V.
LOS PREDICADORES DEL ANTICRISTO : VISIÓN DE SAN JUAN
(Quinto artículo, julio de 1885)
I
Los Libros Santos, que entran en tantos detalles sobre el hombre del
pecado, nos dan a conocer a un agente misterioso de seducción
que le someterá la tierra. Este agente, a la vez uno y múltiple,
es, según San Gregorio, una especie de cuerpo docente que propagará
por todas partes las doctrinas perversas de la Revolución.
El Anticristo tendrá sus lugartenientes y sus generales; poseerá
un ejército numerosísimo. Apenas se atreve uno a entender,
al pie de la letra, la cifra que San Juan nos da de él al hablar
de la sola caballería (Apoc. 9 16) . Pero tendrá sobre
todo a su servicio falsos profetas como él, iluminados del
diablo, doctores de mentiras; enemigo personal de Jesucristo, copiará
al divino Maestro, rodeándose de apóstoles a la inversa.
Hablemos, pues, según San Juan, de estos doctores impíos,
a quienes daremos el nombre, con San Gregorio, de predicadores del
Anticristo.
II
San Juan, en el capítulo 13 de su Apocalipsis, describe una
visión completamente semejante a la de Daniel. Ve surgir del
mar un monstruo único, que reúne en sí mismo
por una horrible síntesis todas las características
de las cuatro bestias contempladas por el profeta. Este monstruo se
asemeja al leopardo; tiene patas de oso y cabeza de león; y
tiene siete cabezas y diez cuernos.
Representa el imperio del Anticristo, formado por todas las corrupciones
de la humanidad. Representa también al Anticristo mismo, que
es el nudo de todo este conglomerado violento de miembros incoherentes
y dispares. Creeríamos ver al impostor, con el cortejo de cristianos
apostatas, de musulmanes fanatizados, de judíos iluminados,
que lo seguirá por todas partes.
Ahora bien, mientras San Juan consideraba esta Bestia, vio que una
de sus cabezas estaba como herida de muerte; y que luego su herida
mortal fue curada. Y toda la tierra se maravilló ante la Bestia.
Los intérpretes ven aquí uno de los falsos prodigios
del Anticristo; uno de sus principales lugartenientes, o tal vez él
mismo, parecerá gravemente herido; ya se lo creerá muerto,
cuando de repente, por un artificio diabólico, se levantará
lleno de vida. Esta impostura será celebrada por todos los
periódicos, ese día casualmente muy crédulos;
y el entusiasmo se convertirá en delirio.
“Entonces, continúa San Juan, los hombres adoraron al
dragón, porque había dado la potestad a la Bestia, y
adoraron a la Bestia, diciendo: « ¿Quién es semejante
a la Bestia, y quién es capaz de pelear con ella?».
Así el diablo será públicamente adorado, y también
el Anticristo; y no será un doble culto, pues el primero será
adorado en el segundo. San Juan nos hace asistir luego a la persecución
contra la Iglesia.
“Y le fue dada boca que hablase grandes cosas y blasfemias,
y le fue dada potestad de actuar durante cuarenta y dos meses”.
Es el mismo vaticinio que Daniel, y designa el tiempo de la persecución
cuando llegue a su paroxismo. Cuarenta y dos meses son justo tres
años y medio.
“Y abrió su boca para lanzar blasfemias contra Dios,
para blasfemar de su nombre y de su tabernáculo, de los que
tienen su morada en el cielo. Y le fue dado hacer la guerra contra
los santos, y vencerlos; y le fue dada potestad sobre toda tribu,
y pueblo, y lengua, y nación. Y la adorarán todos los
que habitan sobre la tierra, cuyo nombre no está escrito en
el libro de la vida del Cordero, que ha sido degollado desde la creación
del mundo. Quien tenga oído, oiga. Quien lleva al cautiverio,
al cautiverio irá; quien a espada matare, a espada también
se le matará irremisiblemente. Aquí esta la paciencia
y la fe de los santos” (Apoc. 13 3-11).
Así describe el apóstol amado la terrible persecución.
A todas las amenazas se les añadirán todas las seducciones;
de ello resultará un fanatismo delirante que echará
al mundo entero a los pies de la Bestia. Pero todos los asaltos del
infierno fracasarán ante “la paciencia y la fe de los
santos”.
III
San Juan nos pinta a continuación el gran agente de seducción
que doblegará los espíritus de los hombres al culto
de la Bestia.
“Y vi, prosigue, otra Bestia que subía de la tierra;
y tenía dos cuernos semejantes a los del Cordero, y hablaba
como dragón. Y la potestad de la primera Bestia la ejecuta
toda en su presencia. Y hace que la tierra y los que habitan en ella
adoren a la Bestia primera, cuya herida de muerte había sido
curada. Y hace grandes prodigios, de modo que aun fuego hace bajar
del cielo a la tierra a vista de los hombres. Y seduce a los que habitan
sobre la tierra a causa de los prodigios que le ha sido dado obrar
en presencia de la Bestia, diciendo a los que habitan sobre la tierra
que hicieran una imagen de la Bestia que lleva la herida de la espada
y revivió. Y le fue dado dar espíritu a la imagen de
la Bestia, de suerte que aun hablase la imagen de la Bestia, y que
hiciese que cuantos no adorasen la imagen de la Bestia fueran muertos.
Y hace que a todos, los pequeños y los grandes, los ricos y
los pobres, los libres y los siervos, se les ponga una marca sobre
su mano derecha o sobre su frente, y que nadie pueda comprar o vender,
sino quien lleve la marca, que es el nombre de la Bestia o el número
de su nombre. Aquí está la sabiduría. Quien tenga
inteligencia, calcule el número de la Bestia, pues es número
humano. Y su número es 666” (Apoc. 13 11-18).
Esta es la segunda parte de la profecía de San Juan. San Gregorio
interpreta este misterioso pasaje en el sentido de que, como hemos
dicho, el Anticristo tendrá su colegio de predicadores y de
apóstoles a la inversa. Y estos doctores de mentira serán
algo así como nuestros sabios modernos, pero aumentados con
poderes de magos o de espiritistas.
Tendrán la apariencia del Cordero. Simularán las máximas
evangélicas de paz, de concordia, de libertad, de fraternidad
humana; pero bajo estas apariencias propagarán el ateísmo
más desvergonzado.
Tendrán la apariencia del Cordero. Se presentarán como
agentes de persuasión, respetuosos hacia todas las conciencias;
pero luego harán morir en los tormentos a quienes se nieguen
a escucharlos.
“Sus auditores, dice con energía San Gregorio, serán
todos los réprobos; su táctica, sigue diciendo, consistirá
en proclamar que el género humano, durante las edades de fe,
estaba sumergido en las tinieblas; y saludarán el advenimiento
del Anticristo como la aparición del día y el despertar
del mundo” (Moralia in Job, lib. XXXIII).
Estos predicadores serán apoyados por falsos prodigios. Instruidos
por el diablo y su satélite de secretos naturales todavía
desconocidos, los misioneros del Anticristo espantarán y seducirán
a las muchedumbres por toda clase de sortilegios; harán descender
fuego del cielo, y hablar las imágenes del Anticristo que habrán
levantado.
Pero eso no es todo. Obligarán a todos los hombres, bajo pena
de muerte, a adorar estas imágenes parlantes. Los obligarán
a llevar, en la mano derecha o en la frente, el número del
monstruo. Y todo el que no tenga este número, no podrá
ni comprar ni vender.
Aquí se muestra el espantoso refinamiento de la persecución
suprema. El que no lleve la marca del monstruo se encontrará,
por este solo hecho, fuera de la ley, fuera de la sociedad, merecedor
de muerte.
Pero ¿acaso no vemos desde ahora cómo se esboza un intento
de esta tiranía? ¿Qué son todos esos maestros
de la enseñanza sin Dios, sino los precursores del Anticristo?
La Revolución quiere tener su cuerpo docente, encargado oficialmente
de descristianizar la juventud, y de imprimir en las frentes de todos,
pequeños y grandes, pobres y ricos, la marca del Dios-Estado.
La enseñanza obligatoria y laica no tiene otro fin. Ya se preparan
leyes para prohibir la entrada en las carreras públicas a todo
el que no haya recibido la firma de las escuelas del Estado. El día
en que pasen estas leyes abominables, se habrá puesto fin a
la libertad humana. Entraremos entonces en una tiranía sombría,
sofocante, infernal. El Anticristo podrá venir.
Como la conciencia pública, queremos esperarlo, es aún
demasiado cristiana para soportar semejante tortura, se buscan todos
los medios posibles para adormecerla. Por otra parte, que los creyentes
se consuelen. Todos estos extremos servirán, en los planes
de Dios, para hacer brillar la paciencia y la fe de los santos. Es
lo que veremos en el capítulo siguiente.