted está por comer, le hago la pregunta más tonta,
la de siempre: ¿Quiere agregar algo más?
-Lo mismo que escribí cuando cerré la revista
"Jauja". Si hay perdón para decir la verdad, aunque
decirla sea peligroso, que Dios me perdone; pero ya con una pata
en el sepulcro, ¿qué puedo hacer de provecho sino
decir la verdad? Eso es para mí hacer penitencia. Así
preparo una buena muerte.
El padre Castellani, en una mesita en la que sólo cabe un
plato, empieza a comer. Ahí está el pensador.
Ahí está el hombre que, por haber sido agraciado
con el Gran Premio de Consagración Nacional,
recibe una pensión mensual de ocho millones y medio de pesos
viejos, muy viejos.
No, "en fin" no. Nos queda, muy pendiente, una
pregunta inevitable: ¿Qué le pasa a un país
que ignora y arrincona tan alevosamente a sus hombres que piensan?
“Ya
con una pata en el sepulcro ¿qué puedo hacer de provecho
si no decir la verdad? Así hago penitencia”

AÑO
1955. DE CIVIL. La foto, extraña, corresponde a un documento
de identidad.
Había sido cesanteado como profesor. Optó por el periodismo
para comentar el Evangelio.

LA "MESA" DEL PENSADOR. El padre Castellani atendido por
la profesora Caminos. Así almuerza. Come poquito. Esto es
una suerte, ante sus magros ingresos.
Rodolfo
E. Braceli.
Sobre
la personalidad de Leonardo Castellani (datos biográficos).
"El
Reverendo Padre Leonardo Castellani. Un profeta de los últimos
tiempos".