III.
EL HOMBRE DE PECADO
(Tercer artículo, mayo de 1885)
I
Entra dentro de lo posible, aunque la apostasía se encuentre
muy avanzada, que los cristianos, por un esfuerzo generoso, hagan
retroceder a los conductores de la descristianización a ultranza,
y obtengan así para la Iglesia días de consuelo y de
paz antes de la gran prueba. Este resultado lo esperamos, no de los
hombres, sino de Dios; no tanto de los esfuerzos cuanto de las oraciones.
En este orden de ideas, algunos autores piadosos esperan, después
de la crisis presente, un triunfo de la Iglesia, algo así como
un domingo de Ramos, en el cual esta Madre será saludada por
los clamores de amor de los hijos de Jacob, reunidos a las naciones
en la unidad de una misma fe. Nos asociamos de buena gana a estas
esperanzas, que apuntan a un hecho formalmente anunciado por los profetas,
y del cual volveremos a hablar en su lugar.
Sea lo que fuere, este triunfo, si Dios nos lo concede, no será
de larga duración. Los enemigos de la Iglesia, aturdidos por
un momento, proseguirán su obra satánica con redoblado
odio. Podemos representarnos el estado de la Iglesia en ese momento,
como semejante en todo al estado de Nuestro Señor durante los
días que precedieron a su Pasión.
El mundo será profundamente agitado, como lo estaba el pueblo
judío reunido para las fiestas pascuales. Habrá rumores
inmensos, y cada cual hablará de la Iglesia, unos para decir
que ella es divina, otros para decir que ella no lo es. La Iglesia
se encontrará expuesta a los más insidiosos ataques
del librepensamiento; pero jamás habrá logrado mejor
que entonces reducir al silencio a sus adversarios, pulverizando sus
sofismas...
En resumen, el mundo será puesto enfrente de la verdad; la
irradiación divina de la Iglesia brillará ante sus ojos;
pero él desviará la cabeza, y dirá: ¡No
me interesa!
Este desprecio de la verdad, este abuso de las gracias tendrá
como consecuencia la revelación del hombre de pecado. La humanidad
habrá querido a este amo inmundo : ella lo tendrá. Y
por él se producirá una seducción de iniquidad,
una eficacia de error (así tradujo Bossuet a San Pablo) que
castigará a los hombres por haber rechazado y odiado la Verdad.
Al hablar así, no estamos entregándonos a imaginaciones,
sino que seguimos al Apóstol. En efecto, según él,
toda seducción de iniquidad obrará “sobre los
que se pierden, por no haber aceptado el amor de la verdad a fin de
salvarse. Por eso Dios les enviará una eficacia de error, con
que crean a la mentira; para que sean juzgados todos los que no creyeron
a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia” (II
Tes. 2 11-12).
II
Cuando aparezca el hombre de pecado, será, como dice San Pablo,
a su tiempo; es decir, en un momento en que el cuerpo de los malvados,
endurecido contra los dardos de la gracia, hecho compacto e impermeable
por la obstinación de su malicia, reclamará esta cabeza.
Ella surgirá, y Satán hará brillar en ella toda
la extensión de su odio contra Dios y los hombres.
El hombre de pecado, el Anticristo, será un hombre, un simple
viador hacia la eternidad. Algunos autores supusieron en él
una encarnación del demonio; esta imaginación carece
de fundamento. El diablo no tiene el poder de asumir y de unirse una
naturaleza humana, de simular el adorable misterio de la Encarnación
del Verbo.
Los Padres piensan unánimemente que será judío
de origen. Incluso dicen que será de la tribu de Dan, fundándose
en que esta tribu no es nombrada en el Apocalipsis como dando elegidos
al Señor. San Agustín se hace el eco de esta tradición,
en su libro de Cuestiones sobre Josué. Se hace muy verosímil
por el hecho de que la francmasonería es de origen judío,
de que los judíos tienen en manos sus hilos en el mundo entero;
lo cual hace pensar que el jefe del imperio anticristiano será
un judío. Los judíos, por otra parte, que no quieren
reconocer a Jesucristo, siguen esperando a su Mesías. Nuestro
Señor les decía: “Yo vine en nombre de mi Padre,
y no me recibís; si otro viniere de su propia autoridad, a
aquél le recibiréis” (Jn. 5 43). Por este otro,
los Padres entienden comúnmente al Anticristo.
Aunque el Anticristo sea llamado el hombre de pecado, el hijo de perdición,
no hay que creer que estará destinado al mal, como fatal e
irremisiblemente. Recibirá gracias, conocerá la verdad,
tendrá un ángel custodio. Tendrá la oportunidad
y los medios para alcanzar la salvación, y sólo se perderá
por su propia culpa.
Sin embargo, San Juan Damasceno no duda en decir que desde su nacimiento
será impuro, totalmente impregnado de los soplos de Satán.
Es de creer que, desde el uso de razón, entrará en contacto
tan constante e íntimo con el espíritu de las tinieblas,
se inclinará al mal con tal obstinación, que no dejará
penetrar en su alma ninguna luz sobrenatural, ninguna gracia de lo
alto. Permanecerá inmutablemente rebelde a todo bien.
Eso le valdrá el nombre de hombre de pecado. Llevará
el pecado hasta su colmo, no haciendo de toda su vida sino un largo
acto de rebeldía contra Dios. Por esta constante aplicación
al mal, alcanzará un refinamiento de impiedad al que no llegó
jamás hombre alguno.
El calificativo de hijo de perdición, que le es común
con Judas, quiere decir que su condenación eterna esta prevista
por Dios, como castigo de su espantosa malicia, hasta el punto de
que está inscrita en las Escrituras y como consignada de antemano.
Es probable —y tal es el pensamiento de San Gregorio—
que el monstruo conocerá, por una luz salida de los abismos
del infierno, la suerte que le espera, que renunciará a toda
esperanza para odiar a Dios más a su gusto, que se fijará
desde esta vida en la obstinación irremediable de los condenados.
Y así realizará en sí mismo el nombre terrible
de hijo de perdición.
De este modo será verdaderamente el Anticristo, es decir, las
antípodas de Nuestro Señor. Jesucristo se encontraba
fuera del alcance del pecado; él se pondrá fuera del
alcance de la gracia, por un abandono de todo su ser al espíritu
del mal. Jesucristo se orientaba a su Padre con todos los impulsos
de una naturaleza divinizada y sustraída a las influencias
del mal; él se orientará al mal con todos los impulsos
de una naturaleza profundamente viciada y que renunciará incluso
a la esperanza.
III
Siendo tan diametralmente opuesto a Nuestro Señor, realizará
obras en oposición directa con las suyas. Será para
Satán un órgano selecto, un instrumento de predilección.
Así como Dios, al enviar a su Hijo al mundo, lo revistió
del poder de hacer milagros, e incluso de devolver la vida a los muertos,
del mismo modo Satán, haciendo un pacto con el hombre de pecado,
le comunicará el poder de hacer falsos milagros. Por eso dice
San Pablo que “su advenimiento será según la operación
de Satanás, con todo poder, señales y prodigios falsos”.
Nuestro Señor sólo hizo milagros por bondad, y se negó
a hacer milagros por pura ostentación; el Anticristo se complacerá
en ellos, y los pueblos, por un justo juicio de Dios, de dejarán
engañar por sus malabarismos.
Por lo que precede está claro que el Anticristo se presentará
al mundo como el tipo más completo de estos falsos profetas
que fanatizan a las masas, y que las conducen a todos los excesos
bajo el pretexto de una reforma religiosa. Desde este punto de vista,
Mahoma parece haber sido su verdadero precursor. Pero el Anticristo
lo superará inmediatamente en perversidad, en habilidad, y
también en la plenitud de su poder satánico.
En el próximo artículo estudiaremos los orígenes
y desarrollo de su poder, y las fases de la guerra de exterminio que
desencadenará contra la Iglesia de Jesucristo.