I.
UNAS PALABRAS AL LECTOR
(Primer
artículo, marzo de 1885)
I
Hemos
considerado a la Iglesia en el pasado y en el presente; nos falta
contemplarla en el futuro.
Dios ha querido que los destinos de la Iglesia de su Hijo único
fuesen trazados de antemano en las Escrituras, como lo habían
sido los de su Hijo mismo; por eso, en ellas buscaremos los documentos
de nuestro trabajo.
La Iglesia, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor,
sufrirá, antes del fin del mundo, una prueba suprema que será
una verdadera Pasión. Los detalles de esta Pasión, en
la cual la Iglesia manifestará toda la inmensidad de su amor
por su divino Esposo, son los que se encuentran consignados en los
escritos inspirados del Antiguo Testamento y del Nuevo. Los haremos
pasar ante los ojos de nuestros lectores.
No tenemos intención de espantar a nadie, al abordar semejante
tema. Diríamos más : nos parece desgranar, juntamente
con las grandes enseñanzas, grandes consuelos.
II
Ciertamente es un espectáculo triste ver cómo la humanidad,
seducida y enloquecida por el espíritu del mal, trata de ahogar
y de aniquilar a la Iglesia, su madre y su tutora divinas. Pero de
este espectáculo sale una luz que nos muestra toda la historia
en su verdadera luz.
El hombre se agita sobre la tierra; pero es conducido por fuerzas
que no son de la tierra. En la superficie de la historia, el ojo capta
trastornos de imperios, civilizaciones que se hacen y que se deshacen.
Por debajo, la fe nos hace seguir el gran antagonismo entre Satán
y Nuestro Señor; ella nos hace asistir a las astucias y a las
violencias de que se vale el Espíritu inmundo, para entrar
en la casa de la que Jesucristo lo expulsó. Al fin volverá
a entrar en ella, y querrá eliminar de ella a Nuestro Señor.
Entonces se rasgarán los velos, lo sobrenatural se manifestará
por todas partes; no habrá ya política propiamente dicha,
sino que se desarrollará un drama exclusivamente religioso,
que abarcará a todo el universo.
Podemos preguntarnos por qué los escritores sagrados han descrito
tan minuciosamente las peripecias de este drama, cuando sólo
ocupará algunos pocos años. Es que será la conclusión
de toda la historia de la Iglesia y del género humano; es que
hará resaltar, con un brillo supremo, el carácter divino
de la Iglesia.
Por otra parte, todas estas profecías tienen el fin incontestable
de fortalecer el alma de los fieles creyentes en los días de
la gran prueba. Todas las sacudidas, todos los miedos, todas las seducciones
que entonces los asaltarán, puesto que han sido predichos con
tanta exactitud, formarán entonces otros tantos argumentos
en favor de la fe combatida y proscrita. La fe se afianzará
en ellos, precisamente por medio de lo que debería destruirla.
Pero nosotros mismos tenemos que sacar abundantes frutos de la consideración
de estos acontecimientos extraños y temibles. Después
de haber hablado de ellos, Nuestro Señor dijo a sus discípulos
: “Velad, pues, orando en todo tiempo, a fin de merecer el evitar
todos estos males venideros, y manteneros en pie ante el Hijo del
hombre” (Lc. 21 36).
Así, pues, el anuncio de estos acontecimientos es un solemne
aviso al mundo : “Velad y orad para no caer en la tentación”
(Mt. 26 41). No sabéis cuándo sucederán estas
cosas : velad y orad, para que no os tomen por sorpresa. Sabéis
que desde ahora la seducción opera en las almas, que el misterio
de iniquidad realiza su obra, que la fe es reputada como un oprobio
(San Gregorio); velad y orad, para conservar la fe. Llegó la
hora de la noche, la hora del poder de las tinieblas: velad para que
vuestra lámpara no se apague, orad para que el torpor y el
sueño no os venzan.
Más bien levantad vuestras cabezas al cielo; porque la hora
de la redención se acerca, porque las primeras luces del alba
clarean ya las tinieblas de la noche (Lc. 21 28).
III
Después de haber hablado de las enseñanzas, digamos
algunas palabras de los consuelos.
Jamás se habrá visto al mal tan desencadenado; y al
mismo tiempo más contenido en la mano de Dios. La Iglesia,
como Nuestro Señor, será entregada sin defensa a los
verdugos que la crucificarán en todos sus miembros; pero no
se les permitirá romperle los huesos, que son los elegidos,
como tampoco se les permitió romper los del Cordero Pascual
extendido sobre la cruz.
La prueba será limitada, abreviada, por causa de los elegidos;
y los elegidos se salvarán; y los elegidos serán todos
los verdaderos humildes.
Finalmente, la prueba concluirá por un triunfo inaudito de
la Iglesia, comparable a una resurrección.
En esos tiempos, e incluso en los preludios de la crisis suprema,
la Iglesia verá cómo se convierten los restos de las
naciones. Pero su consuelo más vivo será el retorno
de los Judíos. Los Judíos se convertirán, ya
antes, ya durante el triunfo de la Iglesia; y San Pablo, que anuncia
este gran acontecimiento, no puede aguantarse de alegría al
contemplar sus consecuencias.
Como se ve, podemos aplicar aquí a la Iglesia la palabra de
los Salmos : “Según la multitud de las aflicciones que
han llenado mi corazón, vuestras consolaciones, Señor,
han alegrado mi alma” (Sal. 93 18).