Ya las hemos leído,
pero repitamos algunas frases para que se graben en nuestra inteligencia
y muevan nuestra voluntad.
Por un lado, San Pío X:
* nos asegura que "no se edificará la ciudad de modo
distinto de como Dios la edificó" y que" no
se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos
y dirige los trabajos";
* nos advierte que "la civilización no está
por inventarse ni la «ciudad» nueva por edificarse en
la nubes",
* nos recuerda que esa «civitas Dei» "ha existido
y existe; es la civilización cristiana, es la «ciudad»
católica";
* nos traza el único verdadero camino del «Omnia instaurare
in Christo»: "no se trata más que de establecerla
y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos
contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana,
de la rebeldía y de la impiedad".
Por otra parte, los "utopistas" y/o "rebeldes"
y/o "impíos" que gestaron, dieron a luz
e hicieron crecer las ideas conciliares del Vaticano II proclaman
solemnemente que:
* "Para ciertos creyentes, una vida conforme a
la fe no sería posible más que por un retorno a este
antiguo orden. Esta actitud no aporta una solución compatible
con el mensaje cristiano y el genio de Europa ";
* "En el debate sobre la libertad religiosa estaba presente
en la catedral de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad media,
más aún, de la era constantiniana ";
* "Los textos conciliares Gaudium et Spes, Dignitatis Humanae
y Nostra Aetate juegan el papel de un contraSyllabus en la medida
que representan una tentativa para la reconciliación oficial
de la Iglesia con el mundo tal como lia llegado a ser después
de 1789".
Llegados a este punto, la pregunta surge espontáneamente: ¿qué
tenemos que hacer?
Así intituló el Padre Castellani un ensayo religioso
publicado en 1951 como parte de su libro "Cristo, ¿vuelve
o no vuelve?" Y respondía:
«Para un cristiano, la respuesta es muy sencilla: hay
que salvar al alma (... ) En concreto: hacer todo el bien que uno
puede alrededor suyo, a corta distancia, lo que está a mano,
sin embarazarse de grandes planes, de grandes empresas, de grandes
proyectos, de grandes revoluciones» (páginas
212-213).
Pero esto no satisface del todo a los católicos más
ilustrados o comprometidos, especialmente porque en torno nuestro
se agitan otros proyectos y se presentan otras alternativas. Entre
ellas se destacan dos: la construcción de la llamada «Civilización
del Amor» y la confiada espera en un reflorecimiento de
la Cristiandad Medieval.
A) La Civilización del Amor
Para los "idealistas irreductibles, que tienen doctrina social
propia y principios filosóficos y religiosos propios para reorganizar
la Sociedad con un plan nuevo,", la destrucción del antiguo
boceto de unidad que se llamó la Cristiandad es poco y nada.
"Su sueño consiste en cambiar sus cimientos naturales
y tradicionales y en prometer una ciudad futura edificada sobre otros
principios"" y nos proponen la construcción de la
«Civilización del Amor».
De este modo, Pablo VI en más de una ocasión
(por ejemplo el 25 de diciembre de 1975 durante la Clausura del año
Santo, y en las Enseñanzas al Pueblo de Dios, 1975, página
482) indicó a la «Civilización del Amor»
"como fin al que deben tender todos los esfuerzos en el campo
social y cultural, lo mismo que en el económico y el político"
Por su parte, Juan Pablo II, en el Discurso a los jóvenes,
en el estadio Esseneto, Agrigento, el 9 de mayo de 1993, expresó:
"Estamos aquí para hacer realidad, inicial pero objetiva,
este gran proyecto de la civilización del amor. Esta es la
civilización de Jesús; esta es la civilización
de la Iglesia; esta es la verdadera civilización cristiana".
Esta utopía no es cosa olvidada o dejada de lado. El 10
de septiembre de 2000 se clausuró el encuentro denominado La
Cumbre del Milenio, que reunió a más de 150 jefes de
Estado y de Gobierno en el Palacio de Cristal de Nueva York, convirtiéndose
en la mayor reunión de altos mandatarios en la historia. El
Cardenal Sodano, Secretario de Estado, haciéndose portador
de los saludos de Juan Pablo II expresó en su intervención
del viernes 8:
"La Santa Sede desea fervientemente que, al alba del tercer
milenio, la ONU contribuya, por el bien de la humanidad, a construir
una nueva civilización, la que ha sido llamada «civilización
de amor» ".
Y Juan Pablo II comenzó su Mensaje para la jornada Mundial
de la Paz del 1° de enero 2001, titulado "Diálogo
entre las culturas para una civilización del amor y la paz"
de esta manera significativa:
"Al inicio de un nuevo milenio, se hace más viva la
esperanza de que las relaciones entre los hombres se inspiren cada
vez más en el ideal de una fraternidad verda deramente universal.
Sin compartir este ideal no podrá asegurarse de modo estable
la paz. Muchos indicios llevan a pensar que esta convicción
está emergiendo con mayor fuerza en la conciencia de la humanidad.
El valor de la fraternidad está proclamado por las grandes
«cartas» de los derechos humanos; ha sido puesto de manifiesto
concretamente por grandes instituciones internacionales y, en particular,
por la Organización de las Naciones Unidas; y es requerido,
ahora más que nunca, por el proceso de globalización
que une de modo creciente los destinos de la economía, de la
cultura y de la sociedad. La misma reflexión de los creyentes,
en las diversas religiones, tiende a subrayar cómo la relación
con el único Dios, Padre común de todos los hombres,
favorece el sentirse y vivir como hermanos" [1].
Para expresar más adelante:
"El diálogo entre las culturas, tema del presente
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, surge como una exigencia
intrínseca de la naturaleza misma del hombre y de la cultura
(...) El diálogo lleva a reconocer la riqueza de la diversidad
y dispone los ánimos a la recíproca aceptación,
en la perspectiva de una auténtica colaboración, que
responde a la originaria vocación a la unidad de toda la familia
humana. Como tal, el diálogo es un instrumento eminente para
realizar la civilización del amor y de la paz, que mi venerado
predecesor, el Papa Pablo VI, indicó como el ideal en el que
había que inspirar la vida cultural, social, política
y económica de nuestro tiempo" [10].
"Deseo concluir este Mensaje de paz con una invitación
especial a ustedes, jóvenes de todo el mundo, que son el futuro
de la humanidad y las piedras vivas para construir la civilización
del amor (...) Queridos jóvenes de cualquier lengua y cultura,
les espera una tarea ardua y apasionante: ser hombres y mujeres capaces
de solidaridad, de paz y de amor a la vida, en el respeto de todos.
¡Sean artífices de una nueva humanidad, donde hermanos
y hermanas, miembros todos de una misma familia, puedan vivir finalmente
en la paz!" [22].
Finalmente, cerró su mensaje con una llamada a los jóvenes:
"Deseo concluir este Mensaje de paz con una invitación
especial a ustedes, jóvenes de todo el mundo, que son el futuro
de la humanidad y las piedras vivas para construir la civilización
del amor (...) Queridos jóvenes de cualquier lengua y cultura,
les espera una tarea ardua y apasionante: ser hombres y mujeres capaces
de solidaridad, de paz y de amor a la vida, en el respeto de todos.
¡Sean artífices de una nueva humanidad, donde hermanos
y hermanas, miembros todos de una misma familia, puedan vivir finalmente
en la paz!" [22].
Quien conozca las obras de Félicité Robert de La Mennais,
fundador del liberalismo católico, y de Jaiques Maritain, creador
de la animación cristiana de la civilización moderna,
reconocerá en ellas las bases de esta Nueva Cristiandad, propuesta
por el Concilio Vaticano II, cuyos mentores han sido Maurice Blondel,
Henri de Lubac, Marie Dominique Chenu, Yves Congar, Urs Von Balthasar,
de quienes son deudores tanto Pablo VI como Juan Pablo II.
En el pensamiento mennaisiano-maritainiano hay que aceptar, so pena
de "suicidio histórico', la marcha hacia adelante de la
humanidad; y como la civilización moderna camina en la línea
de la Revolución, hay que aceptar el camino de la Revolución,
que es el camino del Progreso.
Aceptado el carácter necesariamente progresista de la historia,
hay que convenir que el mundo moderno, con el naturalismo, el liberalismo
y el comunismo, sería más humano que la Ciudad Católica
Medieval; y que, por lo tanto, la nueva ciudad católica, la
Civilización del Amor montiniana-wojtyliana, no ha de renunciar
a esas tres pestes de la revolución anticristiana.
B) ¿Un reflorecimiento de la Cristiandad?
No faltan quienes entre las alternativas o posibilidades de los últimos
tiempos esperan un reflorecimiento de la Cristiandad Medieval.
A lo largo y a lo ancho de su comentario novelado del Apocalipsis,
el Padre Castellani ya nos advertía sobre la ilusión
de ese período de triunfo de la Iglesia.
Para conocer su pensamiento respecto a este supuesto restablecimiento
de la «Cristiandad» hay que leer con detenimiento en Los
Papeles de Benjamín Benavides las páginas 15, 29-30,
38, 85, 135-136, 139140, 159-160, 227-228, 287-288, 292-296, 307-309,
312, 387-389, 393, 398, 415.
Resumiendo su enseñanza, entresacamos estos párrafos,
que no siempre citamos textualmente:
El mundo moderno nació bajo un signo de enfermedad
de muerte. El mundo creyó salir de una muerte y era una fiebre
su fastuoso «renacimiento». Tenía una herida mortal.
Le fue dada la consigna de confirmar, robustecer las cosas que, de
todas maneras, eran morideras. La Iglesia se centraliza fuertemente,
como un ejército a la defensiva que se repliega sobre sí
(cfr. pág. 160).
¡Se acabó la época de Sardes! No estamos ahora
en ella, esperando que venga con Filadelfia el triunfo de la Iglesia
y la restauración de la Cristiandad. La Contrarreforma terminó
en la Revolución Francesa. La Revolución fue un acontecimiento
capital, una tuba, que cambió la faz de la historia; no se
engañan en esto sus admiradores. ¿No la ponen en los
manuales de historia como una nueva era, la «hégira»
de los nuevos tiempos, la «Historia Contemporánea»
que llaman?
Con la Revolución acabó formalmente en el mundo el Imperio
Romano, que la tradición patrística pone como el misterioso
Katéjon de San Pablo, el Obstáculo del Anticristo
(cfr. pág. 161).
No habrá una «Nueva Cristiandad»:
ni la de Solovieff y sus discípulos Berdiaeff y Rozanof, ni
la de Maritain, ni la de Pemán, ni la del padre Lombardi y
don Sturzo. Esas son ilusiones vanas de un mundo que teme morir. El
Imperio Romano es el último de los grandes imperios, después
del cual seguirá el del Anticristo (cfr. pág.
296).
Sin embargo, no desaparecerá la Cristiandad:
Será
profanada. Ni quedará intacta la Iglesia visible: dentro de
ella habrá santuario y atrio. Habrá fieles, clero, religiosos,
doctores, profetas que serán pisoteados, que cederán
a la presión, que tomarán la marca de la Bestia.
La Cristiandad será aprovechada: los escombros del
derecho público europeo, los materiales de la tradición
cultural, los mecanismos e instrumentos políticos y jurídicos
serán aprovechados en la continuación de la nueva Babel:
la gran confederación mundial impía (cfr. pág.
294).
El Padre Castellani, sin embargo, no ignoraba la existencia de otra
opinión contraria a esta interpretación, la de quienes
dicen que tendrá lugar un reflorecimiento de la Iglesia y una
nueva Cristiandad. En la misma obra citada la presentaba de este modo:
Habrá, entre el Anticristo y la Gran Guerra, un período
entero de gran paz y prosperidad de la Iglesia, como nunca se ha visto,
en el cual se predicará el Evangelio en todo el mundo, y se
convertirá el pueblo judío. Sería el tiempo del
Papa Angélico y del Gran Rey, de las visiones medievales. Infinidad
de profecías privadas lo han anunciado: una especie de breve
edad de oro de la Iglesia en medio de dos furiosas tempestades; una
restauración pasajera (de la durada de una generación)
de la Monarquía Cristiana en Europa, que corresponda al tramo
entre el finis y el initia dolorum de Nuestro Señor; es decir,
lo que pudiéramos llamar el período Nondum Statim
(cfr. págs. 29-30 y 38. Para las citas en latín, ver
San Mateo, XXIV: 6-8 y San Lucas, XXI: 9, "Esto, en efecto,
debe suceder, pero no es todavía el fin... Todo esto es el
comienzo de los dolores").
El beato Holzhauser predice un inmenso pero breve triunfo
de la Iglesia, de la durada de una vida de hombre, en que las fuerzas
de Satán serán comprimidas y reducidas pero no eliminadas,
y en que la presión de los dos bandos será formidable.
Un período tenso, palpitante, ruidoso, exasperado, del ritmo
de la historia humana: una tregua y no una paz (cfr. pág.
140).
Y a pesar de esto, confirmaba su opinión al respecto:
A ello puede acogerse usted si le tiene demasiado miedo al
fin del mundo. Pero temo que esa esperanza sea una especie de milenarismo
temporal, una humana escapatoria al temeroso vaticinio: porque los
dolores puerpéricos una vez que empiezan ya no se interrumpen
por un tiempo largo de bienestar (cfr. págs. 38 y
30).
Es un milenarismo malo, que espera el Reino de Cristo en la
tierra antes de la Venida de Cristo, y obtenido por medios temporales,
y consistente en un esplendor de la Iglesia también temporal
(cfr. pág. 287).
Hoy día, muchísimos católicos, incluso
escritores, incluso predicadores, incluso sabios, sueñan con
una especie de gran triunfo temporal de la Iglesia vecino a nuestros
tiempos y anterior a los parusíacos. ¿Y es eso otra
cosa que un milenarismo anticipado? (cfr. pág. 387).
Y en su comentario al Apocalipsis ratificará su pensamiento:
Es el mismo sueño carnal de los judíos, que
los hizo engañarse respecto a Cristo. Estos son milenistas
al revés. Niegan acérrimamente al Milenio metahistórico
después de la Parusia, que está en la Escritura; y ponen
un Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas
fuerzas históricas, o sea una solución infrahistórica
de la Historia; lo mismo que los impíos progresistas; lo cual
equivale a negar la intervención sobrenatural de Dios en la
Historia (El Apokalipsis de San Juan, pág. 297).
C) La estrategia trazada por el Padre Castellani
No podemos seguir la utopía de la construcción de la
«Civilización del Amor». No podemos ilusionarnos
con un supuesto restablecimiento temporario de la «Cristiandad
Medieval»... ¿Qué tenemos que hacer? Ahora
completamos la estrategia delineada por el profeta de los últimos
tiempos.
Estamos en marzo de 1954, y lo primero que hace es presentar la realidad
de los hechos:
Es desagradable ser profeta de desgracias, y paga mucho más
ser profeta de venturas; y yo pido a Dios me haga mal profeta de desgracias.
Pero la destrucción de la tradición en Occidente es
una cosa que está allí delante, y cerrar los ojos ante
ella es como cerrar los ojos andando por la calle.
Abrir los ojos puede ser un remedio en todo caso, por aquello de que
«La primera medicina es saber la enfermedad»
(...) La Humanidad camina hacia la resolución del gran drama
de la Historia, drama que tiene un protagonista y muchos antagonistas
(...) La situación actual del mundo, eso que llaman la «crisis
contemporánea», es la de una destrucción progresiva
de la tradición occidental y de una defensa de ella
(San Agustín y nosotros, páginas 91, 93 y 94).
Seguidamente, muestra las estrategias de los contendientes:
La Iglesia Católica, que es tradicionalista por excelencia,
no hace nada nuevo desde el Concilio de Trento: se limita a defender
lo que hay: «confirma cetera, quae moritura erant»;
y las sucesivas rupturas, de la tradición religiosa (Lutero),
de la tradición filosófica (Descartes), de la tradición
política (Rousseau), y consiguientemente de la tradición
social, e incluso de la tradición artística, se producen
desde diferentes sectores y con diferentes motivos. Una casa es una
casa: los que asaltan una casa pueden venir de diferentes partes,
pero los que la defienden responden desde el centro (San
Agustín y nosotros, página 94).
Y llegamos al punto culminante de la cuestión planteada:
¿Qué podemos hacer nosotros, si todo esto depende
de una serie de destrucciones sucesivas y forma parte de una destrucción
que avanza? «Conserva las cosas que han quedado, las cuales
son perecederas», le manda decir Jesucristo al Ángel
de la Iglesia de Sardes, la quinta Iglesia del Apokalipsis; lo cual
quiere decir «atente a la tradición»,
que es lo que ha hecho la Iglesia desde el Concilio de Trento. Pero
el texto griego dice un poco diferente y más enérgico:
«robustece lo que ha quedado, que de todas maneras ha de
perecer» (San Agustín y nosotros,
página 106).
Y se anticipa a la objeción que plantea la humana debilidad
y la temerosa postura demasiado terrenal:
Pero esto es inhumano, se nos manda luchar por una cosa que
va a perecer, luchar sin esperanza de victoria, lo cual es imposible
al hombre. Es imposible al hombre que está en el plano ético,
cuyo signo es la lucha y la victoria; pero no al hombre que está
en el plano religioso, el cual lucha por Dios, y sabe que la victoria
de Dios es segura, y que él ha nacido para ser usado, quizá
para ser derrotado, ¿qué importa? ¡Hemos nacido
para ser usados! ¿Por quién? ¡No por el Estado,
sino por el Padre que está en los cielos! «Porque sabes
que no llegarás, por eso eres grande», dijo un poeta,
que por cierto no se puso nunca en este plano, nunca fue grande
(San Agustín y nosotros, página 106).
Termina por
señalar la estrategia querida por Dios:
Tenemos
que luchar por todas las cosas buenas que han quedado hasta el último
reducto, prescindiendo de si esas cosas serán todas «integradas
de nuevo en Cristo», como decía San Pío X,
por nuestras propias fuerzas o por la fuerza incontrolable de la Segunda
Venida de Cristo. «La Verdad es eterna, y ha de prevalecer,
sea que yo la haga prevalecer o no». Por eso debemos oponernos
a la ley del divorcio, debemos oponernos a la nueva esclavitud y a
la guerra social, y debemos oponernos a la filosofía idealista,
y eso sin saber si vamos a vencer o no. «Dios no nos dice
que venzamos, Dios nos pide que no seamos vencidos». ¡La
Iglesia es eterna!, dicen los democristianos. La Iglesia es eterna
en el sentido que Jesucristo habló; pero la organización
externa de la Iglesia, digamos el Vaticano, no es eterna: esa organización
ha sido querada y reformada muchas veces. Y la Iglesia será
quebrada al fin del mundo. Lo que es eterno es el alma del hombre
unida a Dios... unida a Dios para ser usada (San Agustín
y nosotros, págs. 106-107).
Destaquemos en el texto citado que, según el Padre Castellani,
el «Omnia instaurare in Christo»
no necesariamente debe ser realizado por nuestras propias fuerzas
y antes de la Parusía, sino que todas las cosas pueden ser
integradas de nuevo en Cristo por la fuerza incontrolable de su
Segunda Venida.
Aquí hay mucha tela para cortar y mucha materia de reflexión
para los filósofos y los teólogos. Pero, por favor,
si se llenan la boca con el Padre Castellani, al menos reflexionen
sobre lo que ha escrito.
Por todo esto, nosotros, por nuestra parte, por ser más conformes
a la revelación y a la realidad de los acontecimientos, nos
acogemos a las enseñanzas del Padre Castellani. A lo ya citado,
agregamos estas preciosas indicaciones:
1a) Atenerse al mensaje esencial del cristianismo:
Mis amigos, mientras quede algo por salvar; con calma, con
paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración
de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando
ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar
el alma (...) Es muy posible que bajo la presión de las plagas
que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación
del catolicismo que aludí más arriba, la contextura
de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que,
para un verdadero cristiano, dentro de poco no haya nada que hacer
en el orden de la cosa pública. Ahora, la voz de orden es atenerse
al mensaje esencial del cristianismo: huir del mundo, creer en Cristo,
hacer todo el bien que se pueda, desapegarse de las cosas criadas,
guardarse de los falsos profetas, recordar la muerte. En una palabra,
dar con la vida testimonio de la Verdad y desear la vuelta de Cristo.
En medio de este batifondo, tenemos que hacer nuestra salvación
cuidadosamente (...) Los primeros cristianos no soñaban con
reformar el sistema judicial del Imperio Romano, sino con todas sus
fuerzas en ser capaces de enfrentarse a las fieras; y en contemplar
con horror en el emperador Nerón el monstruoso poder del diablo
sobre el hombre (A modo de Prólogo. Decíamos
ayer, páginas 31-32).
2a)
Un pesimismo constructivo:
«Hay que trabajar como si el mundo hubiera de durar
siempre; pero hay que saber que el mundo no va a durar siempre».
Esta actitud, aparentemente contradictoria o imposible, ha sido siempre
la consigna de los espíritus religiosos en todas las grandes
crisis de la historia. Los dos términos parecen inconciliables;
y lo serían si no fuera por el misterioso catalítico
que es la fe. Mas, el valor pragmático de la actitud apokalyptica
puede apreciarse aun fuera de la fe, por un positivista de talento,
por ejemplo. Por eso no hemos vacilado en publicar, y eso con no pocos
esfuerzos y riesgos, en medio de la incertidumbre y el dolor de esta
hora, un ensayo sobre el Apokalypsis, que la superficialidad de alguno
calificará, sin duda, de «pesimista». Es pesimismo
constructivo (Visión religiosa de la crisis actual.
Cristo, ¿vuelve o no vuelve? página 284).
Hay mucha miga para el filósofo en esta frase del Ángel:
"El tiempo se acabó". El fin de la creación
de Dios es intemporal, aunque hacia ese fin se mueva el Tiempo. El
término y el fin del mundo no coinciden omnímodamente;
pues sabido es que un movimento puede llegar a su término sin
alcanzar su fin; simplemente puede fracasar como han fracasado tantas
grandes empresas humanas; comenzando por la torre de Babel y acabando
por la Sociedad de las Naciones.
El término de la Historia será una catástrofe,
pero el objetivo divino de la Historia será alcanzado
en una metahistoria, que no será una nueva creación
sino una trasposición; pues "nuevos cielos
y nueva tierra" significa renovadas todas las cosas
de acuerdo a su prístino patrón divinal.
Así como la Providencia y la acción -incluso milagrosa-
del Albedrío de Dios acompaña a la historia del Albedrío
del Hombre, así en su resolución y fin intervendrán
ambos agentes; y por eso el Fin del Mundo será Doble. La Humanidad
se suicidará; y Dios la resucitará; no haciéndola
de nuevo, mas trasponiéndola al plano de lo Eterno.
(...)
El talante del Cristianismo no es Pesimismo; menos aún es el
Optimismo beato de la filosofía iluminística, el famoso
"Progreso Indefinido". La Profecía cristiana nos
da una posición que está por encima desos dos extremos
simplistas, en donde caen hoy todos "los que no tienen el
sello de Dios en sus frentes". El mundo va a una catástrofe
intrahistórica que condiciona un triunfo extrahistórico;
o sea una trasposición de la vida del mundo en un trasmundo;
y del Tiempo en un Supertiempo; en el cual nuestras vidas no van a
ser aniquiladas y luego creadas de nuevo, sino -como es digno de Dios-
transfiguradas ellas todas por entero, sin perder uno solo de sus
elementos (El Apocalipsis de San Juan, páginas
124-126).
3a)
Cristo vuelve:
Los espíritus religiosos, como buenos médicos,
huelen la muerte, pero siguen medicando. Es la actitud paradojal de
la fe. La fe asegura al cristiano que este aión, este ciclo
de la Creación tiene su fin; que el fin será precedido
por una tremenda agonía y seguido de una espléndida
reconstrucción; o en palabras religiosas que «Cristo
vuelve un día a poner a sus enemigos de escabel de sus pies
y a tomar posesión efectiva del Reino de los Cielos trasladado
a la tierra...» Así lo dice el Texto, yo no soy
solo responsable de esta enormidad (...) Por una paradoja de psicología
profunda, esta literatura pesimista ha sostenido el optimismo constructivo
del Cristianismo (Visión religiosa de la crisis
actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, página 285).
También aquí llamamos la atención para que no
se lea a las corridas lo que nuestro autor entiende por «espléndida
reconstrucción».
4a) Todo esto está previsto y mucho más:
Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia,
que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo,
llegan a un punto que excede a su poder de medicación e incluso
a su poder de comprensión -como es el caso en nuestros días-,
sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo
para seguir trabajando (...) Cuando parece que los cimientos del mundo
ceden y se descompagina totalmente la estructura íntegra -como
pasó, por ejemplo, en el siglo XIV- entonces el sabio lee el
Apokalipsis y dice: «Todo esto está pre visto y mucho
más. ¡Atentos! Pero después de esto viene la victoria
definitiva. El mundo debe morir. Aunque de muchas enfermedades ha
curado ya, una enfermedad será la última. Mas, el alma
del mundo, como la del hombre, no es una cosa mortal» (...)
La consideración de la visión religiosa de la crisis
actual es uno de los motores más poderosos (el primer motor
incluso) del movimiento político y económico. Si el
hombre no tiene una idea de adónde va, no se mueve;
o, si se sigue moviendo, llega un momento en que su movimiento deja
de ser humano y se vuelve una convulsión (Visión
religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?,
pág. 286).
5a) La verdadera consigna:
La unión de las naciones en grandes grupos, primero, y después
en un solo Imperio Mundial (sueño potente y gran movimiento
del mundo de hoy) no puede hacerse sino por Cristo o contra Cristo.
Lo que sólo puede hacer Dios (y que hará al final, según
creemos, conforme está prometido), el mundo moderno intenta
febrilmente construirlo sin Dios; apostatando de Cristo, abominando
del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y
oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la
supresión pretendida de la familia y de las patrias. Mas nosotros,
defenderemos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad,
esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino
de no ser vencidos. Es decir, sabiendo que si somos vencidos en esta
lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba,
entonces Cristo dijo verdad. Y entonces el acabamiento es prenda de
resurrección (Visión religiosa de la crisis
actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, pág. 289-290).
Este texto implica toda una espiritualidad. Nada mejor que expresarla
poéticamente, tal como lo hiciera el mismo Padre Leonardo Castellani
en su poesía No hago nada, publicada en Los Papeles
de Benjainín Benavides, página 399, y en El
Libro de las Oraciones, página 385:
Corazón, tente en pie sin doblegarte de la injusta opresión
a la insolencia; aunque estoy loco, tengo yo mi arte: "Nam
furor saepe fit laesa paciencia"(1).
Luchando sin más armas que mi triste corazón contra
el mal peor que existe ¿no hago yo nada? Lucho,
sangro y no caigo al suelo. No hago mucho,
pero hago más de lo que puedo... Centinela aterido,
no dejo sospechar que estoy herido, ni dejo conocer que tengo miedo...
Herido, helado, aguanto la bandera; no deserto la inhóspita
trinchera.
Y aunque sé que la muerte me ha podido, estoy de pie y estoy
ante ella erguido, marcando el SOS de la brega
a un auxilio que no me llegará
sino un momento tarde, si es que llega, y que muerto de pie me encontrará...
La otra mitad la hará sobre mi tumba otro infeliz, después
que yo sucumba... ¡Corazón!, ¡tu mitad se ha hecho
ya!
D) Dos combates... Dos tácticas
Como síntesis de la reflexión sobre todos estos textos
sólo nos queda decir que es cada vez más evidente que
la lucha contrarrevolucionaria abarca dos combates que han de desarrollarse
en dos tiempos distintos: un combate de resistencia, conservador,
y un combate para restablecer el Reino de Cristo Rey.
En primer lugar debemos combatir para conservar las últimas
posiciones que nos quedan. Es necesario, con toda necesidad, conservar
nuestros Seminarios, nuestros Noviciados, nuestros Monasterios, nuestros
Prioratos, nuestras Capillas, nuestros Centros de Misa, nuestros Retiros
y Casas para Retiros, nuestras Familias Católicas, nuestras
Escuelas y Asociaciones, nuestras Publicaciones...
Por sobre estos innumerables compromisos conservadores se entablará
el combate por el restablecimiento del Reino de Nuestro Señor
Jesucristo.
Estas dos contiendas tienen sus tiempos y tendrán,
en un momento, los mismos combatientes. Es importantísimo no
confundir ambos combates, es necesario distinguirlos, porque ellos
tienen objetivos diferentes y, por lo mismo, también poseen
tácticas distintas.
Muchas veces, el comportamiento erróneo de los jefes y los
soldados tradicionalistas se deben a que existe una incomprensión
respecto a estos dos combates y a sus objetivos. Es decir, muchas
veces se piensa que existe un solo combate y se confunden los objetivos
de la batalla de conservación con los fines de la lucha posterior,
se mezcla la parte que le corresponde a los hombres con la acción
que deben llevar a cabo Cristo Rey y su Madre Santísima. Por
lo tanto, es de la mayor importancia considerar las tácticas
de estas dos confrontaciones superpuestas.
¿Cómo combatir la batalla defensiva, de mantenimiento?
Ante todo, hay que hacer dos advertencias: esta batalla apunta solamente
a objetivos secundarios, y no le es proporcionada ninguna asistencia
divina extraordinaria.
Además, ella posee particularidades que dependen de sus raíces
históricas e imponen tres límites a los combatientes,
que deben ser respetados:
1°) La misión de las fuerzas contrarrevolucionarias
no es de ruptura, sino de resistencia, para conservar los restos.
La tendencia espontánea de nuestras filas es hacia la restauración.
Pero, la batalla que debemos librar no es una refriega de ruptura,
de arremetida. Los medios con los que contamos no son proporcionados
para intentar romper el asedio.
Nuestra misión es vigilar, conservando los restos que van a
perecer. Si intentásemos la ruptura, equivocaríamos
la táctica.
2°) Las fuerzas contrarrevolucionarias son, humanamente,
impotentes.
La batalla de mantenimiento es llevada a cabo por una minoría,
vigorosa y valiente ciertamente, pero humanamente impotente. El dispositivo
revo lucionario es inexpugnable. El enemigo ha tejido un asedio cerrado
que, si bien es artificial, se impone de una manera absoluta. Las
fuerzas contrarrevolucionarias son incesantemente neutralizadas, mutiladas
y aniquiladas.
3°) Las fuerzas contrarrevolucionarias están
constreñidas por los medios de la «legalidad»
revolucionaria.
Los contrarrevolucionarios tienen conciencia de defender los derechos
de Dios contra el poder de la Bestia. Es de esa fuente que extraen
su ardor y su confianza. Pero se imaginan demasiado fácilmente
que esta posición de principio les da sobre el Estado laico
una preeminencia jurídica.
Es demasiado tarde para exigir del Estado laico el reconocimiento
de los derechos de la Iglesia, para pretender del Estado apóstata
el reconocimiento de los derechos de Jesucristo, para esperar del
Estado sin Dios el reconocimiento de los derechos de Dios.
En el combate que llevamos a cabo, somos constreñidos a los
medios de la «legalidad» revolucionaria, que,
por añadidura, será cada día más rigurosa,
reduciendo cada vez más nuestros medios de defensa.
La batalla ulterior, la que tendrá por objetivo arrancar el
poder a la Bestia y restituírselo a Cristo Rey, es
obra personal de Dios. Sin embargo, el Divino Maestro espera que el
pequeño número intervenga por la oración y la
penitencia para remover el obstáculo que se opone a la acción
divina, e incluso, en una cierta medida, para desencadenarla.
La situación es tal que, al mismo tiempo, participamos de un
combate de conservación y de un combate preparatorio por medio
de la súplica. Es necesario ser hombres de acción para
asumir la custodia de los restos, y ser hombres de oración
para participar de la batalla de súplica.
Estas dos actitudes son difíciles de conciliar, y eso explica
las divergencias en la apreciación de las prioridades. ¿Qué
hay que privilegiar, la acción o la oración? Este problema
de la cohabitación del hombre de acción y del
hombre de oración se resuelve sabiendo que hay un
tiempo para la oración, que debe preceder a la acción,
y un tiempo para la acción, que debe seguir a la oración.
Además, hay que ser muy activos en la contemplación
y muy contemplativos en la acción: permanecer y al mismo tiempo
salir; salir y al mismo tiempo permanecer.
Mientras combatimos conservando nuestros puestos de resistencia, por
la oración y la penitencia obtendremos la decisión divina
de hacer misericordia, adelantaremos el triunfo del Corazón
Inmaculado de María y el restablecimiento definitivo del Reino
de Cristo Rey.