X.
EL ADVENIMIENTO DEL JUEZ SUPREMO
(Décimo artículo, enero de 1886)
I
Es superfluo intentar precisar la hora en que tendrá lugar
el segundo advenimiento de Nuestro Señor. Se trata de un secreto
impenetrable para toda criatura. “Lo que toca a aquel día
y hora, nadie lo sabe, ni los ángeles de los cielos, ni el
Hijo, sino el Padre solo” (Mt. 24 36).
Sin embargo este momento supremo, que pondrá término
a este mundo de pecado, será precedido de señales portentosas,
que fijarán la atención no sólo de los creyentes,
sino también de los mismos impíos.
Ante todo tendrá lugar, como lo hemos demostrado, la persecución
del Anticristo, la aparición de Henoc y de Elías. Cuando
San Pablo nos dice que Jesucristo destruirá al impío
con el soplo de su boca, y lo aniquilará por el esplendor de
su advenimiento, parece incluso que el castigo del Anticristo coincidirá
con el advenimiento del Juez supremo. Sin embargo, no es éste
el sentimiento general de los intérpretes. Se puede explicar
el texto de San Pablo diciendo que la destrucción del impío
no se consumará sino en el día del juicio final, aunque
su muerte haya ocurrido algún tiempo antes. Por otra parte,
los Evangelios insinúan con bastante claridad que habrá
un cierto lapso de tiempo, aunque bastante corto, entre el castigo
del monstruo y la consumación de todas las cosas.
En efecto, ¿qué dice Nuestro Señor? Comienza
por describir una tribulación tal, cual no la hubo jamás
desde el comienzo del mundo; es la persecución del Anticristo.
Luego añade: “Luego, después de la tribulación
de aquellos días, el sol se entenebrecerá, y la luna
no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo,
y las fuerzas de los cielos se tambalearán. Entonces aparecerá
la señal del Hijo del hombre en el cielo, y se herirán
entonces los pechos todas las tribus de la tierra, y verán
al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con grande poderío
y majestad” (Mt. 24 29-30).
Estos son los signos que precederán inmediatamente el advenimiento
de Jesucristo como Juez. Pero ¿cómo conciliar, con todos
estos preludios formidables, el carácter repentino e imprevisto
que, según otros textos del Evangelio, revestirá este
advenimiento? Un poco más lejos, en efecto, Nuestro Señor
nos representa a los hombres de los últimos días del
mundo enteramente semejantes a los contemporáneos de Noé,
que el Diluvio sorprende comiendo y bebiendo, casándose ellos
y casándolas a ellas (Mt. 24 36-40). Santo Tomás responde
a esta objeción diciendo que todos los trastornos precursores
del fin del mundo pueden ser considerados como haciendo cuerpo con
el juicio mismo, semejantes a esos crujidos siniestros que no se distinguen
del hundimiento que les sigue. Antes de todos estos presagios terribles,
los hombres podrán burlarse de las advertencias de la Iglesia.
Pero cuando oigan crujir la máquina del mundo, palidecerán;
y como dice San Lucas, perderán el sentido por el terror y
la ansiedad de lo que va a sobrevenir al mundo (Lc. 21 26).
El mismo Santo Tomás da una viva luz sobre los tiempos que
transcurrirán entre la muerte del Anticristo y la venida de
Jesucristo, cuando dice : “Antes de que empiecen a aparecer
las señales del juicio, los impíos se creerán
en paz y en seguridad, a saber, después de la muerte del Anticristo,
porque no verán acabarse el mundo, como lo habían estimado
antes” (Suppl. q. 73, art. 1, ad 1). Ayudándonos de este
pequeño texto, podemos formar las hipótesis más
plausibles sobre los últimos tiempos del mundo; y nuestros
lectores no dejarán de interesarse, aunque no las reciban sino
a título de simples conjeturas.
II
Hemos dicho, y mantenemos como incontestable, que la muerte del Anticristo
será seguida de un triunfo sin igual de la santa Iglesia de
Jesucristo. Las alegrías proféticas de Tobías
que recupera la vista al mismo tiempo que a su hijo, el gozo embriagador
de los Judíos a la caída de Amán y de sus satélites,
los arrebatos de los habitantes de Betulia, liberados por Judit del
cerco de hierro que los estrechaba; la purificación del templo
por los Macabeos, vencedores del impío Antíoco; finalmente
y sobre todo, la calma y el triunfo apacible de Job restablecido por
Dios en todos sus bienes, viendo acudir a sus pies a sus amigos y
a sus familiares arrepentidos, reuniéndolos a todos en un banquete
religioso : todas estas imágenes expresan de manera insuficiente
el estado de la santa Iglesia que abre su corazón y sus brazos
maternos tanto a sus enemigos como a sus hijos, tanto a los Judíos
convertidos como a los herejes reconciliados, tanto a los descendientes
de Cam como a los hijos de Sem y de Jafet; en una palabra, realizando
la gran unidad comprada al precio de la sangre de un Dios : ¡un
solo rebaño y un solo Pastor!
Seguramente, e incluso en este período de triunfo, habrá
todavía impíos; pero permítasenos pensar que
se esconderán, y que desaparecerán en la inmensidad
del gozo público.
Estos hermosos días no durarán, desgraciadamente, sino
el tiempo necesario para olvidar los solemnes acontecimientos que
los habrán hecho nacer. Poco a poco se verá cómo
la tibieza sucede al fervor; y este paso insensible se hará
tanto más rápido, cuanto que la Iglesia no tendrá,
por decirlo así, enemigos que combatir.
He aquí cómo un autor estimado, el padre Arminjon, describe
el estado en que caerá entonces el mundo:
“La caída del mundo, dice, tendrá lugar instantáneamente
y de improviso: «veniet dies Domini sicut fur» (II Petr.
3 10). Será en una época en que el género humano,
sumergido en el sueño de la más profunda incuria, estará
a mil leguas de pensar en el castigo y en la justicia. La divina misericordia
habrá agotado todos sus medios de acción. El Anticristo
habrá aparecido. Los hombres dispersados en todas partes habrán
sido llamados al conocimiento de la verdad. La Iglesia católica,
una última vez, se habrá difundido en la plenitud de
su vida y de su fecundidad. Pero todos estos favores señalados
y sobreabundantes, todos estos prodigios, se borrarán de nuevo
del corazón y de la memoria de los hombres. La humanidad, por
un abuso criminal de las gracias, habrá vuelto a su vómito.
Volcando todas sus aspiraciones hacia la tierra, se habrá apartado
de Dios, hasta el punto de no ver ya el cielo, y de no acordarse más
de sus justos juicios (Dan. 13 9). La fe se habrá apagado en
todos los corazones. Toda carne habrá corrompido su camino.
La divina Providencia juzgará que ya no habrá remedio
alguno.
“Será, dice Jesucristo, como en los tiempos de Noé.
Los hombres vivían entonces despreocupados, hacían plantaciones,
construían casas suntuosas, se burlaban alegremente del bueno
de Noé, que se entregaba al oficio de carpintero y trabajaba
noche y día por construir su arca. Se decían: ¡Qué
loco, qué visionario! Eso duró hasta el día en
que sobrevino el diluvio, y se tragó toda la tierra: «venit
diluvium et perdidit omnes» (Lc. 17 27).
“Así, la catástrofe final se producirá
cuando el mundo se creerá en la seguridad más completa;
la civilización se encontrará en su apogeo, el dinero
abundará en los comercios, jamás los fondos públicos
habrán conocido un alza tan grande. Habrá fiestas nacionales,
grandes exposiciones; la humanidad, rebosando de una prosperidad material
inaudita, dirá como el avaro del Evangelio: «Alma mía,
tienes bienes para largos años, bebe, come, diviértete...»
Pero de repente, en medio de la noche, «in media nocte»
—porque en las tinieblas, y en esa hora fatídica de la
medianoche en que el Salvador apareció una primera vez en sus
anonadamientos, volverá a aparecer en su gloria—, los
hombres, despertándose sobresaltados, escucharán un
gran estrépito y un gran clamor, y se dejará oír
una voz que dirá: Dios está aquí, salid a su
encuentro, «exite obviam ei» (Mt. 25 6)”.
Y el autor añade que los hombres no tendrán tiempo de
arrepentirse. En este punto disentimos de él. La gran catástrofe,
en efecto, será precedida de signos aterradores cuyo conjunto
formará un supremo llamado de la divina misericordia. ¡Muy
ciego y endurecido será quien resista a él!
El sol se oscurecerá, como agotado por una pérdida de
luz. La luna no recibirá ya una irradiación lo suficientemente
viva como para brillar ella misma. El cielo se enrollará como
un libro, invadido por una oscuridad espesa. Las fuerzas del cielo
se tambalearán; pues las leyes de los movimientos de los cuerpos
celestiales parecerán suspendidas. Habrá una profunda
turbación en el mar, un gran estrépito de olas levantadas,
y la tierra se verá sacudida de movimientos insólitos;
y los hombres no sabrán dónde refugiarse para huir de
los elementos desencadenados. Finalmente la tierra se abrirá,
y lanzará globos de llamas que producirán un incendio
general, mientras que en los aires aparecerá una cruz esplendorosa
que anunciará la venida del sumo Juez.
¿Cuánto tiempo durarán estas señales?
Nadie lo sabe. Lo que la Escritura nos dice, es que los hombres se
secarán de espanto. Sucederá con ellos lo que sucedió
con los contemporáneos de Noé. Mientras éste
proseguía la construcción del arca, todo el mundo se
burlaba de él; pero cuando el Diluvio comenzó a invadirlo
todo, todo el mundo tembló, y muchos hombres, según
el testimonio de San Pedro, se convirtieron. Del mismo modo, nos está
permitido esperar que al acercarse el juicio, una buena parte de los
hombres, viendo cómo los cielos se velan y sintiendo fallar
la tierra bajo sus pies, harán un acto de contrición
suprema y volverán a entrar en gracia con Dios.
Por lo que mira a los justos, levantarán la cabeza con confianza;
y la cruz que resplandecerá los llenará de alegría.
La carrera mortal de la Iglesia habrá concluido. El mundo esperará,
para acabar, a que Ella haya recogido al último de sus elegidos.