La vocación esjatológica
constituye no sólo un aspecto central del kerigma y de la dogmática
cristianas sino, en rigor, su esencia misma, en tanto
y en cuanto el plan creador y salvífico de Dios se desarrolla
y actúa a través de los tiempos históricos. La
Historia misma, en la línea del hombre adámico, y por
ello desde la primera desobediencia, sólo se "explica"
(en la medida en que los acontecimientos "contingentes"
son "explicables" o "significantes" para nuestra
inteligencia lastimada por el pecado) en función de tendencias
temporales que suponen y exigen - como todo movimiento- un principio
("arjé") y un fin ("telos").
El "pecado" como nervio o "motor"
de la historia en la proyección de la "Civitas Dei"
de San Agustín ha sido categorizado por Kierkergaard para quien
el libre albedrío y el propósito de la divina Sabiduría,
absoluto e imperativo, conjugan -de una manera trascendente y para
nosotros misteriosa y casi inabordable- los "sucesos"
humanos de generación en generación, dándoles
una "entidad precaria" que permite observar la
desafiante "paradoja" de su real consistencia y,
simultáneamente, de su apariencia fantasmal, conforme la notable
expresión del Apóstol San Pablo: (1 Cor. 7, 31) "porque
la escena de este mundo pasa" ya que, como
añade en otro lugar (11 Cor. 4, 18): "las cosas
que se ven son transitorias, mas las que no se ven son eternas".
La vocación esjatológica se manifestó en los
signos proféticos que dieron vida y sentido a los oscuros acontecimientos
históricos (oscuros si no se los contempla a luz de la Revelación)
que transitó el "pueblo elegido" en la Primera
Alianza y su resolución trágica consistió, precisamente,
en que, pese a estar encauzados por la pedagogía de Yavé,
por la "dureza de sus corazones" (Mt. 19, 8) no
supieron o no lograron constatar el exacto cumplimiento de los dolorosos
vaticinios referidos al Primer Advenimiento y todos ellos transcurrieron,
sí ante sus ojos, pero de modo que "viendo no vieron
y escuchando no entendieron" (Mc. 4, 12), tal como con
irónico (pero a la vez misericordioso tono) Jesucristo les
reprochaba a los fariseos su ceguera, aquellas "cegueras y sorderas
morales" que describía adecuadamente Von Hildebrand
como típicas también del hombre contemporáneo;
porque de la misma manera que con el Primero ocurrirá también
con el Segundo Advenimiento, pese a que éste es la única
verdadera clave de todo el discurrir histórico.
Con tono sarcástico (con el "sense of humor"
propio de un inglés) ya a fines del siglo precedente el Cardenal
Newman (citado por J. Pieper en "El fin del tiempo", p.
34) exclamaba: "¡De qué manera tandiferente
nos afectan el Apocalipsis y los vaticinios de Isaías!",
al mismo tiempo que proponía tornar comprensible la respuesta
negativa de los contemporáneos de la epifanía mesiánica
"en la carne de pecado" (Hebr. 4, 1516), "mediante
nuestra propia respuesta al Apocalipsis en el momento presente".
El drama de Israel ante su redentor flagelado y coronado de espinas
será también nuestro propio desprecio ante su
silencio en los tiempos presentes y finales; ante la vociferación
de los impíos: "¿dónde está la
promesa de su venida?" (II Pedr. 3, 4).
El "resto" de Israel de que habla San Pablo en
su Epístola a los Romanos (Rom. 9, 27), el "resto"
del Israel en la Fe, pero también el "resto
del Israel" en la Fe y en la carne será quien aguarde
en vigilante espera la llegada del Divino Esposo (Mt. 25, 10) que
viene (o regresa) para completar y dar plenitud a los divinos Esponsales
con la creatura humana y, por ella y con ella, como síntesis
perfecta del mundo visible e invisible ("VISIBILIUM OMNIUM ET
INVISIBILIUM"), con toda la creación nacida gratuitamente
de su poder comunicador: "la summa sapienza e'l primo amore"
(Dante, "canto III ").
La vocación israelita en las proximidades últimas del
fin está explícitamente anunciada por el más
genial de los judíos helenísticos, el Apóstol
-a la vez- de los gentiles: "Y sucederá, que en el
mismo lugar en que se les dijo: vosotros no sois mi pueblo, allí
serán llamados hijos de Dios vivo" (Rom. 9, 26),
porque "las promesas de Dios son sin arrepentimiento"
(ib. 11,29), bien que todos los hombres estemos convocados a ser "hijos
de Abraham por la Promesa" (Rom. 9, 8) o, como magníficamente
lo suspira la Liturgia Romana en una de sus bellas oraciones colectas
de la Vigilia Pascual: "Concede que el mundo entero pase
a la filiación de Abrahám y alcance la dignidad
israelítica" ("et in israéliticam
dignitatem") ya que, como acota San Jerónimo, "por
el delito de los judíos la salud pasó a los gentiles,
(pero) por la incredulidad de los gentiles volverá
a los judíos" (cit. por Straubinger, N. T., p. 637)
y en el versículo 25 de la ya citada Carta a los Romanos concluye
San Pablo: "que una parte de Israel ha caído
en la obcecación hasta tanto que la plenitud de las naciones
haya entrado. Entonces salvarse ha todo Israel según está
escrito: saldrá de Sion el Libertador" (ib. 11, 25-26).
La Parusía de este Libertador constituye el polo de atracción
de todos los tiempos, de todas las edades, de todos lo pueblos: "ET
ITERUM VENTURUS EST CUM GLORIA IUDICARE VIVOS ET
MORTUOS CUIUS REGNI NON ERIT FINIS".
El centro de toda esjatología ortodoxa es
esta Presencia suspirada, suplicada, aguardada, invocada, presionada
(si cabe decirlo así) por los "mártires"
(esto es por los "testigos" de su verdad y de su Amor)
de todos los pueblos: "Vi debajo del altar las almas de los
que fueron muertos por la palabra de Dios, y por ratificar su testimonio,
y clamaban a grandes voces, diciendo: ¿hasta cuándo,
Señor, Santo y Veraz, difieres hacer justicia y vengar nuestra
sangre contra los que habitan la tierra?" (Apoc. 6, 9-10)...
"...Y se les dijo que descansen en paz un poco de tiempo,
en tanto que se cumplía el número de sus consiervos
y hermanos que habían de ser martirizados también como
ellos" (ib. 6, 11).
La impiedad sincretista que obnubila a las masas entontecidas de nuestra
época y embriaga a sus dirigentes en la euforia de una globalización
"fraterna" que no se funda en la "divina caridad"
imagina (pero no cree) un "cielo" poblado de nubes
"angelicales" donde los marginales de este mundo
se consuelan de sus pasadas miserias al son del arpa, en tanto ellos,
por efecto del perdón que aquéllos deben a sus prójimos,
aseguran sus pingües ganancias para ser después "recibidos
en las moradas eternas" (Lc. 16, 9).
No es esto lo que manifiesta la palabra radical y absoluta del Profeta,
porque si bien este es el tiempo de la misericordia para todos aquellos
que se sometan a la "metanoia", a la conversión sustancial
de sus vidas, de aquellos que quieran pasar del "amor de
si" ("AMOR SUI") al "amor de
Dios" ("AMOR DEI"), purificándose
en los torrentes incontenibles de la gracia, aquel otro será
el espacio de la justicia vindicativa que jamás el
pensamiento humano imaginó, "a contrario"
del consuelo paulino (1 Cor. 2, 9) para quienes alcancen la salvación
ya que para éstos "ni ojo vio, ni oído oyó,
ni la imaginación humana imaginó las cosas que Dios
tiene preparadas para los que lo aman". Porque la "masónica
fraternidad" en nada se parece a la "VERA FRATERNITAS
QUAE VICIT MUNDI CRIMINA" (Liturgia Romana).
"Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de nuestra fe",
apunta Leonardo Castellani en "Cristo, ¿vuelve
o no vuelve?" y añade: "es un dogma de los
más importantes, colocado entre los catorce artículos
de fe que recitamos cada día en el Símbolo de los Apóstoles
y cantamos en la misa solemne... Es un dogma bastante olvidado. Es
un espléndido dogma poco meditado. Su traducción es
ésta: el mundo no continuará desenvolviéndose
indefinidamente, ni acabará por azar, dando un encontronazo
con alguna estrella mostrenca, ni terminará por evolución
natural de sus fuerzas elementales... sino por una intervención
directa de su Creador. No morirá de muerte natural sino de
muerte violenta, o por mejor decir ya que Tú eres Dios de vida
y no de muerte- de muerte milagrosa. El Universo no es un proceso
natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas, sino que
es un poema gigantesco, un poema dramático del cual Dios se
ha reservado la iniciación, el nudo, el desenlace; que se llaman
teológicamente: Creación, Redención, Parusía.
Los personajes son los albedríos humanos. Las fuerzas naturales
son los maquinistas. Pero el primer actor y el director de orquesta
es Dios. "Varones galileos ¿qué estáis allí
mirando al cielo? Este Jesús que habéis visto subir
al cielo, parejamente volverá a bajar del cielo", dijeron
los dos ángeles de la Ascención. Ese será el
desenlace del drama de la humanidad: "VIDEBUNT IN QUEM TRANSFIXERUNT"
("mirarán al que enclavaron"). El dogma de la Segunda
Venida de Cristo ("en gloria y majestad'), o Parusía del
Señor, es tan importante como el de su Primera Venida (Encarnación).
Si no se lo entiende, no se entiende nada de la Escritura ni de la
historia de la Iglesia. El término de un proceso da sentido
a todo el proceso. Este término está no sólo
claramente revelado, mas también minuciosamente profetizado..."
(hasta aquí Castellani).
Ahora bien, en este "suceder" histórico
en los finales del siglo XX y en el umbral del tercer milenio de la
Era (esto es del "eón") Cristiana emerge el sentido
"cíclico" temporal del mundo griego que
el Cris tianismo (entendido no como un sistema abstracto de verdades
sino como una plenitud mystérica) supo incorporar en la celebración
cultual y litúrgica (cotidiana-semanal-anual: siempre cíclica)
del "Mysterion", sacralización temporal
que supera (venciéndolo) al "tiempo", con su contenido
inevitablemente envejecedor, al diversificarlo en los tiempos o "ciclos"
litúrgicos ininterrumpidamente renovados. Esa cosmovisión
helénica fue trascendida y elevada en toda aquella dimensión
en que la gracia, que supone a la naturaleza, la perfecciona.
La conexidad entre el "tiempo,, y los "ciclos" ha sido
bellamente sintetizada en la expresión de San Gregorio Magno:
"QUIA ENIM SEPTEM DIEBUS OMNE TEMPUS COMPREHENDITUR..."
(Hom. 33) (ya que en la fórmula `siete días' el
curso completo del tiempo ha sido significado).
Y nótese que ese específico aporte griego a la cosmovisión
cristiana de ningún modo altera (sino que plenifica) la significación
dogmática dada por una dirección "rectilínea"
de la historia, considerada tanto desde la Creación del hombre,
cuanto desde su caída y, por ende, injertada en el acontecimiento
intra-histórico por excelencia: la Encarnación del Verbo;
suceso impenetrable que mantiene al "suceder" histórico
en una doble (desde nuestra óptica actual) tensión esjatológica.
La "plenitud de los tiempos" (Gal. 4,4) que señala
San Pablo manifestada en la Primera Venida del Xristós-Redentor
en la "humildad de la carne", y el Segundo Advenimiento
del Xristós-Rey, "MYSTERIUM FIDEI" de realización
metahistórica.
Esta proyección esjatológica en la cual vivimos se fundamenta
en muchos y capitales textos escriturísticos, tres de ellos
esenciales: el Capítulo XXIV de San Mateo que constituye (como
lo nota Castellani) un verdadero "apocalipsis sintético",
la 11 Carta de San Pablo a los Tesalonicenses (donde se contiene la
adoración idolátrica del hombre por el hombre, llegando
la soberbia humanistoide a asentarse en la Cátedra del templo
de Dios) y el Apokalipsis (síntesis total de toda la Revelación
y única profecía canónica vinculada
toda ella a los Últimos Tiempos).
Ese desarrollo, a la vez lineal y circular, está en la exposición
doctrinal de la Patrística (griega y latina) y, de modo particular,
en la primera enunciación de una "filosofía
de la historia", esto es, en San Agustín, en quien
resplandece la ya mencionada conjugación de los dos elementos
heterogéneos y oscuramente "concordantes":
la Providencia divina y el libre albedrío humano.
Sobre esa dimensión esjatológica, de "tensión"
por la esperanza de lo que "aún no es" (aspecto
rectilíneo) y, a la vez, de gozo por la alabanza divina, la
"LA US DEO" del ciclo litúrgico (que ya
es) se edifi có la Cristiandad temporal. Es difícil
situar el momento o "instante" de su apogeo, a
mérito principalmente de la distancia psicológica
en que ahora nos encontramos de ella. Pero es más fácil
ubicar su progresiva desintegración: la decadencia escolástica
del siglo XIV abre los cauces de la "modernidad".
El "nominalismo voluntarista" de Guillermo de Occam
está ya señalando claramente su quiebra (por lo menos
en el plano intelectual).
El orden "cíclico" se mantendrá aunque
"cosificado" (el hombre de la modernidad "lee
y escribe" pero ya no entiende el elocuente lenguaje de
los símbolos).
La proyección "rectilíneo-esjatológica"
se desvanecerá al gestarse el concepto de un "pro-greso"
o `proceso indefinido" (sin "telos") del tiempo
histórico. Se iniciará, a la vez, la "degradación"
del tiempo social que culmina en nuestros días de secularismo
total.
Con todo, hablamos de "degradar" toda vez que las
sacudidas, y el consiguiente descenso, son graduales y no siempre
traumáticos. El "racionalismo conceptualista"
se adueña de la filosofía: Suárez, Descartes,
Leibniz, Wolff.
En un islote antirracionalista encontramos a Pascal con su primacía
del "conocimiento cordial". Asimismo nadando a contra-corriente
de la moda (y con una captación intuitiva sorprendente) hállase
el historicismo del pensador hispano-napolitano Giambattista Vico
con su revalorización de los "ciclos históricos".
Con la Ilustración (francesa y alemana) y con el criticismo
kantiano se producirá la aparición y prevalencia del
"sentido rectilíneo-evolutivo" que cristaliza
en el "evolucionismo teológico" de Theilard
de Chardin. Sus mojones son bien conocidos por todos nosotros: la
bondad natural del hombre (negación del pecado original y de
la redención), el mito del progreso indefinido y el optimismo
eufórico que éste conlleva, el estado pre-social, las
ideologías, el utopismo como sistematización permanente
del cuerpo social (atomizado por el individualismo liberal), el laicismo
en el orden público, la secularización de la misma vida
privada e incluso en el mismo reducto religioso, en fin, la exclusión
de Dios del ámbito histórico.
En la coronación del "devenir dialéctico"
el Hegel bifronte que, por un lado, sintetiza a todo el Iluminismo
y, por el otro, contiene todas las ensoñaciones ideológicas
de este siglo.
El post-Iluminismo marca, sin hesitación, el fin de un "tiempo"
histórico, el de la Contrarreforma. (1)
El desquicio racionalista -empero- está atravesado por infinidad
de corrientes irracionalistas, algunas de las cuales,penden del él,
pero otras son no iluminísticas y han influido en la conformación
de la herejía modernista, descrita y condenada en la encíclica
"Pascendi"
(1907) del Papa San Pío X, tal como, por ejemplo, toma origen
en Schleiermacher con su exclusividad del "sentimiento religioso",
íntimo e irreductible, y desvinculado de todo
"Ser infinito y superior", con absoluta independencia
de la doctrina (y, naturalmente, de cualquier enunciación intelectual
o dogmática); premisa principal de la inmanencia
religiosa del nombrado error "modernista"
que causa verdaderos estragos en la obnubilada inteligencia del hombre
contemporáneo, particularmente, porque ya no tiene modo de
conocer la naturaleza y la existencia misma de su
error.
"El error más catastrófico (observa agudamente
Santo Tomás), es el que versa sobre la misma naturaleza
del entendimiento, mediante el cual logramos despejar los errores,
y estamos en condiciones de conocer la verdad..." ("DE
UNITATE INTELLECTO").
Ese fin de un "tiempo" está condensado en
cuatro aspectos fundamentales de la "modernidad"
marcando, por ello, la expresión misma y la caducidad de la
"contrarreforma": 1°) la primacía de
la "RATIO" (la razón discursiva) sobre el
"INTELLECTUS" ("nous") y, consiguientemente
la muerte del entendimiento, como facultad de "intuición"
y `juicio", el "esprit de finesse" de Pascal
(hoy se habla como de cosa común de "inteligencia
artificial", negación radical de la intencionalidad
inmaterial del conocimiento; 2°) la decadencia final de la "paideia",
actualmente reducida a una "cultura" masiva, niveladora
y caótica; 3°) la destrucción (a veces pareciera
que con rabia en el seno mismo de la Iglesia) de los "símbolos"
propios del "Mysterion" y, por ende, el fenómeno
absolutamente desconocido en la historia pagana,
hebrea y cristiana de la desacralización, que no concluye en
la liturgia - como algunos creen- sino que en rigor comienza
por ella; 4ª) el agotamiento del lenguaje propiamente
humano, desquiciado por la manipulación informática
y cibernética que anuncia un planeta preparado para la esclavitud
colectiva.
La crisis última prevista y preanunciada por Kierkergaard o
Juan Donoso Cortés (en pleno auge del optimismo decimonónico)
se desarrolla raudamente ante nuestros ojos angustiados, pero expectantes.
Expectantes en razón de que, más allá de todos
los mitos y sin que podamos conocer contingencialmente el futuro,
la década que finaliza nos ha convertido en testigos del "resurgimiento
de las cosas".
En este orden, y ajustándonos exclusivamente al aspecto político
observamos un desbordamiento de la realidad que se manifiesta en la
explosión de las etnias y los particularismos lingüísticos,
en la reconsideración de espacios políticos que se juzgaban
agotados o perimidos, en la difusión incontenida de los impulsos
religiosos, en la explosión de una policromía de manifestaciones
culturales hasta ayer clandestinas.
Todos esos impresionantes "cambios" operados en
la Europa del Este (la tradicional "Mitteleuropa")
que están mostrando por sí solos el fraude racionalista
y "humanitarista" de los Tratados de Versalles
que desintegraron el espacio geopolítico clave de la cuenca
hidrográfica del Danubio, el Imperio habsbúrgico, que
fue por siglos el antemural de los valores mediterráneos frente
a la barbarie exterior y que, precisamente, por no existir más
posibilitó en los oprobiosos acuerdos de Yalta la entrega muda
y trágica de todos los pueblos por él contenidos en
manos de las hordas soviéticas, ante la mirada cómplice
de las grandes "democracias"; situación
ésta que, de por sí, impondría el juicio definitivo
de los "prudentes" estadistas que orquestaron ese
"orden" que ahora estrepitosamente se derrumba:
Wilson en Versalles, Churchill y Roosevelt en Yalta.
Los males del mundo actual son males de la inteligencia y, más
particularmente, son gravísimas deformaciones de la "inteligencia
teológica".
Castellani asevera (ib. p. 17) que su enfermedad mental específica
"es pensar que Cristo no vuelve más, o al menos, no
pensar que vuelve. En consecuencia (acota) no entiende lo que le pasa.
Dice que el Cristianismo ha fracasado. Inventa sistemas, a la vez
fantásticos y atroces, para salvar a la humanidad. Está
a punto de dar a luz una nueva religión. Quiere construir otra
torre de Babel que llegue al cielo. Quiere reconquistar el Jardín
del Edén con solas las fuerzas humanas. Está lleno de
profetas que dicen: `Yo soy, aquí estoy'; `Este es el programa
para salvar al mundo'; ¡La Carta de la Paz, él Pacto
del Progreso y la Liga de la Felicidad! ¡La Una, la Onu, la
Unam, la Unesco! ¡Mírenme a mí, yo soy!"
... "La herejía de hoy (prosigue), descrita por Hilaire
Belloc, pareciera explícitamente no negar ningún dogma
cristiano, sino falsificarlos todos. Pero, mirándolo bien,
niega explícitamente la Segunda Venida de Cristo y, con ello,
niega su Reyecía, su Mesianidad y su Divinidad. Es decir, niega
el proceso divino de la historia. Y al negar la Divinidad de Cristo,
niega a Dios. Es ateísmo radical revestido de las formas de
la religiosidad. Con retener todo el aparato externo y la fraseología
cristiana, falsifica al Cristianismo transformándolo en una
adoración del hombre, o sea, sentando al hombre en el templo
de Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre como si sus fuerzas
fuesen infinitas. Promete al hombre el reino de Dios y el paraíso
en la tierra por sus propias fuerzas... Esta religión no tiene
todavía nombre y, cuando lo tenga, ese nombre no será
el suyo. Todos (los cristianos) que no crean en la Segunda Venida
se plegarán a ella. Y ella les hará creer en la venida
del otro..."
Este "Otro" (Jn. 5, 43) innominado será,
a la vez, la antítesis del Redentor y la síntesis
perfecta de todos los errores y crímenes de la historia humana,
pero se presentará como el Señor y Amo Universal de
la paz, el progreso y la confraternidad cuya "legitimidad"
brotará de la soberanía de las masas, cretinizadas hasta
el nefando grado de exaltarlo y adorarlo como "Dios". Para
ello será menester primero que el recio fundamento trinitario
en que está establecida la dogmática cristiana se haya
diluído en un vago "deísmo" nivelador
en el cual participen y comulguen los más extraños desvaríos
religiosos de la humanidad.
La descripción de Donoso Cortés formulada en 1852 tiene
hoy todo el prestigio de una conjetura a punto de completarse: "cuando
se consideran atentamente (escribe en su Carta al Cardenal Fornari)
estas abominables doctrinas es imposible no echar de ver en ellas
el signo misterioso, pero visible, que los errores
han de llevar en los tiempos apocalípticos. Si un pavor religioso
no me impidiera poner los ojos en esos tiempos formidables, no me
sería difícil apoyar en poderosas razones de analogía
la opinión de que el gran imperio anticristiano será
un colosal imperio demagógico, regido por un plebeyo de satánica
grandeza, que será el hombre de pecado" (T° 11,
p. 623).
En su reinado la Verdad gemirá pisoteada por la multitud o,
como enérgicamente lo formula Kierkergaard en 1850: "la
Verdad -que aborrece también esta mentira de
aspirar a una gran difusión como meta- no tiene
alas en los pies. En primer lugar no puede trabajar con los fantásticos
medios de prensa, la cual es la mentira; el comunicador de la verdad
sólo puede ser un individuo... Yo, nunca, (prosigue) he leído
en las Sagradas Escrituras el mandamiento: amarás a la multitud,
y aún menos: reconocerás, en la multitud a la suprema
autoridad en materia de "Verdad"...porque la multitud es
la mentira..." Y para escapar de la cautividad
de la multitud (que es la mentira) el mismo Kierkergaard nos propone
alcanzar como un SINGULAR la perfección de la verdadera
libertad: "ser sí mismo" ("Migajas
filosóficas", Ed. Trotta, p. 32).
El Padre Castellani tiene en su novela exegética "Los
papeles de Benjamín Benavídez" (también
en "El Apokalipsis", ed. Jus p.152 ss.) una página
magistral que sintetiza el sentido total del Anticristo a quien se
designa como "la clave metafísica de la historia humana".
Entre otras cosas notables allí se destaca que "el
Anticristo reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación,
al mismo tiempo que fomentará una falsa Iglesia. Matará
a los Profetas y tendrá de su lado una manga de profetoides,
de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la
salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán
la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá
sobre todo la predicación y la interpretación del Apokalipsis;
y odiará con furor, aún la mención de la Parusía.
En su tiempo habrá verdaderos monstruos que ocuparán
cátedras y sedes, y pasarán por varones píos,
religiosos y aún santos; porque el Hombre del Pecado tolerará
y aprovechará un Cristianismo adulterado..." Capítulos
enteros de "Su Majestad Dulcinea" se representan
ante nuestra vista con impávida "solemnidad". Los
"Fleurettes" y los "Panchamplas" nos
rodean -demasiado próximamente- ya no con "mayestática
presencia", mas ahora con "mediática asiduidad",
pero con aquel mismo literario desparpajo ecuménico.
Michael Schmaus observa que, en tales extremos, se necesitará
(antes que nada) el don de la discreción de espíritus:
"quien no lo tenga, podrá caer en los engaños
de los falsos cristos", acotando a continua ción
que "será grande el número de los desertores.
Sólo quien tenga el don de distinguir espíritus podrá
darse cuenta del tono inauténtico...de los falsos cristos.
Los falsos mesías intentarán hacer fidedignas sus pseudopromesas
con grandes signos y maravillas. Sus milagros harán la impresión
de que Dios los avala, mientras que el abandono y debilidad de los
cristianos darán la impresión de que Dios se
aparta de ellos..." ("Teología
dogmática". Rialp, T° VII, p. 174).
Estos tiempos catastróficos donde sólo el Mártir
(como apuntó Kierkergaard) tendrá, en su desesperante
paradoja, la verdadera libertad, han sucedido ya en el curso de la
historia a modo de "typo", vale decir de modelos
paradigmáticos de lo que será en su oportunidad el "antitypo".
"Toda profecía -anota una vez más Castellani-
se desenvuelve en dos planos y se refiere a la
vez a dos sucesos: uno próximo llamado 'typo' y otro remoto,
llamado ántitypo: ¿Cómo podría un profeta
describir sucesos lejanísimos, para los cuales hasta las palabras
faltan, a no ser proyectándolos analógicamente desde
sucesos cercanos?" (ib. p. 21).
Me detendré, precisamente, en un "typo"
de los infinitos que la historia de estos dos milenios ha suministrado,
desde Nerón (a cuya vista escribe el vidente de Patmos) hasta
la descomposición reciente del marxismo soviético, esa
terrible "utopía trágica" como tan
exactamente la denominara el Papa Juan Pablo 11 en sus discursos de
Praga.
El "typo" al cual ahora me refiero es la Alemania
paganizada y brutalmente masificada de la década del 30; esa
Alemania tiranizada por una ideología de cuño hegeliano
y radicalmente anticristiana: el nacionalsocialismo o nazismo hitleriano
cuyo acceso a la cumbre del poder no se produjo, llamativamente, por
ninguna "revolución" o "Coup d'état"
sino a través de los democráticos canales electorales
de la Constitución de Weimar, aquélla que fijaba los
cánones del "estado de derecho" nacido (como
bien lo ha comprobado Carl Schmitt) del "Leviathan"
de Thomas Hobbes; extremo éste que nos debiera hacer meditar
seriamente acerca de las cláusulas de nulidad y desobediencia
cívica que incluimos en nuestras reformas constitucionales,
el día en que la "soberanía del número"
(como en la Alemania de Hitler) nos suministre un nuevo "führer"
legal y constitucionalmente inobjetable, pero esencialmente
ilegítimo por su frontal oposición a la causa
final trascendente y a la causa final inmanente que garantizan la
verdadera licitud de todo orden político: Dios (Bien Comunísimo)
y el bien común temporal.
En la "noche de la fe" de esa Alemania brutal,
emergida de las tenebrosidades de la Prusia luterana, hegeliana y
antirromana, alcanza su cenit existencial (intelectual, espiritual
y afectivo) el gran filósofo bávaro Theodor Haecker
de quien dijera el P López Quintás que fue "el
primer europeo que tuvo la valentía de estudiar los fenómenos
espirituales a su debida altura. De ahí sus ataques despiadados
a autores tan indiscutiblemente admirados como Hartmann, Spengler,
Klages, Scheler y su predilección por Virgilio, Kierkergaard
y Newman. De ahí su actualidad en la hora de preocupación
antropológica que vivimos hoy..." ("Qué
es el hombre", p. 201).
Sin detenerme ahora en el desarrollo de su rico y fecundo pensamiento
filosófico, glosaré tan sólo algunas profundas
reflexiones contenidas en su "Diario del día y de
la noche", obra dolorosísima que va gestando ocultamente,
censurada ya su voz en los ambientes académicos, y con el peligro
continuo de ser descubierto y sometido al registro de la Gestapo,
la cual en ocasiones estuvo a punto de hallar el valioso manuscrito
y, por ende, a punto también de destruirlo.
Heinrich Wild asevera que éste es el libro "más
maduro y personal del tardío Haecker" a quien, añade,
"le fue concedida e impuesta como pesada carga el don de
la distinción de espíritus, (quien) se con
vierte durante la guerra en profeta seguro de la catástrofe
alemana y europea, que, por estar desde hacía mucho tiempo
implicada en la apostasía del espíritu, él vio
y esperó como consecuencia natural y manifestación externa
de un hecho interior ya ocurrido...", palabras
éstas de hondo significado que muestran la inanidad de los
análisis superficiales que se multiplican hoy en Occidente
(y también naturalmente en la Argentina) para explicar la decadencia
exterior de las costumbres, principalmente, de la
violencia, cuando éstas no son sino el natural corolario de
una previa y desgarradora apostasía interior, la apostasía
del corazón.
En este plano apunta Haecker el 7 de Diciembre de 1939: "la
medida de la confusión se colma cuando los sofistas escriben
la historia de la filosofía, los Catilinas la de los pueblos
y Estados, los herejes la historia de la Iglesia. Siempre hubo indicios
de ello en Europa, pero ahora es más terrible..."
(p. 33).
"Hay un irracionalismo honorable (escribe el primero
de Enero de 1940) que en definitiva no es más que la capitulación
y el respeto de la `ratio' humana ante lo divino. Pero hay también
un irracionalismo deshonroso y la juventud alemana actual se inclina
a él- que quiere ocultar y tapar con el destino ' la racionalidad
dé las consecuencias de una acción culpable y la voz
de la conciencia moral..." (p. 44).
En nuestros días el "destino" ha sido sustituido
por un "nihilismo progresista", por contradictorios
que ambos conceptos pudieran parecernos. En las dos situaciones ("destino"
o "nihilismo") la voz de la "propaganda"
es decisiva para su artificial difusión masiva, centrada en
una violencia moral inaudita que nace de la mentira
y concluye en la mentira. Y, como un eco del texto kierkergaardiano
que al principio mencioné, anota Haecker el 2 de Febrero de
1940 (p. 51): "las cosas de este mundo, a pesar del enorme
lastre de mentiras, pueden durar, aunque parezca imposible, mucho
tiempo sin perecer, e incluso pareciendo que se fortalecen.
Esto es horrible y para el espíritu una gran tentación
de desesperar de la decisiva importancia de la verdad... Pero no es
más que una tentación: en lo íntimo del espíritu
existe la certeza de que la mentira aniquila a un hombre y, por tanto,
también a un pueblo..."
También en nuestros días finiseculares nos asalta esa
"gran tentación" que será, en definitiva,
"la gran tribulación como no la hubo semejante desde
el principio del mundo..." (Mt. 24, 21), pero también
ahora, sean éstos los tiempos que fueren, la certeza subjetiva
del espíritu asentada sobre la roca inconmovible de la Fe (a
la par que nos advierte que en el mundo pasaremos grandes tribulaciones)
nos garantiza por el oráculo misterioso del discípulo
amado: "pero tened confianza, yo he vencido al mundo"
(Jn. 16, 33).
"Amigo mío (observa Haecker, p. 127) los
hombres de hoy en día se sienten mucho menos necesitados de
salvación que los hombres de hace dos mil años. Encuentran
soportable incluso la vida en el infierno, pues no ven que
esto es el infierno. ¿Cómo van a anhelar la
salvación? ¿Quién tiene sed de justicia? Beben
las injusticias como el agua, peor, las gustan como
vino añejo. ¿Quién tiene hambre de verdad?
Comen mentiras como el pan de cada día y no pueden vivir sin
ellas."
Esta amarga comprobación, tan exacta para la Alemania del '30
es en nuestro mundo globalizado más desgarradoramente verdadera.
A este mundo del éxito, el consumo y la eficiencia erigidos
en los valores trascendentes y supremos le oponemos este comentario
de Haecker del 14 de Junio de 1940 (ps. 123/4): "el `éxito',
puesto que puede proyectarse y calcularse y es `mérito' en
virtud de un mérito, es el exacto opuesto á la bendición
de Dios, que es absolutamente gratuita. Cualquier
intento humano o demoníaco no puede ni imitarla, y mucho menos,
sustituirla. Naturalmente, la bendición es también visible,
pero viene visiblemente de lo invisible, mientras que el éxito
es una consecuencia de lo visible. El éxito se puede explicar
perfectamente en el cálculo, la bendición es siempre
un misterio. El éxito pertenece a la naturaleza,
es casi un producto de la naturaleza, preparada y aliñada por
el hombre como 'técnica: La bendición es divina. Sobre
los hombres y los pueblos de `menos éxito' puede posarse una
bendición de Dios, y sobre el éxito más vociferante
una maldición".
Este sobrecogedor texto de Haecker se aplica literalmente a nuestra
época en que el afán de éxito (y de lucro) más
descontrolado que han conocido los siglos constituye el eje central
a cuyo alrededor giran él hombre y el dolor de todos los pueblos
marginados del banquete mundano de los todopoderosos, a quienes se
aplica el anuncio que corresponde al caballo negro del Apokalipsis
(6,6): "Y vi un caballo negro. El que lo montaba tenía
una balanza en su mano. Y oí cierta voz... que decía:
dos libras de trigo por un denario y seis libras de cebada a denario,
y el aceite y el vino no dañes", vale decir la
"Carestía" que (como acota Castellani) sólo
alcanza a los pobres (trigo y cebada a valores exhorbitantes) pero
no a la mercancía de los ricos (vino y aceite), aquello que
ahora (prosigue Castellani) llaman "crisis" o
"crack" "que los entendidos dicen es periódicamente
necesaria al capitalismo, como un ,reajuste', o sea, venganza de la
realidad contra un sistema amañado" (op. cit. p.
112).
Haecker advierte en los sucesos de su tiempo una "apostasía
premeditada" a la cual -paradojalmente- asocia con la "multiplicada
apostasía de Occidente" (p. 238) que arranca con
la revolución (francesa) de 1789. Y ante este desbordamiento
incontenible de la revolución y de la apostasía, ante
la misma defección de la Iglesia, no cae en la ingenua ilusión
de quienes suponen (son sus palabras) "que el bien `tiene'
que triunfar siempre en el tiempo, (esta) es una opinión frecuentemente
defendida por un nuevo humanismo; (pero) de ninguna manera
es fe cristiana. ¿Dónde hay una palabra sobre ello en
el Evangelio? ¿Qué letra de nuestra profesión
dogmática de fe tiene algún aliento de este espíritu?
La opinión del nuevo humanismo es una herejía, una
de las más peligrosas herejías. La opinión
del nuevo humanismo es una degeneración de la fe cristiana
en la victoria absoluta del bien: de la fe en la eternidad, de la
fe en Dios, Señor del mundo" (p. 238).
Esa vana "ilusión" proviene del silencio
profético que, como lo señala la Escritura,
es uno de los signos manifiestos de la proximidad del fin. Ya Haecker
observa el "enorme desconcierto de los espíritus",
por la confusión y añade: "la voz profética'
de la Iglesia está muda, es como si su oficio profético'
estuviera suspendido" (p. 124) y concluye con este interrogante
que es también nuestra misma lacerante pregunta de hoy:
"¿Pertenece esto también a la hora del mal? Cada
uno tiene que tantear en la noche".
En la noche oscura, como antes ya noté, de la fe desnuda, despojada
no sólo de los lazos visibles de una cristiandad temporal,
sino también de todas las manifestaciones exteriores y sensibles
que en los tiempos ordinarios sostienen nuestra profesión de
fe.
Pero éstos son, sin duda alguna, tiempos extraordinarios en
los cuales "la Iglesia Cristiana (como agudamente nota Haecker)
entra en una nueva forma de manifestación cuya característica
no es ya, como desde milenio y medio, (la construcción)
de iglesias. La Iglesia vive y vivirá `IN PARTIBUS INFIDELIUM'.
Y estando `IN PARTIBUS INFIDELIUM' ("entre infieles")
puede haber Iglesia, pero no se construyen (ya) iglesias"
(p. 243).
Y el mundo que adviene en algo se parece (por eso es éste su
"typo") al "IN PARTIBUS INFIDELIUM",
mas en algo principal no se le asemeja: ya no es
un orbe puramente pagano que se debe evangelizar, es -por el contrario-
una sociedad internacionalizada radicalmente apóstata
y contestataria en la cual "frente al auténtico creyente
(señala Haecker) el incrédulo tiene un sentimiento de
inferioridad o por lo menos el sentimiento de que el otro tiene algo
que él no tiene ni puede quitarle. Esto se
convierte fácilmente en odio y persecución. Y adquiere
formas inimaginables de odio en una sociedad que
dogmáticamente excluye la fe del cristiano" (p. 240)
y el carácter satánico y sacrílego de este "antitypo"
es mucho más peligroso, en tanto es un veneno sutil que genera
"una peligrosa ilusión (la de) creer que se puede tener
una `religión' del humanismo y de este mundo sin la colaboración
del demonio. El es el príncipe' de este mundo y no permite
que se prescinda de él, aunque se quiera contar sólo
con el mundo y con que él no existe" (p. 240).
El 15 de Diciembre de 1939, en esta misma línea, anotaba Haecker:
"lo que los enemigos mortales del reino de Cristo pueden aniquilar
es todo lo que en la Iglesia hay de este mundo. Puede ser mucho, tristemente
mucho, tanto que parezca que es todo" (p.
37).
Tanto que la Iglesia, como sostuvo San Victorino mártir (cit.
por Castellani, "Los papeles de Benjamín Benavídez",
p. 245) "será quitada ("DE MEDIO FIET")
para que Ella también beba hasta las heces el cáliz
de la Pasión y complete en su Carne visible lo que falta a
la acción redentora del Salvador (Colos. 1, 24) y, como Él,
pueda exclamar desde la culminación agónica de la Cruz:
"Padre, ¿por qué me has desamparado?" (Mt.
27, 46). (2)
En esta hora de perversión intelectual y de desequilibrio moral
y afectivo en que los panteísmos, los esoterismos, los ocultismos,
los relativismos, los sincretismos, las sectas más insólitas
y todo el progra ma desafiador de la "new age"
pululan como langostas (precisamente las langostas apokalípticas)
es más precisa que nunca la "función profética".
Esta (señala L. Castellani) "es necesaria a una nación,
tantoo más que la función sacerdotal y la función
Monarca (lo político). Si se arroja por la borda la
(verdadera) profecía, se cae necesariamente en la pseudoprofecía...
y el Apokalipsis (canónico) es EL ÚNICO ANTIDOTO
ACTUAL contra (los) seudoprofetas..." (op. cit., p. 337).
Así es, exactamente, cuando se niega o se subestima la dimensión
esjatológica sobrenatural de nuestra Fe pululan todas las ideologías
utópicas cuyo milenarismo carnal seduce nuestras indefensas
inteligencias por la ausencia notoria y dolida de la recta doctrina.
El principiar del siglo XXI nos presenta los siguientes titulares
de primera página: la decadencia de España y Francia
al menos como primogénitas de la Cristiandad (con un problema
islámico irresuelto que puede hacerlas estallar como al Imperio
la invasión de los bárbaros en el siglo V) pero con
una incontenible penetración financiera en las economías
latinoamericanas, nueva y extraña "misión salvífica";
la siempre renovada reacción política de los británicos
capaces de asegurar por mucho tiempo sus espacios geopolíticos
(de manera particular en el Atlántico sur, a costa de una Argentina
que sólo existe en los membretes); la eclosión de una
"PAX AMERICANA" que no puede ocultar, sin embargo,
los factores básicos internos de una posible desintegración
pero, a la vez, capaces de incorporar también la imbatible
presión de su interior mundo hispanoparlante; la endémica
crisis balcánica que posibilita en estos momentos la reacción
no calculada de Rusia, pese a que esta es la tercera vez en el siglo
en que las grandes potencias "democráticas"
brindan oxígeno a los nunca renunciados proyectos expansivos
de una potencia que aún no se ha convertido, como lo profetizara
condicionalmente en Fátima Nuestra Señora; una América
Latina en estado crónico de sometimiento y desestabilización
como lo vemos hoy en Colombia; la anarquía interior de las
repúblicas africanas (suburbio de Europa que sobre ella avanza);
el crecimiento y consolidación de la India, la sociedad sincretista
por antonomasia; la "conversión" capitalista
de ese gigante aún dormido que es la China; el afianzamiento
de los fundamentalismos islámicos (tal como fuera previsto
hace ochenta años por Hilaire Belloc); la, por el momento hipotética
(pero posible) "confederación judeo-árabe"
aludida en el '20 por T. E. Lawrence; la peligrosa difusión
del narcotráfico con sus eventuales accesos al sistema nuclear;
la concentración de las riquezas mundiales en manos de una
minoría plutocrática de naturaleza teológica,
carente, por su misma conformación de toda dimensión
solidaria (y que bien puede ser la Babilonia Magna que se
describe en el capítulo 17 del Apokalipsis). (3)
Y en medio de este complejo panorama quizás se encienden ya
en el horizonte las débiles luces que anuncian
la profetizada reconciliación de Israel con sus raíces,
de la cual es signo la canonización de la filósofa carmelita
Edith Stein, mártir de Cristo e hija de Israel, sor Teresa
Benedicta de la Cruz, aislado y doloroso calvario de la Alemania totalitaria,
al igual que Haecker.
Esta proyección esjatológica (propia de cada época)
está marcando ya el foral de este segundo milenio, sin que
sepamos con seguridad la hora del divino Regreso, bien que se nos
invite a estar atentos a la proxi midad del verano (Mt. 24, 32) y,
por ende, a que sepamos reconocer los "signos de los tiempos".
Es la voz de Juan Pablo II la que enseña: (Es) "la
esperanza esjatológica... la esperanza del Reino eterno, que
se realiza por la participación en la vida trinitaria... El
Espíritu Santo... es el custodio y el animador de esta esperanza..."
"En la perspectiva del tercer milenio después de Cristo,
mientras `El Espíritu y la Iglesia dicen al Señor Jesús:
¡Ven!', esta oración conlleva, como siempre, una dimensión
esjatológica... Es una oración encaminada a los destinos
salvíficos hacia los cuales el Espíritu Santo abre los
corazones con su acción a través de toda la historia...
Pero al mismo tiempo esta oración se orienta hacia
un momento concreto (subrayado en el original) de la historia,
en el que se pone de relieve la plenitud de los tiempos marcada por
el año 2000..." (encíclica "DOMINUM
ET VIVIFICANTEM").
Así, pues, este momento concreto de la historia
que el Papa destaca en su dimensión esjatológica, nos
encuentra no sólo como testigos mudos y vigilantes de un porvenir
preñado de inquietudes pero también de promesas, sino
que nos encuentra fundamentalmente como TESTIGOS VIVIENTES, ACTIVOS
Y ¿POR QUÉ NO HEROICOS Y AUN MARTIRIALES? de un mañana
que ya hemos empezado a recorrer y cuya meta final -después
de los dolores y trabajos del parto (Jn. 16, 21)- concluye en aquella
PROMESA inefable que no fallará, porque Él mismo "enjugará
de sus ojos todas las lágrimas, ni habrá ya muerte,
ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque las
cosas de antes son pasadas" (Ap. 21, 4).
El santo Apokalipsis no contiene un mensaje de desesperación
y espanto sino la más sagrada y firme de todas
las esperanzas cuyo cumplimiento al pie de la letra
el León de Judá sabrá verificar con cada
uno de los salvados (como se nos da, en este estado de viadores,
a cada uno el manjar eucarístico) esta INCONMENSURABLE
PROMESA a cuya sola evocación mi corazón
se estremece de gozo: "Si alguno escuchare mi voz, y me abriere
la puerta, entraré a él, y con él cenaré
y él conmigo" (Apoc. 3, 20).
NOTAS:
(1) En este plano nótese
que la insistencia que siempre pongo en destacar que, propiamente
hablando, no hay ninguna "postmodernidad", sino
por el contrario, una revitalización neoiluminística,
se ve ratificada por la reciente publicación del nuevo libro
de Francis Fukiyama (el autor del ya famoso "El fin de la
historia"): "El gran disloque: la naturaleza humana
y la reconstitución del orden social" ["The
great disruption: human nature and the reconstitution of social order"]
("La Nación, 18/ 6/99, artículo de Bryan Appleyard"),
en el cual nuevamente se proyecta la mirada hacia un "hegelianismo
feliz", en defensa de la globalización centrada en
la noción de "democracia liberal" presentándose
al modelo "americano" (Estados Unidos) como "el
logro único del proceso de la Ilustración".
También el Papa actual se instala en esta visión interpretativa
(que está, por lo demás, en la línea de la encíclica
"QUANTA CURA" de Pío IX, (1864): "Enteros
países y naciones, en los que en un tiempo la religión
y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a
comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a
dura prueba e incluso... son radicalmente transformados por el continuo
difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo.
Se trata, en concreto, de países y naciones del llamado Primer
Mundo, en el que el bienestar económico (si bien entremezclado
con espantosas situaciones de pobreza y miseria), inspiran y sostienen
una existencia vivida `como si no hubiera Dios" (Exhortación
apostólica "CHRISTIFIDELES LAICI", p. 95).
(2) Sobre la naturaleza
de la "contestación" ha notado con su sagacidad
habitual el profesor Emilio Komar: "la actitud 'contestataria'
supone una previa tesis nominalista no problematizada en el sentido
de que no hay un orden real o, si lo hay, no es cognoscible. Según
la tesis indicada sólo hay hechos `atómicos'; las ordenaciones,
sistematizaciones, formas, figuras y pinturas' de los hechos son convencionales,
sociales o psicológicas. El nominalismo es por su esencia filosóf
ca sociologista y psicologista. De ahí fluye que así
como una generación pudo imponer sus convencionalismos, la
siguiente podrá imponer también los suyos. La `contestación'
y el `sistema' son enemigos sólo en la superficie..."
("Orden y misterio", p. 145).
Son, precisamente, los jóvenes quienes (por lo tanto) no deben
dejarse engañar: el "sistema" les permite
(hasta los alienta) a canalizar formas "contestatarias"
del "underground" que no son, en rigor, sino los
rostros más siniestros de una gigantesca mentira dialéctica
cuyo único enemigo real es la verdad heroica y testimonial.
A modo de ejemplo obsérvese cómo el ex "pacifista"
Javier Solana ha devenido secretario de la O.T.A.N.
(3) Asimismo, la difusión
compulsiva de los fanatismos religiosos de toda laya constituirá
una de las no menores dificultades conflictivas del siglo que adviene
y me parece (en este sentido) oportuno recordar aquella cita de Castellani
que efectué ante este mismo nutrido auditorio el pasado viernes
14 de Mayo en la clase inaugural del seminario dedicado a "las
enseñanzas vivas del Padre Leonardo Castellani".
"El fanatismo consiste (decía Castellani) en
poner arriba de todo los valores religiosos -lo cual está
bien- y después suprimir o despreciar todos lo otros valores,
lo cual está mal". "Fanatismo" y "libertad
intelectual" (digamos nosotros ahora) se enfrentan hoy en
un duelo de muerte y "el hombre libre es aquél (recordémoslo
con Chesterton) que VE los errores con la misma claridad con que
ve la verdad". En la misma línea del fanatismo emerge
también el fariseísmo (en sus más variadas facetas,
ya que no sólo es religioso [como recordé el catorce
de Mayo], sino también político, jurídico, cultural,
económico). Fariseísmo cruel como aquél que se
cebó en el siglo XVI con el arzobispo de Toledo Bartolomé
Carranza por la razón que ahora [documentalmente] venimos a
conocer: que su condenado (por la Inquisición española)
Catecismo fue la base para la redacción del llamado Catecismo
del Concilio de Trento. (cf. Pedro Rodríguez, Ed. RIAP). Tales
serán también las redes farisaicas en que quedaremos
atrapados quienes, en este tiempo de confusión y cobardía,
nos empeñamos en dar testimonio de la nuda verdad.
NOTA
LINGÜÍSTICA:
El uso del vocablo "esjatológico" ha sido propuesto
por el P. Leonardo Castellani a fin de evitar la severa confusión
que conlleva la doble y diversa significación del término
"escatología".
*Exposición
pronunciada en las "X Jornadas de Filosofía de la Historia";
Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad
de Morón, el 1° de julio de 1999 y publicado en la revista
"Verba lustitiae" de la misma Facultad, N° 12, 2001.
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