VII.
HENOC Y ELÍAS
(Séptimo artículo, septiembre de 1885)
Los hechos maravillosos que vamos a referir no son suposiciones aventuradas;
son verdades sacadas de la Escritura Sagrada, y que sería por
lo menos temerario negar.
Antes del fin de los tiempos, y durante la persecución del
Anticristo, se verá reaparecer en medio de los hombres a dos
personajes extraordinarios, llamados Henoc y Elías.
¿Quiénes son estos personajes? ¿En qué
condiciones se realizará su aparición providencial en
la escena del mundo? Es lo que vamos a examinar, a la luz de las Escrituras
y de la Tradición.
I
Henoc es uno de los descendientes de Set, hijo de Adán, y tronco
de la raza de los hijos de Dios. Es la cabeza de la sexta generación
a partir del padre del género humano. El Génesis nos
enseña sobre él lo que sigue:
“Jared llevaba de vida ciento sesenta y dos años cuando
engendró a Henoc... Henoc llevaba de vida sesenta y cinco años
cuando engendró a Matusalén; y caminó Henoc en
compañía de Dios, después de haber engendrado
a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos
e hijas. Resultaron, pues, todos los días de Henoc trescientos
sesenta y cinco años. Ahora bien, Henoc caminó en compañía
de Dios, y desapareció, porque Dios le tomó consigo”
(Gen. 5 18-25).
Dios arrebató a la edad de 365 años, es decir, dada
la extrema longevidad de esa época, en la madurez de su edad.
No murió, sino que desapareció. Fue transportado, vivo,
a un lugar conocido sólo por Dios. Esto es lo que sabemos de
Henoc, patriarca de la raza de Set, bisabuelo de Noé, antecesor
del Salvador.
Por lo que se refiere a Elías, su historia es mejor conocida.
Henoc, anterior al Diluvio, nació varios miles de años
antes de Jesucristo. Elías apareció en el reino de Israel
menos de mil años antes del Salvador; es el gran profeta de
la nación judía.
Su vida es de lo más dramática (III y IV Reyes). Se
podría decir que es una profecía en acción del
estado de la Iglesia en tiempos de la persecución del Anticristo.
Siempre anda errante, siempre se ve amenazado de muerte, siempre es
protegido por la mano de Dios. Unas veces Dios lo oculta en el desierto,
donde lo alimentan unos cuervos; otras veces lo presenta al orgulloso
Acab, que tiembla ante él. Dios le entrega las llaves del cielo,
para enviar la lluvia o el rayo; lo favorece en el monte Horeb con
una visión llena de misterios. En resumen, lo engrandece hasta
darle la talla de Moisés taumaturgo, de manera que juntamente
con Moisés escolta a Nuestro Señor en el Tabor.
La desaparición de Elías responde a una vida tan sublimemente
extraña. Se lo ve caminar con su discípulo Eliseo; se
abre un paso a través del Jordán, golpeando las aguas
con su manto. Anuncia que va a ser arrebatado al cielo. De repente,
“mientras ellos iban hablando, un carro de fuego y unos caballos
de fuego los separaron a entrambos, y subió Elías en
un torbellino al cielo. Eliseo lo veía y gritaba: « ¡Padre
mío, padre mío, carro de Israel y su auriga!»
Y no le vio más” (IV Rey. 2 11-12).
De este modo Elías, el amigo de Dios, el celador de su gloria,
fue también arrebatado y transportado a una región misteriosa,
en la que se encontró con su antecesor, el gran Henoc.
¿Cuál es esta región? Henoc y Elías están
vivos, eso es seguro. ¿Dónde los ha escondido Dios?
¿En alguna región inaccesible de esta pobre tierra?
¿En algún lugar del firmamento? Nadie lo sabe. Se puede
afirmar solamente que, por el momento, se encuentran fuera de las
condiciones humanas; los siglos pasan debajo de sus pies, sin afectarlos;
permanecen en la madurez de su edad, seguramente tal como eran cuando
Dios los arrebató de en medio de los hombres.
II
Su reaparición en la escena del mundo no es menos segura que
su desaparición. En efecto, el autor del Eclesiástico,
expresando toda la tradición judía, habla de estos dos
grandes personajes en los siguientes términos:
“Henoc agradó a Dios, y fue transportado al paraíso,
para predicar la penitencia a las naciones” (Ecles. 44 16).
“¿Quién puede gloriarse de ser tu igual, oh Elías?...
Tú, que fuiste arrebatado en un torbellino a lo alto, y por
un carro con caballos de fuego; tú, de quien está escrito
que fuiste preparado para un tiempo dado, para apaciguar la cólera
de Dios, para convertir el corazón de los padres hacia los
hijos, y restablecer las tribus de Israel” (Ecles. 48 1-11).
Estas palabras de un libro canónico nos revelan claramente
que Henoc y Elías tienen que realizar una misión ulterior.
Henoc debe predicar la penitencia a las naciones, o si se prefiere
esta traducción, conducir las naciones a la penitencia. Elías
debe restablecer un día las tribus de Israel, es decir, devolverles
su rango de honor al que tienen derecho en la Iglesia de Dios.
La unanimidad de los doctores ha comprendido que esta doble misión
se realizará simultáneamente al fin del mundo. Elías
en particular es considerado como el precursor de Jesucristo cuando
venga del cielo como Juez; este pensamiento se deduce manifiestamente
de los Evangelios (Mt. 17; Mc. 9).
Por lo tanto, los hombres verán un día, y no sin terror,
cómo Henoc y Elías vuelven a descender en medio de ellos,
y les predican la penitencia con un brillo extraordinario. San Juan
los llama los dos testigos de Dios, y los pinta como sigue en su Apocalipsis
(11 3-7) :
“Daré orden a mis dos testigos, y profetizarán
vestidos de saco mil doscientos sesenta días. Estos son los
dos olivos y los dos candelabros que están en la presencia
del Señor de la tierra. Y si alguno les quiere hacer mal, saldrá
fuego de su boca y devorará a sus enemigos. Y si alguno pone
su mano sobre ellos, perecerá sin remedio del mismo modo. Estos
tienen la potestad de cerrar el cielo para que no llueva durante los
días de su profecía, y tienen potestad sobre las aguas
para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con todo linaje
de plagas, siempre y cuando quisieren”.
¿Quién no reconoce en este retrato al Elías del
Antiguo Testamento, que cerró el cielo durante tres años
y medio, e hizo caer fuego del cielo sobre los soldados que venían
a capturarlo?
Los mil doscientos sesenta días señalan el tiempo de
la persecución final, como ya lo hemos hecho observar. La aparición
de los testigos de Dios coincidirá, pues, con la persecución
del Anticristo. Hay que reconocer que el socorro dado a la Iglesia
será proporcionado a la magnitud del peligro.
Los dos testigos de Dios, revestidos de las insignias de la penitencia
más austera, irán por todas partes, y en todas partes
serán invulnerables; una nube, por decirlo así, los
cubrirá, y fulminará a quienquiera ose tocarlos. Tendrán
en sus manos todas las plagas, para herir con ellas a la tierra según
su arbitrio. Predicarán con una libertad suma, en la misma
presencia del Anticristo.
Este se estremecerá de rabia; y habrá un duelo formidable
entre el monstruo y los dos misioneros de Dios.