II.
LOS SIGNOS PRECURSORES
(Segundo artículo, abril de 1885)
I
El tema del fin del mundo ha sido agitado desde el comienzo de la
Iglesia. San Pablo había dado sobre este punto preciosas enseñanzas
a los cristianos de Tesalónica; y como a pesar de sus instrucciones
orales, los espíritus seguían inquietos por causa de
predicciones y rumores sin fundamento, les dirige una carta muy grave
para calmar esas inquietudes.
“Os rogamos, hermanos, por lo que atañe al advenimiento
de Nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con
El, que no os dejéis tan pronto impresionar, abandonando vuestro
sentir, ni os alarméis, ni por visiones, ni por ciertos discursos,
ni por cartas que se suponen enviadas por nosotros, como que sea inminente
el día del Señor.
Que nadie os engañe de ninguna manera; porque antes ha de venir
la apostasía, y se ha de manifestar el hombre del pecado, el
hijo de la perdición...
¿No recordáis que, estando todavía con vosotros,
os decía yo esto?
Y ahora ya sabéis lo que le detiene, con el objeto de que no
se manifieste sino a su tiempo. Porque el misterio de iniquidad está
ya en acción; sólo falta que el que lo detiene ahora
desaparezca de en medio” (II Tes. 2 1-7).
Así, el fin del mundo no llegará sin que antes se revele
un hombre espantosamente malvado e impío, que San Pablo califica
llamándolo el hombre del pecado, el hijo de la perdición.
Y éste, a su vez, no se manifestará sino después
de una apostasía general, y después de la desaparición
de un obstáculo providencial sobre el que el Apóstol
había instruido de viva voz a sus fieles.
II
¿De
qué apostasía quiere hablar San Pablo? No se trata de
una defección parcial; porque dice, de manera absoluta, la
apostasía. No se lo puede entender, por desgracia, sino de
la apostasía en masa de las sociedades cristianas, que social
y civilmente renegarán de su bautismo; de la defección
de estas naciones que Jesucristo, según la enérgica
expresión de San Pablo, había hecho con-corporales a
su Iglesia (Ef. 3 6). Sólo esta apostasía hará
posible la manifestación, y la dominación, del enemigo
personal de Jesucristo, en una palabra, del Anticristo.
Nuestro Señor dijo : “Cuando viniere el Hijo del hombre,
¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Lc.
18 8). El divino Maestro veía declinar la fe en el mundo llegado
a su vejez. No es que los vientos del siglo puedan hacer vacilar esta
llama inextinguible, sino que las sociedades, ebrias por el bienestar
material, la rechazarán como importuna.
Volviendo las espaldas a la fe, el mundo va camino de las tinieblas,
y se convierte en juguete de las ilusiones de la mentira. Considera
como luces a meteoritos engañosos. Sería capaz de considerar
como las primeras luces del día los brillos rojos del incendio.
Al renegar de Jesucristo, es preciso que caiga mal que le pese en
las garras de Satán, a quien tan justamente se llama príncipe
de las tinieblas. No puede permanecer neutro; no puede crearse una
independencia. Su apostasía lo pone directamente bajo el poder
del diablo y de sus satélites.
El docto Estio, al estudiar el texto del Apóstol, dice que
esta apostasía comenzó con Lutero y con Calvino. Es
el punto de partida. Desde entonces ha recorrido un camino espantoso.
Hoy esta apostasía tiende a consumarse. Toma el nombre de Revolución,
que es la insurrección del hombre contra Dios y su Cristo.
Tiene por fórmula el laicismo, que es la eliminación
de Dios y de su Cristo.
Así vemos a las sociedades secretas, investidas del poder público,
encarnizarse en descristianizar Francia, quitándole uno por
uno todos los elementos sobrenaturales de que la habían impregnado
quince siglos de fe. Estos sectarios sólo persiguen un fin:
sellar la apostasía definitiva, y preparar el camino al hombre
del pecado.
Los cristianos deben reaccionar, con todas las energías de
que disponen, contra esta obra abominable; y para eso han de hacer
entrar a Jesucristo en la vida privada y pública, en las costumbres
y en las leyes, en la educación y en la instrucción.
Por desgracia, hace ya tiempo que en todo eso Jesucristo no es lo
que debería ser, a saber todo. Hace ya tiempo que reina una
semi-apostasía. ¿Cómo, por ejemplo, después
de que la instrucción ha sido paganizada, habríamos
podido formar otra cosa que semi-cristianos?
Al trabajar en el sentido directamente opuesto a la Francmasonería,
los cristianos retrasarán el advenimiento del hombre del pecado;
facilitarán a la Iglesia la paz y la independencia de que tiene
necesidad, para captar y convertir al mundo que se abre ante Ella.
Ahí se concentra toda la lucha de la hora presente: ¿dejaremos,
sí o no, nosotros los bautizados, que se consume la apostasía
que en un breve lapso de tiempo ha de permitir la manifestación
del Anticristo?
III
El Apóstol habla, en términos enigmáticos para
nosotros, de un obstáculo que se opone a la aparición
del hombre de pecado: “Sólo falta que el que lo detiene
ahora, dice, desaparezca de en medio”.
Por este obstáculo que detiene, los más antiguos Padres
griegos y latinos entendieron casi unánimemente el imperio
romano. Por consiguiente, explican a San Pablo del siguiente modo
: Mientras subsista el imperio romano, el Anticristo no aparecerá.
Los intérpretes más recientes no se conforman con esta
glosa; no admiten que la suerte de la Iglesia parezca ligada a la
de un imperio; pero en vano buscan otra explicación que sea
realmente satisfactoria.
Confieso ingenuamente que el pensamiento de los antiguos intérpretes
no me parece tan despreciable, mientras se la entienda con cierta
amplitud.
Observemos que San Pablo, al anunciar a los fieles una apostasía,
cuando la conversión del mundo a penas estaba esbozada, debió
darles una panorámica de todo el futuro de la Iglesia. Les
había hecho saber que las naciones se convertirían,
que se formarían sociedades cristianas, y luego que estas sociedades
perderían la fe. Les mostró sin duda que el imperio
romano sería transformado, que un poder cristiano remplazaría
al poder pagano, y que la autoridad de los Césares pasaría
a manos bautizadas que se servirían de él para extender
el reino de Jesucristo. Y por eso pudo añadir: Mientras dure
este estado de cosas, estad tranquilos, el Anticristo no aparecerá.
Por lo tanto, el sentido del Apóstol, entendido ampliamente,
sería el siguiente: Mientras la dominación del mundo
permanezca entre las manos bautizadas de la raza latina, el enemigo
de Jesucristo no se manifestará.
Observemos, como corolario de esta interpretación, que los
francmasones se oponen ante todo y sobre todo a la restauración
del poder cristiano. Que un príncipe se anuncie como cristiano,
se ponen en obra todos los medios para deshacerse de él. Es
lo que no debe suceder a ningún precio . Así, pues,
el poder cristiano es lo que impediría a la secta alcanzar
su objetivo.
Por otra parte, las razas latinas están destinadas o a ejercer
en el mundo una influencia católica, o a abdicar. Su misión
es la de servir a la difusión del Evangelio; y su existencia
política está ligada a esta misión. El día
en que renunciasen a ella por la apostasía completa, serían
aniquiladas; y el Anticristo, saliendo probablemente de Oriente, las
aplastaría fácilmente con los pies .
También aquí les toca a los cristianos obrar sobre el
espíritu público, obligar a los gobiernos a volver a
adoptar las tradiciones cristianas, fuera de las cuales no hay más
que decadencia para las naciones europeas y especialmente para nuestra
pobre patria.