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La Iglesia Conciliar, la que se manifestó y tomó los poderes de la Iglesia Católica durante el último Concilio, «tiende con fuerza gigantesca a la destrucción de todo el orden antiguo y heredado». No es nuestro propósito alargarnos en demostrar estas afirmaciones. Existen numerosos libros dedicados al tema. Sólo nos basta presentar algunos ejemplos. Antes de la clausura del Concilio Vaticano II, el entonces simple sacerdote Joseph Ratzinger, perito consejero del cardenal de Colonia, expresó en su libro "Resultados y Perspectivas en la Iglesia Conciliar" conceptos como los siguientes: "Tiempos vendrán en que el debate sobre la libertad religiosa será contado entre los acontecimientos más relevantes de un Concilio que, por cierto, ofrece tal abundancia de sucesos importantes que hace dificil establecer una escala de valores. En este debate estaba presente en la catedral de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad media, más aún, de la era constantiniana. Pocas cosas de los últimos cincuenta años han inferido a la Iglesia tan ingente daño como la persistencia a ultranza en posiciones propias de una iglesia estatal, dejadas atrás por el curso de la historia. (...) Que la recurrencia al Estado por parte de la Iglesia desde Constantino, con su culminación en la Edad media y en la España absolutista de la incipiente Edad moderna, constituye para la Iglesia en el mundo de hoy una de las hipotecas más gravosas es un hecho al que ya no puede sustraerse nadie que sea capaz de pensar históricamente (...) Está claro que los opositores al texto, al negar no la libertad de conciencia, pero sí la libertad de culto, luchaban por un mundo que se está desmoronando, mientras que la otra parte abrió a brazo partido un camino que conduce al futuro" (Resultados y Perspectivas en la Iglesia Conciliar, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, agosto de 1965, páginas 41-45). Ratzinger, veinte años después, Cardenal al frente de la principal Congregación Romana, en su libro "Los Principios de la Teología Católica", confirma su pensamiento sobre este hecho sorprendente; hablando sobre la Declaración Gaudium et Spes, dice: "Si se busca un diagnóstico global del texto, se puede decir que es (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones del mundo) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra-Syllabn (...) Es suficiente que nos contentemos con comprobar que el texto juega el papel de un contra-Syllabus en la medida que representa una tentativa para la reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como ha llegado a ser después de 1789 (...)Ya nadie contesta más hoy que los concordatos español e italiano buscaron conservar demasiadas cosas de urna concepción del mundo que desde largo tiempo no correspondía más a las circunstancias reales (...) De igual manera, casi nadie puede negar que a este apego a una concepción perimida de las relaciones entre la Iglesia y el Estado correspondían anacronismos semejantes en el dominio de la educación (. .. ) El deber, entonces, no es la supresión del Concilio, sino el descubrimiento del Concilio real y la profi-rndización de su verdadera voluntad. Esto implica que no puede haber retorno al Syllabus, el cual bien pudo ser un primer jalón en la confrontación con el liberalismo y el marxismo naciente, pero no puede ser la última palabra" (Los Principios de la Teología Católica, Téqui, Paris,1985, págs. 426-437). No faltará quien diga que el Cardenal Ratzinger no es una voz suficientemente autorizada. Recurramos, pues, al propio Papa Juan Pablo II y consideremos ahora solamente dos párrafos de su discurso al Parlamento Europeo, el martes 11 de octubre de 1988. Esta disertación pontificia tiene capital importancia, no sólo por las circunstancias en que fue pronunciada, sino también porque fue considerada por los parlamentarios europeos como el mejor discurso político del pontificado de Juan Pablo II. La primera cita que queremos destacar se aparta de lo que el Magisterio de la Iglesia enseñó sobre el «antiguo orden fundado sobre la fe religiosa», base de la doctrina de la Realeza Social de Jesucristo, expresada claramente en las Encíclicas Quanta Cura, Immortale Dei, Sapientiae Christianae y Quas Primas: "Para algunos, la libertad civil y política, en su día conquistada por el derrocamiento del antiguo orden fundado sobre la fe religiosa, se concibe aún unida a la marginación, es decir, a la supresión de la religión, en la cual se tiende a ver un sistema de alienación. Para ciertos creyentes, en sentido inverso, una vida conforme a la fe no sería posible más que por un retorno a este antiguo orden, además a menudo idealizado. Estas dos actitudes antagónicas no aportan una solución compatible con el mensaje cristiano y el genio de Europa". El segundo texto es digno colofón del discurso político más importante de Juan Pablo II: Ecologismo, Fraternidad y Humanismo... todo bajo el signo del Deísmo. En definitiva, una Europa sin alma y sin Jesucristo. He aquí la Quas Primas en su versión Vaticano II: "Finalizando, recordaría tres campos donde me parece que la Europa integrada del mañana, abierta hacia el Este del continente, generosa hacia el otro hemisferio, tendría que retornar un papel de faro en la civilización mundial: primero, reconciliar al hombre con la creación, cuidando de preservar la integridad de la naturaleza, su fauna y su flora, su aire y sus aguas, sus sutiles equilibrios, sus recursos limitados, su belleza que alaba la gloria del Creador. Seguidamente, reconciliar al hombre con sus semejantes, aceptándose los unos a los otros entre europeos de diversas tradiciones culturales o escuelas de pensamiento, siendo acogedores para con el extranjero y el refugiado, abriéndose a las riquezas espirituales de los pueblos de los otros continentes. "Finalmente, reconciliar al hombre consigo mismo: sí, trabajar por reconstruir una visión integrada y completa del hombre y del mundo, frente a las culturas de la desconfianza y de la deshumanización, una visión en la cual la ciencia, la capacidad técnica y el arte no excluyan, sino que reclamen la fe en Dios' ("L'Osservatore Romano", edición semanal castellana, 27/ 11 / 1988). |
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