VIII.
LA CRISIS FINAL
(Octavo artículo, octubre de 1885)
I
Detengamos un instante nuestras miradas en los intrépidos misioneros
de Dios, y observemos la divina oportunidad de su aparición.
Según San Pedro, “vendrán en los últimos
días burladores con burlerías, dados a vivir conforme
a sus propias concupiscencias, y diciendo : «¿Dónde
está la promesa y el advenimiento [de Jesucristo]? Porque desde
que los padres murieron, todo continúa de la misma manera,
lo mismo que desde el principio de la creación»”
(II Pedr. 3 3-4).
Esos seductores, esos engañadores, los vemos con nuestros propios
ojos, los escuchamos con nuestras propias orejas. Se llaman racionalistas,
materialistas, positivistas; niegan a priori toda causa superior,
todo hecho sobrenatural; no quieren preocuparse de saber de dónde
vienen, ni adónde van; semejantes a los insensatos del libro
de la Sabiduría, miran la vida como una de esas nubes matinales
que no deja ninguna huella de su paso cuando se levanta el sol. Llaman
a lo que se encuentra más allá de la tumba, la gran
incógnita, y se niegan por completo a esclarecerla. Como consecuencia
de eso, el todo del hombre consiste, a sus ojos, en gozar lo más
que se pueda del momento presente, porque todo lo demás es
incierto.
Estos falsos sabios relegan las narraciones de Moisés entre
las cosmogonías fabulosas. Se niegan a reconocer a los Libros
Santos ningún valor histórico. Según sus opiniones,
todos estos documentos, en contradicción con la ciencia, serían
la obra de un judío exaltado, Esdras, que quiso con ellos realzar
a su nación.
Por lo que se refiere a la venida de Jesucristo, a la resurrección
general, al juicio final, a las recompensas y a las penas eternas,
lo consideran todo como sueños absurdos. Aseguran que la humanidad,
en vías de progreso indefinido, encontrará un día
su paraíso en la tierra.
Ahora bien, para confundir a estos impostores, Dios suscitará
a Henoc, representante del período antediluviano; a Henoc,
casi contemporáneo de los orígenes del mundo. Suscitará
a Elías, representante del judaísmo mosaico; a Elías,
que por un extremo confina con Salomón y David, y por otro
con Isaías y Daniel.
Estos grandes hombres, con una autoridad indiscutible, establecerán
la autenticidad de la Biblia, y mostrarán cómo el cristianismo
se vincula a la era de los profetas hasta Moisés, y a la de
los patriarcas hasta Adán. En ellos, todos los siglos se levantarán
para dar testimonio a la verdad de la revelación. Jamás
la divinidad del Cordero, que ha sido inmolado desde la creación
del mundo (Apoc. 13 8), habrá resplandecido de manera tan fulgurante.
Al mismo tiempo anunciarán con energía la proximidad
del Juicio. Retomando las palabras de San Juan, clamarán por
todos los rincones del mundo : “Haced frutos dignos de penitencia...
Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles...
El que viene tras de mí... tiene su bieldo en su mano, y limpiará
su era, y allegará su trigo en su granero; mas la paja la quemará
con fuego inextinguible” (Mt. 3 8-12).
Según la predicción del Eclesiástico, Henoc predicará
la penitencia a las naciones, por las que se entiende a todos los
pueblos fuera del judaísmo; les hablará con la majestad
de un antepasado, les hará conocer y reconocer a Jesucristo,
el Deseado de las naciones. Elías se dirigirá especialmente
a los judíos, que esperan su venida; se dará a conocer
a ellos por señales evidentísimas; hará brillar
ante sus ojos a Jesús, que es hueso de sus huesos y carne de
su carne.
Queda fuera de duda que estas predicaciones, a pesar de las amenazas
y de los tormentos, serán seguidas de conversiones abundantes
y sorprendentes, particularmente por parte de los judíos; esto
ha sido anunciado formalmente.
Los dos testigos de Dios predicarán unas veces juntos, otras
veces por separado; y, durante sus tres años y medio, es muy
verosímil que recorran toda la tierra. Por más que los
periódicos hagan alrededor de ellos la conspiración
del silencio (como se ha hecho alrededor de los milagros de Lurdes),
se impondrán a la atención del mundo. El Anticristo
intentará capturarlos en vano; porque el fuego devorará
a quienes se atrevan a tocarlos. Con la espada de la justicia de Dios
pasarán entre los hombres de placer y de libertinaje, y los
herirán con plagas repulsivas.
Sin embargo, a semejanza de Nuestro Señor, su misión
sólo durará un tiempo. En un momento dado perderán
la asistencia sobrenatural que los protegía hasta entonces.
Pero escuchemos a San Juan.
II
“Una
vez que hubieren terminado su testimonio, la Bestia que sube del abismo
hará guerra contra ellos, y los vencerá y los matará.
Y su cadáver quedará en la plaza de la gran ciudad,
llamada espiritualmente Sodoma y Egipto, donde también el Señor
de ellos fue crucificado. Y muchos de los pueblos, y tribus, y lenguas,
y naciones verán su cadáver durante tres días
y medio, y no dejarán que sus cadáveres sean puestos
en sepulcro. Y los que habitan sobre la tierra se gozarán sobre
ellos y andarán alegres y se enviarán presentes unos
a otros, puesto que estos dos profetas habían atormentado a
los que habitan sobre la tierra. Y al cabo de los tres días
y medio, un espíritu de vida enviado por Dios entró
en ellos, y se levantaron sobre sus pies, y cayó gran temor
sobre los que los estaban mirando. Y oí una gran voz venida
del cielo, que les decía : «Subid acá».
Y subieron al cielo en la nube, y sus enemigos los contemplaron. Y
en aquella hora sobrevino un gran terremoto, y la décima parte
de la ciudad se cayó, y perecieron en el terremoto siete mil
hombres, y los restantes quedaron despavoridos y dieron gloria al
Dios del cielo” (Apoc. 11 7-13).
¡Qué conclusión de un drama inaudito! ¡Qué
afirmación de lo sobrenatural! Los dos profetas se darán
cita en Jerusalén, donde su Señor fue crucificado. Allí
compartirán las divinas flaquezas de Jesús; como El
serán capturados, como El serán juzgados, como El serán
atormentados, como El serán muertos, tal vez en la cruz.
Se creerá que todo acabó. El Anticristo parecerá
triunfar completamente. Se ridiculizará a los dos profetas;
se reirá y se bailará alrededor de sus cadáveres;
se los dejará sin sepultura, para que a esta vista los ojos
puedan saciarse mejor a su gusto.
Pero repentinamente resucitarán; una gran voz resonará
desde lo alto del cielo, y subirán allá a la vista de
un gentío numerosísimo, herido de un subitáneo
terror. Habrá entonces un gran terremoto en la ciudad deicida;
siete mil hombres perderán la vida, y los demás se golpearán
el pecho y darán gloria a Dios.
Lo repetimos : ¡qué drama, que desenlace! ¿Qué
hará el Anticristo frente a estos prodigios? Espumará
de rabia; sentirá que todo se le escapa, que se acerca la hora
de la justicia.
Se podría creer que en ese mismo instante lo sorprenderá
el castigo descrito por San Pablo, a saber, “que Jesucristo
lo destruirá con el soplo de su boca y lo aniquilará
con el esplendor de su advenimiento” (II Tes. 2 8). Sin embargo,
según el cómputo de Daniel, parece que el castigo del
monstruo será retrasado treinta días a partir de la
asunción triunfal de Henoc y Elías. Daniel dice, en
efecto, que desde el momento en que sea quitado el sacrificio perpetuo
y aparezca la abominación de la desolación, pasarán
mil doscientos noventa días (Dan. 12 11), esto es, treinta
días más del tiempo de la predicación de Henoc
y Elías.
Durante este intervalo, el Anticristo intentará por todos los
medios recuperar su influencia perdida. No queremos admitir ninguna
visión en el marco de este comentario; pero hacemos una excepción
con la que tuvo Santa Hildegarda sobre el fin del enemigo de Dios,
porque no es más que un comentario de la palabra de San Pablo
: Jesús lo destruirá con el soplo de su boca. La Santa
vio en espíritu al monstruo, rodeado de sus oficiales y de
un gentío inmenso, subiendo una montaña. Cuando llegó
a su cumbre, anunció que se elevaría en los aires. En
efecto, fue elevado como Simón el Mago, por el poder del demonio;
pero en ese momento sonó un espantoso trueno, y el Anticristo
cayó fulminado. Su cuerpo, que se descompuso al punto, difundió
un hedor intolerable, y cada cual huyó espantado.
Así, o de modo parecido, acabará el enemigo de Dios.
Y su inmenso imperio se desvanecerá como el humo. El mundo
se sentirá aliviado de un peso aplastante. Y habrá una
conversión general que, según el decir de San Pablo,
parecerá una resurrección. De ello hablaremos en el
artículo siguiente.