Una vez planteada la cuestión,
basado en la Historia y en las profecías del Apocalipsis, saca
sus propias conclusiones sobre el futuro de la Iglesia y de la Cristiandad.
a) La Cristiandad será pisoteada:
La Iglesia creó la Cristiandad Europea, sobre la base
del Orden Romano. La Fe irradió poco a poco en torno suyo y fue
penetrando sus dentornos: la familia, las costumbres, las leyes, la
política. Hoy día todo eso está cuarteado y contaminado,
cuando no netamente apostático, como en Rusia; un día
será «pisoteado por los gentiles» del nuevo paganismo.
Ése es el atrio del Templo. Quedará el santuario, es decir,
la Fe pura y oscura, dolorosa y oprimida; el recinto medido por el profeta
con la «caña en forma de vara», que es la esperanza
doliente en el Segundo Advenimiento, la caña que dieron al Ecce
Homo y la vara de hierro que le dio su Padre para quebrantar a todas
las gentes (Los papeles de Benjamín Benavides, página
294).
b) La Iglesia cederá en su armazón externo:
La presión enorme de las masas descreídas y de
los gobiernos, o bien maquiavélicos o bien hostiles, pesará
horriblemente sobre todo lo que aún se mantiene fiel; la Iglesia
cederá en su armazón externo; y los fieles «tendrán
que refugiarse» volando «en el desierto» de la Fe.
Sólo algunos contados, «los que han comprado», con
la renuncia a todo lo terreno, «colirio para los ojos y oro puro
afinado», mantendrán inmaculada su Fe (...) Esos pocos
«no podrán comprar ni vender», ni circular, ni dirigirse
a las masas por medio de los grandes vehículos publicitarios,
caídos en manos del poder político; y, después,
del Anticristo: por eso serán pocos. Las situaciones de heroísmo,
sobre todo de heroísmo sobrehumano, son para pocos; y si esos
días no fuesen abreviados, no quedaría ni uno. Pero la
Iglesia no está por hacer, ya está hecha; hoy está
construida, inmensa catedral de piedra y barro, con una luz adentro.
No desaparecerá como si fuese de humo: quedarán los muros,
quedarán al menos los escombros, y en los altares dorados y honrados
con huesos de mártires se sentará un día el Hijo
de Perdición, el Injusto, cuya operación será en
todo poder de Satanás, para perdición de los que no se
asieron a la verdad mas consintieron con la iniquidad (Los
papeles de Benjamín Benavides, páginas 292-293).
c)
Estábamos en 1947; diez años más tarde anticipará
que, si el mundo debe morir pronto, el democratismo liberal será
reforzado nefastamente por una religión preñada del
Anticristo:
El democratismo liberal, en el cual somos nacidos, uno puede
considerarlo como una herejía, pero también por suerte
como un carnaval o payasada: con eso uno se libra de llorar demasiado,
aunque tampoco le es lícito reír mucho. Ahora está
entre nosotros en su desarrollo último, y una especie de gozo
maligno es la tentación del pensador, que ve cumplirse todas
sus predicciones, y desenvolverse por orden casi automático
todos los preanuncios de los profetas y sabios antiguos que, empezando
por Aristóteles, lo vieron venir y lo miraron acabar... como
está acabando entre nosotros. De suyo debería morir,
si la humanidad debe seguir viviendo; pero no se excluye la posibilidad
de que siga existiendo y aun se refuerce nefastamente, si es que la
humanidad debiera morir pronto, conforme al dogma cristiano. Mas eso
no será sino respaldado por una religión, sacado a la
luz el fermento religioso que encierra en sí, y que lo hace
estrictamente una herejía cristiana: la última herejía
quizás, preñada del Anticristo (Una religión
y una moral de repuesto. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, pág.
278).
d) Mientras tanto, a los que no quieren ver, a los
que ven pero no aman bastante la verdad, a los católicos
de cartelito, se les suministra una religión y una moral
de repuesto:
Es para llorar el espectáculo que presenta el país,
mirado espiritualmente. El liberalismo ha suministrado a la pobre
gente -no a toda, sino a la que no ama bastante la verdad- una religión
y una moral de repuesto, sustitutivas de las verdaderas; un simulacro
vano de las cosas, envuelto a veces en palabras sacras. ¡Qué
es ver tanto pobre diablo haciendo de un partido un Absoluto y poniendo
su salvación en un nombre que no es el de Cris
to -aun cuando a veces el nombre de Cristo está allí
también, de adorno o de señuelo-! Se pagan de palabras
vacías, vomitan fórmulas bombásticas, se enardecen
por ideales utópicos, arreglan la nación o el mundo
con cuatro arbitrios pueriles, engullen como dogmas o como hechos
las mentiras de los diarios; y discuten, pelean, se denigran o se
aborrecen de balde, por cosas más vanas que el humo... Una
vida artificial, discorde con la realidad, les devora la vida (Una
religión y una moral de repuesto. Cristo, ¿vuelve o
no vuelve?, páginas 278-279).
e) La religión y la moral de repuesto que
en 1957 podían malinterpretarse solamente como un afán
puesto en lo temporal, irrumpieron luego con la avasalladora fuerza
de lo estrictamente religioso; a punto tal que la clásica opción
entre los dos señores del Evangelio, los dos amores y las dos
ciudades de San Agustín, las dos banderas de San Ignacio, se
presenta claramente en la alternativa de Revolución o Tradición:
No hay que engañarse: en el mundo actual no hay más
que dos partidos. El uno, que se puede llamar la Revolución,
tiende con fuerza gigantesca a la destrucción de todo el orden
antiguo y heredado, para alzar sobre sus ruinas un nuevo mundo paradisíaco
y, una torre que llegue al cielo; y por cierto que no carece para
esa construcción futura de fórmulas, arbitrios y esquemas
mágicos; tiene todos los planos, que son de lo más delicioso
del mundo. El otro, que se puede llamar la Tradición, tendido
a seguir el consejo del Apokalypsis: «conserva todas las cosas
que has recibido, aunque sean cosas humanas y perecederas»
(Una religión y una moral de repuesto. Cristo, ¿vuelve
o no vuelve?, pág. 282).
¿Cuál es la característica de nuestra
época sino un inmenso movimiento por destruir hasta la raíz
de la tradición occidental y una heroica decisión de
conservarla y revivificarla? (San Agustín y nosotros,
página 10).
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