Cuando el Doctor Domínguez me pidió que le relatase algunas de mis reflexiones y recuerdo que pude haber atesorado durante mi relación profesional con el Padre Castellani, no sabría como explicar que ningún acontecimiento como ése me hubiese desprendido mas de las cosas de este mundo. Fue en el invierno de 1970, cuando, entre pacientes que esperaban ser atendidos, en el hospital donde yo trabajaba, (El Instituto Municipal de Radioterapia) observé que un sacerdote se encontraba ente ellos, leyendo un libro. Pensé que se trataba de algún acompañante, pues al ver su tranquilidad creí que nada grave podría tener ese hombre que evidenciaba una fortaleza de un joven de 30 años que leía con tranquilidad su breviario. Al finalizar la consulta matutina, comprobé que el sacerdote aun estaba allí, en la sala desierta. Me acerque a él y le pregunté si esperaba alguien en particular, mirándome con una ternura extraña, me respondió que el enfermo era él, que venia para tratarse, pues “Tengo cáncer”. En ese momento toda mi estructura de cancerólogo se tambaleó pues no estaba habituado a ese tipo de franqueza y a la vez, conmovido por la aceptación de su mal con tanta paz. Le pedí disculpas por la espera, e inmediatamente me dediqué a aquella persona excepcional. Luego de examinarlo, comprobé que padecía realmente, un cáncer de la región latero posterior de la lengua. Ni más esta decir que yo estaba más conmovido que él, cuando le propuse hacerle un tratamiento curieterápico con regulares posibilidades de curación, pero que tenia la ventaja de no ser mutilante como la cirugía, pero que en caso de fracaso, siempre se podría acceder a ella, me respondió “Estoy aquí y no vine solo”. Una corriente de simpatía y compasión nació en mi desde aquel momento Al día siguiente, le implanté en pleno tumor, seis fuentes de radium, ese implante es considerado como un martirio, pues no solo por la colocación de las fuentes en una región tan sensible, sino además, por que debe mantenerse implantada por cinco días, estar aislado, no hablar y solo beber líquidos. Tampoco se puede anestesiar mucho, pues la infiltración de novocaína, deforma la geometría de la lesión haciendo imperfectos los cálculos de dosis. Todo esto se lo expliqué, hablándole con toda franqueza, como a un amigo de toda la vida, a pesar de la gran diferencia de edad. Mi paciente admitió todo y lo aceptó. Durante los cinco días siguientes estuvo aislado (es ley hacerlo). Lo visitaba guardando las reglas de radioprotecciòn, Él leía su breviario, no podía hablar por razones obvias pero me hacia comprender que esta perfectamente bien, que no me preocupe. Cuando les retiré las agujas, era un sábado por la mañana, sus primeras palabras balbucentes fueron: “Gracias hijo, mira que bello día”. Allí comprobé, que miraba como un favor del cielo, lo que es una desgracia ante los ojos del mundo. Le expliqué que la reacción a las radiaciones serían más fuerte y dolorosa los próximos quince días, no le dije nada mas pues ya sabía de su coraje y su paz interior lo protegían. Concurrió puntualmente las siguientes consultas, siempre sin hacerse anunciar, pues no quería “privilegios” pero yo, advertido de su presencia lo hacia pasar a mi escritorio a pesar suyo. Ahora comprendo que lo hacia mas por mí que por él. Mi ilustre paciente me enriquecía con sus diálogos observaciones y ternura que mucho me ayudaban puesto que no pasaba terribles penurias en aquellos días. En una de las consultas, al ver su boca inflamada, le pregunté si le dolía y contesto que no, yo insistí, pues sé que era imposible que no le doliese, entonces me contestó, "Doctorcito, usted se ha esforzado tanto conmigo que no quiero apenarlo" (¡). A los dos meses, el milagro se había consumado, la lesión había desaparecido. Yo partía para el extranjero, pues había ganado una beca en Francia. Nunca más lo vi, supe que recibió el llamado del Eterno a los años 80. Tuve una gran alegría, el saber que el tratamiento exitoso y que Dios lo esperaba para santificarlo.
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