El Reverendo Padre Leandro Castellani
"Un profeta de los últimos tiempos"
¿Qué tenemos que hacer?


Ya las hemos leído, pero repitamos algunas frases para que se graben en nuestra inteligencia y muevan nuestra voluntad.
Por un lado, San Pío X:

* nos asegura que "no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó" y que" no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos";

* nos advierte que "la civilización no está por inventarse ni la «ciudad» nueva por edificarse en la nubes",

* nos recuerda que esa «civitas Dei» "ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la «ciudad» católica";

* nos traza el único verdadero camino del «Omnia instaurare in Christo»: "no se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad".

Por otra parte, los "utopistas" y/o "rebeldes" y/o "impíos" que gestaron, dieron a luz e hicieron crecer las ideas conciliares del Vaticano II proclaman solemnemente que:

* "Para ciertos creyentes, una vida conforme a la fe no sería posible más que por un retorno a este antiguo orden. Esta actitud no aporta una solución compatible con el mensaje cristiano y el genio de Europa ";

* "En el debate sobre la libertad religiosa estaba presente en la catedral de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad media, más aún, de la era constantiniana ";

* "Los textos conciliares Gaudium et Spes, Dignitatis Humanae y Nostra Aetate juegan el papel de un contraSyllabus en la medida que representan una tentativa para la reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como lia llegado a ser después de 1789".

Llegados a este punto, la pregunta surge espontáneamente: ¿qué tenemos que hacer?

Así intituló el Padre Castellani un ensayo religioso publicado en 1951 como parte de su libro "Cristo, ¿vuelve o no vuelve?" Y respondía:

«Para un cristiano, la respuesta es muy sencilla: hay que salvar al alma (... ) En concreto: hacer todo el bien que uno puede alrededor suyo, a corta distancia, lo que está a mano, sin embarazarse de grandes planes, de grandes empresas, de grandes proyectos, de grandes revoluciones» (páginas 212-213).

Pero esto no satisface del todo a los católicos más ilustrados o comprometidos, especialmente porque en torno nuestro se agitan otros proyectos y se presentan otras alternativas. Entre ellas se destacan dos: la construcción de la llamada «Civilización del Amor» y la confiada espera en un reflorecimiento de la Cristiandad Medieval.

A) La Civilización del Amor

Para los "idealistas irreductibles, que tienen doctrina social propia y principios filosóficos y religiosos propios para reorganizar la Sociedad con un plan nuevo,", la destrucción del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad es poco y nada. "Su sueño consiste en cambiar sus cimientos naturales y tradicionales y en prometer una ciudad futura edificada sobre otros principios"" y nos proponen la construcción de la «Civilización del Amor».

De este modo, Pablo VI en más de una ocasión (por ejemplo el 25 de diciembre de 1975 durante la Clausura del año Santo, y en las Enseñanzas al Pueblo de Dios, 1975, página 482) indicó a la «Civilización del Amor» "como fin al que deben tender todos los esfuerzos en el campo social y cultural, lo mismo que en el económico y el político"

Por su parte, Juan Pablo II, en el Discurso a los jóvenes, en el estadio Esseneto, Agrigento, el 9 de mayo de 1993, expresó:

"Estamos aquí para hacer realidad, inicial pero objetiva, este gran proyecto de la civilización del amor. Esta es la civilización de Jesús; esta es la civilización de la Iglesia; esta es la verdadera civilización cristiana".

Esta utopía no es cosa olvidada o dejada de lado. El 10 de septiembre de 2000 se clausuró el encuentro denominado La Cumbre del Milenio, que reunió a más de 150 jefes de Estado y de Gobierno en el Palacio de Cristal de Nueva York, convirtiéndose en la mayor reunión de altos mandatarios en la historia. El Cardenal Sodano, Secretario de Estado, haciéndose portador de los saludos de Juan Pablo II expresó en su intervención del viernes 8:

"La Santa Sede desea fervientemente que, al alba del tercer milenio, la ONU contribuya, por el bien de la humanidad, a construir una nueva civilización, la que ha sido llamada «civilización de amor» ".

Y Juan Pablo II comenzó su Mensaje para la jornada Mundial de la Paz del 1° de enero 2001, titulado "Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y la paz" de esta manera significativa:

"Al inicio de un nuevo milenio, se hace más viva la esperanza de que las relaciones entre los hombres se inspiren cada vez más en el ideal de una fraternidad verda deramente universal. Sin compartir este ideal no podrá asegurarse de modo estable la paz. Muchos indicios llevan a pensar que esta convicción está emergiendo con mayor fuerza en la conciencia de la humanidad. El valor de la fraternidad está proclamado por las grandes «cartas» de los derechos humanos; ha sido puesto de manifiesto concretamente por grandes instituciones internacionales y, en particular, por la Organización de las Naciones Unidas; y es requerido, ahora más que nunca, por el proceso de globalización que une de modo creciente los destinos de la economía, de la cultura y de la sociedad. La misma reflexión de los creyentes, en las diversas religiones, tiende a subrayar cómo la relación con el único Dios, Padre común de todos los hombres, favorece el sentirse y vivir como hermanos" [1].

Para expresar más adelante:

"El diálogo entre las culturas, tema del presente Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, surge como una exigencia intrínseca de la naturaleza misma del hombre y de la cultura (...) El diálogo lleva a reconocer la riqueza de la diversidad y dispone los ánimos a la recíproca aceptación, en la perspectiva de una auténtica colaboración, que responde a la originaria vocación a la unidad de toda la familia humana. Como tal, el diálogo es un instrumento eminente para realizar la civilización del amor y de la paz, que mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, indicó como el ideal en el que había que inspirar la vida cultural, social, política y económica de nuestro tiempo" [10].
"Deseo concluir este Mensaje de paz con una invitación especial a ustedes, jóvenes de todo el mundo, que son el futuro de la humanidad y las piedras vivas para construir la civilización del amor (...) Queridos jóvenes de cualquier lengua y cultura, les espera una tarea ardua y apasionante: ser hombres y mujeres capaces de solidaridad, de paz y de amor a la vida, en el respeto de todos. ¡Sean artífices de una nueva humanidad, donde hermanos y hermanas, miembros todos de una misma familia, puedan vivir finalmente en la paz!"
[22].

Finalmente, cerró su mensaje con una llamada a los jóvenes:

"Deseo concluir este Mensaje de paz con una invitación especial a ustedes, jóvenes de todo el mundo, que son el futuro de la humanidad y las piedras vivas para construir la civilización del amor (...) Queridos jóvenes de cualquier lengua y cultura, les espera una tarea ardua y apasionante: ser hombres y mujeres capaces de solidaridad, de paz y de amor a la vida, en el respeto de todos. ¡Sean artífices de una nueva humanidad, donde hermanos y hermanas, miembros todos de una misma familia, puedan vivir finalmente en la paz!"
[22].

Quien conozca las obras de Félicité Robert de La Mennais, fundador del liberalismo católico, y de Jaiques Maritain, creador de la animación cristiana de la civilización moderna, reconocerá en ellas las bases de esta Nueva Cristiandad, propuesta por el Concilio Vaticano II, cuyos mentores han sido Maurice Blondel, Henri de Lubac, Marie Dominique Chenu, Yves Congar, Urs Von Balthasar, de quienes son deudores tanto Pablo VI como Juan Pablo II.

En el pensamiento mennaisiano-maritainiano hay que aceptar, so pena de "suicidio histórico', la marcha hacia adelante de la humanidad; y como la civilización moderna camina en la línea de la Revolución, hay que aceptar el camino de la Revolución, que es el camino del Progreso.

Aceptado el carácter necesariamente progresista de la historia, hay que convenir que el mundo moderno, con el naturalismo, el liberalismo y el comunismo, sería más humano que la Ciudad Católica Medieval; y que, por lo tanto, la nueva ciudad católica, la Civilización del Amor montiniana-wojtyliana, no ha de renunciar a esas tres pestes de la revolución anticristiana.

B) ¿Un reflorecimiento de la Cristiandad?

No faltan quienes entre las alternativas o posibilidades de los últimos tiempos esperan un reflorecimiento de la Cristiandad Medieval.
A lo largo y a lo ancho de su comentario novelado del Apocalipsis, el Padre Castellani ya nos advertía sobre la ilusión de ese período de triunfo de la Iglesia.
Para conocer su pensamiento respecto a este supuesto restablecimiento de la «Cristiandad» hay que leer con detenimiento en Los Papeles de Benjamín Benavides las páginas 15, 29-30, 38, 85, 135-136, 139140, 159-160, 227-228, 287-288, 292-296, 307-309, 312, 387-389, 393, 398, 415.

Resumiendo su enseñanza, entresacamos estos párrafos, que no siempre citamos textualmente:

El mundo moderno nació bajo un signo de enfermedad de muerte. El mundo creyó salir de una muerte y era una fiebre su fastuoso «renacimiento». Tenía una herida mortal. Le fue dada la consigna de confirmar, robustecer las cosas que, de todas maneras, eran morideras. La Iglesia se centraliza fuertemente, como un ejército a la defensiva que se repliega sobre sí (cfr. pág. 160).

¡Se acabó la época de Sardes! No estamos ahora en ella, esperando que venga con Filadelfia el triunfo de la Iglesia y la restauración de la Cristiandad. La Contrarreforma terminó en la Revolución Francesa. La Revolución fue un acontecimiento capital, una tuba, que cambió la faz de la historia; no se engañan en esto sus admiradores. ¿No la ponen en los manuales de historia como una nueva era, la «hégira» de los nuevos tiempos, la «Historia Contemporánea» que llaman?
Con la Revolución acabó formalmente en el mundo el Imperio Romano, que la tradición patrística pone como el misterioso Katéjon de San Pablo, el Obstáculo del Anticristo
(cfr. pág. 161).

No habrá una «Nueva Cristiandad»: ni la de Solovieff y sus discípulos Berdiaeff y Rozanof, ni la de Maritain, ni la de Pemán, ni la del padre Lombardi y don Sturzo. Esas son ilusiones vanas de un mundo que teme morir. El Imperio Romano es el último de los grandes imperios, después del cual seguirá el del Anticristo (cfr. pág. 296).

Sin embargo, no desaparecerá la Cristiandad:

Será profanada. Ni quedará intacta la Iglesia visible: dentro de ella habrá santuario y atrio. Habrá fieles, clero, religiosos, doctores, profetas que serán pisoteados, que cederán a la presión, que tomarán la marca de la Bestia.

La Cristiandad será aprovechada: los escombros del derecho público europeo, los materiales de la tradición cultural, los mecanismos e instrumentos políticos y jurídicos serán aprovechados en la continuación de la nueva Babel: la gran confederación mundial impía
(cfr. pág. 294).

El Padre Castellani, sin embargo, no ignoraba la existencia de otra opinión contraria a esta interpretación, la de quienes dicen que tendrá lugar un reflorecimiento de la Iglesia y una nueva Cristiandad. En la misma obra citada la presentaba de este modo:

Habrá, entre el Anticristo y la Gran Guerra, un período entero de gran paz y prosperidad de la Iglesia, como nunca se ha visto, en el cual se predicará el Evangelio en todo el mundo, y se convertirá el pueblo judío. Sería el tiempo del Papa Angélico y del Gran Rey, de las visiones medievales. Infinidad de profecías privadas lo han anunciado: una especie de breve edad de oro de la Iglesia en medio de dos furiosas tempestades; una restauración pasajera (de la durada de una generación) de la Monarquía Cristiana en Europa, que corresponda al tramo entre el finis y el initia dolorum de Nuestro Señor; es decir, lo que pudiéramos llamar el período Nondum Statim (cfr. págs. 29-30 y 38. Para las citas en latín, ver San Mateo, XXIV: 6-8 y San Lucas, XXI: 9, "Esto, en efecto, debe suceder, pero no es todavía el fin... Todo esto es el comienzo de los dolores").

El beato Holzhauser predice un inmenso pero breve triunfo de la Iglesia, de la durada de una vida de hombre, en que las fuerzas de Satán serán comprimidas y reducidas pero no eliminadas, y en que la presión de los dos bandos será formidable. Un período tenso, palpitante, ruidoso, exasperado, del ritmo de la historia humana: una tregua y no una paz (cfr. pág. 140).

Y a pesar de esto, confirmaba su opinión al respecto:

A ello puede acogerse usted si le tiene demasiado miedo al fin del mundo. Pero temo que esa esperanza sea una especie de milenarismo temporal, una humana escapatoria al temeroso vaticinio: porque los dolores puerpéricos una vez que empiezan ya no se interrumpen por un tiempo largo de bienestar (cfr. págs. 38 y 30).

Es un milenarismo malo, que espera el Reino de Cristo en la tierra antes de la Venida de Cristo, y obtenido por medios temporales, y consistente en un esplendor de la Iglesia también temporal (cfr. pág. 287).

Hoy día, muchísimos católicos, incluso escritores, incluso predicadores, incluso sabios, sueñan con una especie de gran triunfo temporal de la Iglesia vecino a nuestros tiempos y anterior a los parusíacos. ¿Y es eso otra cosa que un milenarismo anticipado? (cfr. pág. 387).

Y en su comentario al Apocalipsis ratificará su pensamiento:

Es el mismo sueño carnal de los judíos, que los hizo engañarse respecto a Cristo. Estos son milenistas al revés. Niegan acérrimamente al Milenio metahistórico después de la Parusia, que está en la Escritura; y ponen un Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas fuerzas históricas, o sea una solución infrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos progresistas; lo cual equivale a negar la intervención sobrenatural de Dios en la Historia (El Apokalipsis de San Juan, pág. 297).

C) La estrategia trazada por el Padre Castellani

No podemos seguir la utopía de la construcción de la «Civilización del Amor». No podemos ilusionarnos con un supuesto restablecimiento temporario de la «Cristiandad Medieval»... ¿Qué tenemos que hacer? Ahora completamos la estrategia delineada por el profeta de los últimos tiempos.

Estamos en marzo de 1954, y lo primero que hace es presentar la realidad de los hechos:

Es desagradable ser profeta de desgracias, y paga mucho más ser profeta de venturas; y yo pido a Dios me haga mal profeta de desgracias. Pero la destrucción de la tradición en Occidente es una cosa que está allí delante, y cerrar los ojos ante ella es como cerrar los ojos andando por la calle.
Abrir los ojos puede ser un remedio en todo caso, por aquello de que «La primera medicina es saber la enfermedad» (...) La Humanidad camina hacia la resolución del gran drama de la Historia, drama que tiene un protagonista y muchos antagonistas (...) La situación actual del mundo, eso que llaman la «crisis contemporánea», es la de una destrucción progresiva de la tradición occidental y de una defensa de ella
(San Agustín y nosotros, páginas 91, 93 y 94).

Seguidamente, muestra las estrategias de los contendientes:

La Iglesia Católica, que es tradicionalista por excelencia, no hace nada nuevo desde el Concilio de Trento: se limita a defender lo que hay: «confirma cetera, quae moritura erant»; y las sucesivas rupturas, de la tradición religiosa (Lutero), de la tradición filosófica (Descartes), de la tradición política (Rousseau), y consiguientemente de la tradición social, e incluso de la tradición artística, se producen desde diferentes sectores y con diferentes motivos. Una casa es una casa: los que asaltan una casa pueden venir de diferentes partes, pero los que la defienden responden desde el centro (San Agustín y nosotros, página 94).

Y llegamos al punto culminante de la cuestión planteada:

¿Qué podemos hacer nosotros, si todo esto depende de una serie de destrucciones sucesivas y forma parte de una destrucción que avanza? «Conserva las cosas que han quedado, las cuales son perecederas», le manda decir Jesucristo al Ángel de la Iglesia de Sardes, la quinta Iglesia del Apokalipsis; lo cual quiere decir «atente a la tradición», que es lo que ha hecho la Iglesia desde el Concilio de Trento. Pero el texto griego dice un poco diferente y más enérgico: «robustece lo que ha quedado, que de todas maneras ha de perecer» (San Agustín y nosotros, página 106).

Y se anticipa a la objeción que plantea la humana debilidad y la temerosa postura demasiado terrenal:

Pero esto es inhumano, se nos manda luchar por una cosa que va a perecer, luchar sin esperanza de victoria, lo cual es imposible al hombre. Es imposible al hombre que está en el plano ético, cuyo signo es la lucha y la victoria; pero no al hombre que está en el plano religioso, el cual lucha por Dios, y sabe que la victoria de Dios es segura, y que él ha nacido para ser usado, quizá para ser derrotado, ¿qué importa? ¡Hemos nacido para ser usados! ¿Por quién? ¡No por el Estado, sino por el Padre que está en los cielos! «Porque sabes que no llegarás, por eso eres grande», dijo un poeta, que por cierto no se puso nunca en este plano, nunca fue grande (San Agustín y nosotros, página 106).

Termina por señalar la estrategia querida por Dios:

Tenemos que luchar por todas las cosas buenas que han quedado hasta el último reducto, prescindiendo de si esas cosas serán todas «integradas de nuevo en Cristo», como decía San Pío X, por nuestras propias fuerzas o por la fuerza incontrolable de la Segunda Venida de Cristo. «La Verdad es eterna, y ha de prevalecer, sea que yo la haga prevalecer o no». Por eso debemos oponernos a la ley del divorcio, debemos oponernos a la nueva esclavitud y a la guerra social, y debemos oponernos a la filosofía idealista, y eso sin saber si vamos a vencer o no. «Dios no nos dice que venzamos, Dios nos pide que no seamos vencidos». ¡La Iglesia es eterna!, dicen los democristianos. La Iglesia es eterna en el sentido que Jesucristo habló; pero la organización externa de la Iglesia, digamos el Vaticano, no es eterna: esa organización ha sido querada y reformada muchas veces. Y la Iglesia será quebrada al fin del mundo. Lo que es eterno es el alma del hombre unida a Dios... unida a Dios para ser usada (San Agustín y nosotros, págs. 106-107).

Destaquemos en el texto citado que, según el Padre Castellani, el «Omnia instaurare in Christo» no necesariamente debe ser realizado por nuestras propias fuerzas y antes de la Parusía, sino que todas las cosas pueden ser integradas de nuevo en Cristo por la fuerza incontrolable de su Segunda Venida.

Aquí hay mucha tela para cortar y mucha materia de reflexión para los filósofos y los teólogos. Pero, por favor, si se llenan la boca con el Padre Castellani, al menos reflexionen sobre lo que ha escrito.

Por todo esto, nosotros, por nuestra parte, por ser más conformes a la revelación y a la realidad de los acontecimientos, nos acogemos a las enseñanzas del Padre Castellani. A lo ya citado, agregamos estas preciosas indicaciones:
1a) Atenerse al mensaje esencial del cristianismo:

Mis amigos, mientras quede algo por salvar; con calma, con paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar el alma (...) Es muy posible que bajo la presión de las plagas que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación del catolicismo que aludí más arriba, la contextura de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que, para un verdadero cristiano, dentro de poco no haya nada que hacer en el orden de la cosa pública. Ahora, la voz de orden es atenerse al mensaje esencial del cristianismo: huir del mundo, creer en Cristo, hacer todo el bien que se pueda, desapegarse de las cosas criadas, guardarse de los falsos profetas, recordar la muerte. En una palabra, dar con la vida testimonio de la Verdad y desear la vuelta de Cristo. En medio de este batifondo, tenemos que hacer nuestra salvación cuidadosamente (...) Los primeros cristianos no soñaban con reformar el sistema judicial del Imperio Romano, sino con todas sus fuerzas en ser capaces de enfrentarse a las fieras; y en contemplar con horror en el emperador Nerón el monstruoso poder del diablo sobre el hombre (A modo de Prólogo. Decíamos ayer, páginas 31-32).

2a) Un pesimismo constructivo:

«Hay que trabajar como si el mundo hubiera de durar siempre; pero hay que saber que el mundo no va a durar siempre». Esta actitud, aparentemente contradictoria o imposible, ha sido siempre la consigna de los espíritus religiosos en todas las grandes crisis de la historia. Los dos términos parecen inconciliables; y lo serían si no fuera por el misterioso catalítico que es la fe. Mas, el valor pragmático de la actitud apokalyptica puede apreciarse aun fuera de la fe, por un positivista de talento, por ejemplo. Por eso no hemos vacilado en publicar, y eso con no pocos esfuerzos y riesgos, en medio de la incertidumbre y el dolor de esta hora, un ensayo sobre el Apokalypsis, que la superficialidad de alguno calificará, sin duda, de «pesimista». Es pesimismo constructivo (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve? página 284).

Hay mucha miga para el filósofo en esta frase del Ángel: "El tiempo se acabó". El fin de la creación de Dios es intemporal, aunque hacia ese fin se mueva el Tiempo. El término y el fin del mundo no coinciden omnímodamente; pues sabido es que un movimento puede llegar a su término sin alcanzar su fin; simplemente puede fracasar como han fracasado tantas grandes empresas humanas; comenzando por la torre de Babel y acabando por la Sociedad de las Naciones.

El término de la Historia será una catástrofe, pero el objetivo divino de la Historia será alcanzado en una metahistoria, que no será una nueva creación sino una trasposición; pues "nuevos cielos y nueva tierra" significa renovadas todas las cosas de acuerdo a su prístino patrón divinal.

Así como la Providencia y la acción -incluso milagrosa- del Albedrío de Dios acompaña a la historia del Albedrío del Hombre, así en su resolución y fin intervendrán ambos agentes; y por eso el Fin del Mundo será Doble. La Humanidad se suicidará; y Dios la resucitará; no haciéndola de nuevo, mas trasponiéndola al plano de lo Eterno. (...)

El talante del Cristianismo no es Pesimismo; menos aún es el Optimismo beato de la filosofía iluminística, el famoso "Progreso Indefinido". La Profecía cristiana nos da una posición que está por encima desos dos extremos simplistas, en donde caen hoy todos "los que no tienen el sello de Dios en sus frentes". El mundo va a una catástrofe intrahistórica que condiciona un triunfo extrahistórico; o sea una trasposición de la vida del mundo en un trasmundo; y del Tiempo en un Supertiempo; en el cual nuestras vidas no van a ser aniquiladas y luego creadas de nuevo, sino -como es digno de Dios- transfiguradas ellas todas por entero, sin perder uno solo de sus elementos
(El Apocalipsis de San Juan, páginas 124-126).

3a) Cristo vuelve:

Los espíritus religiosos, como buenos médicos, huelen la muerte, pero siguen medicando. Es la actitud paradojal de la fe. La fe asegura al cristiano que este aión, este ciclo de la Creación tiene su fin; que el fin será precedido por una tremenda agonía y seguido de una espléndida reconstrucción; o en palabras religiosas que «Cristo vuelve un día a poner a sus enemigos de escabel de sus pies y a tomar posesión efectiva del Reino de los Cielos trasladado a la tierra...» Así lo dice el Texto, yo no soy solo responsable de esta enormidad (...) Por una paradoja de psicología profunda, esta literatura pesimista ha sostenido el optimismo constructivo del Cristianismo (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, página 285).

También aquí llamamos la atención para que no se lea a las corridas lo que nuestro autor entiende por «espléndida reconstrucción».

4a) Todo esto está previsto y mucho más:

Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia, que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo, llegan a un punto que excede a su poder de medicación e incluso a su poder de comprensión -como es el caso en nuestros días-, sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo para seguir trabajando (...) Cuando parece que los cimientos del mundo ceden y se descompagina totalmente la estructura íntegra -como pasó, por ejemplo, en el siglo XIV- entonces el sabio lee el Apokalipsis y dice: «Todo esto está pre visto y mucho más. ¡Atentos! Pero después de esto viene la victoria definitiva. El mundo debe morir. Aunque de muchas enfermedades ha curado ya, una enfermedad será la última. Mas, el alma del mundo, como la del hombre, no es una cosa mortal» (...) La consideración de la visión religiosa de la crisis actual es uno de los motores más poderosos (el primer motor incluso) del movimiento político y económico. Si el hombre no tiene una idea de adónde va, no se mueve; o, si se sigue moviendo, llega un momento en que su movimiento deja de ser humano y se vuelve una convulsión (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, pág. 286).

5a)
La verdadera consigna:

La unión de las naciones en grandes grupos, primero, y después en un solo Imperio Mundial (sueño potente y gran movimiento del mundo de hoy) no puede hacerse sino por Cristo o contra Cristo. Lo que sólo puede hacer Dios (y que hará al final, según creemos, conforme está prometido), el mundo moderno intenta febrilmente construirlo sin Dios; apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la supresión pretendida de la familia y de las patrias. Mas nosotros, defenderemos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino de no ser vencidos. Es decir, sabiendo que si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad. Y entonces el acabamiento es prenda de resurrección
(Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, pág. 289-290).

Este texto implica toda una espiritualidad. Nada mejor que expresarla poéticamente, tal como lo hiciera el mismo Padre Leonardo Castellani en su poesía No hago nada, publicada en Los Papeles de Benjainín Benavides, página 399, y en El Libro de las Oraciones, página 385:

Corazón, tente en pie sin doblegarte de la injusta opresión a la insolencia; aunque estoy loco, tengo yo mi arte: "Nam furor saepe fit laesa paciencia"(1). Luchando sin más armas que mi triste corazón contra el mal peor que existe ¿no hago yo nada? Lucho,
sangro y no caigo al suelo. No hago mucho,
pero hago más de lo que puedo... Centinela aterido,
no dejo sospechar que estoy herido, ni dejo conocer que tengo miedo...
Herido, helado, aguanto la bandera; no deserto la inhóspita trinchera.
Y aunque sé que la muerte me ha podido, estoy de pie y estoy ante ella erguido, marcando el SOS de la brega
a un auxilio que no me llegará
sino un momento tarde, si es que llega, y que muerto de pie me encontrará... La otra mitad la hará sobre mi tumba otro infeliz, después que yo sucumba... ¡Corazón!, ¡tu mitad se ha hecho ya!

D) Dos combates... Dos tácticas

Como síntesis de la reflexión sobre todos estos textos sólo nos queda decir que es cada vez más evidente que la lucha contrarrevolucionaria abarca dos combates que han de desarrollarse en dos tiempos distintos: un combate de resistencia, conservador, y un combate para restablecer el Reino de Cristo Rey.
En primer lugar debemos combatir para conservar las últimas posiciones que nos quedan. Es necesario, con toda necesidad, conservar nuestros Seminarios, nuestros Noviciados, nuestros Monasterios, nuestros Prioratos, nuestras Capillas, nuestros Centros de Misa, nuestros Retiros y Casas para Retiros, nuestras Familias Católicas, nuestras Escuelas y Asociaciones, nuestras Publicaciones...
Por sobre estos innumerables compromisos conservadores se entablará el combate por el restablecimiento del Reino de Nuestro Señor Jesucristo.


Estas dos contiendas tienen sus tiempos y tendrán, en un momento, los mismos combatientes. Es importantísimo no confundir ambos combates, es necesario distinguirlos, porque ellos tienen objetivos diferentes y, por lo mismo, también poseen tácticas distintas.

Muchas veces, el comportamiento erróneo de los jefes y los soldados tradicionalistas se deben a que existe una incomprensión respecto a estos dos combates y a sus objetivos. Es decir, muchas veces se piensa que existe un solo combate y se confunden los objetivos de la batalla de conservación con los fines de la lucha posterior, se mezcla la parte que le corresponde a los hombres con la acción que deben llevar a cabo Cristo Rey y su Madre Santísima. Por lo tanto, es de la mayor importancia considerar las tácticas de estas dos confrontaciones superpuestas.

¿Cómo combatir la batalla defensiva, de mantenimiento? Ante todo, hay que hacer dos advertencias: esta batalla apunta solamente a objetivos secundarios, y no le es proporcionada ninguna asistencia divina extraordinaria.
Además, ella posee particularidades que dependen de sus raíces históricas e imponen tres límites a los combatientes, que deben ser respetados:

1°) La misión de las fuerzas contrarrevolucionarias no es de ruptura, sino de resistencia, para conservar los restos.
La tendencia espontánea de nuestras filas es hacia la restauración. Pero, la batalla que debemos librar no es una refriega de ruptura, de arremetida. Los medios con los que contamos no son proporcionados para intentar romper el asedio.
Nuestra misión es vigilar, conservando los restos que van a perecer. Si intentásemos la ruptura, equivocaríamos la táctica.

2°) Las fuerzas contrarrevolucionarias son, humanamente, impotentes.
La batalla de mantenimiento es llevada a cabo por una minoría, vigorosa y valiente ciertamente, pero humanamente impotente. El dispositivo revo lucionario es inexpugnable. El enemigo ha tejido un asedio cerrado que, si bien es artificial, se impone de una manera absoluta. Las fuerzas contrarrevolucionarias son incesantemente neutralizadas, mutiladas y aniquiladas.

3°) Las fuerzas contrarrevolucionarias están constreñidas por los medios de la «legalidad»
revolucionaria.

Los contrarrevolucionarios tienen conciencia de defender los derechos de Dios contra el poder de la Bestia. Es de esa fuente que extraen su ardor y su confianza. Pero se imaginan demasiado fácilmente que esta posición de principio les da sobre el Estado laico una preeminencia jurídica.

Es demasiado tarde para exigir del Estado laico el reconocimiento de los derechos de la Iglesia, para pretender del Estado apóstata el reconocimiento de los derechos de Jesucristo, para esperar del Estado sin Dios el reconocimiento de los derechos de Dios.
En el combate que llevamos a cabo, somos constreñidos a los medios de la «legalidad» revolucionaria, que, por añadidura, será cada día más rigurosa, reduciendo cada vez más nuestros medios de defensa.

La batalla ulterior, la que tendrá por objetivo arrancar el poder a la Bestia y restituírselo a Cristo Rey, es obra personal de Dios. Sin embargo, el Divino Maestro espera que el pequeño número intervenga por la oración y la penitencia para remover el obstáculo que se opone a la acción divina, e incluso, en una cierta medida, para desencadenarla.

La situación es tal que, al mismo tiempo, participamos de un combate de conservación y de un combate preparatorio por medio de la súplica. Es necesario ser hombres de acción para asumir la custodia de los restos, y ser hombres de oración para participar de la batalla de súplica.

Estas dos actitudes son difíciles de conciliar, y eso explica las divergencias en la apreciación de las prioridades. ¿Qué hay que privilegiar, la acción o la oración? Este problema de la cohabitación del hombre de acción y del hombre de oración se resuelve sabiendo que hay un tiempo para la oración, que debe preceder a la acción, y un tiempo para la acción, que debe seguir a la oración. Además, hay que ser muy activos en la contemplación y muy contemplativos en la acción: permanecer y al mismo tiempo salir; salir y al mismo tiempo permanecer.

Mientras combatimos conservando nuestros puestos de resistencia, por la oración y la penitencia obtendremos la decisión divina de hacer misericordia, adelantaremos el triunfo del Corazón Inmaculado de María y el restablecimiento definitivo del Reino de Cristo Rey.


Anterior