VI.
LA IGLESIA DURANTE LA TORMENTA
(Sexto artículo, agosto de 1885)
I
San Gregorio Magno, en sus luminosos comentarios sobre Job, abre las
más profundas perspectivas sobre toda la historia de la Iglesia.
Es que él mismo estaba visiblemente animado de este espíritu
profético derramado en todas las Escrituras.
Contempla a la Iglesia, al fin de los tiempos, bajo la figura de Job
humillado y sufriente, expuesto a las insinuaciones pérfidas
de su mujer y a las críticas amargas de sus amigos; él,
delante de quien en otros tiempos se levantaban los ancianos, y los
príncipes guardaban silencio.
La Iglesia, dice muchas veces el gran Papa, hacia el término
de su peregrinación, será privada de todo poder temporal;
incluso se tratará de quitarle todo punto de apoyo sobre la
tierra. Pero va más lejos, y declara que será despojada
del brillo mismo que proviene de los dones sobrenaturales.
“Se retirará, dice, el poder de los milagros, será
quitada la gracia de las curaciones, desaparecerá la profecía,
disminuirá el don de una larga abstinencia, se callarán
las enseñanzas de la doctrina, cesarán los prodigios
milagrosos. Eso no quiere decir que no habrá nada de todo eso;
pero todas estas señales ya no brillarán abiertamente
y de mil maneras, como en las primeras edades. Será incluso
la ocasión propicia para realizar un maravilloso discernimiento.
En ese estado humillado de la Iglesia crecerá la recompensa
de los buenos, que se aferrarán a ella únicamente con
miras a los bienes celestiales; por lo que a los malvados se refiere,
no viendo en ella ningún atractivo temporal, no tendrán
ya nada que disimular, y se mostrarán tal como son” (Moralia
in Job, lib. XXXV).
¡Qué palabra terrible: se callarán las enseñanzas
de la doctrina! San Gregorio proclama en otras partes que la Iglesia
prefiere morir a callarse. Por lo tanto, ella hablará : pero
su enseñanza será obstaculizada, su voz será
ahogada; ella hablará : pero muchos de los que deberían
gritar sobre los techos no se atreverán a hacerlo por temor
a los hombres. Y eso será la ocasión de un discernimiento
temible.
San Gregorio vuelve frecuentemente sobre esta verdad, de que hay en
la Iglesia tres categorías de personas : los hipócritas
o falsos cristianos, los débiles y los fuertes. Ahora bien,
en esos momentos de angustia, los hipócritas se quitarán
la máscara, y manifestarán abiertamente su apostasía
secreta; los débiles, desgraciadamente, perecerán en
gran número, y el corazón de la Iglesia sangrará
de ello; finalmente, muchos de los mismos fuertes, demasiado confiados
en su fuerza, caerán como las estrellas del cielo.
A pesar de todas estas tristezas punzantes, la Iglesia no perderá
ni la valentía ni la confianza. Será sostenida por la
promesa del Salvador, consignada en las Escrituras, de que esos días
serán abreviados a causa de los elegidos. Sabiendo que los
elegidos serán salvados a pesar de todo, se entregará,
en lo más recio de la tormenta, a la salvación de las
almas con una energía infatigable.
II
En efecto, a pesar del espantoso escándalo de esos tiempos
de perdición, no hay que pensar que los pequeños y los
débiles se perderán necesariamente. El camino de salvación
seguirá estando abierto, y la salvación será
posible para todos. La Iglesia tendrá medios de preservación
proporcionados a la magnitud del peligro. Y sólo perecerán
aquellos de entre los pequeños que, por haber abandonado las
alas de su madre, serán presa del ave rapaz.
¿Cuáles serán esos medios de preservación?
Las Escrituras no nos dan ninguna indicación sobre este punto;
mas nosotros podemos formular sin temeridad algunas conjeturas.
La Iglesia se acordará del aviso dado por Nuestro Señor
para los tiempos de la toma y destrucción de Jerusalén,
y aplicable, según el parecer de los intérpretes, a
la última persecución.
“Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación,
anunciada por el profeta Daniel, estar en el lugar santo (¡el
que lee, entienda!), entonces los que estén en la Judea huyan
a los montes... Rogad que vuestra fuga no sea en invierno ni en sábado,
porque habrá entonces tribulación grande, cual no la
hubo desde el comienzo del mundo hasta ahora, ni la habrá.
Y si no se acortaran aquellos días, no se salvaría hombre
viviente; mas en atención a los elegidos serán acortados
aquellos días” (Mt. 24 15, 20-22).
En conformidad con estas instrucciones del Salvador, la Iglesia salvará
a los pequeños de su rebaño por medio de la fuga; Ella
les preparará refugios inaccesibles, donde los colmillos de
la Bestia no los alcanzarán.
Uno puede preguntarse cómo habrá entonces refugios inaccesibles,
cuando la tierra se encontrará repleta y surcada de vías
de comunicación. Hay que contestar que Dios proveerá
por sí mismo a la seguridad de los fugitivos. San Juan nos
hace entrever la acción de la Providencia. En el capítulo
12 del Apocalipsis, nos presenta a una Mujer revestida del sol y coronada
de estrellas; es la Iglesia. Esta Mujer sufre los dolores del parto;
porque la Iglesia da a luz a Dios en las almas, en medio de grandes
sufrimientos. Ante ella se aposta un gran dragón rojo, imagen
del diablo y de sus continuas emboscadas. Pero la Mujer huye al desierto,
“a un lugar preparado por Dios mismo, para que allí la
sustenten durante mil doscientos sesenta días” (Apoc.
12 6). Estos 1260 días, que son tres años y medio, indican
el tiempo de la persecución del Anticristo, como queda manifiesto
por los demás pasajes del Apocalipsis. Por lo tanto, durante
este tiempo la Iglesia, en la persona de los débiles, huirá
al desierto, a la soledad; y Dios mismo se cuidará en mantenerla
escondida y alimentarla.
El fin del mismo capítulo contiene detalles sobre esta huida.
Se le dieron a la Mujer dos grandes alas de águila, para transportarla
al desierto. El dragón trata de perseguirla, y su boca vomita
en pos de ella agua como río; pero la tierra socorre a la Mujer,
y absorbe el río. Estas palabras enigmáticas designan
alguna gran maravilla que Dios realizará en favor de su Iglesia;
la rabia del dragón vendrá a morir a sus pies.
Sin embargo, mientras los débiles orarán con seguridad
en una soledad misteriosa, los fuertes y los valientes entablarán
una lucha formidable, en presencia del mundo entero, con el dragón
desencadenado.
III
En efecto, está fuera de toda duda que habrá, en los
últimos tiempos, santos de una virtud heroica. Al comienzo,
Dios dio a su Iglesia los Apóstoles, que abatieron el imperio
idólatra, y la fundaron y cimentaron en su propia sangre. Al
final le dará también hijos y defensores, probablemente
ni menos santos ni menores.
San Agustín exclama, al pensar en ellos: “En comparación
con los santos y fieles que habrá entonces, ¿qué
somos nosotros? Pues, para ponerlos a prueba el diablo, a quien nosotros
debemos combatir al precio de mil peligros, estará desencadenado,
cuando ahora está atado. Y sin embargo, añade, es de
creer que ya en el día de hoy Cristo tiene soldados lo bastante
prudentes y fuertes, para poder despistar con sabiduría, si
es preciso, todas sus emboscadas, y soportar con paciencia los asaltos
de su enemigo, incluso cuando está desencadenado” (De
Civitate Dei, lib. XX, 8).
San Agustín se pregunta luego: ¿Habrán aún
conversiones, en esos tiempos de perdición? ¿Se bautizará
aún a los niños, a pesar de las prohibiciones del monstruo?
¿Los santos tendrán entonces el poder de arrancar almas
de las fauces del dragón furioso? El gran Doctor contesta afirmativamente
a todas estas preguntas. Sin lugar a dudas, las conversiones serán
más raras, pero por eso mismo resultarán más
sorprendentes. Sin lugar a dudas, y por regla general, es preciso
que Satán esté atado para que se lo pueda despojar (Mt.
11 29); pero, en esos días, Dios se complacerá en mostrar
que su gracia es más fuerte que el fuerte mismo, en su desencadenamiento
más furioso.
Cada cual puede observar cuán consoladoras son estas verdades.
Mas ¿quiénes serán los santos de los últimos
tiempos? Nos gusta pensar que entre ellos habrá soldados. El
Anticristo será un conquistador, y mandará a ejércitos;
pero encontrará ante él Legiones Tebanas, héroes
de esta raza gloriosa e indomable que tiene a los Macabeos por antecesores,
y que cuenta entre sus líneas a los Cruzados, los campesinos
de la Vandea y del Tirol, y finalmente los Zuavos pontificios. A esos
soldados los podrá aplastar bajo el peso de sus huestes numerosísimas,
pero no los hará huir.
Pero el Anticristo será sobre todo un impostor; por consiguiente,
encontrará como principales adversarios a los apóstoles
armados del crucifijo. Como la última persecución revestirá
el aspecto de una seducción, éstos unirán a la
paciencia de los mártires la ciencia de los doctores. Nuestro
Señor se los hizo ver un día a Santa Teresa, con espadas
luminosas en las manos.
A la cabeza de estas falanges intrépidas, aparecerán
dos enviados extraordinarios de Dios, dos gigantes en santidad, dos
sobrevivientes de las edades antiguas: acabamos de nombrar a Henoc
y Elías, de los que hablaremos en el artículo siguiente.