CRISTIANISMO Y VOCACION ESJATOLOGICA
por el Dr. Ricardo Fraga


La vocación esjatológica constituye no sólo un aspecto central del kerigma y de la dogmática cristianas sino, en rigor, su esencia misma, en tanto y en cuanto el plan creador y salvífico de Dios se desarrolla y actúa a través de los tiempos históricos. La Historia misma, en la línea del hombre adámico, y por ello desde la primera desobediencia, sólo se "explica" (en la medida en que los acontecimientos "contingentes" son "explicables" o "significantes" para nuestra inteligencia lastimada por el pecado) en función de tendencias temporales que suponen y exigen - como todo movimiento- un principio ("arjé") y un fin ("telos").

El "pecado" como nervio o "motor" de la historia en la proyección de la "Civitas Dei" de San Agustín ha sido categorizado por Kierkergaard para quien el libre albedrío y el propósito de la divina Sabiduría, absoluto e imperativo, conjugan -de una manera trascendente y para nosotros misteriosa y casi inabordable- los "sucesos" humanos de generación en generación, dándoles una "entidad precaria" que permite observar la desafiante "paradoja" de su real consistencia y, simultáneamente, de su apariencia fantasmal, conforme la notable expresión del Apóstol San Pablo: (1 Cor. 7, 31) "porque la escena de este mundo pasa" ya que, como añade en otro lugar (11 Cor. 4, 18): "las cosas que se ven son transitorias, mas las que no se ven son eternas".

La vocación esjatológica se manifestó en los signos proféticos que dieron vida y sentido a los oscuros acontecimientos históricos (oscuros si no se los contempla a luz de la Revelación) que transitó el "pueblo elegido" en la Primera Alianza y su resolución trágica consistió, precisamente, en que, pese a estar encauzados por la pedagogía de Yavé, por la "dureza de sus corazones" (Mt. 19, 8) no supieron o no lograron constatar el exacto cumplimiento de los dolorosos vaticinios referidos al Primer Advenimiento y todos ellos transcurrieron, sí ante sus ojos, pero de modo que "viendo no vieron y escuchando no entendieron" (Mc. 4, 12), tal como con irónico (pero a la vez misericordioso tono) Jesucristo les reprochaba a los fariseos su ceguera, aquellas "cegueras y sorderas morales" que describía adecuadamente Von Hildebrand como típicas también del hombre contemporáneo; porque de la misma manera que con el Primero ocurrirá también con el Segundo Advenimiento, pese a que éste es la única verdadera clave de todo el discurrir histórico.

Con tono sarcástico (con el "sense of humor" propio de un inglés) ya a fines del siglo precedente el Cardenal Newman (citado por J. Pieper en "El fin del tiempo", p. 34) exclamaba: "¡De qué manera tandiferente nos afectan el Apocalipsis y los vaticinios de Isaías!", al mismo tiempo que proponía tornar comprensible la respuesta negativa de los contemporáneos de la epifanía mesiánica "en la carne de pecado" (Hebr. 4, 1516), "mediante nuestra propia respuesta al Apocalipsis en el momento presente".

El drama de Israel ante su redentor flagelado y coronado de espinas será también nuestro propio desprecio ante su silencio en los tiempos presentes y finales; ante la vociferación de los impíos: "¿dónde está la promesa de su venida?" (II Pedr. 3, 4).

El "resto" de Israel de que habla San Pablo en su Epístola a los Romanos (Rom. 9, 27), el "resto" del Israel en la Fe, pero también el "resto del Israel" en la Fe y en la carne será quien aguarde en vigilante espera la llegada del Divino Esposo (Mt. 25, 10) que viene (o regresa) para completar y dar plenitud a los divinos Esponsales con la creatura humana y, por ella y con ella, como síntesis perfecta del mundo visible e invisible ("VISIBILIUM OMNIUM ET INVISIBILIUM"), con toda la creación nacida gratuitamente de su poder comunicador: "la summa sapienza e'l primo amore" (Dante, "canto III ").

La vocación israelita en las proximidades últimas del fin está explícitamente anunciada por el más genial de los judíos helenísticos, el Apóstol -a la vez- de los gentiles: "Y sucederá, que en el mismo lugar en que se les dijo: vosotros no sois mi pueblo, allí serán llamados hijos de Dios vivo" (Rom. 9, 26), porque "las promesas de Dios son sin arrepentimiento" (ib. 11,29), bien que todos los hombres estemos convocados a ser "hijos de Abraham por la Promesa" (Rom. 9, 8) o, como magníficamente lo suspira la Liturgia Romana en una de sus bellas oraciones colectas de la Vigilia Pascual: "Concede que el mundo entero pase a la filiación de Abrahám y alcance la dignidad israelítica" ("et in israéliticam dignitatem") ya que, como acota San Jerónimo, "por el delito de los judíos la salud pasó a los gentiles, (pero) por la incredulidad de los gentiles volverá a los judíos" (cit. por Straubinger, N. T., p. 637) y en el versículo 25 de la ya citada Carta a los Romanos concluye San Pablo: "que una parte de Israel ha caído en la obcecación hasta tanto que la plenitud de las naciones haya entrado. Entonces salvarse ha todo Israel según está escrito: saldrá de Sion el Libertador" (ib. 11, 25-26).

La Parusía de este Libertador constituye el polo de atracción de todos los tiempos, de todas las edades, de todos lo pueblos: "ET ITERUM VENTURUS EST CUM GLORIA IUDICARE VIVOS ET MORTUOS CUIUS REGNI NON ERIT FINIS".

El centro de toda esjatología ortodoxa es esta Presencia suspirada, suplicada, aguardada, invocada, presionada (si cabe decirlo así) por los "mártires" (esto es por los "testigos" de su verdad y de su Amor) de todos los pueblos: "Vi debajo del altar las almas de los que fueron muertos por la palabra de Dios, y por ratificar su testimonio, y clamaban a grandes voces, diciendo: ¿hasta cuándo, Señor, Santo y Veraz, difieres hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los que habitan la tierra?" (Apoc. 6, 9-10)... "...Y se les dijo que descansen en paz un poco de tiempo, en tanto que se cumplía el número de sus consiervos y hermanos que habían de ser martirizados también como ellos" (ib. 6, 11).

La impiedad sincretista que obnubila a las masas entontecidas de nuestra época y embriaga a sus dirigentes en la euforia de una globalización "fraterna" que no se funda en la "divina caridad" imagina (pero no cree) un "cielo" poblado de nubes "angelicales" donde los marginales de este mundo se consuelan de sus pasadas miserias al son del arpa, en tanto ellos, por efecto del perdón que aquéllos deben a sus prójimos, aseguran sus pingües ganancias para ser después "recibidos en las moradas eternas" (Lc. 16, 9).

No es esto lo que manifiesta la palabra radical y absoluta del Profeta, porque si bien este es el tiempo de la misericordia para todos aquellos que se sometan a la "metanoia", a la conversión sustancial de sus vidas, de aquellos que quieran pasar del "amor de si" ("AMOR SUI") al "amor de Dios" ("AMOR DEI"), purificándose en los torrentes incontenibles de la gracia, aquel otro será el espacio de la justicia vindicativa que jamás el pensamiento humano imaginó, "a contrario" del consuelo paulino (1 Cor. 2, 9) para quienes alcancen la salvación ya que para éstos "ni ojo vio, ni oído oyó, ni la imaginación humana imaginó las cosas que Dios tiene preparadas para los que lo aman". Porque la "masónica fraternidad" en nada se parece a la "VERA FRATERNITAS QUAE VICIT MUNDI CRIMINA" (Liturgia Romana).

"Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de nuestra fe", apunta Leonardo Castellani en "Cristo, ¿vuelve o no vuelve?" y añade: "es un dogma de los más importantes, colocado entre los catorce artículos de fe que recitamos cada día en el Símbolo de los Apóstoles y cantamos en la misa solemne... Es un dogma bastante olvidado. Es un espléndido dogma poco meditado. Su traducción es ésta: el mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar, dando un encontronazo con alguna estrella mostrenca, ni terminará por evolución natural de sus fuerzas elementales... sino por una intervención directa de su Creador. No morirá de muerte natural sino de muerte violenta, o por mejor decir ya que Tú eres Dios de vida y no de muerte- de muerte milagrosa. El Universo no es un proceso natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas, sino que es un poema gigantesco, un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo, el desenlace; que se llaman teológicamente: Creación, Redención, Parusía. Los personajes son los albedríos humanos. Las fuerzas naturales son los maquinistas. Pero el primer actor y el director de orquesta es Dios. "Varones galileos ¿qué estáis allí mirando al cielo? Este Jesús que habéis visto subir al cielo, parejamente volverá a bajar del cielo", dijeron los dos ángeles de la Ascención. Ese será el desenlace del drama de la humanidad: "VIDEBUNT IN QUEM TRANSFIXERUNT" ("mirarán al que enclavaron"). El dogma de la Segunda Venida de Cristo ("en gloria y majestad'), o Parusía del Señor, es tan importante como el de su Primera Venida (Encarnación). Si no se lo entiende, no se entiende nada de la Escritura ni de la historia de la Iglesia. El término de un proceso da sentido a todo el proceso. Este término está no sólo claramente revelado, mas también minuciosamente profetizado..." (hasta aquí Castellani).

Ahora bien, en este "suceder" histórico en los finales del siglo XX y en el umbral del tercer milenio de la Era (esto es del "eón") Cristiana emerge el sentido "cíclico" temporal del mundo griego que el Cris tianismo (entendido no como un sistema abstracto de verdades sino como una plenitud mystérica) supo incorporar en la celebración cultual y litúrgica (cotidiana-semanal-anual: siempre cíclica) del "Mysterion", sacralización temporal que supera (venciéndolo) al "tiempo", con su contenido inevitablemente envejecedor, al diversificarlo en los tiempos o "ciclos" litúrgicos ininterrumpidamente renovados. Esa cosmovisión helénica fue trascendida y elevada en toda aquella dimensión en que la gracia, que supone a la naturaleza, la perfecciona.

La conexidad entre el "tiempo,, y los "ciclos" ha sido bellamente sintetizada en la expresión de San Gregorio Magno: "QUIA ENIM SEPTEM DIEBUS OMNE TEMPUS COMPREHENDITUR..." (Hom. 33) (ya que en la fórmula `siete días' el curso completo del tiempo ha sido significado).

Y nótese que ese específico aporte griego a la cosmovisión cristiana de ningún modo altera (sino que plenifica) la significación dogmática dada por una dirección "rectilínea" de la historia, considerada tanto desde la Creación del hombre, cuanto desde su caída y, por ende, injertada en el acontecimiento intra-histórico por excelencia: la Encarnación del Verbo; suceso impenetrable que mantiene al "suceder" histórico en una doble (desde nuestra óptica actual) tensión esjatológica.

La "plenitud de los tiempos" (Gal. 4,4) que señala San Pablo manifestada en la Primera Venida del Xristós-Redentor en la "humildad de la carne", y el Segundo Advenimiento del Xristós-Rey, "MYSTERIUM FIDEI" de realización metahistórica.

Esta proyección esjatológica en la cual vivimos se fundamenta en muchos y capitales textos escriturísticos, tres de ellos esenciales: el Capítulo XXIV de San Mateo que constituye (como lo nota Castellani) un verdadero "apocalipsis sintético", la 11 Carta de San Pablo a los Tesalonicenses (donde se contiene la adoración idolátrica del hombre por el hombre, llegando la soberbia humanistoide a asentarse en la Cátedra del templo de Dios) y el Apokalipsis (síntesis total de toda la Revelación y única profecía canónica vinculada toda ella a los Últimos Tiempos).

Ese desarrollo, a la vez lineal y circular, está en la exposición doctrinal de la Patrística (griega y latina) y, de modo particular, en la primera enunciación de una "filosofía de la historia", esto es, en San Agustín, en quien resplandece la ya mencionada conjugación de los dos elementos heterogéneos y oscuramente "concordantes": la Providencia divina y el libre albedrío humano.

Sobre esa dimensión esjatológica, de "tensión" por la esperanza de lo que "aún no es" (aspecto rectilíneo) y, a la vez, de gozo por la alabanza divina, la "LA US DEO" del ciclo litúrgico (que ya es) se edifi có la Cristiandad temporal. Es difícil situar el momento o "instante" de su apogeo, a mérito principalmente de la distancia psicológica en que ahora nos encontramos de ella. Pero es más fácil ubicar su progresiva desintegración: la decadencia escolástica del siglo XIV abre los cauces de la "modernidad". El "nominalismo voluntarista" de Guillermo de Occam está ya señalando claramente su quiebra (por lo menos en el plano intelectual).

El orden "cíclico" se mantendrá aunque "cosificado" (el hombre de la modernidad "lee y escribe" pero ya no entiende el elocuente lenguaje de los símbolos).

La proyección "rectilíneo-esjatológica" se desvanecerá al gestarse el concepto de un "pro-greso" o `proceso indefinido" (sin "telos") del tiempo histórico. Se iniciará, a la vez, la "degradación" del tiempo social que culmina en nuestros días de secularismo total.

Con todo, hablamos de "degradar" toda vez que las sacudidas, y el consiguiente descenso, son graduales y no siempre traumáticos. El "racionalismo conceptualista" se adueña de la filosofía: Suárez, Descartes, Leibniz, Wolff.

En un islote antirracionalista encontramos a Pascal con su primacía del "conocimiento cordial". Asimismo nadando a contra-corriente de la moda (y con una captación intuitiva sorprendente) hállase el historicismo del pensador hispano-napolitano Giambattista Vico con su revalorización de los "ciclos históricos".

Con la Ilustración (francesa y alemana) y con el criticismo kantiano se producirá la aparición y prevalencia del "sentido rectilíneo-evolutivo" que cristaliza en el "evolucionismo teológico" de Theilard de Chardin. Sus mojones son bien conocidos por todos nosotros: la bondad natural del hombre (negación del pecado original y de la redención), el mito del progreso indefinido y el optimismo eufórico que éste conlleva, el estado pre-social, las ideologías, el utopismo como sistematización permanente del cuerpo social (atomizado por el individualismo liberal), el laicismo en el orden público, la secularización de la misma vida privada e incluso en el mismo reducto religioso, en fin, la exclusión de Dios del ámbito histórico.

En la coronación del "devenir dialéctico" el Hegel bifronte que, por un lado, sintetiza a todo el Iluminismo y, por el otro, contiene todas las ensoñaciones ideológicas de este siglo.

El post-Iluminismo marca, sin hesitación, el fin de un "tiempo" histórico, el de la Contrarreforma. (1)

El desquicio racionalista -empero- está atravesado por infinidad de corrientes irracionalistas, algunas de las cuales,penden del él, pero otras son no iluminísticas y han influido en la conformación de la herejía modernista, descrita y condenada en la encíclica "Pascendi" (1907) del Papa San Pío X, tal como, por ejemplo, toma origen en Schleiermacher con su exclusividad del "sentimiento religioso", íntimo e irreductible, y desvinculado de todo "Ser infinito y superior", con absoluta independencia de la doctrina (y, naturalmente, de cualquier enunciación intelectual o dogmática); premisa principal de la inmanencia religiosa del nombrado error "modernista" que causa verdaderos estragos en la obnubilada inteligencia del hombre contemporáneo, particularmente, porque ya no tiene modo de conocer la naturaleza y la existencia misma de su error.

"El error más catastrófico (observa agudamente Santo Tomás), es el que versa sobre la misma naturaleza del entendimiento, mediante el cual logramos despejar los errores, y estamos en condiciones de conocer la verdad..." ("DE UNITATE INTELLECTO").

Ese fin de un "tiempo" está condensado en cuatro aspectos fundamentales de la "modernidad" marcando, por ello, la expresión misma y la caducidad de la "contrarreforma": 1°) la primacía de la "RATIO" (la razón discursiva) sobre el "INTELLECTUS" ("nous") y, consiguientemente la muerte del entendimiento, como facultad de "intuición" y `juicio", el "esprit de finesse" de Pascal (hoy se habla como de cosa común de "inteligencia artificial", negación radical de la intencionalidad inmaterial del conocimiento; 2°) la decadencia final de la "paideia", actualmente reducida a una "cultura" masiva, niveladora y caótica; 3°) la destrucción (a veces pareciera que con rabia en el seno mismo de la Iglesia) de los "símbolos" propios del "Mysterion" y, por ende, el fenómeno absolutamente desconocido en la historia pagana, hebrea y cristiana de la desacralización, que no concluye en la liturgia - como algunos creen- sino que en rigor comienza por ella; 4ª) el agotamiento del lenguaje propiamente humano, desquiciado por la manipulación informática y cibernética que anuncia un planeta preparado para la esclavitud colectiva.

La crisis última prevista y preanunciada por Kierkergaard o Juan Donoso Cortés (en pleno auge del optimismo decimonónico) se desarrolla raudamente ante nuestros ojos angustiados, pero expectantes.

Expectantes en razón de que, más allá de todos los mitos y sin que podamos conocer contingencialmente el futuro, la década que finaliza nos ha convertido en testigos del "resurgimiento de las cosas".

En este orden, y ajustándonos exclusivamente al aspecto político observamos un desbordamiento de la realidad que se manifiesta en la explosión de las etnias y los particularismos lingüísticos, en la reconsideración de espacios políticos que se juzgaban agotados o perimidos, en la difusión incontenida de los impulsos religiosos, en la explosión de una policromía de manifestaciones culturales hasta ayer clandestinas.
Todos esos impresionantes "cambios" operados en la Europa del Este (la tradicional "Mitteleuropa") que están mostrando por sí solos el fraude racionalista y "humanitarista" de los Tratados de Versalles que desintegraron el espacio geopolítico clave de la cuenca hidrográfica del Danubio, el Imperio habsbúrgico, que fue por siglos el antemural de los valores mediterráneos frente a la barbarie exterior y que, precisamente, por no existir más posibilitó en los oprobiosos acuerdos de Yalta la entrega muda y trágica de todos los pueblos por él contenidos en manos de las hordas soviéticas, ante la mirada cómplice de las grandes "democracias"; situación ésta que, de por sí, impondría el juicio definitivo de los "prudentes" estadistas que orquestaron ese "orden" que ahora estrepitosamente se derrumba: Wilson en Versalles, Churchill y Roosevelt en Yalta.
Los males del mundo actual son males de la inteligencia y, más particularmente, son gravísimas deformaciones de la "inteligencia teológica".
Castellani asevera (ib. p. 17) que su enfermedad mental específica "es pensar que Cristo no vuelve más, o al menos, no pensar que vuelve. En consecuencia (acota) no entiende lo que le pasa. Dice que el Cristianismo ha fracasado. Inventa sistemas, a la vez fantásticos y atroces, para salvar a la humanidad. Está a punto de dar a luz una nueva religión. Quiere construir otra torre de Babel que llegue al cielo. Quiere reconquistar el Jardín del Edén con solas las fuerzas humanas. Está lleno de profetas que dicen: `Yo soy, aquí estoy'; `Este es el programa para salvar al mundo'; ¡La Carta de la Paz, él Pacto del Progreso y la Liga de la Felicidad! ¡La Una, la Onu, la Unam, la Unesco! ¡Mírenme a mí, yo soy!" ... "La herejía de hoy (prosigue), descrita por Hilaire Belloc, pareciera explícitamente no negar ningún dogma cristiano, sino falsificarlos todos. Pero, mirándolo bien, niega explícitamente la Segunda Venida de Cristo y, con ello, niega su Reyecía, su Mesianidad y su Divinidad. Es decir, niega el proceso divino de la historia. Y al negar la Divinidad de Cristo, niega a Dios. Es ateísmo radical revestido de las formas de la religiosidad. Con retener todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica al Cristianismo transformándolo en una adoración del hombre, o sea, sentando al hombre en el templo de Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre como si sus fuerzas fuesen infinitas. Promete al hombre el reino de Dios y el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas... Esta religión no tiene todavía nombre y, cuando lo tenga, ese nombre no será el suyo. Todos (los cristianos) que no crean en la Segunda Venida se plegarán a ella. Y ella les hará creer en la venida del otro..."

Este "Otro" (Jn. 5, 43) innominado será, a la vez, la antítesis del Redentor y la síntesis perfecta de todos los errores y crímenes de la historia humana, pero se presentará como el Señor y Amo Universal de la paz, el progreso y la confraternidad cuya "legitimidad" brotará de la soberanía de las masas, cretinizadas hasta el nefando grado de exaltarlo y adorarlo como "Dios". Para ello será menester primero que el recio fundamento trinitario en que está establecida la dogmática cristiana se haya diluído en un vago "deísmo" nivelador en el cual participen y comulguen los más extraños desvaríos religiosos de la humanidad.

La descripción de Donoso Cortés formulada en 1852 tiene hoy todo el prestigio de una conjetura a punto de completarse: "cuando se consideran atentamente (escribe en su Carta al Cardenal Fornari) estas abominables doctrinas es imposible no echar de ver en ellas el signo misterioso, pero visible, que los errores han de llevar en los tiempos apocalípticos. Si un pavor religioso no me impidiera poner los ojos en esos tiempos formidables, no me sería difícil apoyar en poderosas razones de analogía la opinión de que el gran imperio anticristiano será un colosal imperio demagógico, regido por un plebeyo de satánica grandeza, que será el hombre de pecado" (T° 11, p. 623).

En su reinado la Verdad gemirá pisoteada por la multitud o, como enérgicamente lo formula Kierkergaard en 1850: "la Verdad -que aborrece también esta mentira de aspirar a una gran difusión como meta- no tiene alas en los pies. En primer lugar no puede trabajar con los fantásticos medios de prensa, la cual es la mentira; el comunicador de la verdad sólo puede ser un individuo... Yo, nunca, (prosigue) he leído en las Sagradas Escrituras el mandamiento: amarás a la multitud, y aún menos: reconocerás, en la multitud a la suprema autoridad en materia de "Verdad"...porque la multitud es la mentira..." Y para escapar de la cautividad de la multitud (que es la mentira) el mismo Kierkergaard nos propone alcanzar como un SINGULAR la perfección de la verdadera libertad: "ser sí mismo" ("Migajas filosóficas", Ed. Trotta, p. 32).

El Padre Castellani tiene en su novela exegética "Los papeles de Benjamín Benavídez" (también en "El Apokalipsis", ed. Jus p.152 ss.) una página magistral que sintetiza el sentido total del Anticristo a quien se designa como "la clave metafísica de la historia humana". Entre otras cosas notables allí se destaca que "el Anticristo reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación, al mismo tiempo que fomentará una falsa Iglesia. Matará a los Profetas y tendrá de su lado una manga de profetoides, de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá sobre todo la predicación y la interpretación del Apokalipsis; y odiará con furor, aún la mención de la Parusía. En su tiempo habrá verdaderos monstruos que ocuparán cátedras y sedes, y pasarán por varones píos, religiosos y aún santos; porque el Hombre del Pecado tolerará y aprovechará un Cristianismo adulterado..." Capítulos enteros de "Su Majestad Dulcinea" se representan ante nuestra vista con impávida "solemnidad". Los "Fleurettes" y los "Panchamplas" nos rodean -demasiado próximamente- ya no con "mayestática presencia", mas ahora con "mediática asiduidad", pero con aquel mismo literario desparpajo ecuménico.

Michael Schmaus observa que, en tales extremos, se necesitará (antes que nada) el don de la discreción de espíritus: "quien no lo tenga, podrá caer en los engaños de los falsos cristos", acotando a continua ción que "será grande el número de los desertores. Sólo quien tenga el don de distinguir espíritus podrá darse cuenta del tono inauténtico...de los falsos cristos. Los falsos mesías intentarán hacer fidedignas sus pseudopromesas con grandes signos y maravillas. Sus milagros harán la impresión de que Dios los avala, mientras que el abandono y debilidad de los cristianos darán la impresión de que Dios se aparta de ellos..." ("Teología dogmática". Rialp, T° VII, p. 174).

Estos tiempos catastróficos donde sólo el Mártir (como apuntó Kierkergaard) tendrá, en su desesperante paradoja, la verdadera libertad, han sucedido ya en el curso de la historia a modo de "typo", vale decir de modelos paradigmáticos de lo que será en su oportunidad el "antitypo". "Toda profecía -anota una vez más Castellani- se desenvuelve en dos planos y se refiere a la vez a dos sucesos: uno próximo llamado 'typo' y otro remoto, llamado ántitypo: ¿Cómo podría un profeta describir sucesos lejanísimos, para los cuales hasta las palabras faltan, a no ser proyectándolos analógicamente desde sucesos cercanos?" (ib. p. 21).

Me detendré, precisamente, en un "typo" de los infinitos que la historia de estos dos milenios ha suministrado, desde Nerón (a cuya vista escribe el vidente de Patmos) hasta la descomposición reciente del marxismo soviético, esa terrible "utopía trágica" como tan exactamente la denominara el Papa Juan Pablo 11 en sus discursos de Praga.

El "typo" al cual ahora me refiero es la Alemania paganizada y brutalmente masificada de la década del 30; esa Alemania tiranizada por una ideología de cuño hegeliano y radicalmente anticristiana: el nacionalsocialismo o nazismo hitleriano cuyo acceso a la cumbre del poder no se produjo, llamativamente, por ninguna "revolución" o "Coup d'état" sino a través de los democráticos canales electorales de la Constitución de Weimar, aquélla que fijaba los cánones del "estado de derecho" nacido (como bien lo ha comprobado Carl Schmitt) del "Leviathan" de Thomas Hobbes; extremo éste que nos debiera hacer meditar seriamente acerca de las cláusulas de nulidad y desobediencia cívica que incluimos en nuestras reformas constitucionales, el día en que la "soberanía del número" (como en la Alemania de Hitler) nos suministre un nuevo "führer" legal y constitucionalmente inobjetable, pero esencialmente ilegítimo por su frontal oposición a la causa final trascendente y a la causa final inmanente que garantizan la verdadera licitud de todo orden político: Dios (Bien Comunísimo) y el bien común temporal.

En la "noche de la fe" de esa Alemania brutal, emergida de las tenebrosidades de la Prusia luterana, hegeliana y antirromana, alcanza su cenit existencial (intelectual, espiritual y afectivo) el gran filósofo bávaro Theodor Haecker de quien dijera el P López Quintás que fue "el primer europeo que tuvo la valentía de estudiar los fenómenos espirituales a su debida altura. De ahí sus ataques despiadados a autores tan indiscutiblemente admirados como Hartmann, Spengler, Klages, Scheler y su predilección por Virgilio, Kierkergaard y Newman. De ahí su actualidad en la hora de preocupación antropológica que vivimos hoy..." ("Qué es el hombre", p. 201).

Sin detenerme ahora en el desarrollo de su rico y fecundo pensamiento filosófico, glosaré tan sólo algunas profundas reflexiones contenidas en su "Diario del día y de la noche", obra dolorosísima que va gestando ocultamente, censurada ya su voz en los ambientes académicos, y con el peligro continuo de ser descubierto y sometido al registro de la Gestapo, la cual en ocasiones estuvo a punto de hallar el valioso manuscrito y, por ende, a punto también de destruirlo.

Heinrich Wild asevera que éste es el libro "más maduro y personal del tardío Haecker" a quien, añade, "le fue concedida e impuesta como pesada carga el don de la distinción de espíritus, (quien) se con vierte durante la guerra en profeta seguro de la catástrofe alemana y europea, que, por estar desde hacía mucho tiempo implicada en la apostasía del espíritu, él vio y esperó como consecuencia natural y manifestación externa de un hecho interior ya ocurrido...", palabras éstas de hondo significado que muestran la inanidad de los análisis superficiales que se multiplican hoy en Occidente (y también naturalmente en la Argentina) para explicar la decadencia exterior de las costumbres, principalmente, de la violencia, cuando éstas no son sino el natural corolario de una previa y desgarradora apostasía interior, la apostasía del corazón.

En este plano apunta Haecker el 7 de Diciembre de 1939: "la medida de la confusión se colma cuando los sofistas escriben la historia de la filosofía, los Catilinas la de los pueblos y Estados, los herejes la historia de la Iglesia. Siempre hubo indicios de ello en Europa, pero ahora es más terrible..." (p. 33).

"Hay un irracionalismo honorable (escribe el primero de Enero de 1940) que en definitiva no es más que la capitulación y el respeto de la `ratio' humana ante lo divino. Pero hay también un irracionalismo deshonroso y la juventud alemana actual se inclina a él- que quiere ocultar y tapar con el destino ' la racionalidad dé las consecuencias de una acción culpable y la voz de la conciencia moral..." (p. 44).

En nuestros días el "destino" ha sido sustituido por un "nihilismo progresista", por contradictorios que ambos conceptos pudieran parecernos. En las dos situaciones ("destino" o "nihilismo") la voz de la "propaganda" es decisiva para su artificial difusión masiva, centrada en una violencia moral inaudita que nace de la mentira y concluye en la mentira. Y, como un eco del texto kierkergaardiano que al principio mencioné, anota Haecker el 2 de Febrero de 1940 (p. 51): "las cosas de este mundo, a pesar del enorme lastre de mentiras, pueden durar, aunque parezca imposible, mucho tiempo sin perecer, e incluso pareciendo que se fortalecen. Esto es horrible y para el espíritu una gran tentación de desesperar de la decisiva importancia de la verdad... Pero no es más que una tentación: en lo íntimo del espíritu existe la certeza de que la mentira aniquila a un hombre y, por tanto, también a un pueblo..."

También en nuestros días finiseculares nos asalta esa "gran tentación" que será, en definitiva, "la gran tribulación como no la hubo semejante desde el principio del mundo..." (Mt. 24, 21), pero también ahora, sean éstos los tiempos que fueren, la certeza subjetiva del espíritu asentada sobre la roca inconmovible de la Fe (a la par que nos advierte que en el mundo pasaremos grandes tribulaciones) nos garantiza por el oráculo misterioso del discípulo amado: "pero tened confianza, yo he vencido al mundo" (Jn. 16, 33).

"Amigo mío (observa Haecker, p. 127) los hombres de hoy en día se sienten mucho menos necesitados de salvación que los hombres de hace dos mil años. Encuentran soportable incluso la vida en el infierno, pues no ven que esto es el infierno. ¿Cómo van a anhelar la salvación? ¿Quién tiene sed de justicia? Beben las injusticias como el agua, peor, las gustan como vino añejo. ¿Quién tiene hambre de verdad? Comen mentiras como el pan de cada día y no pueden vivir sin ellas."

Esta amarga comprobación, tan exacta para la Alemania del '30 es en nuestro mundo globalizado más desgarradoramente verdadera. A este mundo del éxito, el consumo y la eficiencia erigidos en los valores trascendentes y supremos le oponemos este comentario de Haecker del 14 de Junio de 1940 (ps. 123/4): "el `éxito', puesto que puede proyectarse y calcularse y es `mérito' en virtud de un mérito, es el exacto opuesto á la bendición de Dios, que es absolutamente gratuita. Cualquier intento humano o demoníaco no puede ni imitarla, y mucho menos, sustituirla. Naturalmente, la bendición es también visible, pero viene visiblemente de lo invisible, mientras que el éxito es una consecuencia de lo visible. El éxito se puede explicar perfectamente en el cálculo, la bendición es siempre un misterio. El éxito pertenece a la naturaleza, es casi un producto de la naturaleza, preparada y aliñada por el hombre como 'técnica: La bendición es divina. Sobre los hombres y los pueblos de `menos éxito' puede posarse una bendición de Dios, y sobre el éxito más vociferante una maldición".

Este sobrecogedor texto de Haecker se aplica literalmente a nuestra época en que el afán de éxito (y de lucro) más descontrolado que han conocido los siglos constituye el eje central a cuyo alrededor giran él hombre y el dolor de todos los pueblos marginados del banquete mundano de los todopoderosos, a quienes se aplica el anuncio que corresponde al caballo negro del Apokalipsis (6,6): "Y vi un caballo negro. El que lo montaba tenía una balanza en su mano. Y oí cierta voz... que decía: dos libras de trigo por un denario y seis libras de cebada a denario, y el aceite y el vino no dañes", vale decir la "Carestía" que (como acota Castellani) sólo alcanza a los pobres (trigo y cebada a valores exhorbitantes) pero no a la mercancía de los ricos (vino y aceite), aquello que ahora (prosigue Castellani) llaman "crisis" o "crack" "que los entendidos dicen es periódicamente necesaria al capitalismo, como un ,reajuste', o sea, venganza de la realidad contra un sistema amañado" (op. cit. p. 112).

Haecker advierte en los sucesos de su tiempo una "apostasía premeditada" a la cual -paradojalmente- asocia con la "multiplicada apostasía de Occidente" (p. 238) que arranca con la revolución (francesa) de 1789. Y ante este desbordamiento incontenible de la revolución y de la apostasía, ante la misma defección de la Iglesia, no cae en la ingenua ilusión de quienes suponen (son sus palabras) "que el bien `tiene' que triunfar siempre en el tiempo, (esta) es una opinión frecuentemente defendida por un nuevo humanismo; (pero) de ninguna manera es fe cristiana. ¿Dónde hay una palabra sobre ello en el Evangelio? ¿Qué letra de nuestra profesión dogmática de fe tiene algún aliento de este espíritu? La opinión del nuevo humanismo es una herejía, una de las más peligrosas herejías. La opinión del nuevo humanismo es una degeneración de la fe cristiana en la victoria absoluta del bien: de la fe en la eternidad, de la fe en Dios, Señor del mundo" (p. 238).

Esa vana "ilusión" proviene del silencio profético que, como lo señala la Escritura, es uno de los signos manifiestos de la proximidad del fin. Ya Haecker observa el "enorme desconcierto de los espíritus", por la confusión y añade: "la voz profética' de la Iglesia está muda, es como si su oficio profético' estuviera suspendido" (p. 124) y concluye con este interrogante que es también nuestra misma lacerante pregunta de hoy: "¿Pertenece esto también a la hora del mal? Cada uno tiene que tantear en la noche".

En la noche oscura, como antes ya noté, de la fe desnuda, despojada no sólo de los lazos visibles de una cristiandad temporal, sino también de todas las manifestaciones exteriores y sensibles que en los tiempos ordinarios sostienen nuestra profesión de fe.

Pero éstos son, sin duda alguna, tiempos extraordinarios en los cuales "la Iglesia Cristiana (como agudamente nota Haecker) entra en una nueva forma de manifestación cuya característica no es ya, como desde milenio y medio, (la construcción) de iglesias. La Iglesia vive y vivirá `IN PARTIBUS INFIDELIUM'. Y estando `IN PARTIBUS INFIDELIUM' ("entre infieles") puede haber Iglesia, pero no se construyen (ya) iglesias" (p. 243).

Y el mundo que adviene en algo se parece (por eso es éste su "typo") al "IN PARTIBUS INFIDELIUM", mas en algo principal no se le asemeja: ya no es un orbe puramente pagano que se debe evangelizar, es -por el contrario- una sociedad internacionalizada radicalmente apóstata y contestataria en la cual "frente al auténtico creyente (señala Haecker) el incrédulo tiene un sentimiento de inferioridad o por lo menos el sentimiento de que el otro tiene algo que él no tiene ni puede quitarle. Esto se convierte fácilmente en odio y persecución. Y adquiere formas inimaginables de odio en una sociedad que dogmáticamente excluye la fe del cristiano" (p. 240) y el carácter satánico y sacrílego de este "antitypo" es mucho más peligroso, en tanto es un veneno sutil que genera "una peligrosa ilusión (la de) creer que se puede tener una `religión' del humanismo y de este mundo sin la colaboración del demonio. El es el príncipe' de este mundo y no permite que se prescinda de él, aunque se quiera contar sólo con el mundo y con que él no existe" (p. 240).

El 15 de Diciembre de 1939, en esta misma línea, anotaba Haecker: "lo que los enemigos mortales del reino de Cristo pueden aniquilar es todo lo que en la Iglesia hay de este mundo. Puede ser mucho, tristemente mucho, tanto que parezca que es todo" (p. 37).

Tanto que la Iglesia, como sostuvo San Victorino mártir (cit. por Castellani, "Los papeles de Benjamín Benavídez", p. 245) "será quitada ("DE MEDIO FIET") para que Ella también beba hasta las heces el cáliz de la Pasión y complete en su Carne visible lo que falta a la acción redentora del Salvador (Colos. 1, 24) y, como Él, pueda exclamar desde la culminación agónica de la Cruz: "Padre, ¿por qué me has desamparado?" (Mt. 27, 46). (2)

En esta hora de perversión intelectual y de desequilibrio moral y afectivo en que los panteísmos, los esoterismos, los ocultismos, los relativismos, los sincretismos, las sectas más insólitas y todo el progra ma desafiador de la "new age" pululan como langostas (precisamente las langostas apokalípticas) es más precisa que nunca la "función profética". Esta (señala L. Castellani) "es necesaria a una nación, tantoo más que la función sacerdotal y la función Monarca (lo político). Si se arroja por la borda la (verdadera) profecía, se cae necesariamente en la pseudoprofecía... y el Apokalipsis (canónico) es EL ÚNICO ANTIDOTO ACTUAL contra (los) seudoprofetas..." (op. cit., p. 337). Así es, exactamente, cuando se niega o se subestima la dimensión esjatológica sobrenatural de nuestra Fe pululan todas las ideologías utópicas cuyo milenarismo carnal seduce nuestras indefensas inteligencias por la ausencia notoria y dolida de la recta doctrina.

El principiar del siglo XXI nos presenta los siguientes titulares de primera página: la decadencia de España y Francia al menos como primogénitas de la Cristiandad (con un problema islámico irresuelto que puede hacerlas estallar como al Imperio la invasión de los bárbaros en el siglo V) pero con una incontenible penetración financiera en las economías latinoamericanas, nueva y extraña "misión salvífica"; la siempre renovada reacción política de los británicos capaces de asegurar por mucho tiempo sus espacios geopolíticos (de manera particular en el Atlántico sur, a costa de una Argentina que sólo existe en los membretes); la eclosión de una "PAX AMERICANA" que no puede ocultar, sin embargo, los factores básicos internos de una posible desintegración pero, a la vez, capaces de incorporar también la imbatible presión de su interior mundo hispanoparlante; la endémica crisis balcánica que posibilita en estos momentos la reacción no calculada de Rusia, pese a que esta es la tercera vez en el siglo en que las grandes potencias "democráticas" brindan oxígeno a los nunca renunciados proyectos expansivos de una potencia que aún no se ha convertido, como lo profetizara condicionalmente en Fátima Nuestra Señora; una América Latina en estado crónico de sometimiento y desestabilización como lo vemos hoy en Colombia; la anarquía interior de las repúblicas africanas (suburbio de Europa que sobre ella avanza); el crecimiento y consolidación de la India, la sociedad sincretista por antonomasia; la "conversión" capitalista de ese gigante aún dormido que es la China; el afianzamiento de los fundamentalismos islámicos (tal como fuera previsto hace ochenta años por Hilaire Belloc); la, por el momento hipotética (pero posible) "confederación judeo-árabe" aludida en el '20 por T. E. Lawrence; la peligrosa difusión del narcotráfico con sus eventuales accesos al sistema nuclear; la concentración de las riquezas mundiales en manos de una minoría plutocrática de naturaleza teológica, carente, por su misma conformación de toda dimensión solidaria (y que bien puede ser la Babilonia Magna que se describe en el capítulo 17 del Apokalipsis). (3)

Y en medio de este complejo panorama quizás se encienden ya en el horizonte las débiles luces que anuncian la profetizada reconciliación de Israel con sus raíces, de la cual es signo la canonización de la filósofa carmelita Edith Stein, mártir de Cristo e hija de Israel, sor Teresa Benedicta de la Cruz, aislado y doloroso calvario de la Alemania totalitaria, al igual que Haecker.

Esta proyección esjatológica (propia de cada época) está marcando ya el foral de este segundo milenio, sin que sepamos con seguridad la hora del divino Regreso, bien que se nos invite a estar atentos a la proxi midad del verano (Mt. 24, 32) y, por ende, a que sepamos reconocer los "signos de los tiempos".

Es la voz de Juan Pablo II la que enseña: (Es) "la esperanza esjatológica... la esperanza del Reino eterno, que se realiza por la participación en la vida trinitaria... El Espíritu Santo... es el custodio y el animador de esta esperanza..." "En la perspectiva del tercer milenio después de Cristo, mientras `El Espíritu y la Iglesia dicen al Señor Jesús: ¡Ven!', esta oración conlleva, como siempre, una dimensión esjatológica... Es una oración encaminada a los destinos salvíficos hacia los cuales el Espíritu Santo abre los corazones con su acción a través de toda la historia... Pero al mismo tiempo esta oración se orienta hacia un momento concreto (subrayado en el original) de la historia, en el que se pone de relieve la plenitud de los tiempos marcada por el año 2000..." (encíclica "DOMINUM ET VIVIFICANTEM").

Así, pues, este momento concreto de la historia que el Papa destaca en su dimensión esjatológica, nos encuentra no sólo como testigos mudos y vigilantes de un porvenir preñado de inquietudes pero también de promesas, sino que nos encuentra fundamentalmente como TESTIGOS VIVIENTES, ACTIVOS Y ¿POR QUÉ NO HEROICOS Y AUN MARTIRIALES? de un mañana que ya hemos empezado a recorrer y cuya meta final -después de los dolores y trabajos del parto (Jn. 16, 21)- concluye en aquella PROMESA inefable que no fallará, porque Él mismo "enjugará de sus ojos todas las lágrimas, ni habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque las cosas de antes son pasadas" (Ap. 21, 4).

El santo Apokalipsis no contiene un mensaje de desesperación y espanto sino la más sagrada y firme de todas las esperanzas cuyo cumplimiento al pie de la letra el León de Judá sabrá verificar con cada uno de los salvados (como se nos da, en este estado de viadores, a cada uno el manjar eucarístico) esta INCONMENSURABLE PROMESA a cuya sola evocación mi corazón se estremece de gozo: "Si alguno escuchare mi voz, y me abriere la puerta, entraré a él, y con él cenaré y él conmigo" (Apoc. 3, 20).

NOTAS:

(1) En este plano nótese que la insistencia que siempre pongo en destacar que, propiamente hablando, no hay ninguna "postmodernidad", sino por el contrario, una revitalización neoiluminística, se ve ratificada por la reciente publicación del nuevo libro de Francis Fukiyama (el autor del ya famoso "El fin de la historia"): "El gran disloque: la naturaleza humana y la reconstitución del orden social" ["The great disruption: human nature and the reconstitution of social order"] ("La Nación, 18/ 6/99, artículo de Bryan Appleyard"), en el cual nuevamente se proyecta la mirada hacia un "hegelianismo feliz", en defensa de la globalización centrada en la noción de "democracia liberal" presentándose al modelo "americano" (Estados Unidos) como "el logro único del proceso de la Ilustración".

También el Papa actual se instala en esta visión interpretativa (que está, por lo demás, en la línea de la encíclica "QUANTA CURA" de Pío IX, (1864): "Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueba e incluso... son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo. Se trata, en concreto, de países y naciones del llamado Primer Mundo, en el que el bienestar económico (si bien entremezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria), inspiran y sostienen una existencia vivida `como si no hubiera Dios" (Exhortación apostólica "CHRISTIFIDELES LAICI", p. 95).

(2) Sobre la naturaleza de la "contestación" ha notado con su sagacidad habitual el profesor Emilio Komar: "la actitud 'contestataria' supone una previa tesis nominalista no problematizada en el sentido de que no hay un orden real o, si lo hay, no es cognoscible. Según la tesis indicada sólo hay hechos `atómicos'; las ordenaciones, sistematizaciones, formas, figuras y pinturas' de los hechos son convencionales, sociales o psicológicas. El nominalismo es por su esencia filosóf ca sociologista y psicologista. De ahí fluye que así como una generación pudo imponer sus convencionalismos, la siguiente podrá imponer también los suyos. La `contestación' y el `sistema' son enemigos sólo en la superficie..." ("Orden y misterio", p. 145).

Son, precisamente, los jóvenes quienes (por lo tanto) no deben dejarse engañar: el "sistema" les permite (hasta los alienta) a canalizar formas "contestatarias" del "underground" que no son, en rigor, sino los rostros más siniestros de una gigantesca mentira dialéctica cuyo único enemigo real es la verdad heroica y testimonial. A modo de ejemplo obsérvese cómo el ex "pacifista" Javier Solana ha devenido secretario de la O.T.A.N.

(3) Asimismo, la difusión compulsiva de los fanatismos religiosos de toda laya constituirá una de las no menores dificultades conflictivas del siglo que adviene y me parece (en este sentido) oportuno recordar aquella cita de Castellani que efectué ante este mismo nutrido auditorio el pasado viernes 14 de Mayo en la clase inaugural del seminario dedicado a "las enseñanzas vivas del Padre Leonardo Castellani". "El fanatismo consiste (decía Castellani) en poner arriba de todo los valores religiosos -lo cual está bien- y después suprimir o despreciar todos lo otros valores, lo cual está mal". "Fanatismo" y "libertad intelectual" (digamos nosotros ahora) se enfrentan hoy en un duelo de muerte y "el hombre libre es aquél (recordémoslo con Chesterton) que VE los errores con la misma claridad con que ve la verdad". En la misma línea del fanatismo emerge también el fariseísmo (en sus más variadas facetas, ya que no sólo es religioso [como recordé el catorce de Mayo], sino también político, jurídico, cultural, económico). Fariseísmo cruel como aquél que se cebó en el siglo XVI con el arzobispo de Toledo Bartolomé Carranza por la razón que ahora [documentalmente] venimos a conocer: que su condenado (por la Inquisición española) Catecismo fue la base para la redacción del llamado Catecismo del Concilio de Trento. (cf. Pedro Rodríguez, Ed. RIAP). Tales serán también las redes farisaicas en que quedaremos atrapados quienes, en este tiempo de confusión y cobardía, nos empeñamos en dar testimonio de la nuda verdad.

NOTA LINGÜÍSTICA:
El uso del vocablo "esjatológico" ha sido propuesto por el P. Leonardo Castellani a fin de evitar la severa confusión que conlleva la doble y diversa significación del término "escatología".


*Exposición pronunciada en las "X Jornadas de Filosofía de la Historia"; Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Morón, el 1° de julio de 1999 y publicado en la revista "Verba lustitiae" de la misma Facultad, N° 12, 2001.

 

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